Siete días, una mesa

3 marzo, 2018 § Deja un comentario


Día uno.
En el centro de un salón de diez por diez metros un hombre ocupa una de las doce mesas distribuidas con cierto orden. No mira para ningún lado está casi acostado en la silla imitación mimbre. No quita la mirada de la tablet que sostiene sobre las piernas. Su único movimiento es levantar el brazo y pasar la mano por la cabeza sin pelo. Es un hombre ausente. No nota nada. No ve el que llega, se para en el límite exterior del salón busca entre los presentes y cuando encuentra a quienes busca sonríe como si el descubrimiento lo salvara de algo imposible. Tampoco ve la mujer sola que habla por celular y come al mismo tiempo, consume tres pasteles antes de cortar la llamada y cuando termina lleva la mano frente a los ojos como si quisiera alejar las lágrimas. No ve la mujer que gesticula. No ve nada, solo lo que su pantalla le muestra, que puede ser todo lo que hay alrededor y más. No ve al hombre mayor que derramó un café sobre sus zapatos. Ni siquiera ve la pareja que discutió porque ninguno de los dos quería pagar el consumo, peleó allí a pocos metros de él y luego partió mano entre mano como si nada hubiese pasado. No ve nada o, quizá ve todo pero eso no es nada en comparación con lo que ve en la pantalla de su tablet…

Día dos. En la misma mesa donde vi el hombre ausente hay ahora tres mujeres. Una de las tres habla y escribe en un cuaderno mientras habla; cuando no escribe gesticula, mueve los brazos y las manos y hace lo posible porque las otras dos mujeres entiendan lo que explica. Las otras dos escuchan y miran a la que habla, no hablan ni toman nota, de vez en cuando se lanzan miradas interrogantes pero nada más. Una de las que no habla ocupa la silla donde estaba el ausente, es flaca y seguramente alta, lleva el pelo cogido atrás y parece más pálida de lo normal, quizá porque no tiene maquillaje, quizá porque tiene hambre o quizá porque se quiere ir. Mientras la otra habla apoya los codos en la mesa y junta los puños a la altura de la boca; tiene un lapicero en la mano derecha para simular la intención de tomar nota o para clavarlo como un aguijón en la que habla. De vez en cuando hace movimientos de aceptación con la cabeza, entonces cierra los ojos y se ausenta. Acepta al mover la cabeza, se ausenta al cerrar los ojos. Espera con el lapicero debajo del mentón. Solo mueve las manos, la cabeza y los ojos cuando los abre y los cierra pero no alcanzo a ver su expresión, no alcanzo a ver si miran a la mujer que habla o miran sin ver, una confirmación de su ausencia. Cuando sin mover más que las manos y la cabeza, veo que sus ojos se desvían hacia donde me encuentro, confirmo que ella como el ausente en la misma silla, está ausente, no está donde las otras dos mujeres o incluso yo, creemos que está…

Día tres. La mesa en el centro del salón. Es miércoles antes del medio día y nadie la ocupa. Desierta, sugiere la quietud, la soledad, la espera. La mesa espera que alguien venga y la haga partícipe de alguna historia, de alguna aventura. La soledad trae al recuerdo un ejercicio que hacíamos en los talleres de dibujo: consistía en dibujar los objetos alrededor del sujeto hasta convertirlo en silueta con la vida y personalidad que le atribuía el entorno. Alrededor hay cinco mesas ocupadas: una por una madre joven y su hija que toman jugo y pasteles; otra por una joven que trabaja en su computadora; la siguiente por dos hombres que seguramente discuten un negocio; la cuarta la ocupa una mujer pálida, blanca como un vaso de leche que toma café y revisa papeles; en la quinta dos mujeres jóvenes matan el tiempo, hablan o juegan en sus celulares y no consumen nada. En general los parroquianos consumen poco o nada. Los ruidos abundan. Una voz gangosa pasa por encima de los otros ruidos. Habla rápido y entre frases es interrumpido por otra voz de tono bajo. Las voces vienen de la mesa en el centro del salón. Mientras, como en el taller de dibujo, tracé lo que hay alrededor de la mesa en el centro, dos hombre la ocuparon. El de la voz gangosa es grande, con barriga y suéter verde agua a pesar del clima; el otro es pequeño y permanece agachado mientras hablan. Ocuparon la mesa y no consumen nada, hablan de cosas que no son negocios, no parecen parientes y por la forma como se miran tampoco parecen amigos, quizá son conocidos sin confianza entre ellos…

Día cuatro. La mesa desierta. Por segunda vez la encuentro desierta. Ocupo la mesa de siempre, en la esquina de la izquierda al fondo. En una mesa vecina se sienta una pareja, no son pareja, es decir, no son marido y mujer, quizá son jefe y secretario o patrona y chofer, se comportan como superiora y subordinado. En otra mesa se sienta un hombre con gafas, sin pelo en el cráneo ovalado en exceso, como si hubiera pasado por un molde. El subordinado abandona a la jefe y sale seguramente a buscar el carro. Ella sale en la misma dirección de él, pero después. La mesa en el centro sigue desierta. Quienes vienen ocupan las mesas libres alrededor pero nadie, hasta ahora, ha pensado o por lo menos ha hecho el intento de ocuparla. Algo debe suceder porque nadie llega hasta allí. Es temprano, supongo, para tranquilizar la curiosidad que me causa la mesa desierta con todo el movimiento alrededor, como si una barrera invisible lo impidiera. El subordinado y la jefe regresan y ocupan otra mesa distinta a la que abandonaron, sus roles no han cambiado: ella habla, él responde, ella ordena él obedece; es lo que parece por la expresión de sus ojos y la inclinación de su cabeza. No escucho lo que hablan. Los ruidos de motores, roces y voces de gentes que hablan al tiempo, me impiden escuchar con claridad, es como un amasijo de sonidos al que me cuesta acostumbrarme, a veces lo distingo a veces no, pero es seguro que siempre está. La mesa en el centro sigue desierta y quieta pero alrededor nada se detiene…

Día cinco. En el centro del salón donde siempre hay una mesa, desierta los últimos días; hoy, no hay mesa ni sillas y su espacio en el centro es un vacío. Las mesas alrededor están ocupadas por gentes que sin compañía o con compañía hablan por sus celulares. De repente se escucha un llamado: ¡señora Ángela! fue un llamado sin respuesta. Luego vino el mismo llamado en tono más alto, sin respuesta también. Y llegó el grito, primero una vez: ¡señora Ángela!, luego dos y luego tres veces. Una mujer rubia que hasta ese momento habló por celular con la cara pegada a la mesa, levantó la mirada al escuchar el grito tres veces, cayó en la cuenta de que era a ella a quien llamaban, se levantó y fue hasta el mostrador a enfrentar al flaco alto, casi dos metros, sin pelo, con frenillo y brazos tatuados que la llamó con insistencia. No se miraron o quizá sí pero no fue una mirada intensa, tímida la de ella de reproche la de él cuando le entregó el desechable con el café que había ordenado. Ángela recogió el desechable sin decir gracias y salió del lugar por el borde más alejado, seguía hablando por celular pero incómoda, el aparato y el desechable en la misma mano porque en la otra llevaba bolsas de plástico de apariencia pesadas. Mientras sucedió el drama de Ángela una mujer del servicio barrió alrededor de mi mesa y en el espacio desierto donde se debía encontrar la mesa central. ¿Preparaba el regreso de la mesa?, es posible, sin embargo me hizo sentir como el jubilado que debe levantar los pies en la sala de su casa para que barran debajo de su silla porque deja caer harinas cuando come galletas…

Día seis. La mesa en el centro, no está en el centro. La desplazaron a la izquierda. Cuatro mujeres en pantaloneta hablan al tiempo en una mesa de la derecha. En otra mesa un hombre que habla duro y da órdenes pidió desde su puesto un café sin nada. Sin nada es sin crema, sin azúcar y quizá sin café. Después hizo una llamada y dijo: Jaime esta noche invito yo. Y corto la llamada. Después hizo otra llamada, dio tres órdenes y cortó. Después, cuando ya había dejado el celular sobre la mesa y parecía que no lo iba a utilizar más una niña de dos o tres años apareció, el hombre comenzó a jugar con ella escondiendo la cara detrás del celular, la niña se asustó y corrió llorando hacia donde estaba su mamá. En pose de tener una orden atascada en alguna parte el hombre esperó hasta que otro personaje, pensé que se trataba de un amigo pero me equivoqué, era un subalterno, se acercó con timidez. El hombre le señaló el espacio vacío donde debía haber una silla, el subalterno pidió permiso para tomar una libre de mi mesa y regresó donde esperaba el jefe. Puso la silla al frente de él y se iba a sentar pero con el índice, sin hablar, el jefe le ordenó que pusiera la silla a su lado, entonces con voz de jefe dijo: pida lo que quiera, yo pago. Después comenzó a murmurar órdenes. Las respuestas del subalterno eran cortas, concisas: sí o sí señor. Cuando partí la mesa en el centro que hoy no está en el centro seguía desierta; las cuatro mujeres en pantaloneta seguían hablando al tiempo y el jefe seguía dando órdenes al subalterno que movía la cabeza como un perro de loza…

Día siete. La mesa desierta, hoy no está desierta, hoy la ocupo yo. Todas las mesas están ocupadas. Todas son para cuatro. Espero que algo suceda, no sé qué pero espero. Mientras  tanto escribo y espero lo que hasta este momento no llega. A nadie parece importarle mi presencia allí. Si partiera, imagino que ninguno de los presentes lo notaría, quizá sí la señora mayor, muy mayor, que me mira. Mientras escribo en mi celular puedo mirarla entre frases; la mujer me mira con curiosidad, quizá se pregunta qué será lo que tanto hace ese señor con el celular que lo toca sin parar con los pulgares. Por momentos la mujer desiste y mira el piso pero la curiosidad le gana y vuelve a mirar hacia la mesa del centro. Su cara no tiene expresión, es seria, su boca permanece apretada, el pelo blanco, corto, enmarca su figura fatigada; lo único en ella que no parece quieto son los ojos que miran al hombre, yo, en el centro del espacio cuadrado con mesas, en este momento, ocupadas. La mujer mayor, muy mayor, mira mientras con las manos cruzadas entre las piernas parece contar lo momentos, los minutos, que lleva allí concentrada en el hombre, yo, que no levanta los ojos del celular. El tiempo pasa, la mujer mayor, muy mayor, no cambia de posición, la pareja, quizá los hijos, que la dejaron allí no regresan; el hombre, yo, en la mesa del centro tampoco se mueve, solo mueve los pulgares sobre la pantalla del celular. Ni ella ni él, yo, se mueven, parecen clavados en sus puestos. A la hora de partir dejo en mi lugar el recuerdo de mi paso para que la acompañe mientras la pareja que la llevó hasta allí, quizá sus hijos, regresa…
Argumento. La mesa del fondo es la única, dijo el hombre, también puede ser una mujer. En esa mesa, la única, con vista sobre lo que va y viene, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara 2018

Anuncios

Etiquetado:, , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Siete días, una mesa en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: