Estatua

30 junio, 2018 § 2 comentarios


Para soliviar las frustraciones que deja la politiquería y agregar al optimismo que trae el fútbol, aquí va un cuento…

… Soy una obra de arte, estoy en la calle y no me muevo. La gente pasa frente a mí y me mira pero yo no los sigo con la mirada porque está en contra de mi profesión y del argumento que represento. Soy estatua de profesión, lo he sido desde siempre. Como estatua, le he dado la vuelta al mundo. Una vez hice mi número en el Pont Neuf de París y el tráfico se interrumpió. Ese día representé la estatua caída de su pedestal con los brazos destrozados por el golpe, fue majestuoso. En otra ocasión, cuando Botero mostró sus esculturas en la plaza principal, estuve en Florencia, ese día me hice gordo y liviano, tuve que amarrar lastre a mis pies para no volar por los aires. He sido todo lo que se puede ser en esta profesión, desde momia egipcia frente a las Pirámides, hasta Córdoba desnudo en la plaza de Rionegro, la tierra de mi familia. El verdadero triunfo de mi carrera fue cuando la ciudadanía de Bruselas me contrató para hacer el papel de Manneken Pis en la Kermesse del verano. Los que me vieron, orinando siempre, quedaron fascinados por la autenticidad de mi actuación. No me muevo, el mundo lo hace, siempre, por razones de trabajo, asumo una actitud afín al lugar donde me encuentro. Una vez, mientras hacía la travesía del Mediterráneo, me convertí en la Medusa del mástil de proa del velero en que viajaba; esa tarde, al recorrer la cubierta, los pasajeros tuvieron la agradable sorpresa de encontrarse con mi número cuando menos lo imaginaban. Toda mi vida he sido estatua, nunca he hecho otra cosa. Estoy entrenado, puedo desconectar porciones de mi cuerpo o mi pensamiento sin inconveniente, mis actuaciones son el resultado de una técnica elaborada durante años de trabajo. Tengo actos en donde sólo algunas partes del cuerpo se activan; en el Policía de tráfico, uno de mis mejores números, la acción se concentra en los antebrazos y las manos, mientras el resto del cuerpo gira sobre su eje, pero sin aportar expresión al movimiento circular de las extremidades. El día de su estreno me instalé en una tarima preparada de antemano. El lugar no era muy concurrido pero mi presencia atrajo público; algunos me vieron como un policía practicante; otros, como el ejecutante de un nuevo programa de la Alcaldía para descongestionar la ciudad; otros, hablaron de mi camisa azul cielo de día y mi pantalón azul cielo de noche; la atracción fue el casco blanco como los utilizados en “La carga de la Brigada Ligera”, lo encontré en un anticuario cuando hacía por primera vez el número de estatua andante. Esta obra hace honor al medio ambiente, cuando pasa un automóvil, se escucha el ruido de un motor o la muchedumbre grita, mis brazos se activan desde los codos hasta las manos e inician movimientos circulares indicando con las puntas de los dedos una dirección indefinida; simultáneamente, mi cuerpo gira cuarenta y cinco grados a intervalos de diez minutos…

… Esa noche de regreso a la pensión para artistas donde me hospedaba un hecho repentino me obligó a representar uno de mis números de improvisación. Estaba solo en el vagón cuando un ruidoso grupo de jóvenes subió al tren –a medida que el tiempo pasa, mi contacto con la gente, que siempre se convierte en público, sucede a través del arte–, para evitar el encuentro, improvisé un número mimético de estatua barra; me paré al lado de una de las puertas e hice mi cuerpo tan delgado como las barras verticales de la entrada; pasaron a mi lado, me miraron, ninguno me vio; uno de ellos intentó atraparme en un momento de desequilibrio pero desistió porque sus compañeros lo llamaron desde la plataforma de paso al vagón siguiente. Fue la mejor y única actuación de mimetismo espontáneo que he dado en mi vida. En el XXV congreso de estatuas en Seul escuché una exposición sobre el tema pero nunca pude hablar con el maestro que dictó la conferencia, nunca supe si lo tuve a mi lado, según él hay especialistas miméticos en todas partes. 
Desde esta mañana, aquí en mi ciudad, frente a mí público, represento al hombre de la calle que no dice y tampoco hace nada; este hombre vive sentado en un taburete dentro de un vestido azul de fondo entero, camisa blanca, corbata a rayas de colores y zapatos sin cordones. Quien se acerque lo suficiente verá la alcancía donde cada uno puede hacer su aporte al arte nacional. Cuando alguien deja una moneda en la alcancía cambio de posición y de actitud. No soy una estatua pasiva, aunque me encuentre sin movimiento y distante de lo que sucede alrededor vivo con intensidad. Algunas veces grito de dolor o de furia, pero nadie me escucha, he ahí la esencia, tengo todo para decir y para hacer pero mi condición de estatua no lo me permite como a cualquier mortal…
… Llegué temprano al lugar de la representación; aun estaba oscuro. Los hombres que barren la calle no habían hecho su primera ronda, durante el día alcancé a contar doce. El celador me miró de lejos mientras me instalaba y cuando me acomodé para el primer acto: el de la espera, se acercó y me preguntó si necesitaba algo, si no tenía para donde irme o si me habían echado de la casa. Ya había comenzado mi trabajo y no respondí; puso su cara a varios centímetros de la mía, tampoco me inmuté; dio una vuelta a mi rededor, me miró por todos los costados y yo seguí impávido; a los pocos minutos se fue pero volvió con un compañero y un perro que gruñó y me olfateó por todas partes; el perro se echó a mis pies y el segundo celador dijo: Es uno de esos que vienen a jugar a las estatuas, déjelo, cuando se canse se irá. Había comenzado el paso de los madrugadores, algunos almacenes abrían, el ruido de las rejas al subir y golpear contra el marco metálico de las puertas fue el anuncio; una señora puso una moneda en la alcancía y yo pasé al segundo acto: el de la visita; giré sobre el asiento, crucé las piernas pero dejé mi cabeza mirando para el otro lado; la señora, desconcertada por mi movimiento buscó otra moneda en su bolso y la puso en la alcancía, de nuevo cambié de posición y pasé al tercer acto: el de la conversación, subí mi brazo derecho y lo puse en ademán de respuesta, este acto es de los más difíciles porque el brazo queda sin apoyo visible; sin embargo, compuse el contrapeso al estirar un poco la pierna izquierda para cambiar de lugar el centro de gravedad y aunque parece una posición exagerada, me siento realmente cómodo. Unos niños se acercaron, había cambiado de posición en tres ocasiones y ellos intentaron frotar sus manos con las mías que en ese momento estaban hacia adelante para el acto de la despedida. Acepté la caricia quieto y sin desviar la mirada del lugar donde mi imaginación había puesto la persona de la cual me despido. Los muchachos depositaron una moneda en la alcancía y se alejaron sin darse cuenta del cambio de posición por efecto de la moneda al acto de la tristeza después del adiós; aunque su significado es dramático, esta actitud es una de las más confortables, pues tomo la forma de un ovillo apretujado sobre el taburete…

… Al caer la tarde después de un día movido el público circula frente a mí en su camino de regreso a casa; espero el paso del último para terminar la actuación. Los observo y compruebo que ellos son la esencia de mi trabajo. De la calle salió el vendedor ambulante, el chofer de taxi, el oficinista afanado, el jefe, la mujer de acera y la otra, la que no es de acera, el niño perdido, la mamá que lo busca, la vendedora de minutos, el mago de esquina, el policía. Todos vienen de la misma cantera, la calle. Cuando ya no pasan carros ni se escuchan voces, cuando las luces se apagan en los edificios, los avisos de neón se prenden y ya no queda nadie, termino la función. Entonces guardo la utilería. En general, en ese momento ya sé dónde y cuál será el número del día siguiente. Esta noche fue igual, hice lo mismo de siempre. De repente una voz llamó desde la oscuridad: ¡Estatua! Me quedé quieto. ¡Estatua! repitió. Giré mis ojos hasta casi hacerlos salir de las órbitas y vi la figura recortada contra la luz del neón. ¡Estatua! repitió, espere, si no responde lo comprendo por su profesión, cuando lo vi la primera vez, dijo, ese día hizo el papel del autor de cartas, quise escribir el retrato de una estatua, aquí está, léalo y si se encuentra haga una con él…
Una versión de “Estatua” está en “El sótano del cielo” libro de cuentos publicado por la Editorial Eafit de Medellín en 2003.
Argumento. Seré estatua pero no me quedaré quieto, dijo el hombre… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2003 / 2018

Anuncios

Miedo

23 junio, 2018 § Deja un comentario


Hace años, mientras caminaba al anochecer por un sendero al borde de un cementerio en fila india con un grupo de amigos, uno de nosotros habló del miedo que le producían los cementerios y los muertos. El guía del grupo, un hombre de la región, sentenció sin detenerse desde la cabeza de la fila: “…no hay que tenerle miedo a los muertos, es a los vivos a los que hay que tenerles miedo…” y siguió caminando sin mirar atrás. Esto sucedió hace años en la espesura que bordeaba el mar Caribe por los lados de Acandí y Capurganá. Muchos años antes de aquel atardecer caribeño, en Funza, el pueblo de la Sabana de Bogotá, donde estudié una parte del bachillerato y dejé algunos años de mi primera juventud, no teníamos miedo de nada. Teníamos “culillo”. Culillo de todo. Recuerdo que decíamos: “… ¡huy! se le hizo el culo así…” cerrábamos y abríamos las yemas de los dedos de la mano y señalábamos al “culilloso”. En aquella época teníamos culillo de los exámenes de aritmética, de inglés, de geografía, de las jornadas sin recreo, del partido de fútbol con los grandes, de perder el año; teníamos culillo del infierno y del pecado y hablar con el cura cada mes para confesarnos nos producía un culillo sin igual por el tamaño de los pecados cometidos y por la penitencia que, sin duda, iba a ser mayor que los pecados. Recuerdo la imagen que adornaba una de las paredes del confesionario: era una estampa donde un hombre se debatía entre los ángeles del cielo y los diablos entre llamas del infierno, nunca supe cuál de los dos bandos se llevó al pobre hombre que por la expresión de su cara tenía un culillo enorme; recuerdo el culillo que nos producían los cuentos de terror en la oscuridad y la posibilidad de que nos olvidaran encerrados en una pieza sin poder salir de ella; pero el culillo mayor venía de la posibilidad de que alguien lo pillara a uno con culillo. Era lo peor. Luego el culillo desapareció, seguramente crecimos y llegó el miedo. El miedo viene en muchas presentaciones y se encuentra en todas partes. El miedo es una suerte de contraparte de la tranquilidad. Produce desasosiego y en la mayoría de los casos ganas de salir corriendo, el problema es que cuando esas ganas en especial aparecen nadie sabe para dónde salir corriendo. Es una de sus características: el miedo elimina toda posibilidad de discernimiento, toda posibilidad de elección y obliga a quien lo sufre a aferrarse a la primera tabla de salvación que aparece al alcance de la mano, del ojo o del oído. Las fuerzas que producen miedo tienen múltiples maneras de manifestarse: el ruido, las multitudes, los espacios abiertos o cerrados, los otros, la violencia, la inseguridad, la muerte, la vejez. Todo. Toda acción, lugar o persona que, en un momento cualquiera, entre en contacto con otro puede ser fuente de miedo, inseguridad, desconfianza y convierte al sujeto en presa fácil de salvadores de esquina, predicadores, magos, charlatanes, estafadores, mentirosos, caudillos. Hay quien dice que el miedo es un sentimiento que nos ha acompañado desde siempre. En Colombia lo hemos vivido en carne propia en veintitrés guerras civiles sin contar con la última que llegó a un acuerdo entre las partes pero no ha terminado aun. La guerra es una fuente de miedo; si la comparamos con la sociedad de consumo de hoy, la guerra es el supermercado de los miedos; en ella se encuentran todos, desde la ignorancia hasta la muerte, pasando por el dolor, la enajenación, la soledad, la persecución, el desplazamiento, el hambre, la enfermedad; la guerra viene con todos los miedos incluidos. Hemos vivido rodeados de miedos y en guerra desde muchos años antes de los años cuarenta del siglo pasado; pero si nos concentramos en la más reciente, hemos vivido rodeados de miedos desde cuando Laureano Gómez entronizó a Mariano Ospina y se inició la violencia partidaria, luego vino la guerra del narcotráfico y como resultado de las dos apareció el caudillismo con su carga de miedos; la semana pasada Álvaro Uribe, el caudillo, confirmó la entronización de Iván Duque y quedamos al borde del miedo. Quedamos, como durante mis años juveniles en el pueblo de la Sabana que mencioné, al borde del culillo. Nunca me he cruzado con elecciones donde uno de los candidatos acepte haber sido derrotado. Parece que en la arena de la politiquería la derrota no existe, todos dicen que ganaron porque recibieron más votos o porque tuvieron un número de votantes inesperado o porque su ego no se los permite. Todos ganan a pesar de que, al final, solo uno ocupa el cargo para el cual se postuló o lo postularon. Los únicos perdedores en esas contiendas son quienes votan. Se me ocurre pensar, sin embargo, que en las lecciones que acabaron de pasar en Colombia hubo un ganador. Ganó el miedo. Ganó el miedo que nos vienen inoculando en dosis medidas de mentiras, de noticias falsas, de agresiones y violencia, de grosería, de politiquería, de cinismo, de suficiencia. Ganó el miedo que obligó a un poco más diez millones a votar por un personaje que dice lo que el jefe tras bambalinas le dice que diga; ganó el miedo que obligó a más de ocho millones a votar, no porque les gustara el candidato, sino porque el otro les producía miedo; ganó el miedo que no permitió que el número de votantes que no aceptaban ni al uno ni al otro tuviera más representación. Sin contar con el número de votantes que se abstuvieron, casi igual al número de los que votaron, quizá por miedo. Ganó el miedo…
Argumento. Lo que me da miedo es tu miedo dijo el hombre… Con miedo, culillo o como quieran llamarlo comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Mentiroso no…

16 junio, 2018 § Deja un comentario


Con fecha del trece de junio pasado encontré en el periódico “El Espectador” una nota firmada por la Redacción de Cultura bajo el título:¿Ya sabe por quién votar? Así es el presidente que quieren los artistas”. La nota señala que “Quiero un presidente…” es una convocatoria que resulta del poema escrito en 1992 por el artista americano Zoe Leonard. Dos instituciones del área de la Cultura: Espacio Odeón y Editorial Salvaje están al origen de la propuesta y los textos que recibieron fueron leídos en público los días catorce y quince de junio, ayer y anteayer, en Bogotá y Cali. Dice la nota que la intención de Leonard era invitar a una reflexión pública sin dar apoyo a ningún candidato. El poema, agrega la nota, tuvo poca circulación en el momento de la publicación, pero, cuando se convirtió en “proto-meme” (un “proto-meme” es un “meme” en construcción), circuló en campañas presidenciales alrededor del mundo. Las organizadoras de la convocatoria pegaron el poema en la fachada del Espacio Odeón e invitaron artistas de distintas disciplinas a participar. El día que encontré la nota ya habían recibido propuestas de texto de artistas, cineastas, periodistas, escritores y seguramente de otras personas para quienes el presidente debería ser algo más o mucho más que la figura que aparece en los estrados públicos.
 Entre las propuestas que acompañan la nota se pueden leer los adjetivos y deseos que inspira la figura del presidente: “…uno que sea un don nadie; uno que no viva en Praderas de Potosí o sea miembro del Club el Nogal; uno al que le hayan negado visas; uno que se levante todos los días sin ganas de ir a trabajar y que todos los días cambie de sexo; uno que se sepa turista del dolor; un presidente que tenga dolores impuestos y no como siempre dolores elegidos; un presidente como “Birdman”, con un final ambiguo, pero con la determinación de saltar al vacío y no hacer nido en el poder en el momento en que el pueblo más lo aclama; un presidente que valore el placer ajeno más que el propio; un presidente de película pero que empiece de una, sin intros de productoras gringas o logos de entidades nacionales de fondos para el cine; uno que todas las noches haya sido encerrado en su propia casa, por su madre mientras esta salía a trabajar; no quiero un presidente chocarrero, burletero, puñetero, altanero, arrogante, denigrante…”. En fin, la enumeración de figuras, deseos y adjetivos de cómo quiere cada uno el presidente es extensa, por eso los remito al artículo donde está el poema de Zoe Leonard y algunas de las propuestas enviadas.
Entonces una pregunta se plantó frente a mí: y yo, ¿cómo quiero un presidente…? Intenté reducir el número de deseos o adjetivos que podría aplicar a la figura del presidente que quiero y logré, después de girar en torno a frases, lugares, recuerdos, momentos, situaciones, llegar a solo un deseo: Quiero un presidente que no diga mentiras. Ser mentiroso abarca todo, desde la figura que veo y me habla o habla al público, hasta los papeles que firma sin que le tiemble el pulso porque lo protege una Ley igualmente favorecedora de la mentira, o las fotografías que distribuye porque son producto del maquillaje o de las canas falsas. Ser mentiroso va desde aceptar pensando en el beneficio propio, hasta prometer imposibles, con el conocimiento de que las promesas no se cumplen. Ser mentiroso va desde amenazar hasta hurgar en la llaga del miedo. Ser mentiroso es hacer creer que la vida ha sido un apostolado dedicado a la Patria. Ser mentiroso es esconder, no decirlo todo, calcular qué se dice y qué no: es mejor dejarlos en la ignorancia. Ser mentiroso es sacar ventaja, aprovecharse, promover lo que no es, o decir una cosa y hacer otra. Ser mentiroso es medir con la vara de otro; es no ponerse colorado cuando miente; es buscar culpables para sacarle el cuerpo a la responsabilidad. Ser mentiroso es no decir la verdad e insistir en que la verdad siempre está por delante de sus palabras, el mentiroso no entiende que la verdad está donde debe estar y todo el mundo se dará cuenta sin necesidad algarabías, gritos, amenazas o promesas. Ser mentiroso es tener rabo de paja; es bailar al son que le toquen, como todo politiquero “veleta y voltiarepas”. Ser mentiroso es desear la presidencia con el objetivo de ser expresidente –hay varios en esa categoría–; es querer el poder como parcela propia para perpetuarse en él; ser mentiroso es también hacer creer que “si no soy yo, es el diluvio”.
Ser mentiroso es lo mencionado y mucho más, abarca todos los estadios de la vida y por desgracia ser mentiroso es un estado frecuente entre quienes nos gobiernan y también entre gentes de a pie. Decir mentiras es, parece, parte de la condición humana. He tenido cerca algunos mentirosos; ninguno de ellos, menos mal, ha tenido la pretensión de llegar a la Presidencia. Uno, esperó que otro muriera para heredar su silla y su fortuna; durante años no hizo nada, dijo mentiras sobre lo que hacía y lo que esperaba hacer, con tan mala suerte que el otro no murió tan pronto como el mentiroso deseaba y cuando murió, el mentiroso era ya un viejo enfermo que no disfrutó de la silla. Otro mentiroso que conocí, mentía en permanencia sobre salud, era sano pero de tanto estar a punto de morir enfermó de verdad y pocos le creyeron como al “Pastorcito mentiroso” que conocemos, un ejemplo de mentiroso que la literatura propone y tenemos poco en cuenta. Tampoco tenemos en cuenta “El traje nuevo del Emperador” un engaño frente a los ojos abiertos de la asistencia. Joseph Mitchell narró en “El secreto de Joe Gould” la mentira, o el secreto de quien aseguró siempre que estaba creando un diario dinámico donde aparecían representados sus cercanos, conocidos y lejanos, y ninguno, hasta después de su muerte, se dio cuenta de que nunca había escrito nada. Y tampoco tenemos en cuenta a Pinocho, el personaje de Collodi, inigualable. Imaginemos que la nariz de los dos candidatos a la presidencia, cada uno por su lado –ellos no debaten–, sonrientes y sobrados detrás de sus egos enardecidos, crece sin parar mientras dicen mentiras o verdades a medias o prometen cosas que saben imposibles; hablo de los dos candidatos en contienda para la segunda vuelta a la presidencia de Colombia el diecisiete de junio. No podemos olvidar que lo que está en juego son sus egos y los egos de quienes están detrás de ellos. No votamos por programas porque son iguales con palabras distintas o parecen imposibles de cumplir. Votamos por egos.
Hay quien equipara la mentira con la ficción. No estoy de acuerdo. La mentira es la mentira: decir y hacer creer lo que no es. La ficción son los sueños que todos tenemos y, a veces, convertimos en realidad. La ficción es la verdad de cada uno. La literatura de ficción tiene arraigo en la verdad del autor que la escribe. Decir que ficción y mentira son sinónimos es mentira. No quiero un presidente que diga mentiras y las repita porque es bien sabido que de tanto repetirlas la gente termina por creer que son verdad. Por eso votaré en blanco el próximo domingo diecisiete de junio, mañana…
Argumento. Mentiras, dijo el hombre… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

La epidemia

9 junio, 2018 § Deja un comentario


Un conocido mío, secretario de otro secretario en alguna instancia del poder, me interpeló un jueves en la tarde, casi noche, en uno de los establecimientos frecuentados por mandos medios después de la jornada laboral. Aquel jueves, mi conocido, el secretario, me abordó cuando tomaba el último sorbo de un vaso de cerveza. Lo invito a otra, dijo a mi oído, hoy es día de pago. No respondí, el silencio aprueba. Mi conocido hizo la seña al hombre detrás del mostrador, otro mando medio con atribuciones de jefe. Quiero que me escuche, dijo. Si tiene tiempo y puede, agregó para suavizar el tono imperativo de la frase anterior. Continué en silencio. A esa hora el establecimiento estaba hasta el tope de clientes. Por el tono de su voz deduje que tenía interés en que nadie más lo escuchara, entonces incliné mi cuerpo hacia él y esperé.
Tengo unos vecinos de piso, murmuró, usted sabe, vivo en unidad cerrada, el apartamento es propio aunque todavía me falta tiempo y trabajo para pagarlo. Vivo en el piso catorce, tres familias por piso. ¿Quiere otra cerveza? En general guardo buenas relaciones con ellos, nos cruzamos en el ascensor, hablamos de lo que hablan los que no tienen intimidad, del clima, de la cantidad de trabajo y si es del caso pero sin entrar en detalles, de la salud. Nunca tocamos temas como mujeres o política y evitamos el fútbol aunque hay quienes se ponen las camisetas de sus equipos y se pavonean cuando ganan. Los viernes, el día de la romería, nos cruzamos en recorrido por los otros pisos, usted sabe, ese día cada familia abre la puerta, saca sillas, mesa de campaña al pasillo y pone aguardiente a mano de quien pase, nadie invita pero todos ponen.
Cuando llegamos al edificio, mi mujer, la niña y yo, la vecina del catorce cero dos dijo a Irma, mi mujer, que la romería no era obligatoria pero la previno de que si no participaba podía ganarse inquinas. Desde ese día repetimos la costumbre, recorremos los pisos y saludamos a todos, por supuesto a unos más que a otros. Casi siempre terminamos, por fatiga de subir y bajar escaleras, en casa Antonio y su mujer, los del catorce cero uno, a veces ellos vienen a nuestra puerta y nos tomamos el último.
Hace un mes sucedió algo fuera de lo normal, continuó. Al final del recorrido, a la altura de la puerta de nuestros vecinos me detuve para el último trago, me lo tomé de un tirón, dejé la copa al lado de la botella y me fui a dormir. No recuerdo nada más de aquella noche. Al día siguiente, sábado, todo fue normal, cuando salí al cuarto útil a llevar unas cajas que mi mujer subió el día anterior comenzó la cosa. El secretario hizo una pausa y preguntó si me interesaba su historia, me pareció entrado en nervios y por primera vez le hablé: no se preocupe le dije y con un gesto hice seña al jefe detrás del mostrador.
Creo que se trata de una epidemia, dijo en voz baja y está concentrada en el edificio donde vivo. No ha llegado más allá. ¿Se imagina si alcanza las otros edificios?, sería una catástrofe y si la Secretaría de Salud se entera lo mínimo sería la cuarentena. No sé cuál sea la situación de mis vecinos. De Antonio el habitante del catorce cero uno, que, a mis ojos fue por donde entró la epidemia, sé que trabaja como jefe de sección en un supermercado, ignoro si allá han detectado algo, lo he visto varias veces en el ascensor descolorido pero tranquilo.
El secretario hizo una pausa, miró alrededor con detenimiento, como si buscara alguna manifestación de la epidemia y no detectó signos aparentes, clavó los ojos en el fondo de su vaso medio vacío y dijo: nunca me había sucedido nada parecido. Si anuncian la cuarentena es como si decretaran mi desaparición y la de mi familia, murmuró con la boca dentro del vaso, nosotros los secretarios no tenemos ahorros de donde sacar en caso de emergencia. Me quedará difícil, imposible, pagar el mercado, el transporte, no tendremos con qué comer. ¿Y los servicios? me cortarán la luz, el agua, el teléfono. Mi jefe, un arribista, me buscará reemplazo tan pronto se entere. Será el fin.
Lo observé por encima del borde de mi vaso, también medio vacío. En apariencia no había huella alguna de enfermedad, su piel no presentaba accidentes extraños, en ningún momento rascó su cuerpo como si una piquiña o brotes parecidos lo atormentaran. Su mirada, vacía, es cierto, era la de un hombre vivo, con dificultades, pero vivo. No parecía estar perdiendo el cabello y aunque mi recuerdo de otros encuentros con él eran borrosos, su contextura física me parecía la misma de siempre, ¿un poco más grueso? quizá. Bueno, había algo, pero era necesario ser un observador de primera línea para notarlo, su figura en general evidenciaba una disolución del color; o sea, como dice otro conocido, o sea, los tonos grises y en ciertos aspectos los sepias, lo estaban invadiendo. Pero insisto, es necesario ser un observador muy fino para notarlo.
El secretario estaba acostumbrado a mi silencio pero no a encontrarse bajo mi mirada profesional y lo sentí incómodo. No sé si el mal que nos ataca es contagioso, agregó después de la pausa. Deduzco que su expansión es lenta, pues pocos o quizá ninguno de los habitantes de mi edificio, con quienes me encuentro los viernes en la romería, se ha percatado. No he hablado de esto con nadie, ni siquiera con Irma, mi mujer, para evitar pánico y chismes desconsiderados a nuestra costa. Usted es el primero. Es casi seguro que el foco es Antonio. Recuerde que el virus, ¿será un virus?, se manifestó al día siguiente después del último trago en la puerta de su casa aquel viernes. Como le dije, detecté los primeros síntomas en el vestíbulo del edificio al día siguiente cuando yo venía del cuarto útil y me encontré con él, lo noté gris, le pregunté si se sentía bien y no atinó una respuesta. No hablamos más ese día ni los siguientes, por supuesto tuve encuentros en los pasillos o en el ascensor con otros habitantes pero ninguno, hasta el miércoles de esa semana, presentó síntomas como los de Antonio. El miércoles encontré a Gertrudis la habitante del siete cero tres, solterona alegre dueña de tres perros, a los que solo les falta hablar, descolorida hasta la cintura.
Después de ese encuentro revisé cada milímetro de mi cuerpo y no encontré rastro de nada. Ya lo había hecho antes con el mismo resultado. Esa noche observé a Irma con detenimiento mientras comía, no vi nada extraño pero ella sintió mis ojos recorriendo su cuerpo y dedujo una invitación, cuando llegué a la cama, después de espiar por el ojo de la puerta posibles entradas o salidas del apartamento de la vecina, la encontré desnuda. El secretario se interrumpió y sin preguntarme hizo seña al jefe del bar para que pusiera otras dos cervezas.
Ese viernes pedí a Irma que me disculpara en la romería. Cuando la niña se durmió, Irma fue al recorrido de siempre, primero el piso doce, saludos, degustación de galleta o torta, despedida; continuación por la escalera piso por piso, más saludos, más degustaciones, a veces de licor, hasta el quinto, donde nos separamos cuando vamos juntos, ella visita la señora del cinco cero tres, y yo bajo hasta el primero. De regreso, bebo una copa en casa de la señora y luego subimos, con una o dos paradas más, según la hora, hasta la puerta de Antonio, el catorce cero uno. Hice mentalmente el recorrido mientras vigilaba por el ojo de la puerta los visitantes al apartamento de Antonio. Al regreso de Irma pregunté si hablaron de mí o de mi ausencia y la observé, sobre todo la observé, esta vez no presintió ninguna invitación, estaba cansada y tal vez fue su fatiga y mi inquietud lo que me hizo ver zonas descoloridas en sus brazos.
Esa noche no dormí. Al día siguiente Irma despertó, como Gertrudis, descolorida hasta la cintura, pero no lo mencionó, tampoco dijo nada de mi aspecto aunque sentí sus ojos sobre mí varias veces durante la mañana. Ese mismo día y el domingo busqué los que pasaron en romería por el apartamento de Antonio y los encontré tan descoloridos como Irma, incluso Antonio había perdido por completo su color; estaba gris con sombras oscuras casi negras y brillos blancos en la nariz y la frente, entonces recordé las películas en blanco y negro que en otra época iba a ver al cine. De ese día en adelante todos perdieron sus colores.
A esa altura del relato el secretario del secretario se detuvo y me miró con insistencia. Es contagioso, la epidemia rebasó los límites del edificio, murmuró. Observó los clientes del establecimiento, algunos mandos medios como él y por su actitud deduje que los vio en blanco y negro. No habló más. Tuvo dudas que se repitieron y me miró con desamparo. Con seguridad me vio en blanco y negro, como yo a él…
Argumento. En blanco y negro comienza la historia… otra historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Hace pocos días me enteré de que Graham Greene apuntaba en las márgenes tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine…
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Diecisiete de junio

2 junio, 2018 § Deja un comentario


El domingo diecisiete de junio mi mujer y yo salimos a votar. Salimos a media mañana. Pensamos que los comentaristas en la televisión y en la radio que anunciaban una probable alza en la abstención tenían razón por los candidatos en contienda y la idea de que ya todo estaba jugado; además, por la insistencia de algunos a anunciar su voto en blanco. La primera sorpresa nos la llevamos en el semáforo antes del puente sobre la canalización a tres calles de nuestra casa, el gentío y la cantidad de automóviles formaban un trancón que nos obligó a esperar dos cambios de luces. Recordé que por allí cerca había un centro de votación, sin embargo, no esperaba ni el gentío ni el trancón y seguía creyendo en el vaticinio de los comentaristas. El trancón iba hasta casi la mitad del trayecto sobre la canalización entre el puente de la calle treinta y siete y la avenida El Poblado, por allí se despejó un poco pero volvimos a caer en otro parecido cuando ya habíamos hecho el giro sobre la avenida rumbo a las mesas de votación donde estábamos inscritos. Los trancones son una prueba a la paciencia. Como de costumbre en lugares públicos nadie mira a nadie pero todos estamos alerta al menor resquicio para adelantarnos en la fila. La radio del carro dice poco, no pueden hablar de las elecciones ni hacer comentarios, dicen algo sobre la afluencia de público a los sitios de votación, insinúan a la gente que salga a votar temprano y hablan de la farándula, de las artistas engañadas por sus compañeros o al contrario; de cuanto gana uno o el otro, sumas que nadie imagina por la cantidad de ceros que incluyen y del Mundial de Rusia, no podemos olvidar que Colombia debuta el diecinueve contra Japón. En el trancón la paciencia se agota. Busco música en la radio. Mi mujer, en el puesto del copiloto, también busca música en su celular y encuentra un concierto de Facundo Cabral cantando “… pobrecito mi patrón piensa que el pobre soy yo…”. Cuantos años han pasado desde la primera vez que escuchamos esa canción. Muchos. Cuántas votaciones. Cuántos presidentes. Todos iguales. Y el trancón ahí. En más de media hora hemos avanzado doscientos metros sobre la avenida. Recordé “Autopista del Sur” el cuento de Cortázar que narra un trancón de horas, desde la tarde de un domingo hasta la mañana del día siguiente, en la autopista de entrada a París. Recordé ese trancón y supuse que algo así podría suceder y no llegaríamos a tiempo a la mesa de votación, abierta solo hasta las cuatro de la tarde. Ni un centímetro nos movimos durante un buen rato. Desde mi puesto veía cómo el semáforo pasaba del rojo al amarillo y al verde y nosotros quietos. La paciencia estaba al borde de la impaciencia. De Facundo Cabral pasamos a Agustín Lara, y mientras canta “María bonita” a María Felix, el semáforo cambia y nosotros nada, no nos movemos. Entonces “Ensayo sobre la lucidez” la novela de Saramago que narra lo que sucede en una ciudad, a la que no llama por ningún nombre, un día de elecciones municipales donde, el ochenta y tres por ciento, vota en blanco, vino al recuerdo entre una luz roja, una amarilla y una verde, y nosotros atascados en medio de carros decorados con la imagen del doctor Duque candidato de la derecha, levantando las manos en un gesto “papábile” muy socorrido en el Vaticano. En la novela de Saramago la mayoría de votos en blanco es la catástrofe para el poder político que impone el estado de sitio, habla de una conspiración para desestabilizarlo y organiza un atentado en el metro de la ciudad perpetrado, supuestamente, por los impulsores del voto en blanco con el objeto de manipular la situación. El semáforo va del rojo al amarillo y al verde y nosotros nos movemos apenas centímetros, y cuando logramos pasar de esa esquina caemos en el atasco del semáforo siguiente. Sin embargo “Ensayo sobre la lucidez” había hecho mella. Saramago plantea la situación como un rasgo de lucidez: el voto en blanco es el lugar mágico que debe sacudir, movilizar conciencias, dijo Saramago, palabras más palabras menos, en una entrevista que le hicieron poco después de publicar la novela en el 2004. Mientras esperábamos el cambio de luces, del rojo, al amarillo y luego al verde, se me ocurrió pensar en largas filas frente a las mesas de votación. Enorme afluencia de público en todas las ciudades. Jurados y vigilantes de las mesas desbordados. Nunca en la historia del país se ha visto una cantidad igual de ciudadanos ejerciendo su derecho al voto. Poco a poco la gente llega a los lugares asignados para depositar su voto; nosotros lo logramos, por fin, después de soportar la espera y los cambios de luces interminables. Votamos y en medio de trancones menos dispendiosos que los de la ida regresamos a casa, la verdad sea dicha, cansados después de pasar entre las multitudes de votantes y de automóviles en el camino de regreso. Curiosamente, en la ruta de regreso los automóviles decorados con la imagen “papal” del candidato de la derecha habían desaparecido. A las cuatro de la tarde en punto, nos sentamos frente al televisor. En todos los canales comenzaban a presentar los boletines de la Registraduría. En el primer boletín el voto en blanco llevaba una ventaja de menos de cien votos a los candidatos de la derecha y la izquierda. Todo el mundo parecía tranquilo, los comentaristas hacían cálculos de las intenciones aquí y allá, los presentadores se movían frente a las pantallas táctiles y el público al otro lado de las pantallas, esperaba. Los resultados de la elecciones en Colombia llegan al final del conteo de votos en menos de una hora. Hacia las cuatro y media el voto en blanco llevaba la delantera por casi un millón de votos a los candidatos que no pasaban de un número inesperadamente bajo e igual. El nerviosismo entre presentadores, comentaristas y expertos era evidente. No sabían qué decir. Para todos es bien sabido que el voto en blanco en segunda vuelta presidencial no tiene ninguna validez, pero, se atrevió a decir un comentarista: si el voto en blanco gana por un margen tan amplio y los candidatos siguen igualados, se hace necesario en virtud de los valores de la democracia que el voto en blanco sea tenido en cuenta y, además, implicaría una reforma inmediata del sistema político, si el voto en blanco gana se deben convocar nuevas elecciones con otros candidatos. A las cinco de la tarde con el noventa y cinco por ciento de las mesas escrutadas el voto en blanco tenía, como en la novela de Saramago el ochenta y tres por ciento de los votos a su favor y los dos candidatos se repartían el diecisiete restante por partes iguales. Y ahí fue Troya. Los politiqueros de todos los bordes quisieron pescar en río revuelto. El expresidente que había buscado un ministerio para su hijo en el gabinete del ganador según sus especulaciones de viejo zorro de la política se atrevió a lanzarlo como candidato a la presidencia en las nuevas elecciones. Otros politiqueros se atrevieron a proponer nombres. La fórmula vicepresidencial de uno de los derrotados en primera vuelta dio puntadas para su candidatura, esta vez a la presidencia. Los exguerrilleros veían otra oportunidad para entrar en el juego. Los presentadores y comentaristas y expertos: unos nerviosos porque no sabían qué decir y otros osados porque entonces se mostraron como eran, se atrevieron a lanzar candidatos. El Gobierno permaneció en silencio. A diferencia de la novela de Saramago no hubo atentados en el país, solo hubo la lucidez de un país donde la democracia pierde espesura y se degrada; un país donde la gente espera otra cosa de los políticos y de la política. Un generalizado voto en blanco no es un simple llamado de atención, es una toma de conciencia sobre el poder político, dijo también Saramago en alguna de las presentaciones después del lanzamiento de su novela. Y quienes votan en blanco lo entienden así…
Argumento. El diecisiete de junio votaré en blanco. Dicen que las ficciones son premonitorias… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para junio, 2018 en .