Reunión

11 agosto, 2018 § Deja un comentario


Nos dimos cita en una librería. El lugar ideal porque íbamos a hablar de libros, no de escritores, ni de novelas, ni de cuentos, aunque podrían venir a cuento. Íbamos a hablar de cómo hacer libros: forma, tamaño, papel y demás, para un fondo editorial en ciernes. Llegué unos diez o quince minutos antes de la hora, es una forma de incumplimiento pero me cuesta remediarlo, soy incumplido por naturaleza. La mujer flaca y vestida de gris, detrás del mostrador en la entrada me recibió con atención, preguntó si buscaba algún libro en particular; dije que esperaba dos señores con quienes tenía cita allí mismo. La mujer no mostró ningún tipo de emoción, es decir, no aprobó ni desaprobó que me encontrara allí para algo distinto a comprar libros, incluso me indicó una silla donde podría esperar y me ofreció un café. Agradecí y dije que iba a mirar las estanterías. Pasear por una librería tiene magia; los libros llaman, en ocasiones gritan y entonces uno los saca de su lugar, apretado, entre otros libros; los mira por los cuatro costados, los acaricia, lee la portada, la contraportada y si el encuentro fluye los abre y lee en el interior, cualquier página, el comienzo de cualquier párrafo. Es una aventura que dura hasta que otro libro se atraviesa y el coqueteo recomienza. Porque el primer cruce con un libro es de coqueteo: me gustas, te gusto; ¿qué dices?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿ya?, ¿aquí? Me encontraba en esos avatares cuando el primero de los Juanes, eran dos, con quienes me iba a encontrar llegó. Los libros volvieron a sus entrepaños y el primer Juan, que en la llamada realidad era el segundo pero llegó de primero, conocedor del lugar, sugirió una mesa redonda en el centro del salón…


… Una mesa con cuatro taburetes alrededor y libros en desorden hasta los bordes. Tendríamos la literatura universal en las estanterías a la derecha; ensayo y filosofía a la izquierda; al fondo, los libros ilustrados e infantiles de lado a lado y de arriba abajo del muro. En el mismo momento en que el segundo Juan insinuó que nos sentáramos allí y aun no habíamos ocupado nuestros puestos, apenas acomodábamos los taburetes, un hombre grande, alto, quizá grueso pero no lo podría asegurar, con mucho pelo negro negro alrededor de la cara y hasta en la frente apenas visible entre el pelo de la cabeza, el de las cejas, las gafas de montura negra gruesa y los ojos también negros, además del vestido negro, que lo convirtió en mole, cayó como un meteorito apagado sobre el taburete en el lado opuesto de la mesa más allá de los libros en desorden y cuando preguntó si podía ocuparlo, disimulado por los arrumes de libros, ya se había tomado el taburete y solo atinamos a responder con un murmullo afirmativo. No dio tiempo para más. El hombre, la mole oscura que cayó al otro lado de la mesa, organizó el espacio frente a él, sacó un portátil del maletín y lo puso sobre la mesa, el maletín lo dejó en el piso; de algún lugar que no vi sacó un paño también negro para limpiar las gafas de montura negra y vidrio grueso, las limpió, abrió el portátil y no nos miró más, si es que en algún momento nos miró; se concentró en la pantalla frente a él. Entonces me pareció ver una ondulación como de papel al vuelo que lo estremeció de pies a cabeza; era una ondulación parecida a la resistencia que opone un papel al caer en el vacío; sin embargo, esa sensación, a pesar de ser contradictoria con el peso de mole sólida y masiva con que se apoderó del taburete fue más fuerte que el resto. Si tuviera que decir cuál de los dos indicios fue más fuerte, el papel o la mole; me atrevería a decir que la ondulación del papel, derivada de la angustia en su mirada, fue más fuerte que su peso y tamaño de mole. Cualquier efecto pasó a segundo plano porque la mole de papel, diría ahora, desapareció detrás de los libros arrumados en el centro de la mesa como una barrera infranqueable…


… El primer Juan llegó de segundo y apenas tuvimos tiempo de plantear el objeto de nuestra reunión: el tamaño de unos libros, cuando una voz desde el otro lado del arrume de libros interrumpió nuestra conversación, pasó por encima del arrume y comenzó a enumerar detalles técnicos de plegado, de papel, de dimensiones que si no teníamos en cuenta harían que los libros de los que hablábamos quedaran imperfectos porque no cerrarían, el papel se deformaría porque la manera correcta de emplearlo no era como todo el mundo imaginaba, lo más probable era que quedaran mal cortados y sobre todo, porque quienes soportan las vicisitudes y desconocimiento de quienes hacen libros son los personajes, que sin que les pregunten están en la encrucijada de soportar el paso del tiempo mal plegados, arrugados, anormales, irreconocibles, en papeles de mala calidad, casi transparentes y sin personalidad; eso sin hablar de las historias de malos o tramposos, de buenos e ingenuos o de buenos sin más posibilidad que serlo, que se ven obligados a ejecutar; personajes de todos los bordes según el deseo de otro, un tercero o un primero que ni siquiera tiene conocimiento de donde vivirá el personaje que propuso. Un libro mal hecho es como unos zapatos tres tallas menos y lo peor, nadie se da cuenta. No es problema, dirá algún abogado del diablo: todo el mundo sabe que los personajes no mueren porque siempre reaparecen luego en otro libro, con otro nombre y otra figura; sin embargo, nadie debe ignorar que un libro mal hecho es como una tumba para quienes viven en él. Cuando la voz venida del otro lado del arrume de libros hizo pausa, unas manos del tamaño de la voz que parecía sostenida de un hilo a punto de reventar, comenzaron a despejar la barrera que le impedía abandonar el incógnito. Poco a poco detrás de los libros que las manos con voz, aun no había aparecido su cara, organizaban los arrumes hacia los bordes de la mesa, el silencio se instaló entre los Juanes y yo…

… A pesar del recuerdo aun fresco de su incursión, la figura de mole que ocupó el taburete al otro lado de la mesa no volvió a mi memoria; lo recordaba y no lo recordaba, por instantes la mole oscura y masiva era más presente que la hoja de papel zarandeada por el vacío en su caída y las dos figuras, papel y mole, navegaban en mi memoria con intermitencia. Cuando el hombre murmuró el permiso para ocupar el puesto al otro lado de la mesa, apenas alcancé a ver su cara, sucedió muy rápido; imagino que el segundo Juan que había llegado de primero tampoco recordaba cómo era el personaje. Lo narrado hasta ahora sucedió en segundos. Antes de que el interlocutor despejara el arrume de libros y dejara de ser solo voz varias ideas atravesaron mi curiosidad: quien habló era seguramente el personaje de un libro mal hecho; también era posible que fuera prisionero de ese libro o de otro y sus argumentos sobre los libros mal hechos eran un ardid para salir del encierro; encontrar a quien decirlo significaba, seguramente, su liberación. De todas maneras quien apareciera después de despejar el arrume que se interponía entre el personaje, más papel que mole, los Juanes y yo, sería una sorpresa…
Argumento. En los libros está todo, dijo el personaje y abrió el que tenía en la mano. Y no habló más… Un libro abierto es el comienzo de la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

  

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