Paisaje urbano con figuras que pasan

10 febrero, 2018 § Deja un comentario

Cada vez que alguien se encuentra entre los sofocos de la multitud la tabla de salvación para pasar el bache es la conexión con lo que hay más allá o más acá. El celular es esa tabla, es la puerta de escape, la salida. Se trata de una solución que no ofrece muchas diferencias. Salir de un lugar para llegar a otro seguramente igual donde las afugias son las mismas y la gente también, sin olor y sin tacto pero con imagen y voz. Dudo si las ficciones o los sueños que cada uno carga aquí o allá son iguales. La sensación de uniformidad es mayor cada día, todos parecen pensar, hacer o incluso decir igual, sin mencionar que para sobrevivir en alguno de los dos lados el uniforme generalizado de pies a cabeza que nos convierte en miembros de un batallón que marcha en la misma dirección es un deber. Me sucede con frecuencia cuando veo pasar la multitud. He aquí algunos de aquellos que pasan…

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… En un lugar donde los presentes se miden zapatos a discreción quiero tomar la foto de una mujer que ha ensayado varios pares y no ha llevado, hasta el momento, dos zapatos iguales en los pies. De repente la mujer desaparece, ignoro si con los zapatos de ella o con los zapatos cambiados y no hice la fotografía. Parece natural la actitud de quienes ensayan zapatos. Primero eligen entre una oferta difícil y después, con gestos cansados, se quitan uno de los zapatos que llevan, en general el derecho y se ponen el elegido. Casi siempre quien ensaya zapatos va acompañado por alguien que no espera cambiar los que lleva puestos, mira con ojos de aceptar los que ensaya quien acompaña y no habla, asiente con la cabeza para adelante y para atrás, para arriba y para abajo…

… Dos mujeres iguales. La misma camisa oscura, negra con puntos blancos; gafas redondas y grandes; pelo largo, brillante, apretado adelante y cogido en cola con puntas ensortijadas. Las veo de la cintura para arriba cuando están de pie; cuando están sentadas solo veo hasta la mitad de las gafas grandes. Deben ser de la misma estatura. Son iguales en tamaño, en el tono de la voz, en el color del pelo, en la redondez de los implantes. En todo son iguales. La gente se acerca y les habla. Pensé que lo hacían para constatar qué tan iguales eran. Si bien esa puede ser una razón de peso, hay otra importante, las dos mujeres iguales son organizadoras de turnos. A medida que la gente llega, ellas le dan turno para que pasen al otro lado de la puerta de vidrio donde no sé que hay. Cuando la puerta se abre solo veo un pasillo profundo y oscuro. Adjudican los turnos: primero, segundo, tercero, según el orden de llegada de los candidatos. Si en algún momento hay saturación de espacio ellas organizan de tal manera que los nuevos tengan sus turnos al día siguiente o dos días después o nunca, aunque creo que esa posibilidad no se ha presentado porque todo el que pide un turno lo recibe, más allá o más acá en el tiempo, pero lo recibe. Las mujeres iguales no cesan de verificar identidades, de recibir y llenar órdenes de ingreso. Inician la jornada a primera hora y la terminan a la última, quizá tienen una hora de pausa al medio día pero eso no es evidente porque el flujo de candidatos es continuo y también porque debe ser difícil encontrarles reemplazo…

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… Aníbal, es su nombre, lo lleva marcado en el pecho. Siempre lo acosan, lo tienen de un ala, como dicen en la calle. El que llega lo llama. Después del primero llega otro y también lo llama y después otro y otro y todos lo llaman. Aníbal deja que lo llamen y le digan lo que tienen para decir. Quizá eso le divierte y no se preocupa, reparte instrucciones y sigue con lo que tenía entre manos, es decir, esperar que llegue el que sigue. Aníbal no es jefe, no tiene la cara ni el distintivo. Aníbal es solo uno que sabe más que los otros y los organiza. Necesitaría el distintivo porque su apariencia es promedio y en cualquier lugar pasaría desapercibido; sin embargo con sus ojos chiquitos, su pelo corto, engominado en las puntas y la tablet que manipula con facilidad, no pasa desapercibido. No imagino nada de él, nada. Solo me preguntó por qué lo buscan tanto. Hay quienes ven cosas en los otros que no todo el mundo ve. Por momentos lo pierdo de vista pero al cabo de cierto tiempo reaparece y su actitud es la misma. Cada vez que reaparece es como si todo recomenzara, aquellos que lo van a acosar llegan, él hace lo que tiene que hacer y nada cambia hasta que lo pierdo de vista de nuevo. Aníbal es un repetir interminable…

… Ocupo una silla libre, hay dos, frente a una mujer madura que mira con atención un cartapacio de hojas con apariencia de facturas o recibos. La mujer no tiene expresión en su cara, no alcanzo a ver sus ojos por las gafas para ver que lleva pero su boca parece fruncida como si hiciera fuerza; tiene boca pequeña, más pequeña de lo normal y por eso parece fruncida. Las manos, posibles delatoras de alguna angustia derivada del estudio de los papeles, parecen firmes. La mujer está recostada con las piernas cruzadas, nada en ella, salvo la boca fruncida y los papeles, suponen una angustia, un descalabro o el objeto de una preocupación, sobre todo por la posibilidad de que sean facturas o recibos que pocas veces traen buenas nuevas y obligan a fruncir la boca…

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… Un hombre con el dedo indice de la mano derecha en la boca, sin pelo, con bluyín y tenis y el celular pegado al oido, sin hablar, reemplaza a la mujer de la boca fruncida. El hombre llega en el momento en que dos jovencitas en pantaloneta pasan. Las jovencitas lo aturden, al punto que cae en la silla y las sigue con la mirada perdida hasta que desaparecen detrás de un poste. El hombre quedó quieto, con el dedo en la boca, la mirada perdida y el celular en el oído pero sin decir palabra…

… La mujer se maquilla, arregla sus cejas, las estira, pone brillo en sus labios y después crema humectante en manos y brazos; sin mirar para ningún lado en especial peina el cabello que va hasta más abajo de los hombros y se queda quieta, recuesta la cabeza contra el paral al lado de su puesto y piensa, no deja ver en qué piensa. Fue el primer personaje del día. Veo otros con cara de no tener tiempo y policías con cara de sí tener tiempo. A mi lado dos mujeres, una mayor y otra joven, se despiden más de una vez; cada vez que se dicen adiós resulta un nuevo tema y arrancan a hablar de nuevo, hasta el siguiente adiós. Por el pasillo por donde deben llegar quienes espero aparece una mujer pequeña, los brazos tatuados con flores de colores y gafas en la cabeza para sostener el peinado. La he visto antes solo sin gafas…
Argumento. No veo a nadie conocido, sin embargo los que pasan no son desconocidos, dice el hombre, también puede ser una mujer… Entre conocidos por reconocer y desconocidos por conocer comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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