“Silenciar el silencio…”

28 julio, 2018 § Deja un comentario

La sala, en el Museo Maja de Jericó, es amplia. Las paredes, pintadas al rojo vinotinto amplían el espacio. Como una isla en el centro de la sala, una banca blanca con curvatura de ola. Cerca de la pared más lejana, recostada a la derecha, una vitrina con dibujos de la artista y, a la misma altura pero a la izquierda, cuatro sillas con los vestidos, zapatos y adornos que Dorita Ramírez, la artista, utilizaba cuando bailaba tango. Le gustaba el tango. El título de la exposición es “El vuelo del arte” y en el texto que escribió su nieta María José, “Mi abuela vuela”, para un libro sobre la obra de Dorita Ramírez encontré la frase que da título a esta Marginalia: “Silenciar el silencio…” como una manera de hacer volar su nombre silenciado en el arte nacional durante años…


… Desde el día de la inauguración, la exposición cierra este domingo veintinueve de julio, recorrí la sala en varias ocasiones, incluso participé en una cena de los Amigos del Museo Maja que tuvo lugar allí mismo y consideré como un privilegio estar en aquel evento rodeado de las pinturas de Dorita Ramírez. Después de aquella celebración cada vez que entré en la sala, grupos de visitantes circulaban frente a las pinturas. Hasta una tarde de sábado hace un par de semanas. Me encontré solo en la sala. La banca con curvatura de ola frente a tres personajes de otros tiempos, tres mitos de la primera mitad del siglo pasado, me atrajo y desde uno de sus extremos, impulsado, quizá, por la cresta de la ola me dejé llevar al encuentro con ellos, lado a lado en la pared, pero separados por los marcos que los rodeaban. Como en un encuentro de conocidos donde la conversación, por su condición de pinturas, se siente más de lo que se escucha y como también puede suceder cualquier cosa, esperé que ellos, Carlos, Libertad y Greta, desde su lugar en la historia y en el imaginario de Dorita Ramírez, la artista, también presente, me vieran como yo a ellos. Carlos y Libertad dejaban notar por aquí y por allá el paso del tiempo a pesar de que su belleza mítica se mantenía inalterable. Greta, la divina, no estaba allí, un reflejo copia de su figura había tomado su lugar, tardé en notarlo, sin embargo, a pesar de no ser la primera, la única, la original, era Greta la de la mirada puesta en cualquier lugar más allá de lo alcanzable, La Divina, envuelta en la piel blanca de su divinidad, con pétalos como llamas alrededor de su figura, labios apenas sonrientes, piel blanca, peinado ensortijado. La Divina que solo necesitó de su mirar para hablar, me habló; no me habló; me miró, mejor, me miró y me habló con sus ojos como siempre lo hizo con todos los que se cruzaron en su camino; entonces caí en la cuenta de su mirar inclinado y no necesitó decir nada, su mirar era suficiente…


… Libertad, en cambio, estaba allí sonriente, a punto de cantar; entre rosas enlazadas por hojas de colores y sostenidas por su voz, Libertad canta y su voz llega hasta “el día que me quieras”. Nada quieto, todo es movimiento mientras su voz enmarcada por aquellos labios rojos se escucha en los cuatro rincones de la sala vinotinto del Maja de Jericó. Mientras Libertad canta y Greta mira; Carlos, Carlitos para unos, Gardel para todos, es una sola llamarada. Está a punto de salir a escena y por sonreír no habla. Su figura es solo sonrisa. Las llamas, la llamarada entre él y la banca con forma de ola donde me encuentro toma el lugar del público que espera en la sala; quizá una sala cercana, al lado o allí donde nos encontramos; una sala que él ve y yo adivino, escucho el murmullo de la multitud, el roce sordo de pasos que se acercan o se detienen y el tintineo del metal precioso; sin embargo, no escucho, veo entre las llamas que lo rodean el brillo de su sonrisa y por sonreír no habla. Cuando deje de sonreír cantará, me digo. Gardel, para todos, se queda en su lugar, más allá de las llamas y las nubes que pasan altas encima de su cabeza. Greta mira, Libertad canta, Gardel sonríe; Dorita Ramírez, la artista, va de la sonrisa a la mirada y luego al canto con la sutileza del anfitrión entre sus invitados. Yo espero que suceda lo inesperado…


… Más tarde, minutos, horas, no lo sé, en la misma banca con curvatura de ola pero desde el extremo más alto de la ola, casi en equilibrio, otra pintura toma el lugar de los “Mitos” de otro tiempo. Simón Bolívar y Henri Rousseau. Bolívar desnudo a lomo del caballo de Rousseau, el más primitivo de los primitivos. De Rousseau está el caballo, de Bolívar el cuerpo desnudo; el vuelo es de Dorita Ramírez, la pintora. Las montañas altas en la parte baja, los troncos sin hojas, quizá porque en las alturas, los vientos mecen con ritmo indefinido lo que encuentran, incluso la bandera que enmarca la figura del jinete blanca, plana, inquieta. Bolivar lleva una lanza en la mano izquierda, en la punta de la lanza un banderín y un corazón, quizá el mismo que tatuará en su brazo enmarcado por el nombre de Manuelita. A la altura del banderín un tronco partido, quizá por el viento, quizá por la lanza. Bolívar inclina la cabeza y sus ojos miran un lugar preciso cerca de mi, no me miran, quizá piensa que estoy en la pintura y miran la cresta de la ola donde me encuentro; algo cerca, delante o detrás de donde me encuentro llama su atención. Un murmullo lo llama, yo repito: ¡Simón!, ¡Simón!, ¡Bolívar!, ¡Señor, señor!, como último recurso grito: ¡Henri! pero su caballo avanza a la velocidad del viento, sus cascos no tocan el piso, Rousseau vuela, siempre voló o estuvo a punto de volar como el barco de tres chimeneas en la tormenta, una de sus más bellas pinturas. ¿Vuela?, ¿y por qué no? No me muevo de mi lugar en o frente a la pintura, espero que el caballo siga su carrera y salga por el costado; que Bolívar cierre y abra los ojos; que la bandera lo envuelva; que el horizonte con montañas baje y desaparezca porque el vuelo no se detiene. Un grupo de estudiantes entra en la sala vinotinto del Museo Maja y por segundos interrumpe la pintura; sus voces llenan el espacio. Cuando partan, me digo, el héroe y el caballo habrán salido de la pintura, y no los veré más, tan alto es su vuelo. El grupo de estudiantes sigue a otra sala y Bolívar, el caballo de Rousseau y yo continuamos en nuestras posiciones; no estamos quietos, hacemos lo que se hace a merced del viento, pero no lo dejamos notar, o quizá sí; quien tome mi lugar en la punta de la blanca con curvatura de ola notará que nos movemos…


… Notará también que la mujer: pelo al aire ensortijado, mochila entre diadema y morral que sostiene el pelo, manta estampada colores brillantes, va; va contra la brisa. El cielo sigue la brisa. La mujer no, va en sentido contrario, sin esfuerzo, sin dificultad. La mujer se desliza sobre la tierra roja, caliente del desierto guajiro. Algunos arboles, delgados, se inclinan en la dirección que les marca la brisa. En apariencia todo está anclado al momento, a la hora, al calor; la mujer se desliza pero lo hace al ritmo imperceptible, sutil, de su sombra, porque en ella tampoco hay movimiento. Es posible, me digo después de observarla durante un buen rato que va hacia lo que no vemos, lo que nadie ve y parece venir del lugar hacia donde va; un lugar en el horizonte, más allá del horizonte cercano pero no tanto. Es la hora sin sombras. La hora nona. El sol alto, da cuenta de las sombras; ella se desliza y su sombra se desliza con ella. La mujer, la mochila, el pelo abundante y ensortijado, la manta estampada, los colores vivos, la sombra invisble, son una sola, que busca más allá de donde es posible ver. Decido ir tras ella…


… Al regresar de la sala vinotinto donde me encontré con las pinturas de Dorita Ramírez todo lo que dejé en la llamada realidad, antes de entrar, parecía igual; sin embargo, nada es igual, todo cambia y cuando cambia y alguien lo nota, “se silencia el silencio…”
Argumento.
Ni el hombre que bajó al río, ni el río serán los mismos más tarde, dijo el personaje… Así, igual, pero distinto cada vez, comenzará la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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