Juego de manos

20 enero, 2018 § Deja un comentario


Soy una mano. Para decir la verdad soy dos manos, una izquierda y otra derecha. Diez dedos, cinco en cada una, la misma cantidad de uñas a pesar de que alguna ha desaparecido o cambiado de color por culpa de accidentes, golpes o machucones. Líneas que de una manera u otra, según los expertos definen lo que vendrá y lo que no, corren mis palmas porque mi destino esta ligado a los brazos, torso, piernas y cabeza de quien soy miembro. Hago parte de un equipo, podríamos llamarlo así: un equipo. Las puntas de los dedos, en el reverso, están marcadas por huellas con las que reconocen el equipo, mí equipo, en todas partes; sin embargo, tengo funciones y capacidad de expresión que con frecuencia determinan la actitud y la personalidad de los otros miembros. Un pintor, Eustasio Pintor, se adjudicó el oficio como apellido y a quien conocí hace años, hizo una exposición que tituló: “El ojo táctil”. Expuso texturas que invitaban a ser acariciadas, texturas que al mirarlas representaban pliegues, luces, sombras y también accidentes; texturas que al rozarlas con las yemas de los dedos decía Pintor, narraban historias. Eustasio aseguraba que “… en las puntas de los dedos, se encuentra, según él, la sensibilidad estética, el ojo táctil…” Sus palabras abrieron un mundo a las puntas de mis dedos que, en adelante, fueron antenas, ojos, que no ven como otros ojos pero sienten. Recuerdo que para mencionar la sensibilidad de la que hablaba, Eustasio rozaba con suavidad, en círculos cortos, la yema del pulgar con las del índice y el corazón. Aun hoy copio ese gesto, palabra sin voz, cuando en algún encuentro o entre nosotras, mano izquierda y mano derecha, el tema aparece. No cerré más la mano de Eustasio, lo perdí de vista, de tacto debería decir, sin embargo conocerlo fue premonitorio de lo que seguiría en mi devenir de mano; si hubiera sometido las líneas de mis palmas a lectura de algún experto quizá lo habría vaticinado…

… Desde entonces la otra y yo, no logro aclarar si, cuando hablo, yo soy yo o soy la otra, izquierda o derecha o al revés quien habla o las dos hablamos con una sola voz; esto no indica, por supuesto, que seamos idénticas, tenemos habilidades que se complementan en acciones con un mismo fin, aunque en términos simbólicos —izquierda, derecha— podemos tener divergencias notables; cuando se trata de sentir, de percibir, no digamos de ver, reaccionamos como una sola. Nos hemos convertido en observadoras de otras manos, qué gestos hacen, cuándo los hacen, cómo se expresan, dónde y cuándo se esconden o salen a relucir; es curioso que todo el mundo en este país y en cualquier otro tiene dos manos y lo ignoran, somos solo extensiones del cuerpo sin expresión y con la función única de agarrar, apoyar o sostener, mientras que para otros, mujeres en especial, pasamos por objeto de decoración, nada más. Es una situación preocupante y quizá por eso nos atrevimos a escribir, en compañía del equipo claro está, esta nota. Un ejemplo flagrante de lo que sucede y, he llegado a creerlo, se ha convertido en tendencia, es no saber qué hacer con nosotras, no saber si ponernos en los bolsillos para que nadie nos vea o engarzarnos como garras en la espalda, llevarnos a la cabeza en signo de desespero o cerrarnos sobre nosotras mismas y frotar los ojos con el puño o con la punta de los dedos para confirmar que lo que es, está ahí y bien ahí. Algunas de nosotras que al cerrarse con otras, en el momento del saludo, por ejemplo, se vuelven flácidas, sin fuerza, sin sentido; me atrevería a asegurar que son de aquellas que si llegaran a acariciar las texturas de Pintor, ¿recuerdan a Pintor?, sentirían poco o nada. No saber qué hacer con nosotras es frecuente entre actores en escena o entre gentes de a pie cuando por los avatares del día a día, deben enfrentarse a otros que padecen el mismo drama. El personaje de una novela corta de autor desconocido llamado Amadeo Calle, ciego de nacimiento, recobró la vista por accidente. Su sorpresa mayor sobrevino cuando cayó en la cuenta de que el mundo que aparecía ante sus ojos, que siempre imagino deslumbrante, lo era más cuando lo descubría por la sensibilidad del tacto…

… Hace pocos días nos encontramos, mi equipo en pleno y nosotras por supuesto, en una sala rectangular, no en una sala de espera, sin embargo quienes están allí parecen a la espera de algo. A parte de algunos que van de un lado a otro con pasos cortos y se distraen mirando el piso o incluso mirándose las uñas, ¿habrase visto? hasta dónde hemos llegado ahora somos distractores de momentos perdidos, la mayoría pasa el tiempo en sillones dobles con las manos en reposo sobre las piernas. La sala es amplia y veo las manos desde lejos, muchas de ellas sin expresión. Veo manos separadas, abiertas, una sobre cada pierna o cerradas por separado pero casi siempre apretadas entre ellas aunque, pocas veces, esa figura, podríamos llamarla así, sucede por angustia o cosa parecida. Hay manos que se mueven al ritmo de las palabras y a veces son más expresivas, pero también las hay que callan cuando se esconden bajo los brazos cruzados. A pesar de que tienen la misma configuración: palma, dorso y cinco dedos cada uno con nombres bien definidos y en todas es igual, es difícil casi imposible encontrar dos iguales, incluso en la misma persona. Las uñas son importantes, las mujeres, casi todas las llevan pintadas con colores e incluso decoradas con arabescos, muchas, quizá de la manera más tradicional las llevan rojo sangre o vino tinto; hay mujeres que las llevan largas pero hay otras que prefieren el postizo y las diez pasan de uñas a postizos. Los hombres no se pintan las uñas, los hay que sí, pero en general las llevan cortas, también los hay que las prefieren largas; hace poco me crucé con un señor con uñas largas, de arpista; sin embargo, a pesar de que las uñas son importantes en la personalidad y presencia de su dueño hay otros adornos que las definen: los anillos, las argollas y quizá en menor grado las pulseras…

… A pesar de los adornos hay manos que no se quedan quietas, ni dedos que no se mueven, algunos hacen signos como si escribieran palabras en el aire, hay manos que hablan más que quien las lleva. La mujer joven que se sienta a nuestro lado tiene las manos apretadas alrededor de la correa de su bolso, pero no por miedo, más bien porque teme dejarlo caer. Georges Perec asegura en su “Inventario de un lugar parisino” que todo el mundo siempre lleva algo en la mano y cuando no, la apretuja en la espalda o la engarza al cinturón. Si tuviéramos voz el bullicio sería seguramente mayor que el que nos vemos obligados a escuchar entre motores, músicas y gritos que vienen de todas partes, pero el sonido que levantamos cuando por alguna celebración chocamos entre nosotras puede ser atronador. Cuando de nuestro lado está la habilidad, el pulso, el sentido, el tacto, podemos llegar a ser geniales. Pero dependemos del trabajo de equipo. En ocasiones es una molestia porque nos vemos obligadas a hacer acciones, gestos, apretones, golpes inesperados y eso nos consume porque podemos más de lo que el equipo propone. Quizá algunos de los lectores eche de menos o haya notado que no mencioné, mencionamos, recuerden que somos dos, accesorios como los guantes y no lo hicimos porque esta nota tiene por objeto, por ahora, una suerte de reivindicación, un grito, y nos propusimos no mencionar disfraces ni elementos que desvirtúen nuestra presencia a pesar de que hay quienes piensan que los guantes nos ponen en valor. Qué horror…
Argumento. Dos manos. Diez dedos. Diez huellas y uñas. Al menos cinco líneas en la palma… ¿Y el tacto? preguntó el hombre, que también puede ser mujer… Vendrá, dijo el otro. Vendrá con la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2018

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