Los juguetes jugados

1 septiembre, 2018 § Deja un comentario


Todos son juguetes “jugados”, dice Rafael Castaño con la certeza de que la palabra, que ahora escribo entre comillas, es testimonio de la historia que cada pieza del Museo del Juguete lleva como marca indeleble. En cada uno está el niño o la niña que lo jugó, le puso cuerda para arrastrarlo, lo marcó para distinguirlo; está la niña que pintó las uñas de su muñeca y el niño  que marcó con rojo los costados de su camión. Sin lugar a dudas “jugados” es la palabra que mejor define la esencia del Museo del Juguete. Converso con Rafael Castaño en la penumbra del salón del segundo piso donde el Museo tuvo asiento en las vitrinas, ahora desiertas, durante veinte años. Rafael está empacando los juguetes en cajas porque pronto, tan pronto como treinta días, debe dejar el local y no tiene aun dónde instalarlos de nuevo. Afuera, en la avenida Carabobo, el sol de agosto espanta las sombras y no parece permitir un lugar tan fresco cerca como el salón donde Rafael Castaño me cuenta la historia, su historia, la de sus colecciones y sobre todo la de los juguetes.
 Mientras conversamos no puedo dejar de imaginar las vitrinas con juguetes de distintas épocas, conseguidos en los recicladeros de Medellín, cada uno con su historia a flor porque con los juguetes del Museo vale decir como el refrán aquel: “…a ningún juguete se le quita lo ‘jugao’…”. Ha sucedido, me dice Rafael, que un visitante desprevenido se encuentra con el recuerdo cuando reconoce un juguete de su niñez por las marcas que años antes hizo en él. El momento es indescriptible y cuando sucede el visitante llora porque, sin esperarlo, se encuentra con el recuerdo del papá, la mamá, los tíos y las tías, los hermanos, los primos, el rincón de la casa, el olor de la casa, el patio, los amigos; por unos minutos o por el tiempo que dura la visita el juguete tiene el poder de llevar al visitante a la infancia. Casi cinco mil juguetes hacen parte del Museo. El más antiguo de finales del siglo XIX y el más reciente llegará ese mismo día en la tarde; mientras conversaba con Rafael, alguien, un reciclador quizá, llamó para decir que tenía un juguete para que Rafael viera; mientras él habla con el portador del juguete al otro lado del teléfono, no dejo de imaginar los miles de historias, alegres, tristes, fallidas, trágicas o deslumbrantes que durante años albergaron las vitrinas del Museo…


… Desde el día en que su tía abuela Corina Correa le regaló un álbum de filatelista con dedicatoria: “…Para Rafael que será un gran filatelista…” y le llevó sin falta las estampillas, todavía pegadas a los sobres que llegaban a la Gobernación de Antioquia para que las despegara con cuidado y las coleccionara, Rafael Castaño es coleccionista. Desde ese día empezó todo. Coleccionó tapas de gaseosa, álbumes de caramelos, objetos de tauromaquia y de circo. Se hizo al perfil del coleccionista en el que todo es objeto de colección, incluso las colecciones. Tres objetos es el inicio de una colección, dice, y cuando uno los tiene ya es imposible abandonarla. Rafael Castaño estudió Derecho en la Universidad de Antioquia. Cuando terminó, Mária, con el acento ahí, novia entonces y esposa desde entonces, se fue a trabajar a Cartagena. Rafael aprendió a hacer barcos en botellas y cuando dijo que se iba para Cartagena a encontrarse con Mária y que iba a vivir de hacer barcos en botellas, su madre le dijo: lo único que le pido, Rafa, es que no sea empleado de banco. Y no fue empleado de banco. Hizo barcos en botellas que encontraba en la calle de La Sierpe, la calle de los recicladores, en Getsemaní. “El Barquero”lo llamaron. Con el tiempo y por un encuentro fortuito se volvió experto en vitrales. Tuvo un hijo y después de ocho años de vida en la Heroica regresó con su familia a Medellín. Por culpa del gen de coleccionista instalado desde la niñez inició la colección de juguetes; el primero fue un carro de pedales que compró en la calle Maturín, donde los recicladores se instalaban al borde la acera; lo vio desde el bus, se bajó y lo compró; de esto hace treinta y tantos años. La colección empezó de a pocos porque la idea era conseguir juguetes jugados, y juguetes así solo se encuentran en el reciclaje; en ese tiempo, claro, no tenía una idea concreta de lo que iba a hacer con ellos; compraba siempre los juguetes que le atraían o le sugerían la historia de su origen aunque en muchos casos, porque sabía poco de juguetes, no podría decir exactamente por qué los compraba; le atraían, los compraba y los guardaba, seguramente por la manía de coleccionista que lo acompaña a todas partes…


… Mientras Rafael habla, desde mi puesto en la cabecera de la mesa recorro las estanterías ahora desiertas, pero las imagino agitadas por el bullicio de la multitud de juguetes que las habitaron y que, a medida que aumentaban, se convertían en la evocación de la infancia, quizá lejana, para algunos de los visitantes, pero siempre estimulante en la cosecha de recuerdos. Como en todos los Museos del mundo, grupos de estudiantes con su profesor a la cabeza pasan horas dibujando los juguetes, proponiéndoles con lápiz y el papel otra forma de juego. Muchos visitantes pasaron frente a las vitrinas colmadas de juguetes y se encontraron con sus historias o con las de sus antepasados. El día que un visitante aseguró a Rafael que el valor de algunos de los juguetes que compartían vitrina con otros de todos los géneros era mayor que aquel que él siempre pensó, a pesar de su esencia de “juguete jugado”, la colección comenzó a tener forma de Museo y se hizo necesario investigar la historia del juguete en Colombia y en el mundo. Entonces sucedió algo particular, a medida que se ampliaba la colección, elementos de la infancia: escolares, decorativos o culturales, entraron a hacer parte del Museo; hoy, los objetos infantiles que desbordan la idea original del juguete y hacen del Museo del Juguete un Museo de la infancia, son parte de la colección. Por la relación entre juguetes, visitantes y memoria, dice Rafael, he podido darme cuenta de que esta colección, este agrupamiento de juguetes, no es solo una representación de coleccionista; es un Museo que logra la identificación, la emoción, el reencuentro de las personas con su infancia, con los recuerdos, con la vida, pero sobre todo con el juego que en los años de la niñez es el lenguaje común, poco importa el lugar, el idioma o el color…

… En los últimos veinte años el Museo del Juguete fue invitado a exposiciones en el Museo Maja de Jericó y el Museo de la Memoria de Medellín; las salas de Comfenalco en Medellín y La Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá; también fue objeto de artículos en medios nacionales y extranjeros: Universo Centro, Vivir en El Poblado, Revista Diners, Revista Credencial, Revista de Iberia, El Tiempo, La Revista de los Museos del Juguete de San Isidro en Argentina. En el inmenso libro de visitas, un antiguo libro de contaduría, también originario del reciclaje, los visitantes dejan testimonio, siempre emocionante, de su paso por este salón ahora en penumbra. Mientras Rafael Castaño habla del Museo y de sus historias, que son múltiples, no puedo dejar de escuchar la algarabía de los juguetes que habitaron las vitrinas que nos rodean, casi desiertas ahora y cuyo sinfín de juegos, de memoria, de ficciones, se acallará si no salen más de las cajas donde van a vivir de ahora en adelante…
Argumento. Esperemos que esta cantera de la memoria, El Museo del Juguete, encuentre apoyo y siga siendo el punto de encuentro de la infancia, de los recuerdos, de los juegos, de los sueños y de las ficciones de todos… Así continúa la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

       

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