Vivir entre robles y arrayanes

12 mayo, 2018 § 1 comentario

El último domingo de marzo, al final de la mañana, el sol picante de la Sabana de Bogotá nos esperaba para acompañarnos a visitar a mi hermana. Desde enero de este mismo año vive en la Reserva Natural El Pajonal entre robles y arrayanes. El punto de encuentro con los parientes con quienes iríamos a visitarla, y conocían el camino, estaba sobre la autopista Norte poco antes del Puente del Común; de ese lugar en adelante, nosotros, recién llegados para pasar unos días en el altiplano cundiboyacense, desconocíamos cómo llegar a El Pajonal. Distribuidos en cuatro carros: hijas, yernos, sobrinas con sus maridos y sobrinos con sus esposas y esposos, sobrinas nietas, sobrinos bisnietos, mi mujer y yo, su hermano, emprendimos el camino. Mi hermana vive en el filo del Páramo de Guerrero donde está la Reserva porque antes de partir había dicho que, llegado el momento, la llevaran a vivir a cielo abierto. Digo vivir porque nadie, en ningún momento del día, habló de morir y todos la imaginamos entre robles y arrayanes narrando con minucia historias sobre parientes lejanos o cercanos; de platos a los que inventaba nombres según el momento y disfrutaba cocinándolos para sus hijas y nietos; o recordando encuentros que venían de tiempo atrás y eran la memoria de la familia. Memoria que, me digo ahora, se llevó con ella y sobre la cual me hubiera gustado escuchar más…

… Cincuenta kilómetros, quizá un poco más, separan el municipio de Cogua, cercano a la represa del Neusa en el noroccidente de la Sabana de Bogotá, del punto de encuentro con los parientes. A las once de la mañana emprendimos el camino por las vías amplias y frecuentadas de la Sabana, manteníamos contacto visual de carro a carro a pesar de que en varias ocasiones algún extraño se intercaló y perdimos el contacto, sin embargo el tráfico en las carreteras, todo el mundo lo sabe, es una cuestión de paciencia y al final logramos llegar juntos a Cogua, al pie del Páramo de Guerrero, antes del medio día. No entramos al pueblo, lo bordeamos por calles estrechas de costado y más pronto de lo esperado encontramos la vía, secundaria y empinada, que nos llevaría a la Reserva El Pajonal a 3400 m.s.n.m. En Cogua estábamos a 2600 m.s.n.m. A la salida del pueblo la vía se hizo estrecha y empinada. Cundinamarca, se sabe, es tierra de ciclistas y escaladores, los famosos “escarabajos”; a medida que ascendíamos con la montaña a la izquierda y el paisaje interminable a la derecha los ciclistas se multiplicaban, a pesar de lo empinado del terreno ninguno parecía a punto de desfallecer. La carretera estrecha y con curvas cerradas obligaba a tener cuidado, no solo por los ciclistas que subían, también por otros carros o ciclistas que bajaran. Para resaltar, un detalle curioso: los ciclistas que bajaban eran pocos en comparación con los que subían; quizá, después de subir, el premio al llegar a la cima era quedarse arriba, en la montaña, “más cerca de las estrellas”, como reza el dicho tan bogotano; o también, es posible, que la vía rumbo al páramo fuera parte de un circuito y el regreso lo hicieran por otra vía. En un cruce inesperado, después de una curva estrecha y un grupo de “escarabajos” en pleno esfuerzo, una valla anunciaba la dirección a seguir para llegar a La Reserva. Según la valla debíamos tomar a la izquierda. De esa señal en adelante, desaparecieron los ciclistas y la vía se hizo estrecha, destapada, aun más empinada y el paisaje se enfrió a pesar del sol picante, de tierra fría, que no dejó de brillar. A medida que subíamos, el filo de la montaña cada vez más cerca se recortaba contra el cielo poblado de nubes, llegamos a pensar que habíamos tomado la ruta equivocada pero lo que habíamos tomado era una ruta sin retorno a menos que subiéramos hasta el final; las grandes extensiones con sembrados de papa a la izquierda, hasta el filo de la montaña y el paisaje infinito con verdes de bosque y sabana, y los destellos de agua bajo el sol del Neusa, por allá lejos, lejísimos, no permitían hacer el giro para regresar. Pronto nos dimos cuenta de que habíamos tomado el camino correcto, frente a nosotros, tan cerca del cielo que parecía al alcance de la mano apareció, después de una curva, una explanada donde había gentes y automóviles que esperaban o llegaban o regresaban a Cogua. No lo hubieran podido hacer porque hasta ese momento nosotros ocupábamos la vía. Después de una hora de recorrido, quizá más, quizá menos, habíamos llegado a El Pajonal…

… De las veintiún hectáreas del área total de La Reserva, nueve están ocupadas por vegetación nativa, el resto se encuentra cultivado con papa –los sembrados que vimos en el camino–, y pastizales no nativos, además de minas de carbón y canteras a flor de tierra. La situación es preocupante para los habitantes y para el cuidado del medio ambiente en la región; sin embargo, quienes trabajan en El Pajonal creen con firmeza en la recuperación de la vegetación propia del bosque andino y para lograrlo han creado programas. Uno de ellos con el objetivo de lograr la restauración, ojalá de la totalidad del área de la Reserva, son los Bonos Exequiales Renacer que permiten, a nombre de una persona fallecida y con el aporte de sus familiares, sembrar en el área de la Reserva uno o varios árboles nativos del páramo. A parte de su deseo de vivir al aire libre, otra razón por la cual mi hermana vive ahora entre robles y arrayanes es la restauración de los bosques nativos, con seguridad un plan con el cual ella estaba de acuerdo. Pensándolo bien, el recorrido hasta la Reserva fue como una suerte de introducción, de prólogo, al lugar perfecto en clima, paisaje, silencio, donde después de tres meses vivía mi hermana. Debe estar contenta, pensé, cuando comenzamos a subir por senderos previamente marcados hasta los 3500 m.s.n.m. donde los tres arrayanes y los cuatro robles la acompañan rodeada por una multitud de árboles nativos pertenecientes a otros habitantes de la Reserva. Allí le hicimos visita, admiramos el paisaje y conversamos, cada uno a su manera, con ella. Carlos, a nombre los presentes, recordó reuniones donde ella narraba sus historias. Benjamín, el sobrino bisnieto, el más joven del grupo, fue más allá y no le habló de recuerdos, le habló de algo que seguramente iba a suceder, pero no dijo cuando. Recorrimos la Reserva hasta el filo del páramo, como sucede al llegar de visita a casa de un pariente, nos concentramos en los paisajes, en la represa del Neusa por allá, lejos; nos dejamos deslumbrar por el lugar y seguramente todos pensamos que entre robles y arrayanes era el lugar ideal para vivir. De repente, del filo de la montaña bajó un niño de unos trece años con margaritas en una gorra que sostenía al revés entre sus manos y preguntó si podía ponerlas alrededor de los árboles. Le dijimos que lo hiciera. Y mientras decía con voz de hombre grande: por aquí hace frío por la mañana, calor al medio día –lo pudimos comprobar–, y llueve entre el final de la tarde y la noche, aplanaba la tierra negra alrededor de los arrayanes y los robles todavía pequeños y calculaba el lugar de cada flor como quien arregla un florero. Andrés José era el nombre del joven con voz de hombre grande. Esperamos que terminara de adornar los árboles con las margaritas y regresamos a la explanada donde habíamos dejado el carro…

… Así visitamos a la Yía, mi hermana. De la visita nos queda la alegría de haber estado en el lugar donde está; nos queda la seguridad de que volveremos y también nos queda el vacío de sus historias, por eso, para recuperarlas, estamos seguros de volver. Entonces deshicimos el camino empinado rumbo a Cogua. En el descenso no vi ciclistas pero vi una mujer al borde de la carretera con un niño en brazos, resaltaba la piyama roja de bolas blancas y la incomodidad de una pierna suelta del niño que se sostenía abrazado a los hombros de la madre. En algún punto del camino que los familiares conocían paramos; era un lugar con salas grandes y objetos en todos los rincones, ni un solo espacio libre, todo ocupado por imágenes, botellas, tarros, seguramente recuerdos que el dueño y su descendencia han acumulado durante toda la vida. Allí confirmé que esta tierra no es solo de ciclistas, también es tierra de truchas. Y, además, es la tierra donde vive mi hermana. Allí mismo nos separamos de los familiares, ellos regresaban a Bogotá y nosotros: mi mujer, mis hijas, sus maridos y yo, seguíamos rumbo al norte, hacia Villa de Leyva en Boyacá. Al caer la tarde paramos casi a mitad de camino, en Cristianía, un nombre sin par para una sola calle. En una cafetería al borde de la calle apareció a mi lado, de la nada, un hombre enjuto que en voz baja dijo una retahíla de la que solo comprendí una palabra: tinto. Entonces pedí dos tintos, uno para él y otro para mí…
Argumento. Su recuerdo está presente… Así es la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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