Ver… oír… sentir…

24 febrero, 2018 § Deja un comentario


“Vamos detrás de alguien o alguien nos está persiguiendo” escuché decir en una esquina. Por el tono fue un hombre mayor quien lo dijo. Escuché la frase en el momento en que dos personas pasaban a mi lado, sin embargo no les puedo atribuir lo dicho porque “seguir o ser seguido” es una sensación corriente en estos tiempos de virtualidad sin límite. Por mi parte no tengo la sensación de ir detrás de nadie, tengo más bien el pálpito de que alguien me sigue o me persigue como anunció la frase aquel día. Lo he notado porque la virtualidad me ha puesto frente a situaciones, textos que parecen escritos por mí. He intentado en los últimos años, diez o más, narrar las situaciones con las que me cruzo en la calle, en lugares públicos, en filas o en esquinas. La sensación apareció después de encontrarme en la virtualidad con textos que narran encuentros o cruces con personajes y situaciones que parecen salidos de los que me suceden en lugares donde los presentes, en general, están en medio de alguna ficción íntima que los gobierna. He llegado a la conclusión y lo he dicho cuando he tenido la ocasión que buscando ficciones en los otros encuentro las mías; fue quizá lo que sucedió con aquellos textos, aunque vienen de otro, de otro que los escribió, son míos. Las ficciones viven a flor de piel y encontrarlas está al alcance de todos, solo requiere ver, oír y sentir: ver distinto, oír mejor, sentir al otro. He aquí ejemplos de lo visto, oído y sentido en la esquina de una iglesia el día que el reloj marcaba trece minutos para las doce…


… Me detiene el semáforo en la esquina nororiental. Pasa un carro blanco, pasa un bus de Sabaneta, pasa una señora con una carreta cargada con canastos vacíos. Me detienen los ruidos y el movimiento. Tropiezo con otra señora que no me mira. Llego a la esquina. Carrera cuarenta y dos, calle treinta y siete sur. Llego al lado del poste. A mi izquierda la fachada de un banco. Un hombre con un perro espera. La calle, los carros pasan. Varias personas esperan que el semáforo cambie. El café llamado “El Arca” que parecía llevar décadas abierto ya no existe, ahora hay un edificio nuevo. Un hombre con camisa azul espera cerca del vendedor de periódicos. En la esquina opuesta al banco hay otro banco. En una de las puertas del segundo banco un grupo de jubilados esperan la hora del almuerzo, faltan trece minutos en el reloj de la iglesia. Un ciclista, en bicicleta de carreras, pasa entre el tráfico. En muros de cemento, puestos allí para que la gente se siente en ellos una anciana con una flor tatuada en el brazo izquierdo y vestido morado con pechera tejida a mano, se maquilla; una joven a su lado habla por celular, se parecen. Otra mujer vestida de rojo hasta las medias come pastel de pollo y camina sin afán. Un mensajero de restaurante pasa apurado, lleva una olla grande, la olla pesa, se siente en su mirada, a pesar de que es joven y parece fuerte descansa en el semáforo mientras la luz para peatones cambia a verde; mira para todos lados con la intención pedir ayuda pero nadie mira a nadie y no se atreve. Una pareja se encuentra. El hombre dice: “cómo estás mi amor” y quiere abrazar a la mujer que lo esquiva y responde: “muy bien y usted”…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. Veo un ciego en un asiento de plástico rojo, no lo había visto antes. Cambio de lugar, me acerco al poste del alumbrado público. Un poco más arriba de mi cabeza un aviso pegado al poste anuncia: “Vendo apartamento nuevo. Ciento dos metros cuadrados, tres cuartos con clóset, dos baños, dos patios, salón comedor, biblioteca, cocina integral con barra, horno de gas, calentador de agua, zona de ropas, mirador, piso doce en edificio estrato tres, excelente ubicación, y lindos acabados. Precio bajo”. Siguen unos números de teléfono. Nadie mira el aviso…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. Una mujer joven vestida con ropa dos tallas más pequeña cruza la calle. El ruido del tráfico aumenta. El vendedor de salpicón habla por celular y los jubilados siguen recostados a la misma puerta en poses distintas. El ciclista, en bicicleta de carreras, pasa por segunda vez con la mirada fija al frente. Hay gentes que van cogidos de la mano y conversan; otros, la mayoría, van solos. El ruido de una moto causa un sobresalto en la anciana que se maquilla. Cuatro vendedores de minutos se disputan la clientela, doscientos pesos el minuto nacional y quinientos en internacional. Tres mujeres caminan en direcciones opuestas y hablan por celular; otra, con tacones dorados y vestido negro pasa veloz entre la gente, se pierde más allá del semáforo. Un de las que habla mientras camina intenta pasar la calle, casi la atropella un carro. Si alguien pregunta qué hago y si digo lo que hago y por qué, no me va a creer. A mi lado se sienta un hombre que habla solo. Tal vez hace lo mismo que yo, registra lo que ve y después lo escribe. Un hombre con pantalones grandes pasa apurado, cada tres pasos se le caen, desaparece tras otros que vienen en sentido contrario y por el ruido de la calle hablan en voz alta, el que viene a la derecha dice: “…me lo dijo llorando…”, hablan de alguien que esperaba algo que no llegó y se puso a llorar. La anciana de vestido morado con pechera tejida a mano, que se maquilla hace ya un buen momento, se compra una paleta. La saborea. La joven a su lado, que se le parece, no es su hija, viéndolo bien no se le parece. El ciclista, en bicicleta de carreras, pasa por tercera vez…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. De los cinco jubilados solo quedan tres. No me atrevo a tomar fotos para no parecer indiscreto. Un hombre mayor deja cerca de mi a otro ya anciano, quizá su papá. Al anciano no le preocupa esperar allí. El otro, quizá el hijo, entra a uno de los bancos. A doscientos pesos el minuto la mujer que habla por celular se debe haber gastado ya una buena suma. Dos de los jubilados creen que soy uno de ellos y esperan que los salude. La gente pasa con problemas a cuestas, a algunos se les notan, no se los pueden dejar a nadie. Nadie los recibiría. Un hombre con botellas de cerveza entre los brazos está a punto de ser atropellado por un camión, después por una moto, dos botellas caen al piso y no se rompen. Tres policías aparecen y toman fotos, nadie los ve. Pasa una mujer con un celular en la mano, corre. Un levantador de pesas, un hombre grande, viste una camiseta que deja su musculatura al aire, frente a mí se cruza con una mujer sin músculos pero con tetas que desbordan su camiseta igual a la del levantador de pesas…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. Me alejo del poste donde está la oferta de apartamento y paso al lado del vendedor de aguacates y mangos que un cliente pulsa como si fueran aguacates. El hombre que vende café no tiene clientes. A pocos metros un hombre con gafas de sol y montura blanca mira. No veo para donde mira, es posible que no mire. Una monja busca la hora en su bolso, la encuentra, y se va. El ciclista, en bicicleta de carreras, pasa por cuarta vez y se detiene, la mirada fija en algo que no alcanzo a distinguir. A su lado veo un vendedor con maletín negro, parece vendedor de Biblias, busca un cliente. Un perro gris más grande que la mujer que lo lleva pasa a mi lado, el perro no obedece. Un vaquero con cinturón de remaches, pantalón blanco estrecho, botas con amarre bajo la rodilla, piernas encorvadas de arrendador de caballos que lo hacen ver corto se sienta al lado del anciano, creo que le habla. La anciana tatuada terminó su paleta y desapareció. El ciego cansado de estar sentado se para y parte. El hijo del hombre mayor que habla solo a mi lado, volvió por él y se alejan ni mirarse. El vaquero se queda mirando cómo se alejan. La mujer de sombrero negro y gafas de sol cambia de lugar y se muestra inquieta, seguramente espera algo…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. La chica que habla por celular levanta aun más la voz. En el lugar donde se encontraba el hombre de las gafas con montura blanca está, ahora, otro que lleva en brazos un perro diminuto que nadie mira. Espera. Todos parecen esperar. Los carros pasan, los camiones pasan. Un señor que llega a la esquina por primera vez se para a mi lado y saca la mano para sentir si llueve, cuando confirma que no llueve, mira el reloj y compara su hora con la del reloj de la iglesia, faltan trece minutos para las doce, se desconcierta, cree que su reloj está parado. El vendedor de Biblias se fue con un colega. El ciclista partió a dar otra vuelta. No espero más y también me voy. En el reloj de la iglesia faltan trece minutos para las doce…
Argumento. Vivimos con las ficciones a flor de piel, dijo el hombre en la esquina… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara 2015 / 2018

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