Las historias de La Yía

13 enero, 2018 § Deja un comentario

Alicia, mi hermana, a quien llamábamos la Yía, fue una narradora excepcional. Un ejemplo de su talento está en los recuerdos evocados en la despedida que nos vimos obligados a hacerle en los últimos días porque La Yía partió y nos dejó con el vacío de su presencia pero con el recuerdo intacto. Un recuerdo de esos difíciles, sino, imposibles de borrar. Me queda el vacío de las historias que se llevó y no me contó porque cada vez que hablábamos planeábamos encuentros donde, por supuesto, ellas eran el centro de nuestras conversaciones. La Marginalia que sigue la publiqué en julio del 2014 después de varios días en su compañía…

… Tres días al borde de las historias. Mi hermana es quien las cuenta. Tiene espíritu de narradora. Le ayuda, por supuesto, una memoria asombrosa y una facilidad para describir las situaciones hasta lograr que quien la escucha vea el personaje, el momento, el lugar. Otra faceta que confirma y reconfirma ese espíritu de narradora es que toda ocasión es propicia para una historia. Hay momentos en los que se levanta del sillón que ocupa en la sala, va hasta la cocina y desde allá narra una historia relacionada con algo que ve en el camino y cuando regresa a su puesto lo hace con el recuerdo fresco del nombre con que bautizó platos famosos en la familia: arroz de niño chiquito, arroz de los siete sabores, papas de paseo, cazuela de pobre, sopa de enfermo; su tortilla española es famosa entre los parientes, lo mismo que el arroz de leche asado o la mota, jugo de guanábana con leche; llama panelitas embrujadas unas que compran en la ruta de Anapoima y siempre se confunden entre los paquetes del equipaje. Con su talento de narradora cada vez que menciona un plato cuenta cómo, cuándo y de dónde surge el nombre que seguramente viene de recetas inventadas por ella o adaptadas de otras que conoce de antes. Sus historias, son historias vividas, de esas que no tienen finales esplendorosos pero tampoco trágicos; historias, se podría decir, que terminan en punta, como termina todo en el día a día. Pero terminar en punta no significa que donde termina se acaba, no, la punta, el aparente final donde termina una historia, es el comienzo de otra. Su habilidad para contar no viene solo de su memoria para recordar eventos de familia con protagonistas incluidos, viene de la facultad para convertirlos en personajes con momentos y situaciones naturales pero también únicas…

… Uno de aquellos personajes es Pastora, la llamaban Tola, tía abuela casada con un militar de grado intermedio. Tola pasó su vida bordando manteles, colchas, servilletas o cojines para una parienta más rica sin recibir nada a cambio. Sin cambiarse de ropa y quizá sin bañarse tampoco pues siempre iba vestida con la misma salida de baño de tela esponjosa y color indefinido la tía Tola bordaba sin parar en el corredor de la casa, mientras su marido militar, que ya había alcanzado el retiro cuando mi hermana lo conoció, aportaba su pensión para el mantenimiento de la casa. La situación hasta ahí parece natural para una pareja mayor aplicada vivir una vida apacible. Solo que para la tía Tola, dedicada a sus bordados alejada del mundo, nunca fue distinta. La Tía nunca se enteró del quehacer de la casa, tampoco de que su marido ordenaba traer todos los días de un restaurante cercano un porta-comida con el almuerzo y otro con la cena que compartía con ella. Mientras ella pasaba las horas entre agujas, hilos de colores y bordados, la casa, bajo las órdenes de las mujeres del servicio y no del marido militar, acumulaba el paso del tiempo; los platos en la cocina se arrumaban en columnas inestables hasta que era necesario lavarlos pues no quedaban más en las alacenas; lo mismo las ollas y los cubiertos y los manteles. Con otros enseres que también se debían cambiar cuando estuvieran sucios o el polvo del tiempo obligara a hacerlo como cortinas, ropa de cama, toallas etcétera, sucedía lo mismo: se cambiaban cuando no hubiera más remedio. Era una casa que siempre llegaba al límite de sus existencias. Tal vez por eso el marido militar, como buen estratega, se hacía llevar comida hecha fuera de la casa para que no le dieran de comer lo mismo cada día.
La descripción que mi hermana hace de la tía Tola sugiere una mujer casi transparente, callada, pálida, con el mismo peinado recogido en moña sobre la cabeza que blanqueó con el paso de los años y ni ella, ni su marido, que trocó el aire marcial de sus años de actividad por una tranquilidad sostenida entre los periódicos que leía de la primera a la última página, la espera de la pensión que sí le llegaba y los porta-comidas que lo sacaban de la monotonía a que se había acostumbrado en la casa, intentaron cambiar. Mi hermana no dice en su relato que la pareja haya tenido hijos, es posible que el marido no se atreviera a tocarla para no resquebrajar la fragilidad con que la imaginamos sentada en la esquina más alejada del corredor concentrada en el ir y venir de las agujas y los hilos. Sin duda la tía Tola parece el personaje de una ficción lejana, tal vez ella se sintió así y prefirió la ficción de sus costuras a la realidad de las obligaciones domésticas que le cayeron encima desde el mismo día de su matrimonio o desde antes porque la habilidad para bordar, quizá lo mismo siempre, no apareció de un momento a otro…

… Y entre sorbos de vino, queso Paipa, semi graso y casi joven, pasamos de la tía Tola, transparente, por lo que evoca su figura, a un personaje con peso específico y múltiples imitadores. Pensé que Teo Sarapo el joven que enamoró a una Edith Piaf, mayor y enferma, podía ser un referente del personaje que mi hermana hiló con la historia de la tía Tola. Pero no, el señor Sarapo fue todo lo contrario del Germán que entró a la vida de la familia por la misma ventana que convirtió en puerta cuando la Abuela que pasaba las tardes sentada en el borde del mirador a la espera de ver quién llegaba a la tienda de la esquina, quién regresaba tarde o quién partía temprano, se enamoró. La Abuela vio a Germán por primera vez recostado en la puerta de la tienda una tarde de miércoles. De ese día en adelante lo vio en el mismo lugar y en la misma pose hasta que él se hizo amigo de ella, la conquistó y fue a compartir su vida con la de ella en la casa que solo había visto desde la acera del frente y de la que solo conocía la ventana que hizo desaparecer una vez dueño del corazón de la Abuela, quizá para borrar recuerdos o, con certeza, para instalar en el salón principal de la casa, al que correspondía la ventana, una tienda de mucho más alcurnia que la del frente. Una tienda que, además, le permitiría convertir el dinero de las ventas en dinero de bolsillo que gastaba sin rendir cuentas a nadie y sin pensar en la necesidad de aprovisionar la mercancía, licores y enlatados que se agotaban porque la Abuela, enamorada, le daba el dinero para abastecerla. Germán no solo se adueñó del corazón de la Abuela, también se adueñó, de a pocos, de los otros espacios de la casa. El salón lo convirtió en su almacén de rancho y licores; invadió los patios, las habitaciones, los baños, hasta la cocina y los patios de atrás donde se extendía la ropa para secar después de lavarla. Todos los espacios abundaron con su presencia. Los nietos que vivían con la Abuela encontraron excusas distintas para abandonar la casa puesto que ella solo veía por los ojos de Germán, escuchaba por sus oídos y hablaba por su boca. A pesar de que cierta sensación de fragilidad femenina lo dominaba, Germán tenía la fuerza para hablar al oído de la Abuela y hacerle creer lo que él quería. La fragilidad era la fachada que derribó cualquier defensa que la Abuela hubiera podido levantar para protegerse…

… El enamoramiento duró algo más de un año. Por alguna razón que mi hermana no tiene clara el amorío terminó. Es posible, me digo ahora, que la Abuela hubiera descubierto los lances que Germán hacía en su ausencia en los primeros tiempos, pero aun en su presencia cuando ya tuvo más confianza, al cojín que ella no abandonaba ni para ir al baño, llevaba a todas partes y trataba como su amuleto. El final de la relación con Germán sucedió un martes por la tarde cuando los proveedores de licores llegaron con el pedido y en la caja registradora del almacén no había con qué pagarlo. La Abuela fatigada de desembolsar dinero sin ver a dónde iba a parar, llamó la atención a Germán delante del vendedor que esperaba con la factura en la mano y como no supo responder, en un arranque de autoridad de esos que habían desaparecido pero que súbitamente salieron de nuevo a flote la Abuela devolvió la mercancía. Germán protestó. La Abuela no cedió. Germán dijo que así era inútil seguir con el almacén. La Abuela dijo que tenía razón, era inútil un almacén sin mercancía. Germán dijo que sin almacén era inútil que él se quedara. La Abuela le señaló la puerta de salida con el brazo izquierdo extendido porque bajo el brazo derecho tenía el cojín amuleto que no abandonaba. La escena tuvo lugar a las cinco de la tarde, la discusión delante del vendedor duró mientras devolvían las cajas con botellas y latas a la camioneta que esperaba frente a lo que en otra época fue la ventana por donde entró el amor y a partir de ese momento se convertía en la puerta por donde salía el desamor. Era un poco más de las cinco y media, comenzaba a caer la tarde y las sombras de las enredaderas en el patio eran más densas, era la hora en que los objetos, las plantas y los muebles pierden forma. Creo ahora, narra mi hermana, que Germán tuvo la intención de arrebatar a la Abuela el cojín amuleto o quizá también caja fuerte donde guardaba sus secretos y partir con él como único equipaje; sin embargo fue esa hora precisa en que los límites se confunden, lo grande desaparece y lo pequeño se deforma que aturdió a un Germán frágil en toda la extensión de la palabra. La Abuela lo notó pero la decisión tomada era inquebrantable y no echó pie atrás. Germán fue el último que salió por la puerta que había hecho abrir. Antes de las seis de la tarde de ese mismo día, la Abuela la cerró para siempre. Empacó su equipaje, cerró puertas y ventanas y al día siguiente, con el cojín amuleto, caja fuerte, debajo del brazo se fue de viaje. La casa quedó cerrada el tiempo suficiente para que la capa de polvo hiciera lo justo con los recuerdos. La Abuela no regresó. Parece que solo se separó el cojín cuando la llevaron a la clínica después de un ataque de apoplejía. Pocas horas antes de morir el cojín desapareció. La enfermera de servicio dijo que una de sus hijas, la menor, que no vivía con ella, se lo llevó apenas se enteró de que la Abuela agonizaba. Mi hermana nunca supo a ciencia cierta qué contenía el cojín amuleto, quizá caja fuerte, que ni siquiera por amor la Abuela abandonó…
Argumento. Su recuerdo traerá otras historias, me digo ahora… El recuerdo sin final de mi hermana es una historia que comienza…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior  Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2014 / 2018

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