Tres momentos y un teléfono

28 abril, 2018 § Deja un comentario


Un detalle de “La chica del teléfono”, obra al acrílico del año 2008 de Jorge Zapata, sugirió esta Marginalia. Los teléfonos cuando suenan y nadie los escucha o cuando hay quien los escuche y responde son un misterio que atrae historias…

1.
… El teléfono sonó y nadie fue a responderlo porque nadie se sintió dueño de la llamada. En tiempos como los que corren un teléfono propio, personal, único, en el bolsillo es lo corriente. Responder uno pegado a la pared que parece sin dueño, es una aventura que pocos quieren afrontar. ¿Quién llama? no se sabe, ¿para qué llama? tampoco se sabe. El timbre, que parece la versión casera de una alarma para incendios, suena pero no inquieta, es uno de esos sonidos que por el lugar, por la fuerza de las circunstancias, el día o la noche, las horas, los minutos y la cadencia de los timbres todos escuchan pero ninguno escucha, una paradoja. Saben dónde está pero lo ignoran. Pocas cosas tan azarosas como el timbre de un teléfono: plantea dudas, sugiere peligros, desapegos, pocas veces halagos, todos lo saben y por eso nadie responde a pesar del timbre tipo alarma. La frecuencia medida y las pausas entre repiques dejan una suerte de parpadeo que hace brincar los ojos y las palabras entre los presentes cada vez que el timbre suena. Como las sillas de plástico azules o las paredes, también azules, color sala de espera, el teléfono es una pieza más del mobiliario. Nadie lo respondió cuando timbró la primera vez el día o la noche después de que tres técnicos de la Empresa de Teléfonos con cascos de seguridad, botas con punta de acero y uniformes color naranja lo instalaron; el único objeto no azul, rojo, en el salón con pocas sillas donde se sientan los que pueden y los que no se quedan de pie. De ese día en adelante nadie lo respondió porque no era de nadie, hasta la mañana o la tarde, difícil de asegurar porque la luz en el salón azul era siempre igual, en que la mujer con blusa ombliguera, blanca, que se recortaba contra el azul de las paredes entró, no saludó ni miró a nadie, fue hasta donde estaba el aparato, descolgó el auricular y dijo: ¿aló?, ¿aló?, ¿aló? Los presentes: cuatro hombres, dos de pie, y tres mujeres, no abrieron la boca, no parpadearon porque el teléfono no timbró más y quedaron quietos con los ojos fijos en la mujer a la espera de lo que iba a seguir. Seguramente iba a seguir algo más. La mujer en ombliguera blanca como un recorte sin sombras se plantó frente al aparato, no se movió y esperó que alguien desde el otro lado respondiera…

2.
… La mujer esperó. Como estaba de espaldas al salón, ninguno de los presentes podía ver lo que hacía con las manos, pero era evidente, porque sostenía el auricular entre la cabeza y el hombro, que las tenía ocupadas en algo. El silencio que impuso la curiosidad se estancó en los rincones y todo quedó a la espera. La mujer también. La premura con que apareció, descolgó y repitió ¿aló? tres veces, llegó hasta que el teléfono se convirtió en ancla y la dejó allí sembrada. No se movió más. La fuerza inicial de su voz se diluyó hasta convertirse en murmullo, incomprensible para los presentes, cuando aparentemente alguien habló del otro lado. No era una conversación, los murmullos eran recortes de frases, de respuestas equivocadas o de silencios donde parecía evidente la duda; quien hablaba del otro lado hablaba con fuerza y preguntaba cosas que seguramente ella ignoraba; a cada respuesta equivocada, su pose, que no cambió porque siempre sostuvo el auricular entre la cabeza y el hombro, de espaldas al salón, tenía el sobresalto del pillado fuera de base. La curiosidad de los presentes, pendientes de lo que ella dijera o hiciera, se agudizó porque lo más seguro era que hablaba de cosas que tenían que ver con alguno de ellos o con todos; lo que sucediera allí tenía que ver con ellos, el teléfono era una opción para hablar con quien quisieran más allá de las paredes azules, claro que nunca se enteraron de quién ordenó la instalación y si les preguntaran el número, ninguno lo sabría decir y si sonaba no lo respondían. El teléfono era una puerta de salida a distintos lugares dependiendo de quien llamara; una puerta que ninguno se atrevió a abrir hasta que la mujer con la ombliguera blanca apareció y la abrió. Los treinta segundos, que transcurrieron entre la entrada de la mujer, el momento en que colgó el teléfono y dijo con voz musical sin dejar de mirar la pared azul: “… número equivocado…”, fueron una eternidad…

3.
… Las tres mujeres y los cuatro hombres, incluso los que estaban de pie, sintieron alivio y frustración; la curiosidad había picado y dar el paso, levantar el auricular y responder, para algunos, debía tener más que una disculpa por resultado… Eulalia que nunca le había parado bolas al teléfono porque no tenia quien la llamara y prácticamente tuvo que abandonar su puesto cuando la mujer llegó a agarrar el auricular por encima de ella y casi la atropella, pensó que estaba mintiendo; si tenía tanto afán para contestar era porque esperaba algo. Esa mujer no dice la verdad, si no, por qué habló por señas… John Jairo, lo llaman “Negro”, uno de los que estaba sentado no quitó los ojos de la tanga que sobresalía por encima del bluyín ajustado y se preguntó donde tendría el tatuaje, porque con seguridad tenía uno y cuando hay uno el segundo no está lejos; “Negro” pensó que el teléfono podía timbrar todas las veces que quisiera, eso no era con él, lo de él en ese momento era la tanga… Como Wilmer estaba de pie le quedó fácil recostarse contra la pared, necesitaba apoyo para ver mejor a la mujer que, de metida, le dañó el cruce; al principio creyó que era la misma que había arreglado con él para que contestara y le dijera, delante de los otros, que lo llamaban al teléfono; pero no era la misma, las mujeres con pelo desteñido y el ombligo al aire se parecen cuando uno las ve de espaldas. Estaba confundido y se tenía que quedar callado… A Marina,“Marinita”, la mayor pero no tan mayor, le pareció curioso que ninguno se diera cuenta de que la mujer con el ombligo al aire era un hombre, aunque parecía una mujer con todos los fierros para ella era uno como los que se paseaban por la acera del frente conversando o esperando clientes, pero como no la había visto antes y como desde que entró no se dejó ver la cara le quedaba difícil decir que la conocía, seguramente no porque no recordaba ese cuerpo ni esas nalgas y menos esas ganas de contestar un teléfono ajeno… Nancy sí esperaba una llamada pero no en ese teléfono porque ni siquiera sabía el número, a menos que el hombre aquel, su nuevo amor, lo hubiera averiguado y hubiera decidido llamarla allí, pero no creía, él prefería que nadie se diera cuenta; si su mujer los pillaba sería un rollo; claro que la mujer con el ombligo al aire podía ser su mujer… Lucho dormía, incluso de pie, si no había puestos, recostado contra la pared; decía que el timbre del teléfono lo arrullaba y que allí dormía lo que no había podido dormir la noche anterior porque cada uno estaba en lo suyo y nadie se metía con nadie. Dormía de pie en un rincón cuando la mujer con la ombliguera blanca entró y solo notó la forma blanca con ombligo cuando el teléfono dejó de sonar… Eusebio se sentó siempre en la misma silla entre la puerta y el teléfono. Era un punto estratégico, desde allí podía ver quién venía por la acera, quién iba a entrar, quien seguía sin mirar y quien miraba hacia adentro. Nunca entendió por qué nadie contestaba el teléfono y estuvo a punto de responder pero una premonición le sugirió quedarse quieto. A nadie le gusta que lo jodan y para que lo dejen en su nota es mejor quedarse tranquilo. La vida en la calle no es fácil…

4.
… De la mujer con ombliguera blanca no se sabe nada. Es posible que haya regresado, la gente en el salón azul cambia con frecuencia y seguramente nadie la ha visto dos veces. Hasta el día de hoy el teléfono no ha cesado de timbrar…
Argumento. ¿Aló? dijo la voz… Y la historia comienza…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Anuncios

Historias sin final

21 abril, 2018 § Deja un comentario


Infinitas sugerencias, sentimientos, instantes, circulan entre las cajas de Mónica Ramírez y quien se encuentre frente a ellas. Las llamo cajas porque cada una, limitada por un borde preciso, propone una representación. Es inevitable que una relación de gusto, emoción, contacto, incluso de reflejo se establezca entre la obra y quien la mira. Sin embargo la obra es una historia sin final y cada espectador la considera desde un ángulo propio, personal. Cuando unos perciben ciertas sensaciones, emociones, texturas, otros ven o sienten distinto. Cuando el espectador cierra el instante de encuentro con la obra y pasa a otra o abandona el lugar donde se encuentra, la relación queda en suspenso; es cuando la memoria y las coincidencias entran en juego. Y cada vez que el encuentro sucede, con las cajas de Mónica Ramírez, la historia recomienza pero no como continuación del anterior, sino, con la disposición y la posibilidad de descubrir lo no visto antes o de interpretarlo con otra mirada, con la curiosidad dispuesta al filo del momento por una multitud situaciones, palabras legibles o ilegibles, incluso puntos de color que conviven en ese espacio limitado en la forma pero ilimitado en el contenido…

… En esas condiciones la proliferación de historias puede ser infinita y su final, lejano. Las historias, como las cajas de Mónica Ramírez, son el resultado de una organización, o mejor, de una organización inesperada de detalles que puestos unos al lado de otros componen el contenido, debiera decir componen el discurso, puesto que el brillo de los materiales y el reflejo en los costados interiores que multiplican al infinito las figuras, obran como eco inconfundible que estimula los sentidos de quien está en frente y lo obliga a entrar en el juego. Un juego determinado por el orden que cada espectador encuentre. Los detalles precisos, preciosos por su ejecución perfecta, los ojos cerrados o abiertos que llevan a preguntase si pertenecen a alguien que sueña o a alguien que mira y espera. Imaginar qué sueña quien cierra los ojos y mira su interior es el inicio de una historia que lleva hasta los confines de la imaginación, llegaríamos, sin duda, a mezclar sueños propios y, por qué no, a descubrir que en lo soñado está la clave de las ficciones y en ellas el origen de lo que imaginamos como realidad…

… En las cajas, entonces, obra el reflejo y en él los detalles que narran el contenido, las figuras y las texturas, de la historia. Y si los ojos abiertos permitieran mirar al interior de cada caja, de cada figura o de cada espectador descubriríamos que la espera es común; la expectativa es también un aliciente para la imaginación. Con los cinco sentidos presentes en todos los rincones las manos que hacen la pausa y en su expresión llaman, indican un acercamiento, un saludo, un reconocimiento, hablan con lenguaje propio. Si las cajas tienen la función de escena, en el extremo opuesto, en contraste con las caras, las manos expresan su intención, incluso permiten descifrar textos que llevan grabados entre los dedos o en el interior de las palmas donde las líneas que determinan lo desconocido se resaltan con figuras, marcas, círculos punteados en color rojo o incluso puntas de lanza apenas perceptibles que indican una dirección. Son, para retomar la idea, la contraparte de las caras, en las historias que representan. Las manos llaman, los ojos miran, las bocas simulan sonrisas, las texturas imponen el ritmo. ¿Y el espectador? El espectador une los extremos y crea su historia, busca en su significado, descubre la relación entre los sentidos, estimula su imaginación y hace parte de lo que ve. Es el guía de lo que tiene en frente y el final que no llegará es su cometido…… Las historias no terminan, aseguró Jorge Luis Borges, cuando se cree llegado el momento derivan en otras historias y estas en otras y en otras hasta el infinito. Así es la ficción, así son las historias que, para existir, necesitan un narrador, alguien que lo haga con imaginación, con las manos, con el tacto, con los ojos; alguien que mezcle en espacios precisos lo que hasta ese momento no se había mezclado en materiales, en objetos, en formas y en intención. Porque no me queda la menor duda del sin número de situaciones que imagina, construye, narra Mónica Ramírez mientras trabaja en su taller en las colinas de El Poblado, las cajas son una muestra del imaginario que ronda cerca y que ella compone, narra, para que otros, según las palabras de Borges, deriven de allí sus propias ficciones. Si nos situáramos afuera de las cajas, algo que se puede lograr con dificultad, escucharíamos el silencio del lugar o los murmullos de quienes pasan cerca. Dejaríamos de lado los eventos en su interior: los textos que rozan las caras, los ojos que miran, las bocas que esbozan sonrisas, las manos que tienen voz propia y llaman, las texturas que van de un lado a otro y marcan su ritmo en la piel y en los objetos que a veces cubren los ojos sin ocultarlos, la transparencia líquida y quieta de las aguas sólidas que envuelven lo que encuentran a su paso y en su movimiento estimulan el imaginario, los detalles que lo crean y la presencia del que parece estar afuera pero está al origen de la historia, y entonces sucede que la obra creada para ser habitada por quien la mira vive y es otra y es otra y es otra como una historia sin final…

El Museo Maja de Jericó presenta:
Hilos Atávicos . Obra reciente de Mónica Ramírez H.
Hasta el 30 de mayo de 2018

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Linchado

14 abril, 2018 § 1 comentario


Estoy muerto. Llevo setenta años así. Mi muerte sucedió minutos, quizá menos de media hora, después de la muerte del hombre a quien dicen que maté y no lejos de donde él murió. Pero de mí dicen muchas cosas, tantas que llegan a confundirme. Mi vida comenzó ese día, viernes nueve de abril, cuando se habló de mí como nunca antes. Si me preguntaran por qué diría que por estar donde no debía estar a una hora en la que todo el mundo prefiere almorzar y las calles están desiertas. Se ha hablado tanto, se ha dicho tanto que, en ocasiones, dudo y no me reconozco. Hay quien dice que ese día estaba sin afeitar, demacrado y que en mis ojos solo se notaba el odio. Otros dicen que llevaba un vestido café a rayas y sombrero oscuro. Otros dicen que el hombre que mató a quien dicen que yo maté era flaco, alto y con la cara manchada por las pecas. Yo no era alto, pero sí era flaco, ¿quién no era flaco entonces?, ¡ah! y no tengo pecas, soy más bien mestizo. Ahora, después de tantos años de muerto he intentado recordarme en ese viernes de abril y lo que viene a mi memoria es el vestido gris ratón que llevaba puesto ese día. Mi madre, doña Encarnación, lo ajustó a mi medida dos semanas antes, porque lo heredé de un hermano mayor, y me lo puse por primera vez el día que fui a la tienda de don Efraín a encontrarme con Luis Enrique Rincón, el que trabajó conmigo en la reencauchadora, y nos tomamos unas cervezas. Recuerdo ese día, no solo por el vestido, también lo recuerdo porque no teníamos con qué pagar la cuenta y don Efraín aceptó que dejara la cédula como prenda, porque me conoce desde hace tiempo. Se habló tanto de mí que hasta la foto de la cédula, que don Efraín entregó a la Policía para que hablaran de él y hacer un poco de publicidad al negocio, salió en la prensa…

… Se dijo también que me habían visto sin hacer nada, como esperando, en la entrada del edificio Agustín Nieto, donde quedaba la oficina del Doctor que dicen que maté y también que me vieron en la puerta del ascensor del cuarto piso donde trabajaba el doctor, incluso dicen que el día que nos mataron a él y a mí, me vieron recostado contra la pared en el descanso de la escalera. Lo que nadie ha dicho o quizá sí y no me he dado cuenta, es que la esquina de la carrera séptima con la Avenida Jiménez era la esquina del movimiento y mucha gente estaba por allí a esa hora y a todas las horas; cerca quedaba El Gato Negro, el Café Colombia, el restaurante Monte Blanco y la casa Kodak en la entrada del edificio Faure, contigua al edificio Nieto, donde vieron por última vez al hombre con pecas en la cara que parece, pero pocos lo dicen, mató al Doctor que dicen que yo maté. Para decir la verdad yo sí estaba por ahí cerca a la hora en que sonaron dos disparos seguidos, luego uno que pareció salido del revolver después de medir  bien el tiro y al final un cuarto disparo que hubiera podido ser para distraer o asustar a los que estuvieran por allí. Yo vi salir al Doctor que mataron del brazo de otro hombre que acercó su cabeza a él, tanto como las alas de sus sombreros lo permitieron, y dijo algo al oído del Doctor, luego se retiró, y los disparos sonaron. El hombre que iba con el doctor desapareció entre el gentío que llegó de todas partes. Después fue el desorden total. La gente se acercó, rodeó el cuerpo ensangrentado que hizo algunos movimientos como si estuviera aun con vida hasta que otro hombre, uno de los que iban con él, se inclinó a su lado lo examinó y dijo: “¡aun vive, hay que llevarlo a una clínica!” pero entre el gentío escuchamos algo distinto: “¡…mataron a Gaitán…!” y se desató el tumulto…

… Uno de los testigos dijo que el hombre pecoso que tenía un revólver, no llevaba sombrero y parecía ser el asesino, estaba detrás de dos policías que lo protegían para que la gente no lo agrediera pero en el tumulto lo único que quedó de él fue el sombrero en el piso, pensé que era el del Doctor y toqué el mío para confirmar que aun lo llevaba puesto, que en el tumulto no lo había perdido. En ese momento el mundo cayó sobre mí, los policías me agarraron, los emboladores me golpearon con sus cajas de madera y sin ningún cuidado me metieron en un local abierto, una droguería si no estoy mal y cerraron las rejas para protegerme. ¿Protegerme de qué? me pregunté. El local de la droguería era pequeño y la gente afuera gritaba e intentaba agarrarme entre las rejas. Varias personas me preguntaron cosas que no supe responder y un hombre alto, rubio, de pelo corto, sin sombrero y bien vestido, en comparación con los otros, se paró al lado de la reja y gritó que había que linchar al asesino. Entonces tumbaron la reja y todos los brazos me agarraron, sentí un golpe tremendo en la cabeza y alcancé a ver una caja roja y amarilla de embolador que me golpeaba por segunda vez. El rubio alto y bien vestido seguía gritando que había que linchar al asesino. Y no sentí nada más pero escuché los gritos de la gente que llamaba a la revuelta y a las armas; y también vi, me vi, vi mi cuerpo arrastrado por la multitud que vociferaba contra el Gobierno y llamaba a la revuelta general. Cuando ya no tuve ropas de donde me agarraran quienes arrastraban mi cuerpo alguno amarró una corbata azul con rayas color naranja a mi cuello y con ella me arrastraron hasta el palacio de La Carrera, donde vivía el Presidente. Después vino un aguacero como nunca antes había visto uno y con el aguacero la calma para mi, los manifestantes me abandonaron allí al borde de la acera pero los gritos y los disparos seguían pasando por encima de mi cuerpo desnudo. Solo sentí frío cuando unos hombres, que imagino de la Policía, tomaron mis huellas digitales y después me lanzaron a un camión donde había otra cantidad de cuerpos desnudos como yo. Todos muertos. No sabría decir cuando, tal vez uno o dos días después, alguien me reconoció por la corbata entre los arrumes de cadáveres en el Cementerio Central…

… Fue entonces cuando empezaron a hablar de mi. Empezaron a investigar a mi familia. Empezaron a preguntarse cómo habían vivido don Rafael y doña Encarnación, mi papá y mi mamá; o quiénes eran y qué hacían los seis hijos que aun sobrevivían de los catorce que tuvieron mis padres. Incluso fueron a preguntarle por mí a María de Jesús, Marujita como la llamaba cuando estábamos solos, mi mujer, mi amante, la mamá de la niña; le preguntaron si yo trabajaba, qué hacía y si en los últimos tiempos había tenido algún comportamiento extraño. Qué comportamiento extraño iba a tener yo si salía desde por la mañana a buscar trabajo y volvía a la casa por la tarde con los pesos que lograba conseguir por aquí y por allá, haciendo trabajos de mano. Hasta el alemán Gerd dijo que me había convertido al rosacrucismo y lo único que hice fue ir a preguntarle dónde podía ir a buscar trabajo y por eso dijeron que vivía como ensimismado. Llegaron a decir que el día que me encontré con Luis Enrique y dejé la cédula donde don Efraín había negociado con él para que me ayudara a conseguir un revólver, yo que ni siquiera hice el servicio militar y nunca había disparado un arma. Llegaron a decir que yo era gaitanista y que seguía todos los discursos del doctor Gaitán y que me los sabía de memoria y que pedía a mis hermanos que fueran gaitanistas también. Claro que mi mamá sí era gaitanista, mis hermanos no sé, imagino que sí, por la casa todo el mundo era gaitanista, menos los curas y los godos, claro, pero esos eran ricos y vivían en otra parte. Hasta la secretaria del doctor Gaitán que, por lo que me he dado cuenta en estos setenta años de escuchar hablar de ese viernes, no era de confiar, dijo que me había visto en su oficina con la intención de hablar con el Doctor y que nunca me había dado la cita, dizque, dijo ella, porque era para pedirle trabajo y que yo no tenía cara de nada. Y todo el mundo creyó que el pecoso que disparó era yo porque buscaba trabajo, ¿y entonces?, ¿quién en Bogotá, en ese momento, no buscaba trabajo? y lo dicen como si yo fuera el único. Se ha hablado mucho de mí, llevo setenta años escuchando decir lo mismo, por lo menos cada vez que llega el nueve de abril y solo unos pocos se atreven a decir que lincharon al hombre equivocado y que la guerra, que comenzó ese día, no ha terminado aun setenta años después…
Argumento. Setenta años después… con esas palabras comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

  

365

7 abril, 2018 § Deja un comentario


Trescientas sesenta y cinco crónicas de ficción es el título de un libro que acabo de terminar. Avanzo un fragmento de estas crónicas que narran el día a día, 365, de quien recorre calles y cafeterías y edificios públicos y hace filas y utiliza el transporte público y se para en esquinas en busca de las ficciones de otros pero son las suyas, sus ficciones, las que remontan un día tras otro. Las llamo crónicas de ficción pues imagino que para las convenciones que aplican los conocedores de la literatura estas ficciones no son novela y tampoco cuento, a pesar de que en el devenir de los días, los cuentos abundan. Por supuesto dirán que no son crónica y lo de ficción habrá quien lo ponga en duda porque la crónica no es ficción: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Habrá quien asegure que como no aplican en ningún borde, son nada y su título debería ser: Trescientos sesenta y cinco fragmentos de nada. Quizá sea un título con la virtud de dar gusto a los conocedores de la literatura que sabrán dónde clasificarlo. Aquí van, al calor de un buen café, algunos de estos fragmentos…

124.
… En el fondo las desigualdades permanecen y se profundizan; en la forma, se iguala por lo bajo y lo igual, lo uniforme, aparece. Sucedió hace pocos días en un bus: una mujer joven con figura y ropa de vendedora de algún artículo consumo masivo ocupó un puesto a la altura del mío pero del otro lado del pasillo. Recibió el cambio del conductor y abrió su cartera para guardar las monedas. Desocupó el bolso en busca del monedero. Sacó un estuche de colores, como los que todo el mundo tiene, con objetos de maquillaje; un celular también igual al que todos tienen; unos audífonos, hombres y mujeres llevan siempre unos; una bolsa con accesorios, cadenas, anillos, pulseras, de esas que venden en todas las esquinas. No sacó nada más del bolso, también del mismo corte de los que se ven en todas partes. No encontró el monedero, reacomodó todo al interior y dejó afuera la bolsa de maquillaje. Mientras el bus daba tumbos, paraba en los semáforos o se eternizaba en los trancones, la mujer se maquilló al ritmo de lo que escuchaba en los audífonos conectados al celular…

125.
… Recordé épocas en las que un bolso de mujer era un misterio, hoy pienso que todos llevan lo mismo. Son iguales. He sido testigo de búsquedas iguales en bolsos, quizá distintos en la forma o el color, incluso en el tamaño, pero iguales en el fondo. Lo mismo que el uniforme, vestimos igual, unos de más marca, otros de menos, pero en esencia igual. Quise contar cuántas personas con bluyines me cruzaba en un recorrido de diez calles y a la cuarta había perdido la cuenta. Conocí una persona que para tener prendas de otro estilo debía buscarlas en los extramuros y casi nunca las encontraba. Y de pelos y peinados, ni se diga, la abundancia de alopécicos y cabelleras desteñidas es igual. Y en cuanto a gustos y aficiones: fútbol, sexo, culebrones interminables y morbo, con pantalla interpuesta. Acabamos igualados por lo bajo. Si la orden es vestir de negro, el mundo entero viste de negro. Si la orden es sin pelo, el mundo entero se queda sin pelo. ¿De dónde viene la orden?, ¿será que “Mil novecientos ochenta y cuatro” resultó premonitorio, como siempre sucede con las ficciones, setenta años después?, ¿será…?

126.
¿… Será que las imágenes son estímulo para la producción literaria? Es el caso para algunos. Para otros, dicen, son las palabras. Una frase venida del viento puede convertirse en el primer recurso para una novela. Una noticia de tercera página también puede ser estímulo para la ficción. Las imágenes creadas por artistas como Humberto Pérez y Sergio Mora estuvieron al inicio de dos actos del Teatro Leve. Primero fueron sus obras y después los cuentos que se recrearon en ellas y confirmaron un hecho concreto: las imágenes vienen con la posibilidad infinita de suscitar historias. Cada uno puede ver o recrear la historia o las historias que a bien tenga frente a una imagen. Es un ejercicio estimulante…

127.
… La tecnología a incrementado la relación entre fotógrafos y no fotógrafos; gentes de a pie y gentes de automóvil; gentes de imagen y gentes de números; incluso gentes llanas y gentes cuadriculadas. Para todos ellos como para otras tantas clasificaciones que no es indispensable citar la relación con la imagen, pasada por el tamiz de la fotografía, se ha convertido en un hecho cotidiano. La tecnología eliminó el paso que hacía de la fotografía una técnica para la cual era necesario el conocimiento de los químicos, el manejo de la luz, la velocidad, el tiempo, y la convirtió en inmediatez donde lo único que media entre quien hace la foto y el resultado es la presión del dedo índice en el disparador y en casos más elaborados, el ojo. Los otros factores técnicos ya no cuentan, en ese espacio vacío y a la vez rebosante de tecnología, donde se sitúa la relación entre imagen y escritura…

128.
… La tecnología abrió espacios que antes eran de uso imposible. Ahora escribo en cualquier parte, los estímulos fluyen y no tengo que esperar hasta llegar a casa. Para utilizar un término militar, escribo en caliente, lo que me ha llevado a encontrar ficciones y elaborarlas con hechos o situaciones que no necesariamente vienen de la ficción sino que son ellos, los hechos mismos, los que la provocan. De allí viene otra conclusión: las ficciones están en todas partes esperando que las provoquen…

129.
… Desde que cada persona lleva en su bolsillo un aparato celular o similar, con cámara, es un productor en potencia de imágenes. He estado en lugares públicos donde los presentes, la mayoría, toman fotos con sus celulares; he visto gentes fotografiándose en medio de una multitud en movimiento; he visto otros que en lugar de anotar prefieren tomar la fotografía del documento o el recibo; he visto aquellos que toman fotos de prendas para consultar in situ con correos electrónicos a parientes o amigos, el color, el corte, la textura. La fotografía se convirtió en ayuda para algunos y en recurso narrativo para otros. El camino de la escritura a partir de imágenes pasa a la vuelta de la esquina. La inmediatez de la imagen fotográfica y la posibilidad de unirla con la escritura en una sola acción, propone un ángulo del ejercicio de ver donde quizá nada se ve y de narrar donde quizá no haya palabras y mucho menos historias…

130.
… Sin embargo he aquí una historia de esas que aparecen cuando uno menos piensa. Un amigo me dijo, mientras tomábamos un vino en un lugar de mucho movimiento, que se sentía vigilado a toda hora: en el metro, en la calle, en los lugares públicos, incluso en la casa. De la manera más disimulada posible, no quería que mi amigo notara mi inquietud, miré para todos lados y no vi nada extraño. Dos mesas a la izquierda la mujer que habla por celular, sostiene una discusión acalorada, casi grita a quien está del otro lado del aparato. El hombre que la acompaña habla también por celular con el mismo apasionamiento. ¿Pelean entre ellos? Esos no pueden estar vigilándonos, parecen más absorbidos por sus celulares que preocupados por nosotros. Me incluí por simpatía con mi amigo. El grupo de vendedoras, lo digo por sus maletines, negros, pesados e iguales, no tienen tiempo para descifrar lo que dicen al mismo tiempo y vigilar a mi amigo, es tan difícil como hablar y silbar a la vez. El lugar estaba hasta el tope de gentes que parecían concentradas en todo menos en vigilar…

131.
… Los pocos que estaban solos miraban para otro lado, seguramente a la espera de una cita intentan leer el periódico o algún libro pero dudo que lo logren por culpa del ruido y el movimiento alrededor. Esos tres o cuatro solitarios me parecieron sospechosos y, mientras mi amigo me hacía parte de sus angustias de perseguido por la mira implacable de un rastreador incógnito, me dediqué a seguir, los movimientos y sobre todo las miradas de los pocos que clasificaron como sospechosos. Dos eran mujeres. Las descarté. La persona a quien esperaban llegó o partieron después de pagar la cuenta. Los descarté a todos menos a uno, una…


Argumento. Cada día un hombre busca una ficción. Pronto cae en la cuenta de que la ficción está al origen de la “llamada realidad”. Ese día comienza la “llamada realidad”…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2018

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para abril, 2018 en .