Mentiroso no…

16 junio, 2018 § Deja un comentario

Con fecha del trece de junio pasado encontré en el periódico “El Espectador” una nota firmada por la Redacción de Cultura bajo el título:¿Ya sabe por quién votar? Así es el presidente que quieren los artistas”. La nota señala que “Quiero un presidente…” es una convocatoria que resulta del poema escrito en 1992 por el artista americano Zoe Leonard. Dos instituciones del área de la Cultura: Espacio Odeón y Editorial Salvaje están al origen de la propuesta y los textos que recibieron fueron leídos en público los días catorce y quince de junio, ayer y anteayer, en Bogotá y Cali. Dice la nota que la intención de Leonard era invitar a una reflexión pública sin dar apoyo a ningún candidato. El poema, agrega la nota, tuvo poca circulación en el momento de la publicación, pero, cuando se convirtió en “proto-meme” (un “proto-meme” es un “meme” en construcción), circuló en campañas presidenciales alrededor del mundo. Las organizadoras de la convocatoria pegaron el poema en la fachada del Espacio Odeón e invitaron artistas de distintas disciplinas a participar. El día que encontré la nota ya habían recibido propuestas de texto de artistas, cineastas, periodistas, escritores y seguramente de otras personas para quienes el presidente debería ser algo más o mucho más que la figura que aparece en los estrados públicos.
 Entre las propuestas que acompañan la nota se pueden leer los adjetivos y deseos que inspira la figura del presidente: “…uno que sea un don nadie; uno que no viva en Praderas de Potosí o sea miembro del Club el Nogal; uno al que le hayan negado visas; uno que se levante todos los días sin ganas de ir a trabajar y que todos los días cambie de sexo; uno que se sepa turista del dolor; un presidente que tenga dolores impuestos y no como siempre dolores elegidos; un presidente como “Birdman”, con un final ambiguo, pero con la determinación de saltar al vacío y no hacer nido en el poder en el momento en que el pueblo más lo aclama; un presidente que valore el placer ajeno más que el propio; un presidente de película pero que empiece de una, sin intros de productoras gringas o logos de entidades nacionales de fondos para el cine; uno que todas las noches haya sido encerrado en su propia casa, por su madre mientras esta salía a trabajar; no quiero un presidente chocarrero, burletero, puñetero, altanero, arrogante, denigrante…”. En fin, la enumeración de figuras, deseos y adjetivos de cómo quiere cada uno el presidente es extensa, por eso los remito al artículo donde está el poema de Zoe Leonard y algunas de las propuestas enviadas.
Entonces una pregunta se plantó frente a mí: y yo, ¿cómo quiero un presidente…? Intenté reducir el número de deseos o adjetivos que podría aplicar a la figura del presidente que quiero y logré, después de girar en torno a frases, lugares, recuerdos, momentos, situaciones, llegar a solo un deseo: Quiero un presidente que no diga mentiras. Ser mentiroso abarca todo, desde la figura que veo y me habla o habla al público, hasta los papeles que firma sin que le tiemble el pulso porque lo protege una Ley igualmente favorecedora de la mentira, o las fotografías que distribuye porque son producto del maquillaje o de las canas falsas. Ser mentiroso va desde aceptar pensando en el beneficio propio, hasta prometer imposibles, con el conocimiento de que las promesas no se cumplen. Ser mentiroso va desde amenazar hasta hurgar en la llaga del miedo. Ser mentiroso es hacer creer que la vida ha sido un apostolado dedicado a la Patria. Ser mentiroso es esconder, no decirlo todo, calcular qué se dice y qué no: es mejor dejarlos en la ignorancia. Ser mentiroso es sacar ventaja, aprovecharse, promover lo que no es, o decir una cosa y hacer otra. Ser mentiroso es medir con la vara de otro; es no ponerse colorado cuando miente; es buscar culpables para sacarle el cuerpo a la responsabilidad. Ser mentiroso es no decir la verdad e insistir en que la verdad siempre está por delante de sus palabras, el mentiroso no entiende que la verdad está donde debe estar y todo el mundo se dará cuenta sin necesidad algarabías, gritos, amenazas o promesas. Ser mentiroso es tener rabo de paja; es bailar al son que le toquen, como todo politiquero “veleta y voltiarepas”. Ser mentiroso es desear la presidencia con el objetivo de ser expresidente –hay varios en esa categoría–; es querer el poder como parcela propia para perpetuarse en él; ser mentiroso es también hacer creer que “si no soy yo, es el diluvio”.
Ser mentiroso es lo mencionado y mucho más, abarca todos los estadios de la vida y por desgracia ser mentiroso es un estado frecuente entre quienes nos gobiernan y también entre gentes de a pie. Decir mentiras es, parece, parte de la condición humana. He tenido cerca algunos mentirosos; ninguno de ellos, menos mal, ha tenido la pretensión de llegar a la Presidencia. Uno, esperó que otro muriera para heredar su silla y su fortuna; durante años no hizo nada, dijo mentiras sobre lo que hacía y lo que esperaba hacer, con tan mala suerte que el otro no murió tan pronto como el mentiroso deseaba y cuando murió, el mentiroso era ya un viejo enfermo que no disfrutó de la silla. Otro mentiroso que conocí, mentía en permanencia sobre salud, era sano pero de tanto estar a punto de morir enfermó de verdad y pocos le creyeron como al “Pastorcito mentiroso” que conocemos, un ejemplo de mentiroso que la literatura propone y tenemos poco en cuenta. Tampoco tenemos en cuenta “El traje nuevo del Emperador” un engaño frente a los ojos abiertos de la asistencia. Joseph Mitchell narró en “El secreto de Joe Gould” la mentira, o el secreto de quien aseguró siempre que estaba creando un diario dinámico donde aparecían representados sus cercanos, conocidos y lejanos, y ninguno, hasta después de su muerte, se dio cuenta de que nunca había escrito nada. Y tampoco tenemos en cuenta a Pinocho, el personaje de Collodi, inigualable. Imaginemos que la nariz de los dos candidatos a la presidencia, cada uno por su lado –ellos no debaten–, sonrientes y sobrados detrás de sus egos enardecidos, crece sin parar mientras dicen mentiras o verdades a medias o prometen cosas que saben imposibles; hablo de los dos candidatos en contienda para la segunda vuelta a la presidencia de Colombia el diecisiete de junio. No podemos olvidar que lo que está en juego son sus egos y los egos de quienes están detrás de ellos. No votamos por programas porque son iguales con palabras distintas o parecen imposibles de cumplir. Votamos por egos.
Hay quien equipara la mentira con la ficción. No estoy de acuerdo. La mentira es la mentira: decir y hacer creer lo que no es. La ficción son los sueños que todos tenemos y, a veces, convertimos en realidad. La ficción es la verdad de cada uno. La literatura de ficción tiene arraigo en la verdad del autor que la escribe. Decir que ficción y mentira son sinónimos es mentira. No quiero un presidente que diga mentiras y las repita porque es bien sabido que de tanto repetirlas la gente termina por creer que son verdad. Por eso votaré en blanco el próximo domingo diecisiete de junio, mañana…
Argumento. Mentiras, dijo el hombre… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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