El cuaderno

24 marzo, 2018 § Deja un comentario


El olor a limpio golpeó la nariz del vigilante cuando abrió la puerta. Era su primer día de trabajo, aun no tenía uniforme y cumplía órdenes del supervisor. Su nombre era Norberto. Al entregarle los manojos de llaves con el manual de funciones, las claves de seguridad y los portátiles para el contacto con los otros vigilantes, el supervisor le anunció que vendrían personas a preguntar por ése apartamento en particular, el trescientos tres, y que era su obligación acompañar a quienes se presentaran a visitarlo. Y así lo hizo. El mismo día, poco después de partir el supervisor, un visitante llegó. Una mujer que no quiso subir por el ascensor. Subió los tres pisos por las escaleras delante de ella como el guía que descubre el camino. Abrió la puerta con un empujón corto, sintió el olor a limpio y se hizo a un lado para que la mujer entrara. La mujer se demoró unos instantes en avanzar, tal vez el olor a detergente para pisos la golpeó más que a él. Por fin entró. Norberto dio un paso a la izquierda y esperó al lado del marco de la puerta que la mujer con paso inseguro, llegara el centro de la habitación. Se demoró, como si en el trayecto intentara la reconstrucción de un recuerdo. Mientras la mujer, joven y con figura de alguien que no necesita trabajar, mira alrededor, sobre todo hacia arriba, como si buscara algo en la parte alta de las paredes y los techos; Norberto miró hacia los rincones, por la costumbre adquirida desde joven de reservar los rincones y las partes bajas de las habitaciones para disimular o para encontrar más fácil las cosas cuando las buscara. Por eso vio el cuaderno que parecía de escolar, anillado y no muy grueso, con un pañuelo entre las hojas, pensó, por las tres puntas que sobresalían como un marcador que las separa, quizá su dueño quiso marcar algo: un escrito, una nota, una dirección, un número de teléfono…


… La mujer no vio el cuaderno. Observó con minucia los detalles altos de la habitación, giró hasta encontrarse de espaldas a la puerta y a Norberto, a quien ignoró desde su llegada. En frente de la mujer dos puertas, en los extremos de una pared blanca, que debían conducir a otras habitaciones. A la izquierda, las ventanas que miraban a la calle, aunque era posible que miraran a un patio interior. Norberto no conocía bien el edificio y estaba desorientado; tampoco tenía idea de lo que había frente a las ventanas, no alcanzaba a verlas porque la puerta abierta se lo impedía. El cuaderno, que la mujer no había notado, se encontraba entre las dos puertas frente a ella. Solo el cuaderno que se recortaba en el piso de baldosas gris humo llamó la atención de Norberto, no parece abandonado y tampoco parece en el lugar equivocado, pensó; estaba en la parte más alejada de la habitación, casi en la penumbra, la luz que entra por las ventanas apenas lo toca. La mujer entró y permaneció en el mismo lugar, como una veleta que solo tiene la posibilidad de girar sobre su eje. Norberto también inmóvil en su puesto al lado de la puerta estaba a la espera del siguiente movimiento; supuso que la mujer entraría en las otras habitaciones, miraría por las ventanas, abriría alguna de las llaves de agua del cuarto de baño, pasaría el dedo por los anaqueles en busca de polvo incrustado, en fin. Mientras ella hace aquellos movimientos que los candidatos a inquilino ejecutan con obstinación, Norberto calculó que tendría tiempo para atravesar la habitación tomar el cuaderno y volver a su lugar al lado de la puerta. Sin que ella se diera cuenta. ¿Por qué sin que ella se diera cuenta? No sabría decirlo. Lo único que puede asegurar es que el apartamento no pertenece a la mujer, ella lo quiere alquilar y por lo tanto el cuaderno con el pañuelo adentro no le pertenece. El cuaderno fue propiedad del inquilino anterior que lo abandonó y en su defecto la administración es la dueña; en ausencia de la administración el cuaderno pasa a ser dominio de sus empleados; y entre los empleados ¿quién es el dueño?, el primero que lo encuentre, es decir, él, Norberto, el nuevo…


… La mujer en el centro de la habitación solo mira hacia arriba, gira sobre su eje y murmura palabras que Norberto no alcanza a descifrar. Palabras que pueden ser parte de una conversación por celular que él no vio cuando la mujer llegó; el recuento de alguna memoria del lugar que la mujer graba para contarla a otro, su marido, por ejemplo; o un sollozo. Norberto descartó el sollozo y prefirió el celular, era más fácil pero debió aceptar su error cuando se dio cuenta de que la mujer lloraba en el centro de la habitación y en su presencia. Su situación empeoró porque no supo qué hacer, ¿consolar a la mujer?, ¿ofrecer su ayuda?, ¿abandonar su puesto y dejarla sola? Un dilema insalvable, estar o no estar, abandonar o permanecer aunque violara la privacidad de la mujer. ¿Qué hacer?, ¿el cuaderno?, ¿la mujer? La atracción por el cuaderno que se había convertido en el secreto inalcanzable estimuló su curiosidad hasta el punto de que hubiera entrado a la habitación, sin preocuparse por el estado de ánimo de la mujer y se lo hubiera apropiado. De repente, la mujer giró hasta enfrentarlo. Norberto no se había movido de su lugar y lo primero que vio fue la cara congestionada, los ojos llorosos y el maquillaje corrido sobre las mejillas. Después vio la pistola con silenciador que apuntaba directamente a su cabeza. El ojo negro del cañón que lo miraba lo sacudió y más allá de él creyó reconocer la cara y sobre todo las lágrimas de la mujer. Las lágrimas de una mujer que llora fue la última imagen que se cruzó entre él y el cañón de la pistola, pensó decir algo pero no supo qué y sobre la voz que no salió de su garganta escuchó la voz de ella: cuento hasta tres…uno…dos… Fue lo último que escuchó. Los inquilinos que encontraron el cuerpo de Norberto con la cabeza destrozada por cuatro disparos a corta distancia dijeron que al lado del cadáver había un cuaderno con las hojas en blanco y un pañuelo de mujer, entre las hojas, manchado con sangre. Una clave, quizá un escarmiento, dijo alguno de los presentes con más imaginación que los otros. Como ninguno de los curiosos conocía los inquilinos del trescientos tres y menos aun al muerto, pensaron que se trataba de un ajuste de cuentas…
Argumento. Un hombre sale en busca de las historias que, dicen, están en todas partes. En el momento de poner el pie en la calle comienza una…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Anuncios

Etiquetado:, , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo El cuaderno en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: