Diecisiete de junio

2 junio, 2018 § Deja un comentario

El domingo diecisiete de junio mi mujer y yo salimos a votar. Salimos a media mañana. Pensamos que los comentaristas en la televisión y en la radio que anunciaban una probable alza en la abstención tenían razón por los candidatos en contienda y la idea de que ya todo estaba jugado; además, por la insistencia de algunos a anunciar su voto en blanco. La primera sorpresa nos la llevamos en el semáforo antes del puente sobre la canalización a tres calles de nuestra casa, el gentío y la cantidad de automóviles formaban un trancón que nos obligó a esperar dos cambios de luces. Recordé que por allí cerca había un centro de votación, sin embargo, no esperaba ni el gentío ni el trancón y seguía creyendo en el vaticinio de los comentaristas. El trancón iba hasta casi la mitad del trayecto sobre la canalización entre el puente de la calle treinta y siete y la avenida El Poblado, por allí se despejó un poco pero volvimos a caer en otro parecido cuando ya habíamos hecho el giro sobre la avenida rumbo a las mesas de votación donde estábamos inscritos. Los trancones son una prueba a la paciencia. Como de costumbre en lugares públicos nadie mira a nadie pero todos estamos alerta al menor resquicio para adelantarnos en la fila. La radio del carro dice poco, no pueden hablar de las elecciones ni hacer comentarios, dicen algo sobre la afluencia de público a los sitios de votación, insinúan a la gente que salga a votar temprano y hablan de la farándula, de las artistas engañadas por sus compañeros o al contrario; de cuanto gana uno o el otro, sumas que nadie imagina por la cantidad de ceros que incluyen y del Mundial de Rusia, no podemos olvidar que Colombia debuta el diecinueve contra Japón. En el trancón la paciencia se agota. Busco música en la radio. Mi mujer, en el puesto del copiloto, también busca música en su celular y encuentra un concierto de Facundo Cabral cantando “… pobrecito mi patrón piensa que el pobre soy yo…”. Cuantos años han pasado desde la primera vez que escuchamos esa canción. Muchos. Cuántas votaciones. Cuántos presidentes. Todos iguales. Y el trancón ahí. En más de media hora hemos avanzado doscientos metros sobre la avenida. Recordé “Autopista del Sur” el cuento de Cortázar que narra un trancón de horas, desde la tarde de un domingo hasta la mañana del día siguiente, en la autopista de entrada a París. Recordé ese trancón y supuse que algo así podría suceder y no llegaríamos a tiempo a la mesa de votación, abierta solo hasta las cuatro de la tarde. Ni un centímetro nos movimos durante un buen rato. Desde mi puesto veía cómo el semáforo pasaba del rojo al amarillo y al verde y nosotros quietos. La paciencia estaba al borde de la impaciencia. De Facundo Cabral pasamos a Agustín Lara, y mientras canta “María bonita” a María Felix, el semáforo cambia y nosotros nada, no nos movemos. Entonces “Ensayo sobre la lucidez” la novela de Saramago que narra lo que sucede en una ciudad, a la que no llama por ningún nombre, un día de elecciones municipales donde, el ochenta y tres por ciento, vota en blanco, vino al recuerdo entre una luz roja, una amarilla y una verde, y nosotros atascados en medio de carros decorados con la imagen del doctor Duque candidato de la derecha, levantando las manos en un gesto “papábile” muy socorrido en el Vaticano. En la novela de Saramago la mayoría de votos en blanco es la catástrofe para el poder político que impone el estado de sitio, habla de una conspiración para desestabilizarlo y organiza un atentado en el metro de la ciudad perpetrado, supuestamente, por los impulsores del voto en blanco con el objeto de manipular la situación. El semáforo va del rojo al amarillo y al verde y nosotros nos movemos apenas centímetros, y cuando logramos pasar de esa esquina caemos en el atasco del semáforo siguiente. Sin embargo “Ensayo sobre la lucidez” había hecho mella. Saramago plantea la situación como un rasgo de lucidez: el voto en blanco es el lugar mágico que debe sacudir, movilizar conciencias, dijo Saramago, palabras más palabras menos, en una entrevista que le hicieron poco después de publicar la novela en el 2004. Mientras esperábamos el cambio de luces, del rojo, al amarillo y luego al verde, se me ocurrió pensar en largas filas frente a las mesas de votación. Enorme afluencia de público en todas las ciudades. Jurados y vigilantes de las mesas desbordados. Nunca en la historia del país se ha visto una cantidad igual de ciudadanos ejerciendo su derecho al voto. Poco a poco la gente llega a los lugares asignados para depositar su voto; nosotros lo logramos, por fin, después de soportar la espera y los cambios de luces interminables. Votamos y en medio de trancones menos dispendiosos que los de la ida regresamos a casa, la verdad sea dicha, cansados después de pasar entre las multitudes de votantes y de automóviles en el camino de regreso. Curiosamente, en la ruta de regreso los automóviles decorados con la imagen “papal” del candidato de la derecha habían desaparecido. A las cuatro de la tarde en punto, nos sentamos frente al televisor. En todos los canales comenzaban a presentar los boletines de la Registraduría. En el primer boletín el voto en blanco llevaba una ventaja de menos de cien votos a los candidatos de la derecha y la izquierda. Todo el mundo parecía tranquilo, los comentaristas hacían cálculos de las intenciones aquí y allá, los presentadores se movían frente a las pantallas táctiles y el público al otro lado de las pantallas, esperaba. Los resultados de la elecciones en Colombia llegan al final del conteo de votos en menos de una hora. Hacia las cuatro y media el voto en blanco llevaba la delantera por casi un millón de votos a los candidatos que no pasaban de un número inesperadamente bajo e igual. El nerviosismo entre presentadores, comentaristas y expertos era evidente. No sabían qué decir. Para todos es bien sabido que el voto en blanco en segunda vuelta presidencial no tiene ninguna validez, pero, se atrevió a decir un comentarista: si el voto en blanco gana por un margen tan amplio y los candidatos siguen igualados, se hace necesario en virtud de los valores de la democracia que el voto en blanco sea tenido en cuenta y, además, implicaría una reforma inmediata del sistema político, si el voto en blanco gana se deben convocar nuevas elecciones con otros candidatos. A las cinco de la tarde con el noventa y cinco por ciento de las mesas escrutadas el voto en blanco tenía, como en la novela de Saramago el ochenta y tres por ciento de los votos a su favor y los dos candidatos se repartían el diecisiete restante por partes iguales. Y ahí fue Troya. Los politiqueros de todos los bordes quisieron pescar en río revuelto. El expresidente que había buscado un ministerio para su hijo en el gabinete del ganador según sus especulaciones de viejo zorro de la política se atrevió a lanzarlo como candidato a la presidencia en las nuevas elecciones. Otros politiqueros se atrevieron a proponer nombres. La fórmula vicepresidencial de uno de los derrotados en primera vuelta dio puntadas para su candidatura, esta vez a la presidencia. Los exguerrilleros veían otra oportunidad para entrar en el juego. Los presentadores y comentaristas y expertos: unos nerviosos porque no sabían qué decir y otros osados porque entonces se mostraron como eran, se atrevieron a lanzar candidatos. El Gobierno permaneció en silencio. A diferencia de la novela de Saramago no hubo atentados en el país, solo hubo la lucidez de un país donde la democracia pierde espesura y se degrada; un país donde la gente espera otra cosa de los políticos y de la política. Un generalizado voto en blanco no es un simple llamado de atención, es una toma de conciencia sobre el poder político, dijo también Saramago en alguna de las presentaciones después del lanzamiento de su novela. Y quienes votan en blanco lo entienden así…
Argumento. El diecisiete de junio votaré en blanco. Dicen que las ficciones son premonitorias… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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