En tierra ajena

31 marzo, 2018 § Deja un comentario


Algunos de los cruces sucedieron tal cual son narrados, otros son el resultado de cruces puestos unos sobre otros; un inventario de lo visto y lo oído. Es, claro está, una selección arbitraria. En el inventario no están las truchas que comimos y abundan; ni el “Manneken pis” de barro, orinando como el original belga, en la plaza de un pueblo donde las artesanías mandan; ni el recorrido por el lago de Tota, frío y brillante con nubes bajas y soles lejanos; ni los sembrados de cebolla que se extienden hasta más allá de los filos; ni los postres de Iza, un pueblo especializado en postres donde los visitantes se resguardan de la lluvia en los bordes del parque principal con su postre en la mano; ni la visita a Inocencio Chincá en el Pantano de Vargas en compañía de los parientes queridos y cercanos; ni la visita en compañía de los mismos parientes a la reserva el Pajonal en el filo del páramo donde vive mi hermana entre cuatro robles y tres arrayanes; ni la celebración sorpresa del cumpleaños que todavía no es. No están las visitas fallidas a la casa donde vivió José María Vargas Vila o donde murió Antonio Nariño o aquella que siempre encontramos cerrada donde nació Antonio Ricaurte el capitán que voló en átomos en san Mateo cinco años antes de la hazaña de Inocencio Chincá en el Pantano de Vargas. No está el vaivén de agua y luz que nos mueve del siglo veintiuno al veinte y en ires y venires quedamos en la oscuridad o sin televisión o sin posibilidad de agua para el baño. Tampoco están en el inventario las pintas de la baraja de poker en tapas de cerveza que vi entre las junturas de las piedras desiguales de las calles de esta ciudad colonial desde el primer día hasta el último cuando en medio del aguacero brillaban como faros e ilustran este inventario de cruces, inesperados unos; corrientes los otros; y fuente de coincidencias y ficciones la mayoría…


… En un garaje anticuario vi los pies y las piernas sueltas de un muñeco descuartizado. En otro garaje de anticuario vi un radio viejo y disimulados entre aparatos y objetos de colección o antojo me pareció ver el cuerpo del muñeco… Vi dos mujeres comer salpicón de la misma copa, por comer rápido derraman la mitad… Vi imágenes del cielo, de santos y de los profundos infiernos. Una mujer que rezaba de rodillas con los audífonos puestos y el sombrero de turista bajo las rodillas, me miró y siguió rezando… Vi un pintor que firma sus obras con el nombre de otro pintor famoso… “Me contaron un chiste cuando no estaba la profesora y cuando ella llegó todavía me estaba riendo” decía un hombre con camisa azul a una mujer bajita que caminaba a su lado… Servicio de baño mil pesos, reza el letrero en la puerta del baño, la mujer en la puerta me mira y asegura que allí no tengo que pagar… Una mujer grande y gruesa dice a un niño flaco y pequeño: “Si en la esquina del hospital no hay, no busco más…” He notado que salgo con los ojos cerrados en todas las fotos… Un hombre graba a dos mujeres con el celular mientras camina detrás de ellas… El que cuida los carros tiene un tatuaje en el brazo: TQM en letras desiguales, debajo, cuatro letras a medio borrar, me pareció un nombre de mujer que empieza por Jota… Otro hombre se mide un sombrero, la mujer le dice que vaya a mirárselo en el espejo de la esquina, el hombre va, se mira por todos lados, le gusta, regresa y dice que le gusta, entonces se mide otro y dice que prefiere a comprar el otro… Un hombre mayor que se afeita en seco y sin espejo en la puerta de un zaguán con paredes verdes, cuando se da cuenta que lo miro sigue afeitándose mirando al frente… Cientos de marranos de barro arrumados contra un armario me miran y ríen… Me siento en un muro a ver pasar la gente. Nadie pasa… Mientras nadie pasa, un hombre grueso, camiseta roja, una bolsa de plástico entre las manos, tenis negros se sienta a mi lado, solo me doy cuenta de su presencia cuando se levanta para partir… En el piso veo un canasto de trompos sin usar, todos nuevos, ninguno de poner… Veo un hombre joven con una calavera tatuada a medias en la espalda… Un personaje de saco rojo, cachucha camuflada, barba de fedayín, gafas para ver y tatuajes en los brazos no sabe qué hacer cuando una mujer, ¿su amiga, su esposa, su hermana? se acerca, le pide que se mueva, ocupa el espacio abierto y toma una “selfie” de los dos con un celular que apareció en su mano. La mujer es flaca y estrecha, lleva vestido con arabescos largo hasta los pies y pegado al cuerpo. Después de tomar la foto que desconcertó al hombre, la mujer le acaricia los tatuajes y lo besa. Debe ser su mujer…


… Un agente me dice que donde voy a dejar el carro, no lo puedo dejar… Veo un hombre con un árbol tatuado en el brazo y un niño en bicicleta con una bolsa de leche en la boca. Se cruzan y no se miran, el único que los ve soy yo… Veo árboles inclinados por el viento… Pasé frente a un lugar marcado: “Amanecedero el gordo”, me pregunto si es un hotel, un bar o un gimnasio… Un hombre con cachucha blanca, camiseta verde y bigote echa humo por la boca mientras maneja despacio una carreta tirada por un caballo… Otro, que va en bicicleta detrás del que va en la carreta, también echa humo por la boca, pero ninguno de los dos fuma… Vi una mujer recostada al marco de una puerta mirando pasar los carros… Me siento derecho. Me apoyo con las manos en las rodillas y agacho la cabeza, pienso, no sé lo que pienso… Entro a un almacén con una chaqueta y salgo con otra… Dos veces hoy, en lugares distintos, he visto el mismo personaje de pelo entrecano contando billetes,… Tres personajes que no se conocen y se cruzan en este inventario: una mujer joven que se revisa el peinado y el maquillaje con la cámara del celular al revés; un músico que estrena un instrumento que adaptó de un tubo de plástico amarillo y le saca sonidos como de cuerno de caza; una mujer blanca, muy blanca, que espera sentada en el atrio y muestra sus piernas blancas muy blancas… Los carros de bomberos hacen sonar sus sirenas al paso de un bombero muerto; un anciano se para a mi lado y pregunta qué pasa, no escucha las sirenas… Un chef, con uniforme y gorro, hace arepas de chócolo con queso, pequeñas, redondas, planas, gruesas y doradas… Un hombre con sombrero me mira, y no me mira, busca y se pregunta si allá donde mira venden pilas… Allá va, dice un muchacho joven con cachucha a dos muchachas con frío y señala calle abajo… Encuentro un letrero que reza: “tocar con los ojos” y otro: “No utilizar el baño si no se siente capacitado para dejarlo limpio”, quien puso esos letreros duda… Veo una mujer joven, siempre la misma, que sale por una puerta batiente gritando nombres: Guillermo, Esteban, Jaime. Nadie le responde… Una chica joven, casi una niña, se para al lado de la puerta marcada por el letrero que duda de la capacidad de la gente para dejar limpio el lugar, golpea, pregunta si hay alguien al otro lado pero nadie le responde… Un local con el pleno de parroquianos, un hombre recostado a la puerta de entrada simula leer una revista, mira por encima del borde la revista y mueve los labios como si leyera en voz baja, lo observo y veo que no lee, cuenta los parroquianos que entran y a la cifra que suma cada parroquiano que entra, resta los que salen… Paso una hora más tarde por el mismo lugar, el hombre sigue recostado a la puerta pero ya no suma ni resta solo mira por encima de la revista con ojos quietos… “El viernes comimos caldo con costilla” dice una mujer bajita y quizá gorda a un hombre flaco, flaco… Una mujer ensaya zapatos, el dependiente le pasa los modelos que ella pide por encima de una vitrina. Ningún modelo le acomoda, el dependiente conserva la calma. Hasta que ella pide un modelo que el dependiente tiene delante de sus ojos, con tranquilidad dice que ese modelo se agotó… Una mujer me mira desde la ventanilla de un carro como si no me hubiera visto nunca
… Tres horas después el hombre sigue recostado contra el marco de la puerta con la revista en la mano, ya no parece necesario sumar y restar parroquianos… Cinco horas después el hombre sigue en su puesto, con la revista debajo del brazo…


… Un comensal en la plaza de mercado llama ¡Mona! ¡Mona! la mujer atareada no lo escucha. ¡Mona! grito yo para ayudar al hombre y la mujer escucha. Se acerca y el hombre le dice: Mona, el ají, la mujer responde: se acabó… Otra que come manzana criolla y tiene un tatuaje en el brazo camina detrás de mí, no me sigue, cuando paro ella para también pero no deja de masticar manzana… Choi-Ting es china, hace cerámica, le compro una vasija pequeña y le pregunto qué puedo poner en ella y responde que lo que quiera, alguien, agrega Choi-Ting, le dijo que podía guardar en ella sus cenizas, a Choi-Ting no le gustó la idea… Encuentro una muñeca de barro, cuando la veo de cerca noto que tiene marcas de golpes y lo digo a la vendedora, ella dice que no hay de qué preocuparse que así eran los golpes de la vida. Compré la muñeca… La tabla que por fin recogimos es de nazareno, un palo duro y morado que sirve más de adorno que de tabla de corte… Veo venir la lluvia, las pintas de la baraja de poker brillan entre las piedras, antes de que el agua se las lleve les tomo fotografías. Son las pintas que ilustran esta Marginalia… Con o sin lluvia, los cruces seguirán en todas las calles, en todas las esquinas…
Argumento. Entro en una habitación con una ventana al fondo, voy hasta la ventana, luego miro el resto: un catre, un baúl, un escritorio y una estantería con libros, detrás de mí entra un hombre medio calvo y pequeño, vestido de rojo que dice que en esa cama durmió Bolívar… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

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El cuaderno

24 marzo, 2018 § Deja un comentario



El olor a limpio golpeó la nariz del vigilante cuando abrió la puerta. Era su primer día de trabajo, aun no tenía uniforme y cumplía órdenes del supervisor. Su nombre era Norberto. Al entregarle los manojos de llaves con el manual de funciones, las claves de seguridad y los portátiles para el contacto con los otros vigilantes, el supervisor le anunció que vendrían personas a preguntar por ése apartamento en particular, el trescientos tres, y que era su obligación acompañar a quienes se presentaran a visitarlo. Y así lo hizo. El mismo día, poco después de partir el supervisor, un visitante llegó. Una mujer que no quiso subir por el ascensor. Subió los tres pisos por las escaleras delante de ella como el guía que descubre el camino. Abrió la puerta con un empujón corto, sintió el olor a limpio y se hizo a un lado para que la mujer entrara. La mujer se demoró unos instantes en avanzar, tal vez el olor a detergente para pisos la golpeó más que a él. Por fin entró. Norberto dio un paso a la izquierda y esperó al lado del marco de la puerta que la mujer con paso inseguro, llegara el centro de la habitación. Se demoró, como si en el trayecto intentara la reconstrucción de un recuerdo. Mientras la mujer, joven y con figura de alguien que no necesita trabajar, mira alrededor, sobre todo hacia arriba, como si buscara algo en la parte alta de las paredes y los techos; Norberto miró hacia los rincones, por la costumbre adquirida desde joven de reservar los rincones y las partes bajas de las habitaciones para disimular o para encontrar más fácil las cosas cuando las buscara. Por eso vio el cuaderno que parecía de escolar, anillado y no muy grueso, con un pañuelo entre las hojas, pensó, por las tres puntas que sobresalían como un marcador que las separa, quizá su dueño quiso marcar algo: un escrito, una nota, una dirección, un número de teléfono…


… La mujer no vio el cuaderno. Observó con minucia los detalles altos de la habitación, giró hasta encontrarse de espaldas a la puerta y a Norberto, a quien ignoró desde su llegada. En frente de la mujer dos puertas, en los extremos de una pared blanca, que debían conducir a otras habitaciones. A la izquierda, las ventanas que miraban a la calle, aunque era posible que miraran a un patio interior. Norberto no conocía bien el edificio y estaba desorientado; tampoco tenía idea de lo que había frente a las ventanas, no alcanzaba a verlas porque la puerta abierta se lo impedía. El cuaderno, que la mujer no había notado, se encontraba entre las dos puertas frente a ella. Solo el cuaderno que se recortaba en el piso de baldosas gris humo llamó la atención de Norberto, no parece abandonado y tampoco parece en el lugar equivocado, pensó; estaba en la parte más alejada de la habitación, casi en la penumbra, la luz que entra por las ventanas apenas lo toca. La mujer entró y permaneció en el mismo lugar, como una veleta que solo tiene la posibilidad de girar sobre su eje. Norberto también inmóvil en su puesto al lado de la puerta estaba a la espera del siguiente movimiento; supuso que la mujer entraría en las otras habitaciones, miraría por las ventanas, abriría alguna de las llaves de agua del cuarto de baño, pasaría el dedo por los anaqueles en busca de polvo incrustado, en fin. Mientras ella hace aquellos movimientos que los candidatos a inquilino ejecutan con obstinación, Norberto calculó que tendría tiempo para atravesar la habitación tomar el cuaderno y volver a su lugar al lado de la puerta. Sin que ella se diera cuenta. ¿Por qué sin que ella se diera cuenta? No sabría decirlo. Lo único que puede asegurar es que el apartamento no pertenece a la mujer, ella lo quiere alquilar y por lo tanto el cuaderno con el pañuelo adentro no le pertenece. El cuaderno fue propiedad del inquilino anterior que lo abandonó y en su defecto la administración es la dueña; en ausencia de la administración el cuaderno pasa a ser dominio de sus empleados; y entre los empleados ¿quién es el dueño?, el primero que lo encuentre, es decir, él, Norberto, el nuevo…


… La mujer en el centro de la habitación solo mira hacia arriba, gira sobre su eje y murmura palabras que Norberto no alcanza a descifrar. Palabras que pueden ser parte de una conversación por celular que él no vio cuando la mujer llegó; el recuento de alguna memoria del lugar que la mujer graba para contarla a otro, su marido, por ejemplo; o un sollozo. Norberto descartó el sollozo y prefirió el celular, era más fácil pero debió aceptar su error cuando se dio cuenta de que la mujer lloraba en el centro de la habitación y en su presencia. Su situación empeoró porque no supo qué hacer, ¿consolar a la mujer?, ¿ofrecer su ayuda?, ¿abandonar su puesto y dejarla sola? Un dilema insalvable, estar o no estar, abandonar o permanecer aunque violara la privacidad de la mujer. ¿Qué hacer?, ¿el cuaderno?, ¿la mujer? La atracción por el cuaderno que se había convertido en el secreto inalcanzable estimuló su curiosidad hasta el punto de que hubiera entrado a la habitación, sin preocuparse por el estado de ánimo de la mujer y se lo hubiera apropiado. De repente, la mujer giró hasta enfrentarlo. Norberto no se había movido de su lugar y lo primero que vio fue la cara congestionada, los ojos llorosos y el maquillaje corrido sobre las mejillas. Después vio la pistola con silenciador que apuntaba directamente a su cabeza. El ojo negro del cañón que lo miraba lo sacudió y más allá de él creyó reconocer la cara y sobre todo las lágrimas de la mujer. Las lágrimas de una mujer que llora fue la última imagen que se cruzó entre él y el cañón de la pistola, pensó decir algo pero no supo qué y sobre la voz que no salió de su garganta escuchó la voz de ella: cuento hasta tres…uno…dos… Fue lo último que escuchó. Los inquilinos que encontraron el cuerpo de Norberto con la cabeza destrozada por cuatro disparos a corta distancia dijeron que al lado del cadáver había un cuaderno con las hojas en blanco y un pañuelo de mujer, entre las hojas, manchado con sangre. Una clave, quizá un escarmiento, dijo alguno de los presentes con más imaginación que los otros. Como ninguno de los curiosos conocía los inquilinos del trescientos tres y menos aun al muerto, pensaron que se trataba de un ajuste de cuentas…
Argumento. Un hombre sale en busca de las historias que, dicen, están en todas partes. En el momento de poner el pie en la calle comienza una…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Detalles

17 marzo, 2018 § Deja un comentario



Los detalles son importantes. Tal vez por eso los grandes regalos se califican como “un pequeño detalle”. Lo dicen también en diminutivo: “un detallito”. Claro, un detalle solo no hace verano, como la golondrina, se necesita de un encadenamiento de ellos para que se den las grandes o pequeñas situaciones que por tamaño o fama, no son menos importantes. Me contó un amigo que en dos ocasiones personas sin conexión alguna entre ellas, en momentos y ciudades diferentes, le hicieron ofertas que de haber aceptado, cualquiera de las dos, habrían cambiado radicalmente el devenir de su vida. Con toda seguridad no nos hubiésemos conocido. En ambos casos fue sólo un detalle… Sé de una joven que perdió el bus del colegio un día, el día anterior había perdido el lápiz. Dos detalles. El día que perdió el bus conoció un joven que no sólo la llevó al colegio, también le regaló un lápiz nuevo. Lo que siguió no ha terminado aun. Otro joven prefirió dormir cinco minutos más porque tenía tiempo. Durmió veinte. Llegó tarde donde iba porque se vio mezclado en un trancón. Cuando llegó su puesto ya estaba ocupado por otro que no se quedó dormido. Le correspondió el número doscientos quince en lugar del veintiuno que tenía reservado. No llegó a la ventanilla ese día y tampoco el siguiente, al tercer día una señora con cara de señor anunció a los presentes que los trámites por esa ventanilla se suspendían hasta nueva orden. Todo por un detalle ínfimo, sin importancia… Pero sucede con frecuencia que sólo remontamos hasta detalle inicial cuando su devenir es reconocido. La memoria juega en terrenos conocidos o bien informados, juega de local, dirían los hinchas al fútbol. Si la pusiéramos a jugar de visitante, es decir en lo desconocido que en muchos casos es lo propio, es posible que el resultado final sea tan sorprendente como el detalle ínfimo por donde inició. Hay personas que hacen profesión de la rememoración de detalles que se encadenan hasta dar forma a eventos, pequeños o grandes, que suceden a todo el mundo a diario. Estos personajes tienen el talento para hacer creer que sus cuentos o novelas sucedieron. Construyen historias a partir de detalles, minucias, miradas, palabras o equívocos…


… Es una cuestión técnica, en la pintura sucede así: uno de los elementos del cuadro, aquel que se encuentra donde el artista considera que está la tensión, el lugar donde el espectador dirige la mirada, está pintado con detalle, con precisión. El resto, lo que sucede alrededor no tiene el mismo tratamiento. Ese objeto puede ser una luz, una sombra, una esquina, un color o un punto. Para quienes construyen historias y las escriben, el detalle se encuentra en un hecho histórico, una fecha, un nombre, una calle, una sensación, un color, una palabra o nada. Casi se podría decir que la mayoría de los detalles tienen su inicio en la nada… Hay escritores que tienen la capacidad para recordar los hechos trascendentes que sucedieron en sus vidas y los convierten en Memorias: Confieso que he vivido, Vivir para contarla, Antes del fin, La lengua absuelta, son títulos de obras maravillosas, que cuentan en detalle las sensaciones, encuentros, palabras, angustias y desvaríos de quien escribe. Es este un ejercicio que, en un curso de iniciación para escritores se plantea más o menos de esta manera: “… Piense en un detalle que haya sucedido en su vida y no le gustaría que ningún vecino o amigo descubra. Un secreto. Escríbalo en un papel. Observe el papel. Si cree que no puede escribir sobre eso, es posible que no sea un buen candidato para escribir memorias. Un error frecuente consiste en narrar hechos en lugar de detalles. Es necesario narrar detalles. Cuente lo que una cámara vería, los detalles de un recorrido, las sombras y las figuras que sugieren. Las detalles convertidos en palabras despertarán sentimientos incluso experiencias y recuerdos en el lector…”


… Otras personas encuentran en las cartas una forma de narrar detalles. La lectura de esas correspondencias es emocionante. Recuerdo ahora la que llevaron por años Henry Miller y Lawrence Durrell, creo que leí esas cartas en un momento que se convirtió en el punto de partida o el detalle primero de eventos que no han cesado. En las últimas semanas me interesé más de lo acostumbrado por el origen de los detalles, no es que no lo haya hecho antes, no, sucede que pasaron a primera línea, se convirtieron en protagonistas que revelan, que observan, que se convierten en el comienzo y el final de todo. Me di cuenta en estas semanas que nos inundan por todos los costados, lástima que cuando los reconocemos casi siempre es tarde… ¿Cómo sería un día sin detalles? No pienso en los que genera el personaje hablantinoso dicharachero y social, ése es puntual, incluso superficial, fuente de detalles y minucias, incluso chismes, visibles a pesar de ellos. Los detalles de verdad son todo lo contrario. Parten de lo invisible y se convierten en moles que derrotan lo que se interponga. Además, nadie se atreve a interrumpir su camino por una razón sencilla: a medida que avanzan, a medida que crecen en importancia, mutan, adhieren o se oponen. Siempre se mueven. Cuando alguien se atreve a levantar una barrera frente a ellos o intenta cambiar su curso, su actitud es la que adopta quien hace creer al otro que tiene la razón, cuando en realidad no ha entendido nada y su devenir es subsidiario del querer del detalle que, en apariencia, deja hacer. A estas alturas y después de años de minucias acumuladas, es bueno recordar que un detalle en su estado primigenio puede ser una sombra, un suspiro, un movimiento, un perfume o, como en “Blow up”, la película de Antonioni, puede ser la silueta imperceptible, lejana, que se produce por allá, donde nadie la ve, pero con el pasar de las horas, es más importante que cualquier otro segmento de la historia. En el estado final, ese mismo detalle, insignificante al comienzo, es una tromba que influye en las palabras, los hechos o, incluso, en los deseos de las personas hasta el punto de gobernar sus pasiones. El detalle, por donde todo comienza, se vuelve grande, irreversible. Es la conclusión. Detalles aislados no existen, suman, multiplican; nunca restan, dividen o individualizan. Un detalle solo no es nada, no se tiene en cuenta. Dos detalles son una multitud avasalladora…


Argumento.
He aquí un detalle dijo uno. ¿Dónde? preguntó el otro. Ya son dos, respondió el primero… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Indignémonos

10 marzo, 2018 § Deja un comentario


En  dos mil once publiqué esta Marginalia. Una de las primeras. Vuelvo a ella porque la situación es, como dijo Stéphane Hessel “más compleja”. Hoy, más que nunca, debemos indignarnos. He aquí La Marginalia aquella con ajustes a lo que indigna hoy:
… Regadas por todo el cuerpo llevamos vicisitudes y encantos. No sé cuáles sean más, quizá las vicisitudes que tienen la virtud ser ahora y más tarde, cambian de lugar o aparecen, desaparecen y reaparecen convertidas en otras. Entre las vicisitudes encontré una que se despertó súbitamente después de leer un texto corto, publicado en francés, que ha circulado profusamente entre los manifestantes de las grandes ciudades españolas en las últimas semanas. Su título es “Indignez-Vous” en el original, o “Indígnese” o “Indígnate” como lo traduciríamos en Colombia, o “Indignaos” como lo tradujeron en España. Stéphane Hessel es su autor. El librito ha servido de línea de inspiración a los millones de indignados que protestan en España para conseguir una Democracia Verdadera y tiene origen en los enunciados del Consejo Nacional de la Resistencia; Hessel fue miembro de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y su texto es un llamado a la indignación como la que que movió a los Resistentes frente al ocupante nazi…

… Insiste Hessel que la situación de hoy es, de lejos, más compleja que en los años cuarenta. En aquella época había un sólo enemigo, el ocupante nazi, ahora los ocupantes son diversos, numerosos y agresivos. Las situaciones que provocan la indignación van desde los desmanes del poder económico, del consumo, del maltrato a los inmigrantes y desplazados, de la corrupción; hasta situaciones, en apariencia, mínimas de la vida diaria como un ruido alevoso en el barrio o un carro mal parqueado en el vecindario. Por supuesto, para el ciudadano de a pie protestar contra las agresiones de los grandes grupos económicos es difícil, pocas veces, quizá ninguna, será escuchado a menos que logre reunir alrededor una multitud con fuerza y tiempo suficiente para hacer tambalear el poder. No es imposible, hay ejemplos, pero requieren tiempo, compromiso y sobre todo una idea clara de lo que se quiere conseguir.
Una manera al alcance de encontrar esa idea, lo menciona Hessel en su texto, es observar qué, por insignificante que parezca, es causa de indignación y si se logra identificar alguna tomar conciencia de ella e intentar solucionarla, hacerlo, por lo menos en lo que al sujeto concierne, es un paso en el buen sentido. Dice también Hessel que la indignación requiere compromiso, por lo tanto, comenzar por lo cercano, lo vecino, puede ser una solución. Pasamos buena parte de la vida observando alrededor para entender, ver o incluso, relacionarnos mejor con el otro. Distinguir de todo aquello lo que nos indigna, ayuda a la convivencia…


… Observar, requiere, a veces, tomar nota. Iniciaré, entonces, un inventario en desorden y con seguridad incompleto, de situaciones, actitudes, personas, palabras, cosas, que me indignan: me indigna el ruido indiscriminado; me indigna quien hace trampa en las filas, los conductores que, en un trancón, intentan pasar antes de que llegue su turno; me indignan los mentirosos que se creen sus propias mentiras, como sucede con frecuencia con los politiqueros; me indignan los politiqueros corruptos que caen para arriba; me indignan los que aseguran que dedican su vida al bien de la comunidad; me indignan los corruptos; me indignan los paras; me indignan los mafiosos; me indignan los sicarios; me indignan los guerrilleros y secuestradores; 
me indignan los tramposos, los ventajosos, los incumplidos; me indignan los que necesitan un arma para hacerse oír; me indignan los que se creen dueños de la verdad, los que no escuchan; los que, como algunos periodistas de radio, cortan a quienes les contradicen para quedar con la última palabra; me indignan los que pretenden que no tienen influencia en la gente y hablan desde un micrófono a millones de receptores; me indignan quienes no respetan al vecino de casa, de puesto, de calle, de parqueadero; me indignan los dueños de mascotas que no recogen sus excrementos; me indignan los que hablan sin parar; me indignan los pretenciosos; me indignan los que se contentan fácil; me indignan los perezosos; me indignan los que dicen estar cansados para evitar la responsabilidad; me indignan los que siempre buscan un culpable fuera de ellos; me indignan los mandos medios que sólo tienen por función estorbar; me indignan los cobradores que llaman a cobrar los sábados a las siete de la noche; me indignan los banqueros, los industriales y sus balances con ganancias multimillonarias…

… Me indigna pensar que es difícil, imposible, encontrar una empresa o fundación lo suficientemente honesta para manejar fondos dedicados a auxiliar los damnificados de una catástrofe; me indigna la “gotita” que piden en las cajas registradoras de algunos grandes almacenes para engrosar sus donaciones sin decir de dónde vienen y ganar exenciones de impuestos; me indignan las telenovelas que se alargan al infinito y no dicen nada; me indignan los morbosos de los medios masivos de comunicación que sólo buscan la vida privada de los otros para hacerla pública; me indigna la gente que habla en cine, que empuja el espaldar de la silla de adelante, dice lo que va a suceder en la película y además hace comentarios; me indignan los “profes” del fútbol que se contentan con la idea de que “perder es ganar un poco”; me indigna la mediocridad; me indigna la falta de compromiso; me indigna la indolencia; me indignan los lagartos; me indignan los libros mal traducidos y las películas mal dobladas; me indignan los que que se creen “frescos” dizque porque no les indigna nada; me indignan los mercenarios de la moral, la ética y la profesión; me indigna la falta de criterio; me indignan los que “al son que les tocan bailan”; me indignan los zalameros; me indignan los que se hacen tomar fotografías con la mano en el pecho y la mirada en el infinito, me indignan los que se comen ese cuento; me indignan las campañas políticas rastreras que solo buscan exaltar la galería y a punta de “mermelada” convertida en almuerzos o trago consiguen votos; me indignan los que una vez elegidos se vuelven inalcanzables, hasta la campaña siguiente, claro; en general me indignan los políticos. Por supuesto me indignan muchas otras cosas, situaciones y personajes, por ahora y por la coyuntura que nos convoca este domingo once de marzo y también la que se nos viene encima, en mayo, aun estamos a tiempo de indignarnos…



Argumento.
Una mujer, un hombre también, quizá por cosas distintas, decidió hacer un listado de situaciones, actitudes, palabras, personas o sensaciones que la (lo) indignaban. Pronto se dio cuenta de que el listado podía ser extenso y requería de vasta observación. Sin embargo no perdió el ánimo y comenzó, aplicada(o), a tomar nota en un cuaderno de cien hojas. Así comienza la indignación…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara 2011 / 2018

Siete días, una mesa

3 marzo, 2018 § Deja un comentario



Día uno.
En el centro de un salón de diez por diez metros un hombre ocupa una de las doce mesas distribuidas con cierto orden. No mira para ningún lado está casi acostado en la silla imitación mimbre. No quita la mirada de la tablet que sostiene sobre las piernas. Su único movimiento es levantar el brazo y pasar la mano por la cabeza sin pelo. Es un hombre ausente. No nota nada. No ve el que llega, se para en el límite exterior del salón busca entre los presentes y cuando encuentra a quienes busca sonríe como si el descubrimiento lo salvara de algo imposible. Tampoco ve la mujer sola que habla por celular y come al mismo tiempo, consume tres pasteles antes de cortar la llamada y cuando termina lleva la mano frente a los ojos como si quisiera alejar las lágrimas. No ve la mujer que gesticula. No ve nada, solo lo que su pantalla le muestra, que puede ser todo lo que hay alrededor y más. No ve al hombre mayor que derramó un café sobre sus zapatos. Ni siquiera ve la pareja que discutió porque ninguno de los dos quería pagar el consumo, peleó allí a pocos metros de él y luego partió mano entre mano como si nada hubiese pasado. No ve nada o, quizá ve todo pero eso no es nada en comparación con lo que ve en la pantalla de su tablet…

Día dos. En la misma mesa donde vi el hombre ausente hay ahora tres mujeres. Una de las tres habla y escribe en un cuaderno mientras habla; cuando no escribe gesticula, mueve los brazos y las manos y hace lo posible porque las otras dos mujeres entiendan lo que explica. Las otras dos escuchan y miran a la que habla, no hablan ni toman nota, de vez en cuando se lanzan miradas interrogantes pero nada más. Una de las que no habla ocupa la silla donde estaba el ausente, es flaca y seguramente alta, lleva el pelo cogido atrás y parece más pálida de lo normal, quizá porque no tiene maquillaje, quizá porque tiene hambre o quizá porque se quiere ir. Mientras la otra habla apoya los codos en la mesa y junta los puños a la altura de la boca; tiene un lapicero en la mano derecha para simular la intención de tomar nota o para clavarlo como un aguijón en la que habla. De vez en cuando hace movimientos de aceptación con la cabeza, entonces cierra los ojos y se ausenta. Acepta al mover la cabeza, se ausenta al cerrar los ojos. Espera con el lapicero debajo del mentón. Solo mueve las manos, la cabeza y los ojos cuando los abre y los cierra pero no alcanzo a ver su expresión, no alcanzo a ver si miran a la mujer que habla o miran sin ver, una confirmación de su ausencia. Cuando sin mover más que las manos y la cabeza, veo que sus ojos se desvían hacia donde me encuentro, confirmo que ella como el ausente en la misma silla, está ausente, no está donde las otras dos mujeres o incluso yo, creemos que está…

Día tres. La mesa en el centro del salón. Es miércoles antes del medio día y nadie la ocupa. Desierta, sugiere la quietud, la soledad, la espera. La mesa espera que alguien venga y la haga partícipe de alguna historia, de alguna aventura. La soledad trae al recuerdo un ejercicio que hacíamos en los talleres de dibujo: consistía en dibujar los objetos alrededor del sujeto hasta convertirlo en silueta con la vida y personalidad que le atribuía el entorno. Alrededor hay cinco mesas ocupadas: una por una madre joven y su hija que toman jugo y pasteles; otra por una joven que trabaja en su computadora; la siguiente por dos hombres que seguramente discuten un negocio; la cuarta la ocupa una mujer pálida, blanca como un vaso de leche que toma café y revisa papeles; en la quinta dos mujeres jóvenes matan el tiempo, hablan o juegan en sus celulares y no consumen nada. En general los parroquianos consumen poco o nada. Los ruidos abundan. Una voz gangosa pasa por encima de los otros ruidos. Habla rápido y entre frases es interrumpido por otra voz de tono bajo. Las voces vienen de la mesa en el centro del salón. Mientras, como en el taller de dibujo, tracé lo que hay alrededor de la mesa en el centro, dos hombre la ocuparon. El de la voz gangosa es grande, con barriga y suéter verde agua a pesar del clima; el otro es pequeño y permanece agachado mientras hablan. Ocuparon la mesa y no consumen nada, hablan de cosas que no son negocios, no parecen parientes y por la forma como se miran tampoco parecen amigos, quizá son conocidos sin confianza entre ellos…

Día cuatro. La mesa desierta. Por segunda vez la encuentro desierta. Ocupo la mesa de siempre, en la esquina de la izquierda al fondo. En una mesa vecina se sienta una pareja, no son pareja, es decir, no son marido y mujer, quizá son jefe y secretario o patrona y chofer, se comportan como superiora y subordinado. En otra mesa se sienta un hombre con gafas, sin pelo en el cráneo ovalado en exceso, como si hubiera pasado por un molde. El subordinado abandona a la jefe y sale seguramente a buscar el carro. Ella sale en la misma dirección de él, pero después. La mesa en el centro sigue desierta. Quienes vienen ocupan las mesas libres alrededor pero nadie, hasta ahora, ha pensado o por lo menos ha hecho el intento de ocuparla. Algo debe suceder porque nadie llega hasta allí. Es temprano, supongo, para tranquilizar la curiosidad que me causa la mesa desierta con todo el movimiento alrededor, como si una barrera invisible lo impidiera. El subordinado y la jefe regresan y ocupan otra mesa distinta a la que abandonaron, sus roles no han cambiado: ella habla, él responde, ella ordena él obedece; es lo que parece por la expresión de sus ojos y la inclinación de su cabeza. No escucho lo que hablan. Los ruidos de motores, roces y voces de gentes que hablan al tiempo, me impiden escuchar con claridad, es como un amasijo de sonidos al que me cuesta acostumbrarme, a veces lo distingo a veces no, pero es seguro que siempre está. La mesa en el centro sigue desierta y quieta pero alrededor nada se detiene…

Día cinco. En el centro del salón donde siempre hay una mesa, desierta los últimos días; hoy, no hay mesa ni sillas y su espacio en el centro es un vacío. Las mesas alrededor están ocupadas por gentes que sin compañía o con compañía hablan por sus celulares. De repente se escucha un llamado: ¡señora Ángela! fue un llamado sin respuesta. Luego vino el mismo llamado en tono más alto, sin respuesta también. Y llegó el grito, primero una vez: ¡señora Ángela!, luego dos y luego tres veces. Una mujer rubia que hasta ese momento habló por celular con la cara pegada a la mesa, levantó la mirada al escuchar el grito tres veces, cayó en la cuenta de que era a ella a quien llamaban, se levantó y fue hasta el mostrador a enfrentar al flaco alto, casi dos metros, sin pelo, con frenillo y brazos tatuados que la llamó con insistencia. No se miraron o quizá sí pero no fue una mirada intensa, tímida la de ella de reproche la de él cuando le entregó el desechable con el café que había ordenado. Ángela recogió el desechable sin decir gracias y salió del lugar por el borde más alejado, seguía hablando por celular pero incómoda, el aparato y el desechable en la misma mano porque en la otra llevaba bolsas de plástico de apariencia pesadas. Mientras sucedió el drama de Ángela una mujer del servicio barrió alrededor de mi mesa y en el espacio desierto donde se debía encontrar la mesa central. ¿Preparaba el regreso de la mesa?, es posible, sin embargo me hizo sentir como el jubilado que debe levantar los pies en la sala de su casa para que barran debajo de su silla porque deja caer harinas cuando come galletas…

Día seis. La mesa en el centro, no está en el centro. La desplazaron a la izquierda. Cuatro mujeres en pantaloneta hablan al tiempo en una mesa de la derecha. En otra mesa un hombre que habla duro y da órdenes pidió desde su puesto un café sin nada. Sin nada es sin crema, sin azúcar y quizá sin café. Después hizo una llamada y dijo: Jaime esta noche invito yo. Y corto la llamada. Después hizo otra llamada, dio tres órdenes y cortó. Después, cuando ya había dejado el celular sobre la mesa y parecía que no lo iba a utilizar más una niña de dos o tres años apareció, el hombre comenzó a jugar con ella escondiendo la cara detrás del celular, la niña se asustó y corrió llorando hacia donde estaba su mamá. En pose de tener una orden atascada en alguna parte el hombre esperó hasta que otro personaje, pensé que se trataba de un amigo pero me equivoqué, era un subalterno, se acercó con timidez. El hombre le señaló el espacio vacío donde debía haber una silla, el subalterno pidió permiso para tomar una libre de mi mesa y regresó donde esperaba el jefe. Puso la silla al frente de él y se iba a sentar pero con el índice, sin hablar, el jefe le ordenó que pusiera la silla a su lado, entonces con voz de jefe dijo: pida lo que quiera, yo pago. Después comenzó a murmurar órdenes. Las respuestas del subalterno eran cortas, concisas: sí o sí señor. Cuando partí la mesa en el centro que hoy no está en el centro seguía desierta; las cuatro mujeres en pantaloneta seguían hablando al tiempo y el jefe seguía dando órdenes al subalterno que movía la cabeza como un perro de loza…

Día siete. La mesa desierta, hoy no está desierta, hoy la ocupo yo. Todas las mesas están ocupadas. Todas son para cuatro. Espero que algo suceda, no sé qué pero espero. Mientras  tanto escribo y espero lo que hasta este momento no llega. A nadie parece importarle mi presencia allí. Si partiera, imagino que ninguno de los presentes lo notaría, quizá sí la señora mayor, muy mayor, que me mira. Mientras escribo en mi celular puedo mirarla entre frases; la mujer me mira con curiosidad, quizá se pregunta qué será lo que tanto hace ese señor con el celular que lo toca sin parar con los pulgares. Por momentos la mujer desiste y mira el piso pero la curiosidad le gana y vuelve a mirar hacia la mesa del centro. Su cara no tiene expresión, es seria, su boca permanece apretada, el pelo blanco, corto, enmarca su figura fatigada; lo único en ella que no parece quieto son los ojos que miran al hombre, yo, en el centro del espacio cuadrado con mesas, en este momento, ocupadas. La mujer mayor, muy mayor, mira mientras con las manos cruzadas entre las piernas parece contar lo momentos, los minutos, que lleva allí concentrada en el hombre, yo, que no levanta los ojos del celular. El tiempo pasa, la mujer mayor, muy mayor, no cambia de posición, la pareja, quizá los hijos, que la dejaron allí no regresan; el hombre, yo, en la mesa del centro tampoco se mueve, solo mueve los pulgares sobre la pantalla del celular. Ni ella ni él, yo, se mueven, parecen clavados en sus puestos. A la hora de partir dejo en mi lugar el recuerdo de mi paso para que la acompañe mientras la pareja que la llevó hasta allí, quizá sus hijos, regresa…
Argumento. La mesa del fondo es la única, dijo el hombre, también puede ser una mujer. En esa mesa, la única, con vista sobre lo que va y viene, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara 2018

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