Autorretratos

14 julio, 2018 § Deja un comentario


Autorretrato 1.
Si el retrato para ser representativo debe ir más allá de la figura física del retratado, el autorretrato con mayor razón. En cualquier caso lo que no se ve del retratado debe salir a la superficie, tomar forma y dar su versión del sujeto. Cada retratado establece relaciones distintas con los objetos o situaciones con que se encuentra. En la ejecución, lo que retrata al sujeto son sus relaciones con el entorno; aunque sea el mismo para varios retratados, el resultado debe ser distinto. En ese sentido, lo primero que define mi lugar de autorretratado son los objetos que me rodean y mi relación con ellos; objetos que no muevo de donde se encuentran y solo pasan de un primero a segundo plano físico en raras ocasiones. Las máscaras de los luchadores que ilustraron un texto sobre la lucha libre en México después de una noche de encuentros en la Arena México en el DF, obra de una familia de pintores del Estado de Guerrero, cedieron su lugar a cuatro variaciones, en postales, de “Esto no es una pipa” la obra de René Magritte, realizadas por Marcel Broodthaers que titula: “Quatre pipes alphabet”, donde las pipas rodeadas de letras en un dibujo sencillo, en negro, mezclan letras y pipa y sugieren la duda de saber si lo que veo es una pipa o un juego de letras que debo descifrar. La obra de Broodthaers cedió su lugar a un dibujo en punta seca de una niña, calculo su edad por la estatura y su estatura la definen los trazos rápidos de una mesa que tiene delante de ella y le llega a la cintura. La niña está de espaldas a mí. Su cuerpo está apenas inclinado como si quisiera poner el codo sobre la mesa y no veo su cara, veo su vestido blanco, quizá de algodón con pliegues hacia arriba y hacia abajo a partir de la cintura, medias negras, largas, porque hace frío y pelo cogido en cola de caballo sobre el hombro. Es un dibujo que encontré entre otros dibujos y llamó mi atención porque, en cualquier momento, la niña hace un gesto, un movimiento y quizá mire hacia donde me encuentro. Mientras no se mueva, sé que su mirada está fija en las pipas de Marcel Broodthaers y también en los luchadores de la familia del Estado de Guerrero en México. Algún tiempo después el perfil de un personaje, otro dibujo, hecho con bolígrafo, que es dos perfiles a la vez toma el lugar de la niña que no mira hacia donde habitualmente me encuentro. El doble perfil lo hice una mañana en la terraza de un café mientras esperaba una reunión y el personaje ocupaba la mesa vecina. El perfil resultó del personaje, el doble perfil de la nada, seguramente ese dibujo es más mi autorretrato que el suyo…


Autorretrato 2.
Lo cercano, lo que me rodea, es la puerta de entrada al retrato. A la derecha del dibujo de la niña del vestido blanco y del personaje con doble perfil está, también recostado contra la pantalla de la computadora un pequeño óleo sobre papel, un momento de acción en una pista de circo. Un rinoceronte y un saltimbanqui con alas que se sostiene sobre su lomo, hace malabares con pelotas blancas. El murmullo de asombro del público en las galerías color naranja y más arriba en los palcos, debe ser atronador, pero no lo escucho. Los dibujos se mantienen en las cercanías del puesto que me adjudiqué desde hace tiempo, el puesto donde paso buena parte de las horas del día, frente a la pantalla de la computadora, ventana abierta al mundo reflejo, que por reflejo y paralelo es aterrador. Al otro lado de la pantalla, en el reflejo, los objetos y las gentes y los momentos se multiplican; si de este lado tengo dos amigos, allá al otro lado tengo más de mil; si a este lado callo, allá mi voz suena con respuesta o sin ella, poco importa, mi voz suena. Detrás del número del rinoceronte hay tres mujeres, tres retratos de mujeres dibujados con minucia: Billie Holliday, Lou Andreas Salomé y Rosa Luxemburgo. Mujeres silenciosas en estado y forma de separador de libros aun sin estrenar, por temor. Temor a traspapelar los libros donde las ponga. Es más fuerte el temor a olvidarlas que cualquier otra cosa. Sin embargo, hay regreso del olvido. Recordé hace poco, digamos que lo tenía olvidado, mientras consideraba las cosas que me retratan y viven alrededor, un libro de Francis Ponge que no tengo: De parte de las cosas. Lo que tengo de ese libro está en la computadora y se reduce a reseñas, entrevistas y extractos, donde los dejé hace un buen tiempo al interior de una carpeta llamada: escritores; en ella guardo otras carpetas, una por escritor. Tengo más de doscientas treinta carpetas, numeradas y con nombre. Francis Ponge habita la carpeta doscientos siete y por lo que puedo ver en los datos del documento está allí desde el tres de noviembre de dos mil catorce. Repasé los documentos y encontré una pregunta que el señor Ponge hace: ¿De dónde surge el margen inconcebible entre la definición de una palabra y la descripción de la cosa que esa palabra designa…?


Autorretrato 3.
La descripción de la cosa que la palabra designa es el retrato. El retrato es primero palabra. Todo es primero palabra, incluso la imagen es palabra antes que imagen. La imagen está allí, callada, dispuesta a ser vista, abierta a quien la interprete como a bien tenga. La imagen propone, el resto corre por cuenta del espectador. La palabra explica, induce, amplía, sugiere, opina. Sin embargo, la palabra no hace ninguna acción por si sola, debe tener el respaldo de quien la origina. Entonces un retrato, primero identificación y luego palabra, va más allá de la representación, pasa por la identificación y luego llega a la intimidad. Las líneas y los puntos que lo componen requieren de la palabra para ser; existen a ojos de quien los mira pero sin definición, incluso lo que para unos es punto para otros será mancha o raya o línea; lo que para unos es frente para otros es perfil. Todo puede ser objeto de retrato. Un bodegón es el retrato de una agrupación de formas que en su composición, accidental o buscada, propone una intención. Imagino el bodegón en la ventana de una casa; lo veo desde el interior de la casa, por lo tanto el paisaje al otro lado de la ventana definirá la intención del bodegón que será distinto si llueve o hace sol o si es campo o ciudad; y a pesar de que la imagen refleja la sensación o la personalidad que se atribuye al bodegón, es necesario definirla, nombrarla, situarla con palabras.
Hace algún tiempo en un pequeño libro dibujé un autorretrato con palabras. Salió así: solo líneas. Tinta negra. Trazos espontáneos, directos, sin ayuda previa. Una cara se construye a partir de la línea de la nariz. Los ojos, uno más arriba que el otro, delimitan la altura de la cabeza y miran a quien está al otro lado del papel. La boca o lo que está en su lugar, es un grupo de líneas fuertes; no es una boca perfectamente dibujada, no, son trazos que apoyan la expresión de los ojos. Otra línea indica que en ese lugar podría haber una nariz, es la misma línea que baja hasta el cuello y allí se encuentra con otras que suben hasta los hombros y construyen el cuerpo. Nada está en su lugar, los accidentes de la pluma y los del papel contribuyen a que el retrato tenga sustento. No es el retrato público de  una persona, es lo que lleva dentro. Los bordes del papel son irregulares, una gota de tinta manchó una esquina y se convirtió en parte del retrato…


… En otra ocasión un pintor quiso hacer mi retrato. Pronto, dijo, estará listo. Cuando lo terminó me encontré enfundado en el cuerpo de un General de la Guerra de Independencia. Nunca me imaginé vestido así, le dije. No es usted, respondió. Pero es mi cara, argumenté. Es posible que se parezca pero no es usted, es Bolívar. Mi sorpresa hizo que me invitara a pasar a otra parte del estudio donde tenía una cantidad innumerable de retratos de Bolívar, todos distintos. Había allí una galería de gentes en el cuerpo y actitud del General. Páez, “El león de Apure”, que parecía conocer bien a Bolívar, hizo una descripción correcta de él pero distinta de todas las que han pasado a la historia, dijo el pintor, creo que el General no existió, que es un invento y cualquiera puede ser su retrato. Cuando salí a la calle y me encontré en medio del desorden circulante sentí que todo era posible, que podríamos ser el retrato inventado de alguien que nadie ha visto. El vendedor de aguacates en la esquina del estudio tenía cara de General de la Guerra de Independencia,…
Argumento. El hombre dibujó una mancha en cualquier lugar de la hoja. Su retrato, dijo. No soy yo, respondió el retratado. Será, aseguró el retratista… Con esa mancha comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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