El observador observado

19 mayo, 2018 § Deja un comentario

Soy un ave. Pertenezco a una de las setecientas cincuenta especies que habitan la Amazonía. Algunas endémicas, otras de paso; algunas amenazadas de desaparición por la destrucción de los humedales como el pato negro, el pato pico de oro o el pato colorado; otras con la amenaza de la comercialización clandestina como la guacamaya verde o el periquito alipunteado; y otras que se pueden observar en grandes bandadas como el colibrí esmeralda o chiribiquete que vive por estos parajes desde siempre, por lo menos desde que tengo memoria. Y no es una exageración esto de la memoria, estudiosos de la especie como Jennifer Ackerman aseguran que seis meses después, nosotras las aves, recordamos con precisión dónde, en centenares de kilómetros cuadrados de selva, de parajes inaccesibles o riberas de riachuelos, dejamos semillas escondidas. Sé, lo sabemos las aves, que algunos hombres nos buscan para cazarnos o para enjaularnos y se comportan como depredadores. Pero no todos son enemigos, conozco grupos de humanos que nos buscan para observarnos, para estudiar nuestro comportamiento; nos observan solos, en parejas o en grupo. De los depredadores humanos nos defendemos como lo hacemos con los depredadores naturales: con señales, con cantos cifrados o con movimientos rápidos. Lo que no saben los humanos que nos observan con ayuda de binoculares, punto láser para indicar nuestra posición, grabadoras, cámaras con teleobjetivo o incluso telescopio, es que nosotros los observamos sin necesidad de ayudas tecnológicas y cuando no hay depredadores al acecho preparamos montajes para que nos admiren, tomen fotografías o graben nuestras voces, distintas según el momento con que anunciamos a la bandada que estamos frente a un fruto, que es hora de comer o que el depredador está cerca y debemos cuidarnos o, también, que hay humanos a la vista y debemos prepararnos, como actores, para que nos observen, nos escuchen y nos tomen fotografías. En ocasiones hemos permitido que graben los llamados con que nos enamoramos; es difícil que nos tomen fotografías cuando los machos adornados con colores deslumbrantes están hermosos y las hembras se dejan conquistar por su elegancia preferimos preservar la belleza de la intimidad y permanecemos en la sombra.

A pesar de los inconvenientes que llegaron con la modernidad como la tala indiscriminada, la llamada civilización, la violencia, puedo asegurar que la Amazonía es el lugar ideal para vivir y hacemos lo posible por conservarla; sin embargo, no todo lo que llegó con la modernidad es nocivo, también vino con ella el observador de aves. Edmund Selous utilizó el término por primera vez en 1901 cuando, con aparatos de menor alcance en comparación con los que se utilizan hoy, contribuyó al estudio, comportamiento y clasificación de las múltiples familias de la especie. Lo que los humanos ignoran es que nosotras, las aves, hemos sido observadoras de humanos desde el arqueópterix, el ancestro más primitivo según los paleontólogosHoy en día, los observadores de aves, “pajareros” se llaman entre ellos, organizan expediciones y recorren la selva en grupos para observarnos, y nosotros participamos de la observación, organizamos convites, sesiones de alimentación en las copas de los árboles o juegos en la ribera del río cuando las lanchas pasan, incluso armamos alguna algarabía porque un depredador se acerca y mientras los humanos nos observan, nosotros también los observamos y estudiamos su comportamiento.

Elvis Cueva Márquez, llevamos tiempo observándolo, podría decir que es un amigo; es de los que viene con más frecuencia a buscarnos en los parajes de la selva; lo he visto y lo sé por algunos colegas suyos que en ocasiones pasa semanas enteras mirándonos, tomando fotos o grabando los cantos con que anunciamos el fruto maduro, el peligro o el amor. Lo considero amigo porque alguna vez le escuché decir: “… a la selva hay que entrar con respeto, hay que entrar como se entra a un lugar donde no se debe tocar ni dañar nada; uno entra a la selva para escucharla para apreciarla porque ella también lo observa a uno. A la selva hay que entrar con la mente abierta, sin prevenciones. Si entras con la tensión de la ciudad, la selva te pone tropiezos, te caes, una espina te chuza, una rama te golpea, las aves se esconden…”. Cuando le escuché decir esto comprendí que había descubierto nuestra afición, éramos amigos, éramos colegas.

Lo más cerca que he estado de él es cuando me ve en la copa de un yarumo y él se encuentra a las dos en punto, como dicen en la jerga de los “pajareros” para indicar su posición: allá abajo entre el follaje. Elvis es de los humanos que más he observado. Es un hombre de la selva; eso le viene de su madre Julia Márquez indígena Mayoruna; pero también se desenvuelve bien en los recovecos de la ciudad y eso le viene de su padre César Cueva, mestizo de origen andino de Chachapoyas y Cajamarca en el amazonas peruano. Me enteré, porque en la selva uno se entera de todo, los sonidos y las palabras vuelan sin tropezar con obstáculos, que la primera vez que se aventuró con su hermano mayor por los recovecos de la selva se perdieron durante dos semanas; cuando salieron de la espesura, cansados y asustados, Elvis dijo: no vuelvo. Entonces se hizo actor de teatro. El día que un amigo le sugirió que trabajara como guía por los senderos de la Amazonía estudió hotelería y turismo. Y como la selva se lleva en el alma, volvió a recorrerla, se hizo guía y aprendió a emocionarse con detalles tan sencillos como las hormigas que pasan en fila cargadas con hojas o granos tres veces su tamaño y desaparecen entre las ramas, y aprendió a ejercitar los sentidos vitales para el observador de pájaros, el oído y la vista; comprendió que ser discreto y respetuoso con las aves que observa es la condición esencial; entendió que el canto es una forma de defensa y también de regocijo, y aprendió a reconocerlos; logró distinguir sonidos tan sutiles como el aleteo sin turbulencia que produce el búho.

Porque he vivido desde siempre en la espesura, he volado más arriba de las copas de los árboles, me he disimulado entre las ramas, he esperado el momento propicio para mostrarme, para llamar o para pedir ayuda, sé que la selva tiene momentos invisibles para la mayoría; y sé también que en ocasiones muestra formas, colores o situaciones, que pocos sabrían describir, y solo aquellos que verdaderamente sienten sus vibraciones están en la posibilidad de distinguirlas, Elvis es uno de ellos. Lo sé porque, repito: en la selva todo se escucha; sé que “pajareros”, compañeros de observación se sorprenden de lo que ve entre las ramas y los troncos y los rayos de luz que se filtran. Se sorprenden de las especies de aves que logra observar y escuchar; pero no solo distingue aves, también reconoce las plantas y los insectos y logra decir por dónde se escabulló una lagartija tímida que prefiere la sombra de la vegetación en lugar de la luz de un claro.

Las aves somos celosas de la belleza exótica y plena de colores que adorna nuestro plumaje, sabemos que somos llamativas y a pesar de que es un atributo ineludible también es un punto de atracción para los depredadores que acechan; en tiempos de escasez, por ejemplo, debemos abandonar los espacios donde nos podemos proteger y salir en busca de comida; con los depredadores al acecho, es posible que varias bandadas nos encontremos cerca de la misma fruta y aunque el grande come primero, todos los presentes comen. Pero si el depredador está cerca, es posible que nadie coma. Elvis distingue esos momentos de urgencia, sabe que en todos los rincones un enjambre de códigos, movimientos y señales, que es necesario interpretar en el momento justo, abunda; sabe que vernos es una cosa y escuchar nuestros cantos y murmullos es otra. Observar aves es una aventura en la que se corre el riesgo de ser observado. Aves y “pajareros”, se reconocen mutuamente; saben de donde viene uno y para dónde va el otro. Es un juego donde ambos: ave y observador se muestran o se esconden y ambos lo saben…
Argumento. Un hombre recibe una cámara de fotografía como regalo. Según una cadencia impuesta, que no comunicó a nadie, toma una fotografía cada minuto. Al final del día tiene mil cuatrocientas cuarenta imágenes. Mientras las mira, los minutos del día siguiente corren. Con esa imagen comienza la historia.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Anuncios

Etiquetado:, , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo El observador observado en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: