Historias de sentados

7 enero, 2018 § Deja un comentario


Absurdo o por lo menos premonitorio: una mujer, que en el primer momento no me pareció conocida, hizo un gesto de incredulidad cuando llegó frente a mí. Mi presencia fue una sorpresa para ella. Se detuvo, me miró, soltó la expresión de sorpresa y sus ojos se abrieron de par en par. No esperaba verme allí sentado en aquella banca. Hay momentos, frecuentes, en que me cuesta trabajo recordar caras, éste fue uno de ellos. Mientras la mujer intentaba no dejar escapar una expresión parecida a un ¡¡¡Ohhh!!! retenido y silenciado por su mano sobre la boca, y yo intentaba recordar dónde había visto esa cara con ojos desorbitados que me miraba desde cierta distancia y se acercaba a pasos cortos, midiendo la distancia, como si viniera preparándose para el encuentro. Mi duda fue mayor cuando se tapó la boca con la mano, así de grande era su sorpresa. No pensé nada, su mirada era de estupor, me atrevo a asegurar que de miedo y yo no la había visto nunca antes. Se acercó así, con todas las expectativas abiertas. A dos pasos de mi puesto, yo seguís sentado, respiró. Llegó a mi lado, puso su mano sobre mi hombro, suspiró con alivio y dijo: pensé que usted era alguien que conocí en otro tiempo. No dije nada. Ella no dijo más y siguió su camino. Mientras se alejaba recordé dónde, en otro tiempo, la había conocido, quise llamarla y decirle que sí nos conocíamos pero me arrepentí, ya no tenía importancia, ella había desaparecido por la puerta abierta a mi izquierda…


… Ese mismo día llegué a un lugar donde pocas cosas cambian. Quizá las mesas están en mayor desorden que la última vez; quizá la lluvia, ahora ya escampó, ha hecho que la gente las desorganice o las organice distinto o ni siquiera las ocupen porque la lluvia las mojó. La mesa a la que logro acercar tres sillas secas, está mojada, la lluvia dejó huella. Espero. La cita es a las diez. Falta poco para la hora. Una mujer atlética pasa cerca a paso rápido. El lugar bajo los árboles es fresco, su sombra es propicia. El tiempo pasa. Espero. Las dudas me asaltan, ¿es el lugar donde pactamos la cita?, ¿me equivoqué? Es posible, aunque, no es la primera vez que vengo aquí a un encuentro con la misma persona. Hay gente alrededor, la mayoría, sino todos, son estudiantes. Es una hora entre clases y quizá por eso el público abunda. La persona que espero no llega, me digo que esperaré un cuarto de hora, el cuarto de hora judicial que llaman, después me iré. Una cita incumplida deja un vacío difícil, explicarlo es como intentar derribar un muro insalvable detrás del que no se sabe qué hay, ¿la nada?, es posible, ¿todo?, también es posible, y entonces es mejor que la cita no haya sucedido. Mientras pienso en el qué o el por qué de las citas incumplidas, escucho voces a mis espaldas. La voz masculina dice: esperemos veinte minutos; la voz femenina pregunta: y qué, ¿si no llega nos vamos?; la voz masculina dice: esperemos; la femenina insiste: ¿y si no llega nos vamos?, no tengo dónde ir a esta hora, agrega. Un silencio sigue la frase. Ha pasado el cuarto de hora y mi cita no llega, la de los vecinos tampoco, decido hacer como ellos, esperaré veinte minutos. En preparación para el encuentro, a mi llegada recuperé tres sillas secas ya que todas las otras, mojadas, eran inservibles y no tenía con qué secarlas. A los veinte minutos de espera, un joven con cuatro aretes en cada oreja, me preguntó si podía llevarse una de las sillas. Le respondí que sí con una seña. Quienes esperaban al que no llegó a mis espaldas, no los miré y no sé cuántos eran, callaron, solo expresaron las dudas de lo que harían en caso de que la cita no se cumpliera, repitieron  preguntas y respuestas, tampoco avanzaron ni decidieron otra cosa distinta a esperar. Como los vecinos no sé que hacer, ¿me voy?, y si el personaje aparece, y si me equivoqué de lugar. Se cumplieron dos cuartos de hora, diez minutos más de los veinte propuestos por los vecinos que también esperan. Entonces caigo en la cuenta de que no los escucho más, miro hacia donde venían sus voces y la mesa que supuestamente ocuparon está desierta. Se fueron. ¿Llegó su cita?, ¿cumplieron con su palabra? Han pasado treinta y tres minutos de la hora pactada para mi cita, decido no esperar más. Me levanto y me voy. La cita no llegó y el vacío se abrió frente mí…


… Otro día vi llegar una familia a la banca delante de la mía. Dos hijas, la mamá y el papá. Llegaron por separado aunque era evidente que venían juntos, padres e hijas. Primero llegó la hija menor, juguetona, después el padre; después llegó la madre y por último la hija mayor que en apariencia podía tener unos nueve o diez años; entre la hija mayor y la menor había una diferencia de tres años. Los padres son jóvenes. Sin embargo en el momento de su llegada noté cierta lejanía entre ellos. A la izquierda del padre la menor juega. Juega y no está donde todos creen que está, su imaginación la lleva a otra parte. La otra, la mayor, a la derecha de la madre, preferiría estar en otra parte, se acerca a la madre y le habla al oído, le dice un secreto, se queja. La hija menor juega en su puesto y cada vez está menos donde todos creen que está. La madre está al lado del padre pero él parece aislado del grupo. Por alguna conexión infantil las niñas se comunican entre ellas por encima de los padres. La hija mayor habla de nuevo al oído de la madre y ésta al oído del padre, la acción los obliga a acercarse. La hija menor seguía en sus juegos pero al ver el movimiento pasa delante del padre y de la madre va hasta donde la hija mayor, le dice algo que la otra rechaza y regresa a su puesto. Ahora se para cerca, casi pegada al padre y no juega más, por supuesto, cada cierto tiempo mira para otro lado o para atrás en busca de algún motivador para su imaginación. La hija mayor no olvidó su aburrimiento, se recuesta cada vez más a la madre y sigue con la mirada perdida. La hija menor no deja de jugar. Desde mi puesto, detrás de ellos sigo todos sus movimientos, se me ocurrió, incluso, pensar que debían, padre y madre, ser empleados de oficina porque sus manos no dejan ver trazos de trajín doméstico. No veo sus caras, solo el corte a la moda, rapado por los costados y largo encima, del padre; y el peinado cogido en cola de caballo de la madre. Los padres y la hija mayor llevaban bluyines y camisetas corrientes con letreros y figuras en el pecho, la hija menor lleva vestido de tul blanco y diadema con moño rojo en la cabeza. Una hora estuve detrás de ellos. Cuando dejé el lugar los perdí de vista. Eran una familia normal. Me pregunté entonces cómo serían para ellos los lunes en la mañana o los jueves al medio día o los viernes en la tarde. Aun me lo pregunto…


… Tengo al frente, como en vitrina, un sofá de tres puestos, quizá de cuero oscuro, no lo puedo asegurar; huellas de quienes se han sentado en él son bien visibles. Cuando descubro el paso de gentes por el sofá, por los tres puestos del sofá, el de la derecha, más marcado que los otros, el vidrio donde adivino mi reflejo se interpone entre aquellos que ya no están y yo. Mi reflejo, según los movimientos que haga, parece integrado a la forma masiva donde solo se adivinan, adivino, la huella de quienes lo ocuparon, descansaron o solo se sentaron en él para probarlo. La última opción es la más posible por el lugar donde se encuentra: una tarima, a la altura de los ojos de los transeúntes que lo insinúa nuevo, a pesar de que la huella de otros es evidente. Encima del sofá, para simular la decoración de un lugar habitado, hay una pintura al óleo que representa un atardecer sin viento en campo abierto; un atardecer de otoño con hojas amarillas y ocre sostenidas en el aire, ninguna cae ni se mueve, solo se sostienen. No hay nadie. Ni viento que mueva las hojas. Todo en la pintura es quietud solitaria. Quienes se sentaron allí, quizá una mujer de contextura fuerte o un hombre menos fuerte que la mujer, permanecieron solo minutos, quizá segundos, el tiempo suficiente para dejar huella en el sofá. Huella ligera y a punto de desaparecer, pero huella que deja trazo y fragmento de historia. Mientras trato de imaginar  la mujer fuerte y el hombre frágil, mi reflejo en el vidrio que se interpone entre el sofá y yo pasa de un puesto a otro. De repente el viento sopla en la pintura y las hojas vuelan; mi reflejo a causa del viento aparece y desaparece, es indeciso. Ninguno de los transeúntes que a veces interponen entre su reflejo, el mío y el sofá, ven lo que sucede allí. Para ellos, es posible, que en esa vitrina y esa calle no suceda nada…
Argumento. Doce semáforos entre la casa y el trabajo. La mujer los tenía contados y los aprovechaba para maquillarse en seis, en ocasiones cinco y cuando estaba de buenas, o de malas según de donde se mire, en cuatro paradas. Empezaba por los ojos, en la tercera parada derecho e izquierdo quedaban listos. Para la cuarta los labios. Entre quinta y sexta paradas, rubor en las mejillas y peinado. El día del choque la mujer del automóvil accidentado parecía con la cara a medio maquillar… los agentes de tránsito intuyeron un problema familiar. Ese día comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2018

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