Sanalejo

25 agosto, 2018 § Deja un comentario



Todo el mundo tiene un lugar propio, personal, único e intransferible en el mundo; un lugar donde pasa las horas, donde trabaja, hace nada o donde arruma cosas. Algunos llevan ese lugar a cuestas y lo abren o cierran según el momento. La tecnología sirve para llevarlo a todas partes. Por supuesto, como la tecnología, ese lugar es intransferible y permanente. Es allí donde se imagina, se sueña, se agranda o achica lo que vendrá y cómo vendrá. Es allí donde se conservan los objetos cercanos, queridos, los recuerdos, las intimidades. Para quienes no lo llevan a cuestas, que son mayoría, en ese lugar hay silla, escritorio, instrumentos de trabajo: lápices, papel, computador, además de los infaltables recuerdos y objetos que acumula el día a día. Ese lugar podría llamarse intimidad. Como todo el mundo tengo el mío. Quienes viven conmigo dicen que allí, donde paso las horas, el desorden no tiene posibilidad de recuperación y entrar o estar, incluso pasar cerca, es como entrar, estar o pasar cerca del cuarto de Sanalejo donde, en otros tiempos, se guardaba lo que por viejo o dañado estaba en tránsito a la basura. Mi Sanalejo es tan complejo como aquel de otros tiempos con la diferencia de que nada de lo que hay está para tirar a la basura a pesar de que por aquí y por allá se encuentren objetos viejos o dañados que saltan a mi paso por cualquier calle; objetos, que en otras manos, irían al cajón del reciclador…


… Aparte de los objetos encontrados o recuperados, en mi Sanalejo, donde paso la mayor parte de las horas, hay libros que, como dijo Alberto Manguel a propósito de su biblioteca, no los he leído todos pero los he abierto todos, y si están por allí arrumados en aparente desorden es porque en algún momento se dio el cruce y quedamos prendados. Son libros que me llaman, que abro, leo una página, un párrafo o solo dos renglones y vuelven a su sitio. También tengo por allí reproducciones de pinturas o dibujos que he recibido de amigos artistas y con los que me sucede lo mismo que con los libros: los miro de cerca, de lejos, recuerdo de dónde vienen y los devuelvo a su lugar. Entre los arrumes hay libros que he escrito y compuesto allí mismo, que no he logrado vender ni regalar y que, de vez en cuando, cuando alguien se interesa por lo que sucede en mi Sanalejo, le regalo uno. En dos repisas altas donde viven otros libros, tres flautas dulces de las que don Ricardo Sanín hacía en su taller de El Retiro, con tramos de bambú, pasan el tiempo sin que nadie las toque porque nadie cercano sabe sacarles la nota; también tengo un lápiz trampantojo que recibí como regalo de un diseñador; y también algunas postales: una que recuerda a René Magritte en una portada del New Yorker, otra con “La rueda de bicicleta” de Marcel Duchamp; la fotografía de un hombre desconocido de quien solo se adivina su presencia por el óvalo de la cara, algunas partes de su peinado y los hombros, difusos, perdidos, dañados, está por allí pegada a la pared; el hombre de la fotografía sufrió un accidente cuando ya era imagen, quizá un líquido corrosivo le cayó encima y lo malogró, la encontré una mañana entre los desechos que un reciclador llevaba en su carreta, le pregunté de donde la había sacado y no lo recordaba, le ofrecí compra, aceptó y desde ese día está frente a mi puesto en el Sanalejo. Entre un arrume de libros con fotografías, una máscara de tigre sin colmillos del Carnaval de Barranquilla y un ajedrez tallado en palo de escoba por “El gallero”, personaje de la calle Barbacoas de Medellín, se encuentra un barco, “nao” de tres mástiles según los expertos, versión miniatura de “La Santa María”, la nave insignia de la primera expedición de Cristobal Colón en 1492 que mi hermano Enrique, actor y experto miniaturista, reprodujo con fragmentos de madera tallada a mano y bautizó “Luz Elena” en honor a mi mujer…


… Por allí cerca un texto corto, al interior de un marco color madera, narra que Leonardo prefería las cocinas y los banquetes que preparaba para su patrón en Florencia, Ludovico Sforza llamado “El Moro”, al estudio donde a ratos trabajaba en el retrato de una dama de la ciudad que, apenas, se atrevía a sonreír. Un retrato de Simón Bolívar en el cuerpo del Marlon Brando de “Un tranvía llamado deseo” también tiene espacio entre papeles y dibujos de personajes enmarcados, habitantes de la “Ciudad de hierro”. Cada vez que me cruzo en una esquina de Envigado con un hombre mayor, fabricante y vendedor de trapecistas que se enredan, se desenredan y hacen volteretas entre dos palillos con solo apretarlos en la base, le compro uno; siete de ellos vestidos con el uniforme de equipos de fútbol cercanos, esperan en una repisa recostados contra los libros que alguien los apriete, la inmovilidad les aburre. La caja de madera, del tamaño de una tarjeta de visita que heredé de mi hermana y nunca, las veces que fui a su casa, pude abrir y ahora que la tengo cerca no lo voy a intentar porque con tenerla entre los trebejos, así los llamarían en otros tiempos, es suficiente y cada que la miro y en ocasiones la sopeso el recuerdo de ella, de mi hermana, fluye. Y aunque no soy jugador de juegos de salón, en un viaje reciente a una ciudad con calles adoquinadas llamó mi atención la cantidad infinita de las cuatro pintas del póker: corazones, picas, tréboles y diamantes, en tapas de cerveza, unas más nuevas y limpias que otras, que encontré entre las rendijas de los adoquines; cuando encontré la primera, lo consideré como una señal de la suerte, era un diamante rojo, supuse que era la única y que no habría más, después vino un trébol negro y aunque ese trébol solo tiene tres hojas también lo consideré un golpe de suerte; a medida que pasaban los días y recorríamos las calles de aquella ciudad las pintas del póker se multiplicaron; sin embargo las consideré una suerte y las traje al Sanalejo. Un medio día de sol me crucé con las piernas de la Barbie, a diferencia de las pintas del póker no parecían traer suerte, no esperaba encontrarlas sin cuerpo donde las encontré, entre las ruinas de una construcción, las piernas arruinadas por los escombros llamaron mi atención y también vinieron a parar al Sanalejo…


… Las plumas y los lápices que llegado el momento se han mojado de tinta y trazado alguna línea las conservo en un tazón, regalo de una de mis hijas, donde también hay encabadores, incluso uno con pluma de vidrio y estilógrafos que trazan desde hace años texturas en libretas de bolsillo. Todo esto sin contar las fotografías con el poder de devolver en el tiempo y el espacio a quien está en ellas, como “La máquina del tiempo” de H. G. Wells, que se cruzan con los dibujos y las reproducciones, sobre todo una que ocupa el mismo lugar desde hace años: “Las carretas en el campamento de los gitanos” de Vincent Van Gogh. Mike Wazowski el cíclope de Monster’s Inc. me mira sin pestañear desde su puesto, también desde hace años, en la cima de un arrume de libros que cambia con frecuencia. Hay mucho más en mi Sanalejo, me tomaría días y espacio relatarlo pieza por pieza, desecho por desecho, dibujo por dibujo, estilógrafo por estilógrafo, juguete por juguete; tomaría tiempo narrar el origen y el momento de cada objeto. He llegado a imaginar que un día, cercano o lejano, no lo sé, un personaje que nunca he visto entra en mí Sanalejo, se sienta en mi silla, no sé decir por cuanto tiempo, escudriña por todos los costados, mira los dibujos, abre los libros, pasa la mano encima de los objetos, los acaricia, mira las libretas hoja por hoja; ensaya trazos sobre una hoja en blanco con alguna de las plumas; cambia de lugar objetos que dejo en lugares visibles para no olvidarlos. El personaje que imagino no se apropia de los objetos sino de lo que ellos representan; como no lo he visto aun lo imagino caminando por una calle, escribiendo en el celular o en el computador con las piernas estiradas bajo el escritorio, y cuando termine el recorrido por mi Sanalejo y se vaya, encontraré que en lo que dejó escrito hay un retrato, quizá el mío…
Argumento. Uno termina pareciéndose a los objetos que lo rodean, dijo el hombre con cara alargada como pluma de estilógrafo… Nadie sabe lo que se esconde en el Sanalejo de otro… y ahí está la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

 

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La mujer que no volvió

18 agosto, 2018 § Deja un comentario



Domingo, ocho y diez de una mañana despejada y con promesa de sol. Nada en el recorrido de ciento cincuenta o doscientos metros entre el hotel y el parqueadero presagiaba que el imposible en forma de automóvil atravesado tomaría lugar, sin prevenir, cinco minutos más tarde. El dueño, o la dueña del automóvil, lo dejó, abandonó sonaría mejor, la noche del sábado o el amanecer del domingo, cuando el parqueadero ya había cerrado, frente al portón de entrada pero al interior del parqueadero; cerró y se fue. A esa hora el responsable de la vigilancia estaba adormilado o no estaba y posiblemente nadie recibió al retardado y su automóvil; él o ella tenía llaves del portón amarillo, entró, dejó el mamotreto, que a partir de ese momento dejó de ser automóvil para convertirse en mamotreto imposible de mover, esquinado frente al portón en un punto donde ningún otro automóvil podía entrar o salir; cerró con seguro su mamotreto y partió con todas las llaves, las del mamotreto y las del portón, entre el bolsillo o en el bolso. Es posible que el vigilante adormilado haya permitido el mamotreto estorbando la salida: por imprudencia, medida de seguridad o como escenificación de una pesadilla. Nadie lo sabe. Lo dicho hasta ahora nunca se aclaró porque la figura del vigilante adormilado, cabeceando a izquierda y derecha, adelante y atrás, con la boca abierta, al ritmo del sueño, solo pasó por la imaginación del sujeto con afán que a esa mañana de domingo necesitaba sacar de allí su automóvil con toda urgencia. La encrucijada tomó forma a las ocho y doce o quince de la mañana cuando el encargado de la vigilancia que no ignoraba la presencia del mamotreto pegado al portón amarillo del parqueadero llegó para abrirlo. El sujeto con afán tuvo que llamarlo al número de celular anotado con números desiguales en la pared del parqueadero para que viniera lo más pronto posible porque tenía necesidad de recuperar su carro y partir. El vigilante, llamado Javier, llegó en moto, sin casco y con cara de acontecido pocos minutos después; saludó con una seña tímida, se acercó al portón con la intención de abrir pero antes miró al interior por una rendija en la parte baja, se alejó varios pasos hasta el límite de la acera donde había dejado la moto y con voz arrastrada dijo: “… una señora dejó el carro en la entrada y el suyo no puede salir…” No hubo respuesta ni ruidos que acompañaran la advertencia del vigilante, lo único que se escuchó fue el roce del portón doble en el piso de tierra pisoteada. En ese momento el sujeto con afán no imaginó la mujer que le impedía llegar donde debía llegar con toda urgencia…


… Cuando Javier logró abrir, con dificultad, y el mamotreto gris oscuro casi azul, esquinado frente al portón que no permitía la salida de ningún otro automóvil apareció en la penumbra su mirada se perdió y seguramente tuvo la intención de salir corriendo. El parqueadero situado en el espacio que, en otro tiempo, fue la entrada al solar de una casa principal pero adaptado como parqueadero para redondear los fines de mes pareció, a ojos del sujeto con afán, estrecho para el tamaño y la cantidad de carros guardados. Javier, en apariencia el encargado de la vigilancia la noche anterior, no tenía idea de dónde encontrar la dueña del mamotreto, ni siquiera la había visto y no sabía si era gorda o flaco o sonriente o seria; no lo dijo pero lo dejó notar mientras se dedicó a medir la entrada o salida del parqueadero uniendo la punta del zapato izquierdo con el talón del derecho y después la punta del derecho con el talón del izquierdo hasta saber cuántos zapatos eran necesarios para cubrir los cuatro o cinco metros que separaban un extremo del otro del portón. El sujeto con afán pensó que Javier medía una posible salida, sin embargo lo que hacía era una suerte cara y sello: si el resultado era un número par iría a la izquierda en busca de la mujer, si impar a la derecha. Distraído y más de lo conveniente para ejercer la función, fue la opinión que el sujeto con afán se hizo de Javier; el juego con los zapatos, que repitió de ida y vuelta porque no logró sacar en claro si el resultado era par o impar, confirmó la duda. Javier era un hombre promedio, con edad y tamaño promedio, de aquellos que no destacan porque el uniforme generalizado que lleva: bluyines rotos en las rodillas, camiseta negra con letreros en inglés que invitan a una vida mejor, zapatos verdes para hacer deporte y cachucha de beisbolista con el escudo de los Yankis de Nueva York en el frente, lo mimetiza con la mayoría. A pesar de su apariencia igual a todos el aire distraído lo domina; cuando quizo partir en busca de la dueña del mamotreto, no encontró las llaves de la moto, las buscó, fue de un lado para otro y no las encontró, entonces partió calle arriba porque según él, la mujer vivía en una de las casas de la calle de arriba; encontró las llaves en el bolsillo de atrás del bluyín antes de llegar a la esquina y se devolvió al parqueadero, donde el sujeto con afán, en ausencia del encargado, había ocupado el cargo de vigilante, cliente y vigilante a la vez. Javier partió en la moto y no regresó más…



… Cinco minutos después aparecieron dos hombres mayores: Adalberto y Miguel Ángel. Llegaron como quien llega a su casa; sabían de donde sacar el taburete de cuero raído para recostar contra la puerta y mirar calle abajo; abrieron un cajón blanco, cerrado con candado, ellos tenían la llave, y sacaron el cuaderno con puntas dobladas y hojas llenas hasta los bordes de nombres y números de teléfono anotados a lápiz; Adalberto se acomodó en el taburete y comenzó la búsqueda de la mujer dueña del mamotreto. Miguel Ángel fue a sentarse en el borde de la acera en la esquina a escudriñar la calle hacia arriba y hacia abajo con la esperanza de ver venir una mujer alta o bajita con bolso o sin bolso pero con las llaves del mamotreto. La búsqueda infructuosa en el cuaderno y la espera no menos árida que iniciaron después de instalarse y apenas saludar al sujeto con afán sentado como Miguel Ángel en la acera del frente, porque el único taburete lo había ocupado Adalberto, los miraba sin hablar hasta que cayó en la cuenta de que esperaba un milagro que no se iba a dar. Eran las diez y cuarenta y cinco cuando el sujeto con afán también fatigado de tomar fotografías con su celular a cuanta paloma se acercaba a la acera donde se había sentado a esperar se acercó a Adalberto y le dijo que ya no tenía afán. Adalberto fatigado de llamar desde un teléfono inalámbrico a todo número que lograba descifrar en el cuaderno, lo cerró, tiró el espaldar de la silla para atrás y cerró los ojos. Miguel Ángel seguía en la esquina y como no había mujer que subiera o bajara su único movimiento era de cabeza a la derecha y a la izquierda como una figura de loza de esas que mueven la cabeza al vaivén del viento, parecía dormido. El sujeto con afán, ahora sin afán, se acomodó, como si la espera fuera a ser eterna, en el puesto de atrás de su carro, frente al de la mujer que abandonó el suyo a su suerte sin preocuparse por él. Adalberto con los ojos cerrados no se preocupó más por el sujeto ahora sin afán, ni por Miguel Ángel, ni por el cuaderno; cerró los ojos y quizá recordó a su primo el expresidente quien debía tener problemas de verdad. Javier, el vigilante que partió en la moto en busca de la mujer no regresó más. La esquina del parqueadero quedó quieta, ni siquiera las palomas volvieron a la acera del frente. Las horas pasaron y nada se iba a mover hasta que la mujer dueña del mamotreto esquinado interrumpiendo todo volviera por él, pero la mujer no volvió…
Argumento. Lo que viene es incierto, dijo el personaje uno. Lo que fue es lo cierto insistió… En la incertidumbre está la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Reunión

11 agosto, 2018 § Deja un comentario



Nos dimos cita en una librería. El lugar ideal porque íbamos a hablar de libros, no de escritores, ni de novelas, ni de cuentos, aunque podrían venir a cuento. Íbamos a hablar de cómo hacer libros: forma, tamaño, papel y demás, para un fondo editorial en ciernes. Llegué unos diez o quince minutos antes de la hora, es una forma de incumplimiento pero me cuesta remediarlo, soy incumplido por naturaleza. La mujer flaca y vestida de gris, detrás del mostrador en la entrada me recibió con atención, preguntó si buscaba algún libro en particular; dije que esperaba dos señores con quienes tenía cita allí mismo. La mujer no mostró ningún tipo de emoción, es decir, no aprobó ni desaprobó que me encontrara allí para algo distinto a comprar libros, incluso me indicó una silla donde podría esperar y me ofreció un café. Agradecí y dije que iba a mirar las estanterías. Pasear por una librería tiene magia; los libros llaman, en ocasiones gritan y entonces uno los saca de su lugar, apretado, entre otros libros; los mira por los cuatro costados, los acaricia, lee la portada, la contraportada y si el encuentro fluye los abre y lee en el interior, cualquier página, el comienzo de cualquier párrafo. Es una aventura que dura hasta que otro libro se atraviesa y el coqueteo recomienza. Porque el primer cruce con un libro es de coqueteo: me gustas, te gusto; ¿qué dices?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿ya?, ¿aquí? Me encontraba en esos avatares cuando el primero de los Juanes, eran dos, con quienes me iba a encontrar llegó. Los libros volvieron a sus entrepaños y el primer Juan, que en la llamada realidad era el segundo pero llegó de primero, conocedor del lugar, sugirió una mesa redonda en el centro del salón…


… Una mesa con cuatro taburetes alrededor y libros en desorden hasta los bordes. Tendríamos la literatura universal en las estanterías a la derecha; ensayo y filosofía a la izquierda; al fondo, los libros ilustrados e infantiles de lado a lado y de arriba abajo del muro. En el mismo momento en que el segundo Juan insinuó que nos sentáramos allí y aun no habíamos ocupado nuestros puestos, apenas acomodábamos los taburetes, un hombre grande, alto, quizá grueso pero no lo podría asegurar, con mucho pelo negro negro alrededor de la cara y hasta en la frente apenas visible entre el pelo de la cabeza, el de las cejas, las gafas de montura negra gruesa y los ojos también negros, además del vestido negro, que lo convirtió en mole, cayó como un meteorito apagado sobre el taburete en el lado opuesto de la mesa más allá de los libros en desorden y cuando preguntó si podía ocuparlo, disimulado por los arrumes de libros, ya se había tomado el taburete y solo atinamos a responder con un murmullo afirmativo. No dio tiempo para más. El hombre, la mole oscura que cayó al otro lado de la mesa, organizó el espacio frente a él, sacó un portátil del maletín y lo puso sobre la mesa, el maletín lo dejó en el piso; de algún lugar que no vi sacó un paño también negro para limpiar las gafas de montura negra y vidrio grueso, las limpió, abrió el portátil y no nos miró más, si es que en algún momento nos miró; se concentró en la pantalla frente a él. Entonces me pareció ver una ondulación como de papel al vuelo que lo estremeció de pies a cabeza; era una ondulación parecida a la resistencia que opone un papel al caer en el vacío; sin embargo, esa sensación, a pesar de ser contradictoria con el peso de mole sólida y masiva con que se apoderó del taburete fue más fuerte que el resto. Si tuviera que decir cuál de los dos indicios fue más fuerte, el papel o la mole; me atrevería a decir que la ondulación del papel, derivada de la angustia en su mirada, fue más fuerte que su peso y tamaño de mole. Cualquier efecto pasó a segundo plano porque la mole de papel, diría ahora, desapareció detrás de los libros arrumados en el centro de la mesa como una barrera infranqueable…


… El primer Juan llegó de segundo y apenas tuvimos tiempo de plantear el objeto de nuestra reunión: el tamaño de unos libros, cuando una voz desde el otro lado del arrume de libros interrumpió nuestra conversación, pasó por encima del arrume y comenzó a enumerar detalles técnicos de plegado, de papel, de dimensiones que si no teníamos en cuenta harían que los libros de los que hablábamos quedaran imperfectos porque no cerrarían, el papel se deformaría porque la manera correcta de emplearlo no era como todo el mundo imaginaba, lo más probable era que quedaran mal cortados y sobre todo, porque quienes soportan las vicisitudes y desconocimiento de quienes hacen libros son los personajes, que sin que les pregunten están en la encrucijada de soportar el paso del tiempo mal plegados, arrugados, anormales, irreconocibles, en papeles de mala calidad, casi transparentes y sin personalidad; eso sin hablar de las historias de malos o tramposos, de buenos e ingenuos o de buenos sin más posibilidad que serlo, que se ven obligados a ejecutar; personajes de todos los bordes según el deseo de otro, un tercero o un primero que ni siquiera tiene conocimiento de donde vivirá el personaje que propuso. Un libro mal hecho es como unos zapatos tres tallas menos y lo peor, nadie se da cuenta. No es problema, dirá algún abogado del diablo: todo el mundo sabe que los personajes no mueren porque siempre reaparecen luego en otro libro, con otro nombre y otra figura; sin embargo, nadie debe ignorar que un libro mal hecho es como una tumba para quienes viven en él. Cuando la voz venida del otro lado del arrume de libros hizo pausa, unas manos del tamaño de la voz que parecía sostenida de un hilo a punto de reventar, comenzaron a despejar la barrera que le impedía abandonar el incógnito. Poco a poco detrás de los libros que las manos con voz, aun no había aparecido su cara, organizaban los arrumes hacia los bordes de la mesa, el silencio se instaló entre los Juanes y yo…

… A pesar del recuerdo aun fresco de su incursión, la figura de mole que ocupó el taburete al otro lado de la mesa no volvió a mi memoria; lo recordaba y no lo recordaba, por instantes la mole oscura y masiva era más presente que la hoja de papel zarandeada por el vacío en su caída y las dos figuras, papel y mole, navegaban en mi memoria con intermitencia. Cuando el hombre murmuró el permiso para ocupar el puesto al otro lado de la mesa, apenas alcancé a ver su cara, sucedió muy rápido; imagino que el segundo Juan que había llegado de primero tampoco recordaba cómo era el personaje. Lo narrado hasta ahora sucedió en segundos. Antes de que el interlocutor despejara el arrume de libros y dejara de ser solo voz varias ideas atravesaron mi curiosidad: quien habló era seguramente el personaje de un libro mal hecho; también era posible que fuera prisionero de ese libro o de otro y sus argumentos sobre los libros mal hechos eran un ardid para salir del encierro; encontrar a quien decirlo significaba, seguramente, su liberación. De todas maneras quien apareciera después de despejar el arrume que se interponía entre el personaje, más papel que mole, los Juanes y yo, sería una sorpresa…
Argumento. En los libros está todo, dijo el personaje y abrió el que tenía en la mano. Y no habló más… Un libro abierto es el comienzo de la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

  

Memoria

4 agosto, 2018 § Deja un comentario


El vínculo entre el ebanista, el fotógrafo, los útiles y la luz dio lugar a la exposición de retratos de Leonardo Tobón por Carlos Tobón que el Museo Maja de Jericó inaugura hoy sábado 4 de agosto y estará abierta al público hasta finales de septiembre.


Leonardo Tobón era ebanista, un oficio que tiene con la madera, con sus vetas, con su dureza o su fragilidad, con sus caprichos y virtudes, un vínculo que se aprende con paciencia, pulso e imaginación: los útiles. El ebanista comprende que la madera sugiere dónde trazar una curva, dónde hendir una talla, dónde precisar una medida, dónde aplicar el pegamento. Cuando la unión entre ebanista y útil se revela, el equilibrio entre proporción y forma aparece en las molduras, en los arabescos, en las uniones, en los detalles donde la madera expresa su esencia.
Carlos Tobón es fotógrafo, hijo de Leonardo, el noveno entre doce hermanos. El fotógrafo intuye la relación entre talento y materia, ebanista y madera; domina la voluptuosidad de la luz y con ella define, compone, crea forma y espacio, encuentra el equilibrio entre presencia y ausencia, luz y sombra; y con los útiles, vehículo de unión, aporta un ángulo inesperado: el tiempo, el paso del tiempo; de esa evidencia, surge la Memoria y en ella, ebanista y útiles, madera y objetos, recuerdos y vivencias, se cruzan en el claroscuro donde la penumbra insinúa y la luz modela…


… El claroscuro es una técnica pictórica. Los artistas que la practican acentúan luces y sombras para resaltar o difuminar volúmenes y formas con el objeto de incitar la representación. Ugo da Capri, grabador italiano, fue el primero en utilizarlo en sus xilografías a comienzos del siglo XVI. En los años siguientes la técnica evolucionó entre los pintores flamencos e italianos y tuvo practicantes tan destacados como Peter Paul Rubens, Rembrandt van Rijn, Diego Velázquez o José de Ribera, quienes con mayor o menor intensidad conocieron y siguieron de cerca la obra del mayor pintor del claroscuro: Michelangelo Merisi da Caravaggio.
Durante un reciente viaje a Europa para fotografiar algunas obras del maestro Gregorio Cuartas en colecciones europeas, Carlos Tobón se cruzó en los Museos parisinos con los pintores del claroscuro y presintió en la expresión del tiempo, del espacio, de la luz y la sombra de sus obras, una visión cercana a la Memoria que los útiles de Leonardo, su padre ebanista, representaban para él…


… Entre las sutilezas de la sombra que propone y la luz que define, entre claros y oscuros, en la representación de cada útil, Carlos construye el retrato de Leonardo: la piedra de amolar que devuelve a la luz el aceite utilizado para afinar su uso; la cera de abeja en bloque para hidratar el metal; los formones prestos para tallar una nueva forma; el cepillo cóncavo y convexo según la curvatura del modelo o la veta de la madera; la plomada, precisa, estilizada; los moldes con expresión de arte cubista; las brocas, inevitables y brillantes; las fresas, flores abiertas a la luz; los triscadores para torcer a uno y otro lado los filos dentados del serrucho; los compases exactos en la medida y en el arco; la hazuela con rastros de tiempo como segunda piel; los gramiles, marcadores de paralelas infinitas; el esmeril, las prensas, el mazo; todos, útiles que narran, a la manera del claroscuro, el retrato del ebanista…


… Los útiles, representación del ebanista que les infundió vida, evocan la admiración, el respeto, el amor y los recuerdos que se cruzan en las esquinas de la Memoria. Frente a ellos se escucha la carpintería en acción, el murmullo del cepillo al acariciar la curva; el aroma penetrante de la cola o del tapón para curar heridas y teñir la madera; el aroma del aserrín que se acumula en los rincones. La Memoria estimula la unión entre el ebanista, el útil y la luz. Leonardo Tobón vive en la Memoria de Carlos Tobón, el retratista…


Argumento.
Un retrato va más allá de la imagen, dice el fotógrafo. Si no, es una fotografía, insiste… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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