La mujer que no volvió

18 agosto, 2018 § Deja un comentario


Domingo, ocho y diez de una mañana despejada y con promesa de sol. Nada en el recorrido de ciento cincuenta o doscientos metros entre el hotel y el parqueadero presagiaba que el imposible en forma de automóvil atravesado tomaría lugar, sin prevenir, cinco minutos más tarde. El dueño, o la dueña del automóvil, lo dejó, abandonó sonaría mejor, la noche del sábado o el amanecer del domingo, cuando el parqueadero ya había cerrado, frente al portón de entrada pero al interior del parqueadero; cerró y se fue. A esa hora el responsable de la vigilancia estaba adormilado o no estaba y posiblemente nadie recibió al retardado y su automóvil; él o ella tenía llaves del portón amarillo, entró, dejó el mamotreto, que a partir de ese momento dejó de ser automóvil para convertirse en mamotreto imposible de mover, esquinado frente al portón en un punto donde ningún otro automóvil podía entrar o salir; cerró con seguro su mamotreto y partió con todas las llaves, las del mamotreto y las del portón, entre el bolsillo o en el bolso. Es posible que el vigilante adormilado haya permitido el mamotreto estorbando la salida: por imprudencia, medida de seguridad o como escenificación de una pesadilla. Nadie lo sabe. Lo dicho hasta ahora nunca se aclaró porque la figura del vigilante adormilado, cabeceando a izquierda y derecha, adelante y atrás, con la boca abierta, al ritmo del sueño, solo pasó por la imaginación del sujeto con afán que a esa mañana de domingo necesitaba sacar de allí su automóvil con toda urgencia. La encrucijada tomó forma a las ocho y doce o quince de la mañana cuando el encargado de la vigilancia que no ignoraba la presencia del mamotreto pegado al portón amarillo del parqueadero llegó para abrirlo. El sujeto con afán tuvo que llamarlo al número de celular anotado con números desiguales en la pared del parqueadero para que viniera lo más pronto posible porque tenía necesidad de recuperar su carro y partir. El vigilante, llamado Javier, llegó en moto, sin casco y con cara de acontecido pocos minutos después; saludó con una seña tímida, se acercó al portón con la intención de abrir pero antes miró al interior por una rendija en la parte baja, se alejó varios pasos hasta el límite de la acera donde había dejado la moto y con voz arrastrada dijo: “… una señora dejó el carro en la entrada y el suyo no puede salir…” No hubo respuesta ni ruidos que acompañaran la advertencia del vigilante, lo único que se escuchó fue el roce del portón doble en el piso de tierra pisoteada. En ese momento el sujeto con afán no imaginó la mujer que le impedía llegar donde debía llegar con toda urgencia…


… Cuando Javier logró abrir, con dificultad, y el mamotreto gris oscuro casi azul, esquinado frente al portón que no permitía la salida de ningún otro automóvil apareció en la penumbra su mirada se perdió y seguramente tuvo la intención de salir corriendo. El parqueadero situado en el espacio que, en otro tiempo, fue la entrada al solar de una casa principal pero adaptado como parqueadero para redondear los fines de mes pareció, a ojos del sujeto con afán, estrecho para el tamaño y la cantidad de carros guardados. Javier, en apariencia el encargado de la vigilancia la noche anterior, no tenía idea de dónde encontrar la dueña del mamotreto, ni siquiera la había visto y no sabía si era gorda o flaco o sonriente o seria; no lo dijo pero lo dejó notar mientras se dedicó a medir la entrada o salida del parqueadero uniendo la punta del zapato izquierdo con el talón del derecho y después la punta del derecho con el talón del izquierdo hasta saber cuántos zapatos eran necesarios para cubrir los cuatro o cinco metros que separaban un extremo del otro del portón. El sujeto con afán pensó que Javier medía una posible salida, sin embargo lo que hacía era una suerte cara y sello: si el resultado era un número par iría a la izquierda en busca de la mujer, si impar a la derecha. Distraído y más de lo conveniente para ejercer la función, fue la opinión que el sujeto con afán se hizo de Javier; el juego con los zapatos, que repitió de ida y vuelta porque no logró sacar en claro si el resultado era par o impar, confirmó la duda. Javier era un hombre promedio, con edad y tamaño promedio, de aquellos que no destacan porque el uniforme generalizado que lleva: bluyines rotos en las rodillas, camiseta negra con letreros en inglés que invitan a una vida mejor, zapatos verdes para hacer deporte y cachucha de beisbolista con el escudo de los Yankis de Nueva York en el frente, lo mimetiza con la mayoría. A pesar de su apariencia igual a todos el aire distraído lo domina; cuando quizo partir en busca de la dueña del mamotreto, no encontró las llaves de la moto, las buscó, fue de un lado para otro y no las encontró, entonces partió calle arriba porque según él, la mujer vivía en una de las casas de la calle de arriba; encontró las llaves en el bolsillo de atrás del bluyín antes de llegar a la esquina y se devolvió al parqueadero, donde el sujeto con afán, en ausencia del encargado, había ocupado el cargo de vigilante, cliente y vigilante a la vez. Javier partió en la moto y no regresó más…



… Cinco minutos después aparecieron dos hombres mayores: Adalberto y Miguel Ángel. Llegaron como quien llega a su casa; sabían de donde sacar el taburete de cuero raído para recostar contra la puerta y mirar calle abajo; abrieron un cajón blanco, cerrado con candado, ellos tenían la llave, y sacaron el cuaderno con puntas dobladas y hojas llenas hasta los bordes de nombres y números de teléfono anotados a lápiz; Adalberto se acomodó en el taburete y comenzó la búsqueda de la mujer dueña del mamotreto. Miguel Ángel fue a sentarse en el borde de la acera en la esquina a escudriñar la calle hacia arriba y hacia abajo con la esperanza de ver venir una mujer alta o bajita con bolso o sin bolso pero con las llaves del mamotreto. La búsqueda infructuosa en el cuaderno y la espera no menos árida que iniciaron después de instalarse y apenas saludar al sujeto con afán sentado como Miguel Ángel en la acera del frente, porque el único taburete lo había ocupado Adalberto, los miraba sin hablar hasta que cayó en la cuenta de que esperaba un milagro que no se iba a dar. Eran las diez y cuarenta y cinco cuando el sujeto con afán también fatigado de tomar fotografías con su celular a cuanta paloma se acercaba a la acera donde se había sentado a esperar se acercó a Adalberto y le dijo que ya no tenía afán. Adalberto fatigado de llamar desde un teléfono inalámbrico a todo número que lograba descifrar en el cuaderno, lo cerró, tiró el espaldar de la silla para atrás y cerró los ojos. Miguel Ángel seguía en la esquina y como no había mujer que subiera o bajara su único movimiento era de cabeza a la derecha y a la izquierda como una figura de loza de esas que mueven la cabeza al vaivén del viento, parecía dormido. El sujeto con afán, ahora sin afán, se acomodó, como si la espera fuera a ser eterna, en el puesto de atrás de su carro, frente al de la mujer que abandonó el suyo a su suerte sin preocuparse por él. Adalberto con los ojos cerrados no se preocupó más por el sujeto ahora sin afán, ni por Miguel Ángel, ni por el cuaderno; cerró los ojos y quizá recordó a su primo el expresidente quien debía tener problemas de verdad. Javier, el vigilante que partió en la moto en busca de la mujer no regresó más. La esquina del parqueadero quedó quieta, ni siquiera las palomas volvieron a la acera del frente. Las horas pasaron y nada se iba a mover hasta que la mujer dueña del mamotreto esquinado interrumpiendo todo volviera por él, pero la mujer no volvió…
Argumento. Lo que viene es incierto, dijo el personaje uno. Lo que fue es lo cierto insistió… En la incertidumbre está la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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