La epidemia

9 junio, 2018 § Deja un comentario

Un conocido mío, secretario de otro secretario en alguna instancia del poder, me interpeló un jueves en la tarde, casi noche, en uno de los establecimientos frecuentados por mandos medios después de la jornada laboral. Aquel jueves, mi conocido, el secretario, me abordó cuando tomaba el último sorbo de un vaso de cerveza. Lo invito a otra, dijo a mi oído, hoy es día de pago. No respondí, el silencio aprueba. Mi conocido hizo la seña al hombre detrás del mostrador, otro mando medio con atribuciones de jefe. Quiero que me escuche, dijo. Si tiene tiempo y puede, agregó para suavizar el tono imperativo de la frase anterior. Continué en silencio. A esa hora el establecimiento estaba hasta el tope de clientes. Por el tono de su voz deduje que tenía interés en que nadie más lo escuchara, entonces incliné mi cuerpo hacia él y esperé.
Tengo unos vecinos de piso, murmuró, usted sabe, vivo en unidad cerrada, el apartamento es propio aunque todavía me falta tiempo y trabajo para pagarlo. Vivo en el piso catorce, tres familias por piso. ¿Quiere otra cerveza? En general guardo buenas relaciones con ellos, nos cruzamos en el ascensor, hablamos de lo que hablan los que no tienen intimidad, del clima, de la cantidad de trabajo y si es del caso pero sin entrar en detalles, de la salud. Nunca tocamos temas como mujeres o política y evitamos el fútbol aunque hay quienes se ponen las camisetas de sus equipos y se pavonean cuando ganan. Los viernes, el día de la romería, nos cruzamos en recorrido por los otros pisos, usted sabe, ese día cada familia abre la puerta, saca sillas, mesa de campaña al pasillo y pone aguardiente a mano de quien pase, nadie invita pero todos ponen.
Cuando llegamos al edificio, mi mujer, la niña y yo, la vecina del catorce cero dos dijo a Irma, mi mujer, que la romería no era obligatoria pero la previno de que si no participaba podía ganarse inquinas. Desde ese día repetimos la costumbre, recorremos los pisos y saludamos a todos, por supuesto a unos más que a otros. Casi siempre terminamos, por fatiga de subir y bajar escaleras, en casa Antonio y su mujer, los del catorce cero uno, a veces ellos vienen a nuestra puerta y nos tomamos el último.
Hace un mes sucedió algo fuera de lo normal, continuó. Al final del recorrido, a la altura de la puerta de nuestros vecinos me detuve para el último trago, me lo tomé de un tirón, dejé la copa al lado de la botella y me fui a dormir. No recuerdo nada más de aquella noche. Al día siguiente, sábado, todo fue normal, cuando salí al cuarto útil a llevar unas cajas que mi mujer subió el día anterior comenzó la cosa. El secretario hizo una pausa y preguntó si me interesaba su historia, me pareció entrado en nervios y por primera vez le hablé: no se preocupe le dije y con un gesto hice seña al jefe detrás del mostrador.
Creo que se trata de una epidemia, dijo en voz baja y está concentrada en el edificio donde vivo. No ha llegado más allá. ¿Se imagina si alcanza las otros edificios?, sería una catástrofe y si la Secretaría de Salud se entera lo mínimo sería la cuarentena. No sé cuál sea la situación de mis vecinos. De Antonio el habitante del catorce cero uno, que, a mis ojos fue por donde entró la epidemia, sé que trabaja como jefe de sección en un supermercado, ignoro si allá han detectado algo, lo he visto varias veces en el ascensor descolorido pero tranquilo.
El secretario hizo una pausa, miró alrededor con detenimiento, como si buscara alguna manifestación de la epidemia y no detectó signos aparentes, clavó los ojos en el fondo de su vaso medio vacío y dijo: nunca me había sucedido nada parecido. Si anuncian la cuarentena es como si decretaran mi desaparición y la de mi familia, murmuró con la boca dentro del vaso, nosotros los secretarios no tenemos ahorros de donde sacar en caso de emergencia. Me quedará difícil, imposible, pagar el mercado, el transporte, no tendremos con qué comer. ¿Y los servicios? me cortarán la luz, el agua, el teléfono. Mi jefe, un arribista, me buscará reemplazo tan pronto se entere. Será el fin.
Lo observé por encima del borde de mi vaso, también medio vacío. En apariencia no había huella alguna de enfermedad, su piel no presentaba accidentes extraños, en ningún momento rascó su cuerpo como si una piquiña o brotes parecidos lo atormentaran. Su mirada, vacía, es cierto, era la de un hombre vivo, con dificultades, pero vivo. No parecía estar perdiendo el cabello y aunque mi recuerdo de otros encuentros con él eran borrosos, su contextura física me parecía la misma de siempre, ¿un poco más grueso? quizá. Bueno, había algo, pero era necesario ser un observador de primera línea para notarlo, su figura en general evidenciaba una disolución del color; o sea, como dice otro conocido, o sea, los tonos grises y en ciertos aspectos los sepias, lo estaban invadiendo. Pero insisto, es necesario ser un observador muy fino para notarlo.
El secretario estaba acostumbrado a mi silencio pero no a encontrarse bajo mi mirada profesional y lo sentí incómodo. No sé si el mal que nos ataca es contagioso, agregó después de la pausa. Deduzco que su expansión es lenta, pues pocos o quizá ninguno de los habitantes de mi edificio, con quienes me encuentro los viernes en la romería, se ha percatado. No he hablado de esto con nadie, ni siquiera con Irma, mi mujer, para evitar pánico y chismes desconsiderados a nuestra costa. Usted es el primero. Es casi seguro que el foco es Antonio. Recuerde que el virus, ¿será un virus?, se manifestó al día siguiente después del último trago en la puerta de su casa aquel viernes. Como le dije, detecté los primeros síntomas en el vestíbulo del edificio al día siguiente cuando yo venía del cuarto útil y me encontré con él, lo noté gris, le pregunté si se sentía bien y no atinó una respuesta. No hablamos más ese día ni los siguientes, por supuesto tuve encuentros en los pasillos o en el ascensor con otros habitantes pero ninguno, hasta el miércoles de esa semana, presentó síntomas como los de Antonio. El miércoles encontré a Gertrudis la habitante del siete cero tres, solterona alegre dueña de tres perros, a los que solo les falta hablar, descolorida hasta la cintura.
Después de ese encuentro revisé cada milímetro de mi cuerpo y no encontré rastro de nada. Ya lo había hecho antes con el mismo resultado. Esa noche observé a Irma con detenimiento mientras comía, no vi nada extraño pero ella sintió mis ojos recorriendo su cuerpo y dedujo una invitación, cuando llegué a la cama, después de espiar por el ojo de la puerta posibles entradas o salidas del apartamento de la vecina, la encontré desnuda. El secretario se interrumpió y sin preguntarme hizo seña al jefe del bar para que pusiera otras dos cervezas.
Ese viernes pedí a Irma que me disculpara en la romería. Cuando la niña se durmió, Irma fue al recorrido de siempre, primero el piso doce, saludos, degustación de galleta o torta, despedida; continuación por la escalera piso por piso, más saludos, más degustaciones, a veces de licor, hasta el quinto, donde nos separamos cuando vamos juntos, ella visita la señora del cinco cero tres, y yo bajo hasta el primero. De regreso, bebo una copa en casa de la señora y luego subimos, con una o dos paradas más, según la hora, hasta la puerta de Antonio, el catorce cero uno. Hice mentalmente el recorrido mientras vigilaba por el ojo de la puerta los visitantes al apartamento de Antonio. Al regreso de Irma pregunté si hablaron de mí o de mi ausencia y la observé, sobre todo la observé, esta vez no presintió ninguna invitación, estaba cansada y tal vez fue su fatiga y mi inquietud lo que me hizo ver zonas descoloridas en sus brazos.
Esa noche no dormí. Al día siguiente Irma despertó, como Gertrudis, descolorida hasta la cintura, pero no lo mencionó, tampoco dijo nada de mi aspecto aunque sentí sus ojos sobre mí varias veces durante la mañana. Ese mismo día y el domingo busqué los que pasaron en romería por el apartamento de Antonio y los encontré tan descoloridos como Irma, incluso Antonio había perdido por completo su color; estaba gris con sombras oscuras casi negras y brillos blancos en la nariz y la frente, entonces recordé las películas en blanco y negro que en otra época iba a ver al cine. De ese día en adelante todos perdieron sus colores.
A esa altura del relato el secretario del secretario se detuvo y me miró con insistencia. Es contagioso, la epidemia rebasó los límites del edificio, murmuró. Observó los clientes del establecimiento, algunos mandos medios como él y por su actitud deduje que los vio en blanco y negro. No habló más. Tuvo dudas que se repitieron y me miró con desamparo. Con seguridad me vio en blanco y negro, como yo a él…
Argumento. En blanco y negro comienza la historia… otra historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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