Radiografías

15 septiembre, 2018 § Deja un comentario

Los estudios de anatomía que acompañan esta Marginalia describen los meridianos del cuerpo humano —venas, nervios, huesos, músculos—, para la aplicación de la acupuntura; fueron tomados del consultorio de la doctora Martha Jaramillo, con su autorización, por una razón sencilla: más allá del laberinto anatómico que transportamos a todas partes, estas estampas describen, no solo, la complejidad de lo que somos como materia, sino también, lo que somos como maquinaria propensa a la imaginación…


… A las nueve y veintitrés hago una fila. Quienes van delante de mí tienen múltiples diligencias para hacer y se demoran. Tengo tiempo de mirarlos. Todos parecen en paz, tranquilos, con tiempo. Como de costumbre nadie mira a nadie pero todos respetan la fila. A pesar de que la fila se mueve despacio nadie parece preocuparse. De repente un grito: …¡cómo así que no lo puede hacer!… El grito recorrió la fila hasta el último, me encontraba a cuatro puestos de la ventanilla, y lo sentí pasar de ida y de vuelta, cuando se detuvo, lo hizo en la señora inclinada hacía en vidrio de la ventanilla cercana al primer puesto de la fila. Por lo tanto no estaba lejos de mí. El grito se detuvo en ella y como el reflejo de un espejo o por el impulso de un resorte, el grito se repitió: …¿no lo puede hacer? … ¡pero la última vez si pudo!… La mujer en la primera ventanilla se encogía y se estiraba con cada grito; después del segundo repitió tres veces: …¡no es posible!, ¡no es posible!, ¡no es posible!… Los tres gritos rebotaron en ella, la estiraron y la encogieron. Era de esperar que cada grito tuviera una respuesta del otro lado de la ventanilla pero no se escuchó nada. La fila había crecido, con su lentitud se había movido y la segunda tanda de gritos la escuché desde el primer puesto de la fila, es decir cerca de la mujer, casi a su lado. Ni siquiera desde ese lugar privilegiado para escuchar los alaridos, la tercera tanda había subido de tono: …¡usted no sirve para nada!… ¡pierdo mi tiempo aquí!…, ni siquiera desde el primer puesto en la fila escuché repuesta o explicación que viniera del otro lado de la ventanilla, invisible por una división de madera pintada de blanco. En el momento menos pensado otra voz de mujer de un tono distinto, más grueso, pero al mismo volumen, ordenó a la que gritaba que se callara que no gritara más que esa no era hora de indisponer a quienes estaban en la fila. Entonces los gritos de una a otra fueron y vinieron. ¡Que no grite! decía una. ¡Que sí grito! decía la otra. Entre tiempo las gentes en la fila esperaban y tomaban partido por una o por otra, sin embargo nadie lo manifestó. Había quienes reían, miraban a lado y lado con desespero, o consultaban la hora. Ninguno se atrevió a arbitrar la discusión que, aun hoy, ignoro cómo terminó…


… A las diez y dieciséis del miércoles en la vitrina de una librería veo dos títulos de libros que incluyen la palabra Dios. Dios es mujer y Dios es joven. Busco un tercero, si lo encuentro, me digo, estoy salvado, el cruce con tanto dios es premonitorio. No hay otro título que incluya a dios; sin embargo encontré este: El diario del diablo que, en estas épocas de mercadeo y consumo desenfrenado, pone en evidencia la competencia. Y encontré un cuarto título donde aparece un retrato del Papa y otro de Mao. Necesitamos o sobran guías me digo… A las diez y treinta y cinco una mujer que no conozco, que nunca he visto, me saluda como si nos conociéramos de toda la vida y sigue su camino sin detenerse. Imagino que cayó en la cuenta del error y no encontró otra salida que escabullirse… Cinco minutos después entro a un local llamado “La cava de los quesos”, el local que no es cava, es decir sótano, estaba en silencio, desierto y en silencio. Entramos, mi mujer y yo, nos acercamos a una mesa y en el instante en que nos sentamos una música estridente comenzó a sonar, invadió los rincones y redujo a cero el espacio de la cava que no es cava sino local y es pequeño. Cuando el mesero se acercó hicimos nuestra orden y sugerí al mesero, que llevaba guantes de caucho, que dejara la música como la tenía cuando entramos: apagada. El mesero con guantes de caucho apagó la música y el local llamado cava volvió a su dimensión natural, pero en silencio… A las cinco y cuarenta y dos o antes me crucé con la escultura de una cabeza que imaginé terminada, con texturas, formas y agregados que solo da el tiempo. Pregunté y la autora dijo que estaba en proceso y sugirió varias posibilidades para terminarla. No dije más, pregunté si podía tomar una fotografía, hice dos y pensé: ojalá la dejara como está…


… Son las dos y treinta y siete, el hombre, se llama Juan, le dicen Juancho, mastica y grita al tiempo. Mastica sin tener nada para masticar en la boca y grita las rutas de los buses que llegan a la parada. Juancho vende también lotería y en una caja de madera usada por el trajín, del tamaño de una “pucha”, media libra de cualquier grano, lleva frascos pequeños de ungüentos y pócimas que tampoco anuncia. Su principal función es gritar la llegada y salida de los buses que van por la avenida El Poblado. La lotería y las pócimas son negocios aparte que si se venden, bien; si no, también… La mujer se llama Fabiola. Le gustan el rojo y el azul regados por todas partes en su cuerpo. Las flores rojas y azules se repiten por todas las costuras; el pañuelo al cuello también es una mezcla de rojo y azul pero con arabescos; los zapatos son azules con suela blanca, gruesa, marcada con palabras en inglés, rojas; el pelo, peinado con cola de caballo en lo más alto de la cabeza es amarillo, es lo único, con la piel, que no es azul o rojo en su figura. Fabiola espera. Recorre una distancia de diez metros, va y viene; mientras va y viene mira a lado y lado con la esperanza de ver a quien espera. No puedo decir nada de la expresión de sus ojos porque una gafas grandes con lentes azules los disimulan del sol, sin embargo, su boca rojo carmín, delata la angustia de la espera…


… A las nueve y treinta y siete entro a la Biblioteca Débora Arango. Es la primera vez que entro. En el primer piso una exposición de Huckleberry Finn y en el segundo la biblioteca. La recorro despacio, estantería por estantería; en la sexta encuentro varios libros: Verano sin hombres de Siri Husvet, otro del que solo veo el nombre del autor: Raymond Carver, y otro: Relatos de William Faulkner, en edición de Anagrama: seiscientas setenta páginas. Me siento en la mesa más cercana y abro el libro en cualquier página, caigo en la cuatrocientos setenta y uno. Es el inicio de un relato, “Don Giovanni” es su título. La letra es pequeña, seis o siete puntos, difícil de leer, sin embargo me lanzo en la lectura. Solo un personaje en la historia tiene nombre: Morrison. El escritor que vive en el primer piso de la casa donde Morrison vive no deja escuchar, por culpa del repiqueteo de la máquina de escribir, los llamados del personaje llamado el Visitante que viene en busca de Morrison para pedirle consejo. Por fin Morrison abre y el Visitante narra su aventura: el Visitante, se casó con una chica joven pero algo vulgar y la quería poco, sin embargo enviudó al poco tiempo cuando trabajaba como dependiente de ropa femenina en un almacén por departamentos. El visitante, se encontró con la libertad que le daba la soledad de su apartamento de soltero, viudo, y entonces se ingenió un encuentro con una chica, que bien hubiera podido ser como el primer encuentro con su difunta esposa. Se encontraron y conversaron. Ella quería bailar pero él prefería ir a pasear, al parque o a su apartamento. En un gesto de generosidad él aceptó ir a bailar con la chica, pero él no quería bailar, entonces simuló fatiga y le propuso que fueran a otro lugar; la chica aceptó, le pidió que saliera antes que ella y buscara un taxi mientras ella iba al baño. El Visitante, hizo lo que la chica le pidió pero, como demoraba en salir, regresó al interior y se encontró con que ella estaba con otro. Morrison escuchó la historia y no dijo nada. El Visitante llegó a la conclusión de que a las chicas les gusta que los hombres sean más osados y decidió que ése había sido su error esa noche… Mientras leo el cuento de Faulkner, un hombre en la mesa detrás de la mía duerme con un periódico abierto frente a él; lleva sombrero de ala corta, gafas para ver y camisa a rayas horizontales de varios tonos de verde. No veo sus pies pero imagino que lleva tenis con suela blanca como todo el mundo…
Argumento. Los personajes van y vienen, no logro seguirlos a todos, creo, dice el hombre con cara de duda, que ellos me siguen… En la duda comienza la historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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