En tierra ajena

31 marzo, 2018 § Deja un comentario

Algunos de los cruces sucedieron tal cual son narrados, otros son el resultado de cruces puestos unos sobre otros; un inventario de lo visto y lo oído. Es, claro está, una selección arbitraria. En el inventario no están las truchas que comimos y abundan; ni el “Manneken pis” de barro, orinando como el original belga, en la plaza de un pueblo donde las artesanías mandan; ni el recorrido por el lago de Tota, frío y brillante con nubes bajas y soles lejanos; ni los sembrados de cebolla que se extienden hasta más allá de los filos; ni los postres de Iza, un pueblo especializado en postres donde los visitantes se resguardan de la lluvia en los bordes del parque principal con su postre en la mano; ni la visita a Inocencio Chincá en el Pantano de Vargas en compañía de los parientes queridos y cercanos; ni la visita en compañía de los mismos parientes a la reserva el Pajonal en el filo del páramo donde vive mi hermana entre cuatro robles y tres arrayanes; ni la celebración sorpresa del cumpleaños que todavía no es. No están las visitas fallidas a la casa donde vivió José María Vargas Vila o donde murió Antonio Nariño o aquella que siempre encontramos cerrada donde nació Antonio Ricaurte el capitán que voló en átomos en san Mateo cinco años antes de la hazaña de Inocencio Chincá en el Pantano de Vargas. No está el vaivén de agua y luz que nos mueve del siglo veintiuno al veinte y en ires y venires quedamos en la oscuridad o sin televisión o sin posibilidad de agua para el baño. Tampoco están en el inventario las pintas de la baraja de poker en tapas de cerveza que vi entre las junturas de las piedras desiguales de las calles de esta ciudad colonial desde el primer día hasta el último cuando en medio del aguacero brillaban como faros e ilustran este inventario de cruces, inesperados unos; corrientes los otros; y fuente de coincidencias y ficciones la mayoría…


… En un garaje anticuario vi los pies y las piernas sueltas de un muñeco descuartizado. En otro garaje de anticuario vi un radio viejo y disimulados entre aparatos y objetos de colección o antojo me pareció ver el cuerpo del muñeco… Vi dos mujeres comer salpicón de la misma copa, por comer rápido derraman la mitad… Vi imágenes del cielo, de santos y de los profundos infiernos. Una mujer que rezaba de rodillas con los audífonos puestos y el sombrero de turista bajo las rodillas, me miró y siguió rezando… Vi un pintor que firma sus obras con el nombre de otro pintor famoso… “Me contaron un chiste cuando no estaba la profesora y cuando ella llegó todavía me estaba riendo” decía un hombre con camisa azul a una mujer bajita que caminaba a su lado… Servicio de baño mil pesos, reza el letrero en la puerta del baño, la mujer en la puerta me mira y asegura que allí no tengo que pagar… Una mujer grande y gruesa dice a un niño flaco y pequeño: “Si en la esquina del hospital no hay, no busco más…” He notado que salgo con los ojos cerrados en todas las fotos… Un hombre graba a dos mujeres con el celular mientras camina detrás de ellas… El que cuida los carros tiene un tatuaje en el brazo: TQM en letras desiguales, debajo, cuatro letras a medio borrar, me pareció un nombre de mujer que empieza por Jota… Otro hombre se mide un sombrero, la mujer le dice que vaya a mirárselo en el espejo de la esquina, el hombre va, se mira por todos lados, le gusta, regresa y dice que le gusta, entonces se mide otro y dice que prefiere a comprar el otro… Un hombre mayor que se afeita en seco y sin espejo en la puerta de un zaguán con paredes verdes, cuando se da cuenta que lo miro sigue afeitándose mirando al frente… Cientos de marranos de barro arrumados contra un armario me miran y ríen… Me siento en un muro a ver pasar la gente. Nadie pasa… Mientras nadie pasa, un hombre grueso, camiseta roja, una bolsa de plástico entre las manos, tenis negros se sienta a mi lado, solo me doy cuenta de su presencia cuando se levanta para partir… En el piso veo un canasto de trompos sin usar, todos nuevos, ninguno de poner… Veo un hombre joven con una calavera tatuada a medias en la espalda… Un personaje de saco rojo, cachucha camuflada, barba de fedayín, gafas para ver y tatuajes en los brazos no sabe qué hacer cuando una mujer, ¿su amiga, su esposa, su hermana? se acerca, le pide que se mueva, ocupa el espacio abierto y toma una “selfie” de los dos con un celular que apareció en su mano. La mujer es flaca y estrecha, lleva vestido con arabescos largo hasta los pies y pegado al cuerpo. Después de tomar la foto que desconcertó al hombre, la mujer le acaricia los tatuajes y lo besa. Debe ser su mujer…


… Un agente me dice que donde voy a dejar el carro, no lo puedo dejar… Veo un hombre con un árbol tatuado en el brazo y un niño en bicicleta con una bolsa de leche en la boca. Se cruzan y no se miran, el único que los ve soy yo… Veo árboles inclinados por el viento… Pasé frente a un lugar marcado: “Amanecedero el gordo”, me pregunto si es un hotel, un bar o un gimnasio… Un hombre con cachucha blanca, camiseta verde y bigote echa humo por la boca mientras maneja despacio una carreta tirada por un caballo… Otro, que va en bicicleta detrás del que va en la carreta, también echa humo por la boca, pero ninguno de los dos fuma… Vi una mujer recostada al marco de una puerta mirando pasar los carros… Me siento derecho. Me apoyo con las manos en las rodillas y agacho la cabeza, pienso, no sé lo que pienso… Entro a un almacén con una chaqueta y salgo con otra… Dos veces hoy, en lugares distintos, he visto el mismo personaje de pelo entrecano contando billetes,… Tres personajes que no se conocen y se cruzan en este inventario: una mujer joven que se revisa el peinado y el maquillaje con la cámara del celular al revés; un músico que estrena un instrumento que adaptó de un tubo de plástico amarillo y le saca sonidos como de cuerno de caza; una mujer blanca, muy blanca, que espera sentada en el atrio y muestra sus piernas blancas muy blancas… Los carros de bomberos hacen sonar sus sirenas al paso de un bombero muerto; un anciano se para a mi lado y pregunta qué pasa, no escucha las sirenas… Un chef, con uniforme y gorro, hace arepas de chócolo con queso, pequeñas, redondas, planas, gruesas y doradas… Un hombre con sombrero me mira, y no me mira, busca y se pregunta si allá donde mira venden pilas… Allá va, dice un muchacho joven con cachucha a dos muchachas con frío y señala calle abajo… Encuentro un letrero que reza: “tocar con los ojos” y otro: “No utilizar el baño si no se siente capacitado para dejarlo limpio”, quien puso esos letreros duda… Veo una mujer joven, siempre la misma, que sale por una puerta batiente gritando nombres: Guillermo, Esteban, Jaime. Nadie le responde… Una chica joven, casi una niña, se para al lado de la puerta marcada por el letrero que duda de la capacidad de la gente para dejar limpio el lugar, golpea, pregunta si hay alguien al otro lado pero nadie le responde… Un local con el pleno de parroquianos, un hombre recostado a la puerta de entrada simula leer una revista, mira por encima del borde la revista y mueve los labios como si leyera en voz baja, lo observo y veo que no lee, cuenta los parroquianos que entran y a la cifra que suma cada parroquiano que entra, resta los que salen… Paso una hora más tarde por el mismo lugar, el hombre sigue recostado a la puerta pero ya no suma ni resta solo mira por encima de la revista con ojos quietos… “El viernes comimos caldo con costilla” dice una mujer bajita y quizá gorda a un hombre flaco, flaco… Una mujer ensaya zapatos, el dependiente le pasa los modelos que ella pide por encima de una vitrina. Ningún modelo le acomoda, el dependiente conserva la calma. Hasta que ella pide un modelo que el dependiente tiene delante de sus ojos, con tranquilidad dice que ese modelo se agotó… Una mujer me mira desde la ventanilla de un carro como si no me hubiera visto nunca
… Tres horas después el hombre sigue recostado contra el marco de la puerta con la revista en la mano, ya no parece necesario sumar y restar parroquianos… Cinco horas después el hombre sigue en su puesto, con la revista debajo del brazo…


… Un comensal en la plaza de mercado llama ¡Mona! ¡Mona! la mujer atareada no lo escucha. ¡Mona! grito yo para ayudar al hombre y la mujer escucha. Se acerca y el hombre le dice: Mona, el ají, la mujer responde: se acabó… Otra que come manzana criolla y tiene un tatuaje en el brazo camina detrás de mí, no me sigue, cuando paro ella para también pero no deja de masticar manzana… Choi-Ting es china, hace cerámica, le compro una vasija pequeña y le pregunto qué puedo poner en ella y responde que lo que quiera, alguien, agrega Choi-Ting, le dijo que podía guardar en ella sus cenizas, a Choi-Ting no le gustó la idea… Encuentro una muñeca de barro, cuando la veo de cerca noto que tiene marcas de golpes y lo digo a la vendedora, ella dice que no hay de qué preocuparse que así eran los golpes de la vida. Compré la muñeca… La tabla que por fin recogimos es de nazareno, un palo duro y morado que sirve más de adorno que de tabla de corte… Veo venir la lluvia, las pintas de la baraja de poker brillan entre las piedras, antes de que el agua se las lleve les tomo fotografías. Son las pintas que ilustran esta Marginalia… Con o sin lluvia, los cruces seguirán en todas las calles, en todas las esquinas…
Argumento. Entro en una habitación con una ventana al fondo, voy hasta la ventana, luego miro el resto: un catre, un baúl, un escritorio y una estantería con libros, detrás de mí entra un hombre medio calvo y pequeño, vestido de rojo que dice que en esa cama durmió Bolívar… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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