Historias sin final

21 abril, 2018 § Deja un comentario

Infinitas sugerencias, sentimientos, instantes, circulan entre las cajas de Mónica Ramírez y quien se encuentre frente a ellas. Las llamo cajas porque cada una, limitada por un borde preciso, propone una representación. Es inevitable que una relación de gusto, emoción, contacto, incluso de reflejo se establezca entre la obra y quien la mira. Sin embargo la obra es una historia sin final y cada espectador la considera desde un ángulo propio, personal. Cuando unos perciben ciertas sensaciones, emociones, texturas, otros ven o sienten distinto. Cuando el espectador cierra el instante de encuentro con la obra y pasa a otra o abandona el lugar donde se encuentra, la relación queda en suspenso; es cuando la memoria y las coincidencias entran en juego. Y cada vez que el encuentro sucede, con las cajas de Mónica Ramírez, la historia recomienza pero no como continuación del anterior, sino, con la disposición y la posibilidad de descubrir lo no visto antes o de interpretarlo con otra mirada, con la curiosidad dispuesta al filo del momento por una multitud situaciones, palabras legibles o ilegibles, incluso puntos de color que conviven en ese espacio limitado en la forma pero ilimitado en el contenido…

… En esas condiciones la proliferación de historias puede ser infinita y su final, lejano. Las historias, como las cajas de Mónica Ramírez, son el resultado de una organización, o mejor, de una organización inesperada de detalles que puestos unos al lado de otros componen el contenido, debiera decir componen el discurso, puesto que el brillo de los materiales y el reflejo en los costados interiores que multiplican al infinito las figuras, obran como eco inconfundible que estimula los sentidos de quien está en frente y lo obliga a entrar en el juego. Un juego determinado por el orden que cada espectador encuentre. Los detalles precisos, preciosos por su ejecución perfecta, los ojos cerrados o abiertos que llevan a preguntase si pertenecen a alguien que sueña o a alguien que mira y espera. Imaginar qué sueña quien cierra los ojos y mira su interior es el inicio de una historia que lleva hasta los confines de la imaginación, llegaríamos, sin duda, a mezclar sueños propios y, por qué no, a descubrir que en lo soñado está la clave de las ficciones y en ellas el origen de lo que imaginamos como realidad…

… En las cajas, entonces, obra el reflejo y en él los detalles que narran el contenido, las figuras y las texturas, de la historia. Y si los ojos abiertos permitieran mirar al interior de cada caja, de cada figura o de cada espectador descubriríamos que la espera es común; la expectativa es también un aliciente para la imaginación. Con los cinco sentidos presentes en todos los rincones las manos que hacen la pausa y en su expresión llaman, indican un acercamiento, un saludo, un reconocimiento, hablan con lenguaje propio. Si las cajas tienen la función de escena, en el extremo opuesto, en contraste con las caras, las manos expresan su intención, incluso permiten descifrar textos que llevan grabados entre los dedos o en el interior de las palmas donde las líneas que determinan lo desconocido se resaltan con figuras, marcas, círculos punteados en color rojo o incluso puntas de lanza apenas perceptibles que indican una dirección. Son, para retomar la idea, la contraparte de las caras, en las historias que representan. Las manos llaman, los ojos miran, las bocas simulan sonrisas, las texturas imponen el ritmo. ¿Y el espectador? El espectador une los extremos y crea su historia, busca en su significado, descubre la relación entre los sentidos, estimula su imaginación y hace parte de lo que ve. Es el guía de lo que tiene en frente y el final que no llegará es su cometido…… Las historias no terminan, aseguró Jorge Luis Borges, cuando se cree llegado el momento derivan en otras historias y estas en otras y en otras hasta el infinito. Así es la ficción, así son las historias que, para existir, necesitan un narrador, alguien que lo haga con imaginación, con las manos, con el tacto, con los ojos; alguien que mezcle en espacios precisos lo que hasta ese momento no se había mezclado en materiales, en objetos, en formas y en intención. Porque no me queda la menor duda del sin número de situaciones que imagina, construye, narra Mónica Ramírez mientras trabaja en su taller en las colinas de El Poblado, las cajas son una muestra del imaginario que ronda cerca y que ella compone, narra, para que otros, según las palabras de Borges, deriven de allí sus propias ficciones. Si nos situáramos afuera de las cajas, algo que se puede lograr con dificultad, escucharíamos el silencio del lugar o los murmullos de quienes pasan cerca. Dejaríamos de lado los eventos en su interior: los textos que rozan las caras, los ojos que miran, las bocas que esbozan sonrisas, las manos que tienen voz propia y llaman, las texturas que van de un lado a otro y marcan su ritmo en la piel y en los objetos que a veces cubren los ojos sin ocultarlos, la transparencia líquida y quieta de las aguas sólidas que envuelven lo que encuentran a su paso y en su movimiento estimulan el imaginario, los detalles que lo crean y la presencia del que parece estar afuera pero está al origen de la historia, y entonces sucede que la obra creada para ser habitada por quien la mira vive y es otra y es otra y es otra como una historia sin final…

El Museo Maja de Jericó presenta:
Hilos Atávicos . Obra reciente de Mónica Ramírez H.
Hasta el 30 de mayo de 2018

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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