Ver… oír… sentir…

24 febrero, 2018 § Deja un comentario



“Vamos detrás de alguien o alguien nos está persiguiendo” escuché decir en una esquina. Por el tono fue un hombre mayor quien lo dijo. Escuché la frase en el momento en que dos personas pasaban a mi lado, sin embargo no les puedo atribuir lo dicho porque “seguir o ser seguido” es una sensación corriente en estos tiempos de virtualidad sin límite. Por mi parte no tengo la sensación de ir detrás de nadie, tengo más bien el pálpito de que alguien me sigue o me persigue como anunció la frase aquel día. Lo he notado porque la virtualidad me ha puesto frente a situaciones, textos que parecen escritos por mí. He intentado en los últimos años, diez o más, narrar las situaciones con las que me cruzo en la calle, en lugares públicos, en filas o en esquinas. La sensación apareció después de encontrarme en la virtualidad con textos que narran encuentros o cruces con personajes y situaciones que parecen salidos de los que me suceden en lugares donde los presentes, en general, están en medio de alguna ficción íntima que los gobierna. He llegado a la conclusión y lo he dicho cuando he tenido la ocasión que buscando ficciones en los otros encuentro las mías; fue quizá lo que sucedió con aquellos textos, aunque vienen de otro, de otro que los escribió, son míos. Las ficciones viven a flor de piel y encontrarlas está al alcance de todos, solo requiere ver, oír y sentir: ver distinto, oír mejor, sentir al otro. He aquí ejemplos de lo visto, oído y sentido en la esquina de una iglesia el día que el reloj marcaba trece minutos para las doce…


… Me detiene el semáforo en la esquina nororiental. Pasa un carro blanco, pasa un bus de Sabaneta, pasa una señora con una carreta cargada con canastos vacíos. Me detienen los ruidos y el movimiento. Tropiezo con otra señora que no me mira. Llego a la esquina. Carrera cuarenta y dos, calle treinta y siete sur. Llego al lado del poste. A mi izquierda la fachada de un banco. Un hombre con un perro espera. La calle, los carros pasan. Varias personas esperan que el semáforo cambie. El café llamado “El Arca” que parecía llevar décadas abierto ya no existe, ahora hay un edificio nuevo. Un hombre con camisa azul espera cerca del vendedor de periódicos. En la esquina opuesta al banco hay otro banco. En una de las puertas del segundo banco un grupo de jubilados esperan la hora del almuerzo, faltan trece minutos en el reloj de la iglesia. Un ciclista, en bicicleta de carreras, pasa entre el tráfico. En muros de cemento, puestos allí para que la gente se siente en ellos una anciana con una flor tatuada en el brazo izquierdo y vestido morado con pechera tejida a mano, se maquilla; una joven a su lado habla por celular, se parecen. Otra mujer vestida de rojo hasta las medias come pastel de pollo y camina sin afán. Un mensajero de restaurante pasa apurado, lleva una olla grande, la olla pesa, se siente en su mirada, a pesar de que es joven y parece fuerte descansa en el semáforo mientras la luz para peatones cambia a verde; mira para todos lados con la intención pedir ayuda pero nadie mira a nadie y no se atreve. Una pareja se encuentra. El hombre dice: “cómo estás mi amor” y quiere abrazar a la mujer que lo esquiva y responde: “muy bien y usted”…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. Veo un ciego en un asiento de plástico rojo, no lo había visto antes. Cambio de lugar, me acerco al poste del alumbrado público. Un poco más arriba de mi cabeza un aviso pegado al poste anuncia: “Vendo apartamento nuevo. Ciento dos metros cuadrados, tres cuartos con clóset, dos baños, dos patios, salón comedor, biblioteca, cocina integral con barra, horno de gas, calentador de agua, zona de ropas, mirador, piso doce en edificio estrato tres, excelente ubicación, y lindos acabados. Precio bajo”. Siguen unos números de teléfono. Nadie mira el aviso…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. Una mujer joven vestida con ropa dos tallas más pequeña cruza la calle. El ruido del tráfico aumenta. El vendedor de salpicón habla por celular y los jubilados siguen recostados a la misma puerta en poses distintas. El ciclista, en bicicleta de carreras, pasa por segunda vez con la mirada fija al frente. Hay gentes que van cogidos de la mano y conversan; otros, la mayoría, van solos. El ruido de una moto causa un sobresalto en la anciana que se maquilla. Cuatro vendedores de minutos se disputan la clientela, doscientos pesos el minuto nacional y quinientos en internacional. Tres mujeres caminan en direcciones opuestas y hablan por celular; otra, con tacones dorados y vestido negro pasa veloz entre la gente, se pierde más allá del semáforo. Un de las que habla mientras camina intenta pasar la calle, casi la atropella un carro. Si alguien pregunta qué hago y si digo lo que hago y por qué, no me va a creer. A mi lado se sienta un hombre que habla solo. Tal vez hace lo mismo que yo, registra lo que ve y después lo escribe. Un hombre con pantalones grandes pasa apurado, cada tres pasos se le caen, desaparece tras otros que vienen en sentido contrario y por el ruido de la calle hablan en voz alta, el que viene a la derecha dice: “…me lo dijo llorando…”, hablan de alguien que esperaba algo que no llegó y se puso a llorar. La anciana de vestido morado con pechera tejida a mano, que se maquilla hace ya un buen momento, se compra una paleta. La saborea. La joven a su lado, que se le parece, no es su hija, viéndolo bien no se le parece. El ciclista, en bicicleta de carreras, pasa por tercera vez…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. De los cinco jubilados solo quedan tres. No me atrevo a tomar fotos para no parecer indiscreto. Un hombre mayor deja cerca de mi a otro ya anciano, quizá su papá. Al anciano no le preocupa esperar allí. El otro, quizá el hijo, entra a uno de los bancos. A doscientos pesos el minuto la mujer que habla por celular se debe haber gastado ya una buena suma. Dos de los jubilados creen que soy uno de ellos y esperan que los salude. La gente pasa con problemas a cuestas, a algunos se les notan, no se los pueden dejar a nadie. Nadie los recibiría. Un hombre con botellas de cerveza entre los brazos está a punto de ser atropellado por un camión, después por una moto, dos botellas caen al piso y no se rompen. Tres policías aparecen y toman fotos, nadie los ve. Pasa una mujer con un celular en la mano, corre. Un levantador de pesas, un hombre grande, viste una camiseta que deja su musculatura al aire, frente a mí se cruza con una mujer sin músculos pero con tetas que desbordan su camiseta igual a la del levantador de pesas…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. Me alejo del poste donde está la oferta de apartamento y paso al lado del vendedor de aguacates y mangos que un cliente pulsa como si fueran aguacates. El hombre que vende café no tiene clientes. A pocos metros un hombre con gafas de sol y montura blanca mira. No veo para donde mira, es posible que no mire. Una monja busca la hora en su bolso, la encuentra, y se va. El ciclista, en bicicleta de carreras, pasa por cuarta vez y se detiene, la mirada fija en algo que no alcanzo a distinguir. A su lado veo un vendedor con maletín negro, parece vendedor de Biblias, busca un cliente. Un perro gris más grande que la mujer que lo lleva pasa a mi lado, el perro no obedece. Un vaquero con cinturón de remaches, pantalón blanco estrecho, botas con amarre bajo la rodilla, piernas encorvadas de arrendador de caballos que lo hacen ver corto se sienta al lado del anciano, creo que le habla. La anciana tatuada terminó su paleta y desapareció. El ciego cansado de estar sentado se para y parte. El hijo del hombre mayor que habla solo a mi lado, volvió por él y se alejan ni mirarse. El vaquero se queda mirando cómo se alejan. La mujer de sombrero negro y gafas de sol cambia de lugar y se muestra inquieta, seguramente espera algo…


… Faltan trece minutos para las doce en el reloj de la iglesia. La chica que habla por celular levanta aun más la voz. En el lugar donde se encontraba el hombre de las gafas con montura blanca está, ahora, otro que lleva en brazos un perro diminuto que nadie mira. Espera. Todos parecen esperar. Los carros pasan, los camiones pasan. Un señor que llega a la esquina por primera vez se para a mi lado y saca la mano para sentir si llueve, cuando confirma que no llueve, mira el reloj y compara su hora con la del reloj de la iglesia, faltan trece minutos para las doce, se desconcierta, cree que su reloj está parado. El vendedor de Biblias se fue con un colega. El ciclista partió a dar otra vuelta. No espero más y también me voy. En el reloj de la iglesia faltan trece minutos para las doce…
Argumento. Vivimos con las ficciones a flor de piel, dijo el hombre en la esquina… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara 2015 / 2018

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Diez años después de Niágara

17 febrero, 2018 § Deja un comentario


Amanece. La cámara planea sobre las cataratas del Niágara y luego baja hasta la base donde la primera luz y el agua que salpica en todos los sentidos dan forma a un arcoíris. Un hombre camina entre las rocas que bordean la corriente mientras se pregunta qué tienen las cataratas que lo atraen y lo obligan a estar allí a esa hora ¿para mostrarle los grandes que son y lo pequeño que él es?, ¿para recordarle que ellas no necesitan de nadie para ser como son y él sí? La cámara sigue al hombre que más tarde camina por las calles desiertas hasta un lugar llamado Cabañas Arcoíris. El hombre llega hasta su cabaña y se detiene en la puerta mientras busca las llaves. La cámara hace un corte al interior. Una mujer rubia, quizá desnuda, fuma recostada en la cama apenas iluminada por las primeras luces del amanecer. El crujido de pasos y llaves anuncian una presencia en el exterior, la mujer apaga el cigarrillo y simula dormir. El hombre entra en la habitación, observa el cuerpo cubierto por la sábana, la llama por su nombre: Rose… Rose…, ella no responde, simula dormir. El hombre se acuesta en la cama gemela y cierra los ojos. La cámara vuelve a la mujer que mira al hombre con desdén y se voltea para el otro lado. Ella se llama Rose Loomis, él, George Loomis, su marido, veterano de la guerra de Corea quien poco tiempo antes dejó el hospital militar donde estuvo recluido por depresión…

… La cámara hace un nuevo corte a otra pareja que llega a las Cabañas Arcoíris en luna de miel. Son los Cuttler, Polly y Ray. Deben ocupar la cabaña que los Loomis no han liberado y no van a liberar porque según Rose, su marido sigue convaleciente. Los recién llegados aceptan la explicación y toman otra cabaña. Al día siguiente en su primera excursión a las Cataratas los Cuttler descubren a Rose disimulada entre puentes, barandas y agua por todos lados, besándose con un hombre que no es su marido. Esa misma noche Rose Loomis, rubia deslumbrante, vestida con un provocador conjunto sale de su cabaña, se aproxima a un grupo que celebra en el espacio central de las Cabañas Arcoíris y pide a quien administra la música que ponga un disco en especial. George no soporta escuchar aquella música, sale de la cabaña y rompe el disco con tan mala suerte que se corta la mano. Polly es enfermera y su primera reacción es ir a la cabaña de los Loomis a curar a George. Allí se entera de cómo los Loomis se conocieron y de lo mal que van en su matrimonio. Polly no dice a George del descubrimiento de esa mañana en las cataratas…

… De nuevo un corte de cámara a una cabina telefónica donde Rose, la rubia deslumbrante, habla en voz baja con su amante. Planean matar al marido depresivo y celoso. El plan es sencillo. Rose atraerá al marido hasta un almacén de souvenirs cerca de las cataratas donde se encuentra el amante que se las ingeniará para llevarlo a las cataratas y matarlo allí mismo. Antes de salir del almacén, seguido por el marido, el amante escribe en una postal que deja a la vista de Rose: “Si todo sale bien las campanas de la torre tocarán nuestra canción”. Más tarde la canción suena en la torre y Rose asume que su amante cumplió con la misión. George no regresa esa noche ni al día siguiente. Rose anuncia su preocupación a los Cuttler. Denuncian la desaparición a la policía y la búsqueda empieza por los casilleros para turistas donde encuentran unos zapatos que Rose reconoce como los de su marido. Más tarde cuando descubren un cadáver, llevan a Rose a la morgue para identificarlo y se desmaya al verlo, los presentes creen que el muerto es George. Rose que hasta ese momento no se ha preocupado por su amante, el plan es encontrarse en otro lugar cuando el cuerpo del marido esté bien enterrado, es llevada al hospital porque no se recupera de su desmayo…

… Entonces sucede lo inesperado. Los Cuttler ocupan la cabaña que los Loomis dejaron por fin libre después de la tragedia. Esa misma noche Polly abrumada por los hechos quiere descansar temprano y se refugia en la cabaña a donde llega George Loomis, sin que nadie lo vea, ignora que ya no es su cabaña. ¿De quién era el cadáver que Rose vio en la morgue? Del amante confirma George a Polly. En ese momento George no existe, está muerto para todos. Rose sigue en el hospital. Nadie sabe que el cadáver es el de su amante. George está seguro de que Rose no dirá nada y a la primera oportunidad intentará partir, pero él, a pesar de todo, la quiere ver, va al campanario y en la urna de las solicitudes musicales pide la canción que el amante había prometido. George y Rose se encuentran en el campanario, ella intenta huir pero él la persigue hasta el último piso donde están los carillones y allí, bajo el sonido de las campanas y la canción, George estrangula a Rose con el pañuelo que llevaba al cuello. Sin embargo, la aventura no termina en el campanario, el final de Niágara es feliz para unos y doloroso para otros…

… Henry Hathaway dirigió a Marilyn Monroe y Joseph Cotten, los Loomis; y Jean Peters y Max Showalter, los Cuttler durante el verano de 1952 en Niágara, la número once de las treinta películas que Marilyn protagonizara. Fue el momento estelar de su carrera, nunca antes había tenido tanto éxito como tuvo después de esta película que la convirtió en estrella y símbolo sexual, además de ingenua, sensual y fatal. Diez años después, en el verano de 1962, Marilyn fue encontrada sin vida. Ese mismo año Andy Warhol realizó una de sus obras más importantes a partir de la fotografía de Marilyn que tomara Gene Korman para la publicidad de Niágara. Con esta obra Warhol convirtió el símbolo sexual en ícono del consumo y la cultura occidental, como hizo con la sopa Campbell’s, las latas de Coca-Cola, la caja de toallas Brillo e incluso con otras figuras públicas como Mickey Mouse, Elizabeth Taylor, Jacqueline Kennedy, Elvis Presley, John Lennon, la Reina Isabel, Michael Jackson, Muhammad Ali o incluso Mao en los primeros años setenta. Serigrafía, la técnica que utilizó Warhol para sus obras, sencilla si se la mira con ojos del siglo XXI fue una innovación, abrió la puerta al Op Art y entró en franca competencia con los expresionistas abstractos de los años cincuenta como Robert Rauschenberg, Jasper Johns o Willem de Kooning…

… Con colores planos, vivos, apoyados en formas y líneas inesperadas sin perder la identidad del sujeto, sino, proponiendo otra forma de verlo e identificarlo, los retratos de Warhol dieron, no solo a Marilyn, también a los otros sujetos, permanencia sin fin en el imaginario occidental. Las diez versiones de Marilyn, iguales pero distintas en color, composición y transparencia son la revelación de su especial belleza, sus actuaciones, sus personajes, sus desgracias e inseguridades. Siempre pensé que el lunar en la mejilla derecha, resaltado en las obras de Warhol con colores distintos según la composición, eran, para llamarlo de alguna manera, una coquetería para atraer admiradores. Hace pocos días caminando por la carrera Junín en el centro de Medellín me encontré frente a frente con una copia al óleo de la fotografía de Gene Korman. Me detuve para mirarla, quién no se detiene a mirar a Marilyn. La gente pasaba a mi lado, algunos se cruzaron entre la versión local de la fotografía recostada contra la pared y yo, otros me estrujaron en su afán por llegar a tiempo a una cita o distraídos en las pantallas de sus celulares. Entre unos y otros noté que el óleo, de formato igual a las obras de Warhol, no tenía el lunar en la mejilla derecha sino en la izquierda de la diva. Es posible, me dije entonces, que los retratos de Warhol no sean retratos de Marilyn sino retratos de Rose Loomis, la rubia fatal de Niágara, y el verdadero retrato de Marilyn sea el que se cruzó en mi camino aquel día en Junín. La duda no me abandonó hasta regresar a casa y buscar en internet los archivos de la diva. En muchos aparece sin lunar, incluso en uno de los afiches promocionales de Niágara, cuando Polly la descubre besándose con su amante, Rose o Marilyn no lleva el famoso lunar. Imaginé la posibilidad de que fuera un agregado que ella quitaba y ponía según el momento y en ocasiones lo olvidaba…

Argumento. Niágara se filmó en el verano de 1952 diez años antes de la muerte de Marilyn en el verano de 1962. En Niágara Marilyn muere a manos de su marido. Es posible entonces que las fechas de la muerte en la ficción y la muerte en la llamada realidad sean la misma… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior  Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Paisaje urbano con figuras que pasan

10 febrero, 2018 § Deja un comentario


Cada vez que alguien se encuentra entre los sofocos de la multitud la tabla de salvación para pasar el bache es la conexión con lo que hay más allá o más acá. El celular es esa tabla, es la puerta de escape, la salida. Se trata de una solución que no ofrece muchas diferencias. Salir de un lugar para llegar a otro seguramente igual donde las afugias son las mismas y la gente también, sin olor y sin tacto pero con imagen y voz. Dudo si las ficciones o los sueños que cada uno carga aquí o allá son iguales. La sensación de uniformidad es mayor cada día, todos parecen pensar, hacer o incluso decir igual, sin mencionar que para sobrevivir en alguno de los dos lados el uniforme generalizado de pies a cabeza que nos convierte en miembros de un batallón que marcha en la misma dirección es un deber. Me sucede con frecuencia cuando veo pasar la multitud. He aquí algunos de aquellos que pasan…

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… En un lugar donde los presentes se miden zapatos a discreción quiero tomar la foto de una mujer que ha ensayado varios pares y no ha llevado, hasta el momento, dos zapatos iguales en los pies. De repente la mujer desaparece, ignoro si con los zapatos de ella o con los zapatos cambiados y no hice la fotografía. Parece natural la actitud de quienes ensayan zapatos. Primero eligen entre una oferta difícil y después, con gestos cansados, se quitan uno de los zapatos que llevan, en general el derecho y se ponen el elegido. Casi siempre quien ensaya zapatos va acompañado por alguien que no espera cambiar los que lleva puestos, mira con ojos de aceptar los que ensaya quien acompaña y no habla, asiente con la cabeza para adelante y para atrás, para arriba y para abajo…

… Dos mujeres iguales. La misma camisa oscura, negra con puntos blancos; gafas redondas y grandes; pelo largo, brillante, apretado adelante y cogido en cola con puntas ensortijadas. Las veo de la cintura para arriba cuando están de pie; cuando están sentadas solo veo hasta la mitad de las gafas grandes. Deben ser de la misma estatura. Son iguales en tamaño, en el tono de la voz, en el color del pelo, en la redondez de los implantes. En todo son iguales. La gente se acerca y les habla. Pensé que lo hacían para constatar qué tan iguales eran. Si bien esa puede ser una razón de peso, hay otra importante, las dos mujeres iguales son organizadoras de turnos. A medida que la gente llega, ellas le dan turno para que pasen al otro lado de la puerta de vidrio donde no sé que hay. Cuando la puerta se abre solo veo un pasillo profundo y oscuro. Adjudican los turnos: primero, segundo, tercero, según el orden de llegada de los candidatos. Si en algún momento hay saturación de espacio ellas organizan de tal manera que los nuevos tengan sus turnos al día siguiente o dos días después o nunca, aunque creo que esa posibilidad no se ha presentado porque todo el que pide un turno lo recibe, más allá o más acá en el tiempo, pero lo recibe. Las mujeres iguales no cesan de verificar identidades, de recibir y llenar órdenes de ingreso. Inician la jornada a primera hora y la terminan a la última, quizá tienen una hora de pausa al medio día pero eso no es evidente porque el flujo de candidatos es continuo y también porque debe ser difícil encontrarles reemplazo…

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… Aníbal, es su nombre, lo lleva marcado en el pecho. Siempre lo acosan, lo tienen de un ala, como dicen en la calle. El que llega lo llama. Después del primero llega otro y también lo llama y después otro y otro y todos lo llaman. Aníbal deja que lo llamen y le digan lo que tienen para decir. Quizá eso le divierte y no se preocupa, reparte instrucciones y sigue con lo que tenía entre manos, es decir, esperar que llegue el que sigue. Aníbal no es jefe, no tiene la cara ni el distintivo. Aníbal es solo uno que sabe más que los otros y los organiza. Necesitaría el distintivo porque su apariencia es promedio y en cualquier lugar pasaría desapercibido; sin embargo con sus ojos chiquitos, su pelo corto, engominado en las puntas y la tablet que manipula con facilidad, no pasa desapercibido. No imagino nada de él, nada. Solo me preguntó por qué lo buscan tanto. Hay quienes ven cosas en los otros que no todo el mundo ve. Por momentos lo pierdo de vista pero al cabo de cierto tiempo reaparece y su actitud es la misma. Cada vez que reaparece es como si todo recomenzara, aquellos que lo van a acosar llegan, él hace lo que tiene que hacer y nada cambia hasta que lo pierdo de vista de nuevo. Aníbal es un repetir interminable…

… Ocupo una silla libre, hay dos, frente a una mujer madura que mira con atención un cartapacio de hojas con apariencia de facturas o recibos. La mujer no tiene expresión en su cara, no alcanzo a ver sus ojos por las gafas para ver que lleva pero su boca parece fruncida como si hiciera fuerza; tiene boca pequeña, más pequeña de lo normal y por eso parece fruncida. Las manos, posibles delatoras de alguna angustia derivada del estudio de los papeles, parecen firmes. La mujer está recostada con las piernas cruzadas, nada en ella, salvo la boca fruncida y los papeles, suponen una angustia, un descalabro o el objeto de una preocupación, sobre todo por la posibilidad de que sean facturas o recibos que pocas veces traen buenas nuevas y obligan a fruncir la boca…

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… Un hombre con el dedo indice de la mano derecha en la boca, sin pelo, con bluyín y tenis y el celular pegado al oido, sin hablar, reemplaza a la mujer de la boca fruncida. El hombre llega en el momento en que dos jovencitas en pantaloneta pasan. Las jovencitas lo aturden, al punto que cae en la silla y las sigue con la mirada perdida hasta que desaparecen detrás de un poste. El hombre quedó quieto, con el dedo en la boca, la mirada perdida y el celular en el oído pero sin decir palabra…

… La mujer se maquilla, arregla sus cejas, las estira, pone brillo en sus labios y después crema humectante en manos y brazos; sin mirar para ningún lado en especial peina el cabello que va hasta más abajo de los hombros y se queda quieta, recuesta la cabeza contra el paral al lado de su puesto y piensa, no deja ver en qué piensa. Fue el primer personaje del día. Veo otros con cara de no tener tiempo y policías con cara de sí tener tiempo. A mi lado dos mujeres, una mayor y otra joven, se despiden más de una vez; cada vez que se dicen adiós resulta un nuevo tema y arrancan a hablar de nuevo, hasta el siguiente adiós. Por el pasillo por donde deben llegar quienes espero aparece una mujer pequeña, los brazos tatuados con flores de colores y gafas en la cabeza para sostener el peinado. La he visto antes solo sin gafas…
Argumento. No veo a nadie conocido, sin embargo los que pasan no son desconocidos, dice el hombre, también puede ser una mujer… Entre conocidos por reconocer y desconocidos por conocer comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Sobre todo dibujante

3 febrero, 2018 § Deja un comentario



Humberto Pérez Tobón es poco conocido a pesar de haber ganado premios internacionales y tener obras en colecciones públicas y privadas dentro y fuera del País. Nació en Rionegro y vivió su juventud en la Medellín de los años treinta y cuarenta, cuando la quebrada Santa Helena aun corría al aire libre por el centro de la avenida La Playa y los medellinenses paseaban por sus riberas arborizadas o iban a escuchar con reverencia a Beniamino Gigli, el tenor italiano, en grabaciones de la RCA alrededor de un gramófono de manivela en una sala cercana a la Plazuela de San Ignacio. Es importante este detalle porque de la afición por la ópera y su teatralidad resulta la inclinación a la puesta en escena de sus obras posteriores, sobre todo las que hacen parte de El Teatro Leve. 


En la primera mitad de los años cincuenta viajó a Estados Unidos y casi inmediatamente frecuentó el Art Center School of Design de Pasadena, California. Allí estudió ilustración, dibujo con modelo y practicó las técnicas clásicas pero su inclinación por el dibujo llevó siempre la delantera. Todos los días, a partir de aquellos años, Humberto Pérez dibuja, pinta, raspa lo pintado y vuelve a dibujar y a pintar hasta lograr texturas luminosas, composiciones próximas al movimiento, cielos cambiantes y personajes que, como actores de la ópera, esperan los tres llamados para iniciar la escena. En los trazos que dan forma a las expresiones, a las miradas, al paso de las horas en el paisaje incluso en los detalles mínimos de las máquinas, la sutileza y precisión son evidencia de una maestría elaborada con paciencia. Humberto Pérez dice que es ilustrador y aunque no lo afirma pero está presente en sus obras, también es narrador. Sus pinturas y dibujos revelan una relación estrecha entre imagen y narración. Cada pintura, cada dibujo es el comienzo o el desenlace de una narración venida de su imaginario desbordante. En este mundo donde imágenes, sonidos y movimientos se encuentran, se sobreponen, se suplantan, se recrean, la obra de Humberto Pérez es la escena donde las cosas pasan, donde nada es estático; donde el correr del agua, el murmullo de las voces, igual que el sonido de las máquinas se escucha. Los personajes de este teatro, hombres y mujeres, se miran, quizá hablan, observan. Sus pinturas y dibujos son el lugar donde la imaginación compagina la llamada realidad y la ficción.


“…Deberíamos hablar menos y dibujar más…”  Me dijo un día… Lo visito con frecuencia en su estudio de Tablacito. En ocasiones me espera en la puerta de su casa al final de una corta colina. También me espera en el estudio. Me recibe siempre con la expectativa de lo que vamos a ver, sobre lo que vamos a conversar: “… Lo tenía por aquí… un paquete de dibujos que no te imaginas…” me dice para entrar en el tema. Durante sesenta años o más Humberto Pérez dibuja todos los días desde el amanecer hasta la hora en que, frente al televisor para ver una película que quizá no ve, dibuja en alguna de las libretas que siempre tiene a mano. De ese hacer constante resultó una manera de ver y de narrar. Dibujar y conversar son sinónimos en la obra de Humberto Pérez. Desde muy joven carga con la necesidad de mirarlo todo, de dibujarlo todo. Aun hoy, entre los cartapacios de dibujos realizados a lo largo de los años es posible encontrar bocetos en papel amarillo, por el paso del tiempo, con algunos de sus primeros dibujos. Dibujar ha sido la constante no ha dejado de hacerlo un solo día, y tal vez por eso, solo unos pocos de los dibujos elaborados hasta el más mínimo detalle o con trazos rápidos que sugieren figuras, situaciones, grupos o máquinas, tienen firma o fecha, porque dibujar fue siempre tan natural como conversar, caminar o escribir. Con letra que a primera vista parece un dibujo, anota reflexiones de los maestros del Tao o del Zen y también de los grandes pintores del Renacimiento en recortes de papel que luego pega en las paredes de su estudio. Son reflexiones que guían su mano, su mirada o su sentimiento, mientras dibuja. De la misma manera que hay quienes hablan duro, murmuran, hablan rápido o repiten; Humberto Pérez dibuja a lápiz, al carboncillo, a la pluma, con colores o tinta o por capas que luego elabora como construyendo frases que se acercan a la textura, al color, al tacto.


Y como aquellos que se repiten al hablar, Humberto Pérez se repite al dibujar, es posible decir que dibuja siempre lo mismo, que tiene una fijación por la anatomía y la figura humana, que dedicó horas a copiar de libros de anatomía, las proporciones, los huesos, los músculos, la cabeza, el torso, los miembros, las manos y los pies, incluso los dedos y las uñas. La multitud de hojas con dibujos de anatomía y anotaciones alrededor de los dibujos son una muestra de su dedicación al eje recurrente en su obra: la figura humana. El dibujo, el trazo, lo lleva a una relación constante con sus personajes. Conversa con ellos de los temas que lo apasionan. Sin embargo, dibujar no solo requiere de la constancia y el talento presentes en cada hoja de la multitud que guarda en su estudio; requiere de una imaginación a prueba de todas las técnicas y las situaciones; no hay un dibujo que no lleve, como en una conversación de amigos, a una historia, a una situación venida de su imaginario interminable. Quizá, la frase que me dijo aquel día no tiene aplicación: “…deberíamos hablar menos y dibujar más…” y no tiene aplicación porque sus trazos y texturas son palabras de una conversación interminable con sus personajes…

Humberto Pérez Tobón expone sus dibujos a lápiz en el Museo Maja de Jericó.
Desde el 3 de febrero 2018 hasta el 1 de abril de 2018

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior. Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas. 

© Saúl Álvarez Lara / 2017 / 2018

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