Sanalejo

25 agosto, 2018 § Deja un comentario


Todo el mundo tiene un lugar propio, personal, único e intransferible en el mundo; un lugar donde pasa las horas, donde trabaja, hace nada o donde arruma cosas. Algunos llevan ese lugar a cuestas y lo abren o cierran según el momento. La tecnología sirve para llevarlo a todas partes. Por supuesto, como la tecnología, ese lugar es intransferible y permanente. Es allí donde se imagina, se sueña, se agranda o achica lo que vendrá y cómo vendrá. Es allí donde se conservan los objetos cercanos, queridos, los recuerdos, las intimidades. Para quienes no lo llevan a cuestas, que son mayoría, en ese lugar hay silla, escritorio, instrumentos de trabajo: lápices, papel, computador, además de los infaltables recuerdos y objetos que acumula el día a día. Ese lugar podría llamarse intimidad. Como todo el mundo tengo el mío. Quienes viven conmigo dicen que allí, donde paso las horas, el desorden no tiene posibilidad de recuperación y entrar o estar, incluso pasar cerca, es como entrar, estar o pasar cerca del cuarto de Sanalejo donde, en otros tiempos, se guardaba lo que por viejo o dañado estaba en tránsito a la basura. Mi Sanalejo es tan complejo como aquel de otros tiempos con la diferencia de que nada de lo que hay está para tirar a la basura a pesar de que por aquí y por allá se encuentren objetos viejos o dañados que saltan a mi paso por cualquier calle; objetos, que en otras manos, irían al cajón del reciclador…


… Aparte de los objetos encontrados o recuperados, en mi Sanalejo, donde paso la mayor parte de las horas, hay libros que, como dijo Alberto Manguel a propósito de su biblioteca, no los he leído todos pero los he abierto todos, y si están por allí arrumados en aparente desorden es porque en algún momento se dio el cruce y quedamos prendados. Son libros que me llaman, que abro, leo una página, un párrafo o solo dos renglones y vuelven a su sitio. También tengo por allí reproducciones de pinturas o dibujos que he recibido de amigos artistas y con los que me sucede lo mismo que con los libros: los miro de cerca, de lejos, recuerdo de dónde vienen y los devuelvo a su lugar. Entre los arrumes hay libros que he escrito y compuesto allí mismo, que no he logrado vender ni regalar y que, de vez en cuando, cuando alguien se interesa por lo que sucede en mi Sanalejo, le regalo uno. En dos repisas altas donde viven otros libros, tres flautas dulces de las que don Ricardo Sanín hacía en su taller de El Retiro, con tramos de bambú, pasan el tiempo sin que nadie las toque porque nadie cercano sabe sacarles la nota; también tengo un lápiz trampantojo que recibí como regalo de un diseñador; y también algunas postales: una que recuerda a René Magritte en una portada del New Yorker, otra con “La rueda de bicicleta” de Marcel Duchamp; la fotografía de un hombre desconocido de quien solo se adivina su presencia por el óvalo de la cara, algunas partes de su peinado y los hombros, difusos, perdidos, dañados, está por allí pegada a la pared; el hombre de la fotografía sufrió un accidente cuando ya era imagen, quizá un líquido corrosivo le cayó encima y lo malogró, la encontré una mañana entre los desechos que un reciclador llevaba en su carreta, le pregunté de donde la había sacado y no lo recordaba, le ofrecí compra, aceptó y desde ese día está frente a mi puesto en el Sanalejo. Entre un arrume de libros con fotografías, una máscara de tigre sin colmillos del Carnaval de Barranquilla y un ajedrez tallado en palo de escoba por “El gallero”, personaje de la calle Barbacoas de Medellín, se encuentra un barco, “nao” de tres mástiles según los expertos, versión miniatura de “La Santa María”, la nave insignia de la primera expedición de Cristobal Colón en 1492 que mi hermano Enrique, actor y experto miniaturista, reprodujo con fragmentos de madera tallada a mano y bautizó “Luz Elena” en honor a mi mujer…


… Por allí cerca un texto corto, al interior de un marco color madera, narra que Leonardo prefería las cocinas y los banquetes que preparaba para su patrón en Florencia, Ludovico Sforza llamado “El Moro”, al estudio donde a ratos trabajaba en el retrato de una dama de la ciudad que, apenas, se atrevía a sonreír. Un retrato de Simón Bolívar en el cuerpo del Marlon Brando de “Un tranvía llamado deseo” también tiene espacio entre papeles y dibujos de personajes enmarcados, habitantes de la “Ciudad de hierro”. Cada vez que me cruzo en una esquina de Envigado con un hombre mayor, fabricante y vendedor de trapecistas que se enredan, se desenredan y hacen volteretas entre dos palillos con solo apretarlos en la base, le compro uno; siete de ellos vestidos con el uniforme de equipos de fútbol cercanos, esperan en una repisa recostados contra los libros que alguien los apriete, la inmovilidad les aburre. La caja de madera, del tamaño de una tarjeta de visita que heredé de mi hermana y nunca, las veces que fui a su casa, pude abrir y ahora que la tengo cerca no lo voy a intentar porque con tenerla entre los trebejos, así los llamarían en otros tiempos, es suficiente y cada que la miro y en ocasiones la sopeso el recuerdo de ella, de mi hermana, fluye. Y aunque no soy jugador de juegos de salón, en un viaje reciente a una ciudad con calles adoquinadas llamó mi atención la cantidad infinita de las cuatro pintas del póker: corazones, picas, tréboles y diamantes, en tapas de cerveza, unas más nuevas y limpias que otras, que encontré entre las rendijas de los adoquines; cuando encontré la primera, lo consideré como una señal de la suerte, era un diamante rojo, supuse que era la única y que no habría más, después vino un trébol negro y aunque ese trébol solo tiene tres hojas también lo consideré un golpe de suerte; a medida que pasaban los días y recorríamos las calles de aquella ciudad las pintas del póker se multiplicaron; sin embargo las consideré una suerte y las traje al Sanalejo. Un medio día de sol me crucé con las piernas de la Barbie, a diferencia de las pintas del póker no parecían traer suerte, no esperaba encontrarlas sin cuerpo donde las encontré, entre las ruinas de una construcción, las piernas arruinadas por los escombros llamaron mi atención y también vinieron a parar al Sanalejo…


… Las plumas y los lápices que llegado el momento se han mojado de tinta y trazado alguna línea las conservo en un tazón, regalo de una de mis hijas, donde también hay encabadores, incluso uno con pluma de vidrio y estilógrafos que trazan desde hace años texturas en libretas de bolsillo. Todo esto sin contar las fotografías con el poder de devolver en el tiempo y el espacio a quien está en ellas, como “La máquina del tiempo” de H. G. Wells, que se cruzan con los dibujos y las reproducciones, sobre todo una que ocupa el mismo lugar desde hace años: “Las carretas en el campamento de los gitanos” de Vincent Van Gogh. Mike Wazowski el cíclope de Monster’s Inc. me mira sin pestañear desde su puesto, también desde hace años, en la cima de un arrume de libros que cambia con frecuencia. Hay mucho más en mi Sanalejo, me tomaría días y espacio relatarlo pieza por pieza, desecho por desecho, dibujo por dibujo, estilógrafo por estilógrafo, juguete por juguete; tomaría tiempo narrar el origen y el momento de cada objeto. He llegado a imaginar que un día, cercano o lejano, no lo sé, un personaje que nunca he visto entra en mí Sanalejo, se sienta en mi silla, no sé decir por cuanto tiempo, escudriña por todos los costados, mira los dibujos, abre los libros, pasa la mano encima de los objetos, los acaricia, mira las libretas hoja por hoja; ensaya trazos sobre una hoja en blanco con alguna de las plumas; cambia de lugar objetos que dejo en lugares visibles para no olvidarlos. El personaje que imagino no se apropia de los objetos sino de lo que ellos representan; como no lo he visto aun lo imagino caminando por una calle, escribiendo en el celular o en el computador con las piernas estiradas bajo el escritorio, y cuando termine el recorrido por mi Sanalejo y se vaya, encontraré que en lo que dejó escrito hay un retrato, quizá el mío…
Argumento. Uno termina pareciéndose a los objetos que lo rodean, dijo el hombre con cara alargada como pluma de estilógrafo… Nadie sabe lo que se esconde en el Sanalejo de otro… y ahí está la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

 

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