Tres momentos y un teléfono

28 abril, 2018 § Deja un comentario

Un detalle de “La chica del teléfono”, obra al acrílico del año 2008 de Jorge Zapata, sugirió esta Marginalia. Los teléfonos cuando suenan y nadie los escucha o cuando hay quien los escuche y responde son un misterio que atrae historias…

1.
… El teléfono sonó y nadie fue a responderlo porque nadie se sintió dueño de la llamada. En tiempos como los que corren un teléfono propio, personal, único, en el bolsillo es lo corriente. Responder uno pegado a la pared que parece sin dueño, es una aventura que pocos quieren afrontar. ¿Quién llama? no se sabe, ¿para qué llama? tampoco se sabe. El timbre, que parece la versión casera de una alarma para incendios, suena pero no inquieta, es uno de esos sonidos que por el lugar, por la fuerza de las circunstancias, el día o la noche, las horas, los minutos y la cadencia de los timbres todos escuchan pero ninguno escucha, una paradoja. Saben dónde está pero lo ignoran. Pocas cosas tan azarosas como el timbre de un teléfono: plantea dudas, sugiere peligros, desapegos, pocas veces halagos, todos lo saben y por eso nadie responde a pesar del timbre tipo alarma. La frecuencia medida y las pausas entre repiques dejan una suerte de parpadeo que hace brincar los ojos y las palabras entre los presentes cada vez que el timbre suena. Como las sillas de plástico azules o las paredes, también azules, color sala de espera, el teléfono es una pieza más del mobiliario. Nadie lo respondió cuando timbró la primera vez el día o la noche después de que tres técnicos de la Empresa de Teléfonos con cascos de seguridad, botas con punta de acero y uniformes color naranja lo instalaron; el único objeto no azul, rojo, en el salón con pocas sillas donde se sientan los que pueden y los que no se quedan de pie. De ese día en adelante nadie lo respondió porque no era de nadie, hasta la mañana o la tarde, difícil de asegurar porque la luz en el salón azul era siempre igual, en que la mujer con blusa ombliguera, blanca, que se recortaba contra el azul de las paredes entró, no saludó ni miró a nadie, fue hasta donde estaba el aparato, descolgó el auricular y dijo: ¿aló?, ¿aló?, ¿aló? Los presentes: cuatro hombres, dos de pie, y tres mujeres, no abrieron la boca, no parpadearon porque el teléfono no timbró más y quedaron quietos con los ojos fijos en la mujer a la espera de lo que iba a seguir. Seguramente iba a seguir algo más. La mujer en ombliguera blanca como un recorte sin sombras se plantó frente al aparato, no se movió y esperó que alguien desde el otro lado respondiera…

2.
… La mujer esperó. Como estaba de espaldas al salón, ninguno de los presentes podía ver lo que hacía con las manos, pero era evidente, porque sostenía el auricular entre la cabeza y el hombro, que las tenía ocupadas en algo. El silencio que impuso la curiosidad se estancó en los rincones y todo quedó a la espera. La mujer también. La premura con que apareció, descolgó y repitió ¿aló? tres veces, llegó hasta que el teléfono se convirtió en ancla y la dejó allí sembrada. No se movió más. La fuerza inicial de su voz se diluyó hasta convertirse en murmullo, incomprensible para los presentes, cuando aparentemente alguien habló del otro lado. No era una conversación, los murmullos eran recortes de frases, de respuestas equivocadas o de silencios donde parecía evidente la duda; quien hablaba del otro lado hablaba con fuerza y preguntaba cosas que seguramente ella ignoraba; a cada respuesta equivocada, su pose, que no cambió porque siempre sostuvo el auricular entre la cabeza y el hombro, de espaldas al salón, tenía el sobresalto del pillado fuera de base. La curiosidad de los presentes, pendientes de lo que ella dijera o hiciera, se agudizó porque lo más seguro era que hablaba de cosas que tenían que ver con alguno de ellos o con todos; lo que sucediera allí tenía que ver con ellos, el teléfono era una opción para hablar con quien quisieran más allá de las paredes azules, claro que nunca se enteraron de quién ordenó la instalación y si les preguntaran el número, ninguno lo sabría decir y si sonaba no lo respondían. El teléfono era una puerta de salida a distintos lugares dependiendo de quien llamara; una puerta que ninguno se atrevió a abrir hasta que la mujer con la ombliguera blanca apareció y la abrió. Los treinta segundos, que transcurrieron entre la entrada de la mujer, el momento en que colgó el teléfono y dijo con voz musical sin dejar de mirar la pared azul: “… número equivocado…”, fueron una eternidad…

3.
… Las tres mujeres y los cuatro hombres, incluso los que estaban de pie, sintieron alivio y frustración; la curiosidad había picado y dar el paso, levantar el auricular y responder, para algunos, debía tener más que una disculpa por resultado… Eulalia que nunca le había parado bolas al teléfono porque no tenia quien la llamara y prácticamente tuvo que abandonar su puesto cuando la mujer llegó a agarrar el auricular por encima de ella y casi la atropella, pensó que estaba mintiendo; si tenía tanto afán para contestar era porque esperaba algo. Esa mujer no dice la verdad, si no, por qué habló por señas… John Jairo, lo llaman “Negro”, uno de los que estaba sentado no quitó los ojos de la tanga que sobresalía por encima del bluyín ajustado y se preguntó donde tendría el tatuaje, porque con seguridad tenía uno y cuando hay uno el segundo no está lejos; “Negro” pensó que el teléfono podía timbrar todas las veces que quisiera, eso no era con él, lo de él en ese momento era la tanga… Como Wilmer estaba de pie le quedó fácil recostarse contra la pared, necesitaba apoyo para ver mejor a la mujer que, de metida, le dañó el cruce; al principio creyó que era la misma que había arreglado con él para que contestara y le dijera, delante de los otros, que lo llamaban al teléfono; pero no era la misma, las mujeres con pelo desteñido y el ombligo al aire se parecen cuando uno las ve de espaldas. Estaba confundido y se tenía que quedar callado… A Marina,“Marinita”, la mayor pero no tan mayor, le pareció curioso que ninguno se diera cuenta de que la mujer con el ombligo al aire era un hombre, aunque parecía una mujer con todos los fierros para ella era uno como los que se paseaban por la acera del frente conversando o esperando clientes, pero como no la había visto antes y como desde que entró no se dejó ver la cara le quedaba difícil decir que la conocía, seguramente no porque no recordaba ese cuerpo ni esas nalgas y menos esas ganas de contestar un teléfono ajeno… Nancy sí esperaba una llamada pero no en ese teléfono porque ni siquiera sabía el número, a menos que el hombre aquel, su nuevo amor, lo hubiera averiguado y hubiera decidido llamarla allí, pero no creía, él prefería que nadie se diera cuenta; si su mujer los pillaba sería un rollo; claro que la mujer con el ombligo al aire podía ser su mujer… Lucho dormía, incluso de pie, si no había puestos, recostado contra la pared; decía que el timbre del teléfono lo arrullaba y que allí dormía lo que no había podido dormir la noche anterior porque cada uno estaba en lo suyo y nadie se metía con nadie. Dormía de pie en un rincón cuando la mujer con la ombliguera blanca entró y solo notó la forma blanca con ombligo cuando el teléfono dejó de sonar… Eusebio se sentó siempre en la misma silla entre la puerta y el teléfono. Era un punto estratégico, desde allí podía ver quién venía por la acera, quién iba a entrar, quien seguía sin mirar y quien miraba hacia adentro. Nunca entendió por qué nadie contestaba el teléfono y estuvo a punto de responder pero una premonición le sugirió quedarse quieto. A nadie le gusta que lo jodan y para que lo dejen en su nota es mejor quedarse tranquilo. La vida en la calle no es fácil…

4.
… De la mujer con ombliguera blanca no se sabe nada. Es posible que haya regresado, la gente en el salón azul cambia con frecuencia y seguramente nadie la ha visto dos veces. Hasta el día de hoy el teléfono no ha cesado de timbrar…
Argumento. ¿Aló? dijo la voz… Y la historia comienza…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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