Uno con ángel

27 enero, 2018 § Deja un comentario


Gracias a los buenos oficios de Teresita Rivera y Jorge Zapata me encontré una tarde de martes con el Gallero, personaje de la calle Barbacoas entre Palacé y Bolívar, en el centro de Medellín. Llegamos a Barbacoas antes de la hora. Lo buscamos en las casas donde podría encontrarse o, mejor, donde podrían dar noticias de su paradero pero nadie lo había visto desde el día anterior. Decidimos esperarlo en la mesa única de una heladería cercana al cruce entre Barbacoas y Palacé. Ocupamos la mesa y pedimos dos tintos. No había. Entonces una gaseosa rosada para Teresita, nada para mí. Unos quince minutos más tarde un hombre con cachucha negra, camiseta blanca y pantalones cortos, verdes, el Gallero, subía despacio por el centro de la calle. No nos había visto. Quizá pensó que estábamos retrasados para la cita porque se paró a conversar con un conocido a unos veinte metros de nosotros, incluso se sentó en el borde de la acera. Nos vio porque las señas y voces de Teresita llamaron su atención o porque en la acera amplia frente a la heladería solo estábamos nosotros en la mesa única. Entonces se acercó. No era la primera vez que lo veía, en otra ocasión en la misma calle, me encontré a su lado pero no hablamos. El Gallero, es un hombre delgado, menudo, pelo entrecano, corto, y barba de varios días también tirando a blanca; mirada alerta, curiosa, inteligente y sonrisa que delata un humor sin trincheras. Dijo que venía de donde Agustín, el hijo, aprendiz de tatuador, a quien decidió prestar la piel del lado derecho de su cuerpo para que aprendiera el oficio. A pesar de que Agustín es un excelente dibujante, estudia Artes en la Universidad, tatuar requiere técnica y el lado derecho del Gallero sirve de soporte para las prácticas. Cuando aprenda, dice, podrá tatuar lo que quiera en el lado izquierdo. Ese martes llegó con una rosa recién tatuada a la altura del brazo donde había, entre otros dibujos, una fecha, ranas y lagartijas; y en el muslo del mismo lado, resultado de las prácticas, la cabeza de un tigre…


… Le pregunto por qué lo llaman Gallero y mientras narra la historia del abuelo, los tíos, el papá, los hermanos y él, todos galleros, criadores, dueños de galleras y gallos campeones en el país entero, su voz y las imágenes que su voz sugiere se suceden como una secuencia que se mezcla con personajes que pasan cerca como el hombre que empuja calle abajo una carretilla cargada con televisores fuera de servicio porque de un momento a otro Barbacoas fue solo movimiento. El Gallero vive en esta calle hace más de veinte años. Llegó en busca de vicio, venía de Lovaina donde vivió a partir de la noche en que una mujer le preguntó, desde un balcón, para dónde iba, él respondió que no sabía, ella le dijo que subiera, él subió y se quedó allí más de tres años. La noche de la mujer en el balcón y la noche que por primera vez llegó a Barbacoas, cuando se encontró con un muchacho que le preguntó qué buscaba; él respondió: bazuco; el muchacho dijo que no se preocupara que había llegado donde era, lo llevó a una casa, le mostró una pieza y le dijo al que parecía cuidar: esa pieza es de él no deje que nadie entre a molestarlo. Esos preocupados por él que quisieron cuidarlo, sin saber quién era, le hicieron presentir que tenía ángel. El muchacho que lo recibió era Jairo, El duende lo llamaban, murió en un ajuste de cuentas, fue su compañero y lo cuidó y lo protegió. Era el dueño de La Perla, la casa donde vendían el mejor vicio de la cuadra. Y como en una película donde las secuencias se siguen unas a otras, un muchacho de quien el Gallero dice que es buen lector y que le gusta la ficción se acerca a la mesa única de la heladería para saludarlo; a la pregunta de qué lee en ese momento, el muchacho responde que una novela erótica. Ficción pura…


… Barbacoas es calle de ires y venires, de ruidos, de música y volumen que va y viene. Nada quieto. Todos se conocen, se saludan o no se saludan, pero saben quién es quien; las mujeres y los travestis en ropas mínimas, esperan clientes y mientras llegan conversan en la acera al otro lado de la calle frente a la heladería. Tiene ángel, me digo mientras lo escucho y sus ojos y su risa brillan. Desde sus primeros días en esas calles de nadie, el Gallero ha encontrado quien lo proteja, lo cuide y sobre todo quien confíe en él. He tenido suerte, dice y recuerda a don José, José el “Bueno”, porque había un José el “Malo” que terminó mal por decir mentiras y aprovecharse de la gente. El “Bueno”, dice El Gallero, era un señor con voz y voto en la calle. Me llamaba para que le hiciera vueltas, me entregaba plata y yo le hacía los mandados y le devolvía la plata; mucha gente le preguntaba: don José, ¿usted confía en él? y don José decía: ¿y por qué no? a mí no me ha quitado nada. Don José tenía un maduradero de bananos y aguacates y era el fabricante de las hostias para las iglesias de Medellín y los pueblos del oriente. El Gallero repartía los tarros de hostias en las Casas Curales de las iglesias. La remesa de hostias siempre llegó a tiempo a las sacristías nunca se retrasó en la entrega. Don José era importante y confiaba en él y por eso la gente confió en él, por cumplido y correcto. Hoy en día el Gallero hace vueltas para otros, compra recargas de celular, hace mandados, colabora a los que necesitan ayuda, hace de todo. Hace lo que en otro tiempo hizo Gustavo el todero de la calle, el que arreglaba desde una instalación eléctrica hasta un carro; el que fue Casco Azul en el Sinaí con el Batallón Colombia, el que fue escolta de una familia poderosa de Támesis, el mismo que el Gallero encontró tirado en una acera con un derrame cerebral, lo recogió y lo llevó a Policlínica; estuvo tres meses hospitalizado y salió de allí con parte del cuerpo y la voz entorpecidos. Gustavo pasó por la mesa única de la heladería, hizo algunas señas, saludó, y siguió su camino apoyado en un bastón de fortuna calle arriba. Barbacoas es el paso de historias inesperadas…


… Adiela salió de su casa antes del amanecer, ha caminado todo el día de un lado a otro buscando una oficina, no ha comido nada desde el desayuno pero no tiene hambre, dice; busca al Gallero porque necesita que le ayude a comprar una manguera para la casa de su papá, la que tenían se rompió en una inundación. Cien metros de manguera. Adiela hace chorizos los fines de semana para vender en el barrio porque ya no vive en Barbacoas, vivió y fue el Gallero quien la recibió cuando llegó de Tarazá a La Perla, ahora vive en un barrio de invasión en Bello. La receta de los chorizos: cabeza de cañón de cerdo, falda de res y humo para el sabor, se la dijo El Gallero que también ayuda en eso de la cocina. El día cae en la mesa única de la heladería. Con Jorge, que llegó hace un buen rato y Adiela, la mesa está completa. Al caer el día los habitantes de Barbacoas regresan de sus vueltas, a unos les fue bien y a otros no tanto, la música sube, los travestis y las mujeres en ropas estrechas y diminutas se pasean a la espera de clientes. En la acera al otro lado de la calle, una casa de fachada verde trae recuerdos al Gallero. En una época éramos cuatro, dice, dos mujeres: la Rola y la Murciélaga, un muchacho al que le decían Lora y yo. Teníamos una alfombra que llamábamos la alfombra de Aladino porque en esa alfombra no faltaba nada, siempre había de todo: alcohol, plata, comida, vicio, de todo. Había días en que la Murciélaga y la Rola, las dos eran bonitas, iban a un restaurante que quedaba en la esquina y pedían, la gente les daba comida y la traían a la alfombra, tremendos platos nos comíamos. Así pasábamos los días y las noches, no teníamos tiempo para sentir guayabo, las alternativas eran dormir, comer o seguir derecho y siempre seguíamos derecho. Barbacoas no ha cambiado mucho, dice el Gallero, se trafica lo mismo y se mata lo mismo con la diferencia de que ahora no se dispara, ahora manda el cuchillo. No ha cambiado que en Barbacoas nadie ataca a nadie, si hay cuentas para arreglar se arreglan afuera, en Palacé o en Bolívar. Cuando los políticos vienen, vienen con mucha cámara, mucho escolta, mucho policía, mucha promesa y uno puede hasta hablar con ellos pero se van y no pasa nada. Barbacoas no ha cambiado. Al final de la tarde voy a buscar el metro al Parque Berrío. Mientras me alejo recuerdo palabras del Gallero dichas entre uno y otro personaje: … la gente es buena en su mayoría y hemos pasado bueno, aquí he conocido gente curiosa, inteligente, rápida, hombres y mujeres difíciles de volver a encontrar…
Argumento. Ninguna historia termina en punta, dice uno… No, responde el otro, donde termina una comienza otra… Por el final de una, comienza la que sigue…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2018

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