Estatua

30 junio, 2018 § 2 comentarios

Para soliviar las frustraciones que deja la politiquería y agregar al optimismo que trae el fútbol, aquí va un cuento…

… Soy una obra de arte, estoy en la calle y no me muevo. La gente pasa frente a mí y me mira pero yo no los sigo con la mirada porque está en contra de mi profesión y del argumento que represento. Soy estatua de profesión, lo he sido desde siempre. Como estatua, le he dado la vuelta al mundo. Una vez hice mi número en el Pont Neuf de París y el tráfico se interrumpió. Ese día representé la estatua caída de su pedestal con los brazos destrozados por el golpe, fue majestuoso. En otra ocasión, cuando Botero mostró sus esculturas en la plaza principal, estuve en Florencia, ese día me hice gordo y liviano, tuve que amarrar lastre a mis pies para no volar por los aires. He sido todo lo que se puede ser en esta profesión, desde momia egipcia frente a las Pirámides, hasta Córdoba desnudo en la plaza de Rionegro, la tierra de mi familia. El verdadero triunfo de mi carrera fue cuando la ciudadanía de Bruselas me contrató para hacer el papel de Manneken Pis en la Kermesse del verano. Los que me vieron, orinando siempre, quedaron fascinados por la autenticidad de mi actuación. No me muevo, el mundo lo hace, siempre, por razones de trabajo, asumo una actitud afín al lugar donde me encuentro. Una vez, mientras hacía la travesía del Mediterráneo, me convertí en la Medusa del mástil de proa del velero en que viajaba; esa tarde, al recorrer la cubierta, los pasajeros tuvieron la agradable sorpresa de encontrarse con mi número cuando menos lo imaginaban. Toda mi vida he sido estatua, nunca he hecho otra cosa. Estoy entrenado, puedo desconectar porciones de mi cuerpo o mi pensamiento sin inconveniente, mis actuaciones son el resultado de una técnica elaborada durante años de trabajo. Tengo actos en donde sólo algunas partes del cuerpo se activan; en el Policía de tráfico, uno de mis mejores números, la acción se concentra en los antebrazos y las manos, mientras el resto del cuerpo gira sobre su eje, pero sin aportar expresión al movimiento circular de las extremidades. El día de su estreno me instalé en una tarima preparada de antemano. El lugar no era muy concurrido pero mi presencia atrajo público; algunos me vieron como un policía practicante; otros, como el ejecutante de un nuevo programa de la Alcaldía para descongestionar la ciudad; otros, hablaron de mi camisa azul cielo de día y mi pantalón azul cielo de noche; la atracción fue el casco blanco como los utilizados en “La carga de la Brigada Ligera”, lo encontré en un anticuario cuando hacía por primera vez el número de estatua andante. Esta obra hace honor al medio ambiente, cuando pasa un automóvil, se escucha el ruido de un motor o la muchedumbre grita, mis brazos se activan desde los codos hasta las manos e inician movimientos circulares indicando con las puntas de los dedos una dirección indefinida; simultáneamente, mi cuerpo gira cuarenta y cinco grados a intervalos de diez minutos…

… Esa noche de regreso a la pensión para artistas donde me hospedaba un hecho repentino me obligó a representar uno de mis números de improvisación. Estaba solo en el vagón cuando un ruidoso grupo de jóvenes subió al tren –a medida que el tiempo pasa, mi contacto con la gente, que siempre se convierte en público, sucede a través del arte–, para evitar el encuentro, improvisé un número mimético de estatua barra; me paré al lado de una de las puertas e hice mi cuerpo tan delgado como las barras verticales de la entrada; pasaron a mi lado, me miraron, ninguno me vio; uno de ellos intentó atraparme en un momento de desequilibrio pero desistió porque sus compañeros lo llamaron desde la plataforma de paso al vagón siguiente. Fue la mejor y única actuación de mimetismo espontáneo que he dado en mi vida. En el XXV congreso de estatuas en Seul escuché una exposición sobre el tema pero nunca pude hablar con el maestro que dictó la conferencia, nunca supe si lo tuve a mi lado, según él hay especialistas miméticos en todas partes. 
Desde esta mañana, aquí en mi ciudad, frente a mí público, represento al hombre de la calle que no dice y tampoco hace nada; este hombre vive sentado en un taburete dentro de un vestido azul de fondo entero, camisa blanca, corbata a rayas de colores y zapatos sin cordones. Quien se acerque lo suficiente verá la alcancía donde cada uno puede hacer su aporte al arte nacional. Cuando alguien deja una moneda en la alcancía cambio de posición y de actitud. No soy una estatua pasiva, aunque me encuentre sin movimiento y distante de lo que sucede alrededor vivo con intensidad. Algunas veces grito de dolor o de furia, pero nadie me escucha, he ahí la esencia, tengo todo para decir y para hacer pero mi condición de estatua no lo me permite como a cualquier mortal…
… Llegué temprano al lugar de la representación; aun estaba oscuro. Los hombres que barren la calle no habían hecho su primera ronda, durante el día alcancé a contar doce. El celador me miró de lejos mientras me instalaba y cuando me acomodé para el primer acto: el de la espera, se acercó y me preguntó si necesitaba algo, si no tenía para donde irme o si me habían echado de la casa. Ya había comenzado mi trabajo y no respondí; puso su cara a varios centímetros de la mía, tampoco me inmuté; dio una vuelta a mi rededor, me miró por todos los costados y yo seguí impávido; a los pocos minutos se fue pero volvió con un compañero y un perro que gruñó y me olfateó por todas partes; el perro se echó a mis pies y el segundo celador dijo: Es uno de esos que vienen a jugar a las estatuas, déjelo, cuando se canse se irá. Había comenzado el paso de los madrugadores, algunos almacenes abrían, el ruido de las rejas al subir y golpear contra el marco metálico de las puertas fue el anuncio; una señora puso una moneda en la alcancía y yo pasé al segundo acto: el de la visita; giré sobre el asiento, crucé las piernas pero dejé mi cabeza mirando para el otro lado; la señora, desconcertada por mi movimiento buscó otra moneda en su bolso y la puso en la alcancía, de nuevo cambié de posición y pasé al tercer acto: el de la conversación, subí mi brazo derecho y lo puse en ademán de respuesta, este acto es de los más difíciles porque el brazo queda sin apoyo visible; sin embargo, compuse el contrapeso al estirar un poco la pierna izquierda para cambiar de lugar el centro de gravedad y aunque parece una posición exagerada, me siento realmente cómodo. Unos niños se acercaron, había cambiado de posición en tres ocasiones y ellos intentaron frotar sus manos con las mías que en ese momento estaban hacia adelante para el acto de la despedida. Acepté la caricia quieto y sin desviar la mirada del lugar donde mi imaginación había puesto la persona de la cual me despido. Los muchachos depositaron una moneda en la alcancía y se alejaron sin darse cuenta del cambio de posición por efecto de la moneda al acto de la tristeza después del adiós; aunque su significado es dramático, esta actitud es una de las más confortables, pues tomo la forma de un ovillo apretujado sobre el taburete…

… Al caer la tarde después de un día movido el público circula frente a mí en su camino de regreso a casa; espero el paso del último para terminar la actuación. Los observo y compruebo que ellos son la esencia de mi trabajo. De la calle salió el vendedor ambulante, el chofer de taxi, el oficinista afanado, el jefe, la mujer de acera y la otra, la que no es de acera, el niño perdido, la mamá que lo busca, la vendedora de minutos, el mago de esquina, el policía. Todos vienen de la misma cantera, la calle. Cuando ya no pasan carros ni se escuchan voces, cuando las luces se apagan en los edificios, los avisos de neón se prenden y ya no queda nadie, termino la función. Entonces guardo la utilería. En general, en ese momento ya sé dónde y cuál será el número del día siguiente. Esta noche fue igual, hice lo mismo de siempre. De repente una voz llamó desde la oscuridad: ¡Estatua! Me quedé quieto. ¡Estatua! repitió. Giré mis ojos hasta casi hacerlos salir de las órbitas y vi la figura recortada contra la luz del neón. ¡Estatua! repitió, espere, si no responde lo comprendo por su profesión, cuando lo vi la primera vez, dijo, ese día hizo el papel del autor de cartas, quise escribir el retrato de una estatua, aquí está, léalo y si se encuentra haga una con él…
Una versión de “Estatua” está en “El sótano del cielo” libro de cuentos publicado por la Editorial Eafit de Medellín en 2003.
Argumento. Seré estatua pero no me quedaré quieto, dijo el hombre… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2003 / 2018

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