Uno con ángel

27 enero, 2018 § Deja un comentario



Gracias a los buenos oficios de Teresita Rivera y Jorge Zapata me encontré una tarde de martes con el Gallero, personaje de la calle Barbacoas entre Palacé y Bolívar, en el centro de Medellín. Llegamos a Barbacoas antes de la hora. Lo buscamos en las casas donde podría encontrarse o, mejor, donde podrían dar noticias de su paradero pero nadie lo había visto desde el día anterior. Decidimos esperarlo en la mesa única de una heladería cercana al cruce entre Barbacoas y Palacé. Ocupamos la mesa y pedimos dos tintos. No había. Entonces una gaseosa rosada para Teresita, nada para mí. Unos quince minutos más tarde un hombre con cachucha negra, camiseta blanca y pantalones cortos, verdes, el Gallero, subía despacio por el centro de la calle. No nos había visto. Quizá pensó que estábamos retrasados para la cita porque se paró a conversar con un conocido a unos veinte metros de nosotros, incluso se sentó en el borde de la acera. Nos vio porque las señas y voces de Teresita llamaron su atención o porque en la acera amplia frente a la heladería solo estábamos nosotros en la mesa única. Entonces se acercó. No era la primera vez que lo veía, en otra ocasión en la misma calle, me encontré a su lado pero no hablamos. El Gallero, es un hombre delgado, menudo, pelo entrecano, corto, y barba de varios días también tirando a blanca; mirada alerta, curiosa, inteligente y sonrisa que delata un humor sin trincheras. Dijo que venía de donde Agustín, el hijo, aprendiz de tatuador, a quien decidió prestar la piel del lado derecho de su cuerpo para que aprendiera el oficio. A pesar de que Agustín es un excelente dibujante, estudia Artes en la Universidad, tatuar requiere técnica y el lado derecho del Gallero sirve de soporte para las prácticas. Cuando aprenda, dice, podrá tatuar lo que quiera en el lado izquierdo. Ese martes llegó con una rosa recién tatuada a la altura del brazo donde había, entre otros dibujos, una fecha, ranas y lagartijas; y en el muslo del mismo lado, resultado de las prácticas, la cabeza de un tigre…


… Le pregunto por qué lo llaman Gallero y mientras narra la historia del abuelo, los tíos, el papá, los hermanos y él, todos galleros, criadores, dueños de galleras y gallos campeones en el país entero, su voz y las imágenes que su voz sugiere se suceden como una secuencia que se mezcla con personajes que pasan cerca como el hombre que empuja calle abajo una carretilla cargada con televisores fuera de servicio porque de un momento a otro Barbacoas fue solo movimiento. El Gallero vive en esta calle hace más de veinte años. Llegó en busca de vicio, venía de Lovaina donde vivió a partir de la noche en que una mujer le preguntó, desde un balcón, para dónde iba, él respondió que no sabía, ella le dijo que subiera, él subió y se quedó allí más de tres años. La noche de la mujer en el balcón y la noche que por primera vez llegó a Barbacoas, cuando se encontró con un muchacho que le preguntó qué buscaba; él respondió: bazuco; el muchacho dijo que no se preocupara que había llegado donde era, lo llevó a una casa, le mostró una pieza y le dijo al que parecía cuidar: esa pieza es de él no deje que nadie entre a molestarlo. Esos preocupados por él que quisieron cuidarlo, sin saber quién era, le hicieron presentir que tenía ángel. El muchacho que lo recibió era Jairo, El duende lo llamaban, murió en un ajuste de cuentas, fue su compañero y lo cuidó y lo protegió. Era el dueño de La Perla, la casa donde vendían el mejor vicio de la cuadra. Y como en una película donde las secuencias se siguen unas a otras, un muchacho de quien el Gallero dice que es buen lector y que le gusta la ficción se acerca a la mesa única de la heladería para saludarlo; a la pregunta de qué lee en ese momento, el muchacho responde que una novela erótica. Ficción pura…


… Barbacoas es calle de ires y venires, de ruidos, de música y volumen que va y viene. Nada quieto. Todos se conocen, se saludan o no se saludan, pero saben quién es quien; las mujeres y los travestis en ropas mínimas, esperan clientes y mientras llegan conversan en la acera al otro lado de la calle frente a la heladería. Tiene ángel, me digo mientras lo escucho y sus ojos y su risa brillan. Desde sus primeros días en esas calles de nadie, el Gallero ha encontrado quien lo proteja, lo cuide y sobre todo quien confíe en él. He tenido suerte, dice y recuerda a don José, José el “Bueno”, porque había un José el “Malo” que terminó mal por decir mentiras y aprovecharse de la gente. El “Bueno”, dice El Gallero, era un señor con voz y voto en la calle. Me llamaba para que le hiciera vueltas, me entregaba plata y yo le hacía los mandados y le devolvía la plata; mucha gente le preguntaba: don José, ¿usted confía en él? y don José decía: ¿y por qué no? a mí no me ha quitado nada. Don José tenía un maduradero de bananos y aguacates y era el fabricante de las hostias para las iglesias de Medellín y los pueblos del oriente. El Gallero repartía los tarros de hostias en las Casas Curales de las iglesias. La remesa de hostias siempre llegó a tiempo a las sacristías nunca se retrasó en la entrega. Don José era importante y confiaba en él y por eso la gente confió en él, por cumplido y correcto. Hoy en día el Gallero hace vueltas para otros, compra recargas de celular, hace mandados, colabora a los que necesitan ayuda, hace de todo. Hace lo que en otro tiempo hizo Gustavo el todero de la calle, el que arreglaba desde una instalación eléctrica hasta un carro; el que fue Casco Azul en el Sinaí con el Batallón Colombia, el que fue escolta de una familia poderosa de Támesis, el mismo que el Gallero encontró tirado en una acera con un derrame cerebral, lo recogió y lo llevó a Policlínica; estuvo tres meses hospitalizado y salió de allí con parte del cuerpo y la voz entorpecidos. Gustavo pasó por la mesa única de la heladería, hizo algunas señas, saludó, y siguió su camino apoyado en un bastón de fortuna calle arriba. Barbacoas es el paso de historias inesperadas…


… Adiela salió de su casa antes del amanecer, ha caminado todo el día de un lado a otro buscando una oficina, no ha comido nada desde el desayuno pero no tiene hambre, dice; busca al Gallero porque necesita que le ayude a comprar una manguera para la casa de su papá, la que tenían se rompió en una inundación. Cien metros de manguera. Adiela hace chorizos los fines de semana para vender en el barrio porque ya no vive en Barbacoas, vivió y fue el Gallero quien la recibió cuando llegó de Tarazá a La Perla, ahora vive en un barrio de invasión en Bello. La receta de los chorizos: cabeza de cañón de cerdo, falda de res y humo para el sabor, se la dijo El Gallero que también ayuda en eso de la cocina. El día cae en la mesa única de la heladería. Con Jorge, que llegó hace un buen rato y Adiela, la mesa está completa. Al caer el día los habitantes de Barbacoas regresan de sus vueltas, a unos les fue bien y a otros no tanto, la música sube, los travestis y las mujeres en ropas estrechas y diminutas se pasean a la espera de clientes. En la acera al otro lado de la calle, una casa de fachada verde trae recuerdos al Gallero. En una época éramos cuatro, dice, dos mujeres: la Rola y la Murciélaga, un muchacho al que le decían Lora y yo. Teníamos una alfombra que llamábamos la alfombra de Aladino porque en esa alfombra no faltaba nada, siempre había de todo: alcohol, plata, comida, vicio, de todo. Había días en que la Murciélaga y la Rola, las dos eran bonitas, iban a un restaurante que quedaba en la esquina y pedían, la gente les daba comida y la traían a la alfombra, tremendos platos nos comíamos. Así pasábamos los días y las noches, no teníamos tiempo para sentir guayabo, las alternativas eran dormir, comer o seguir derecho y siempre seguíamos derecho. Barbacoas no ha cambiado mucho, dice el Gallero, se trafica lo mismo y se mata lo mismo con la diferencia de que ahora no se dispara, ahora manda el cuchillo. No ha cambiado que en Barbacoas nadie ataca a nadie, si hay cuentas para arreglar se arreglan afuera, en Palacé o en Bolívar. Cuando los políticos vienen, vienen con mucha cámara, mucho escolta, mucho policía, mucha promesa y uno puede hasta hablar con ellos pero se van y no pasa nada. Barbacoas no ha cambiado. Al final de la tarde voy a buscar el metro al Parque Berrío. Mientras me alejo recuerdo palabras del Gallero dichas entre uno y otro personaje: … la gente es buena en su mayoría y hemos pasado bueno, aquí he conocido gente curiosa, inteligente, rápida, hombres y mujeres difíciles de volver a encontrar…
Argumento. Ninguna historia termina en punta, dice uno… No, responde el otro, donde termina una comienza otra… Por el final de una, comienza la que sigue…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2018

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Juego de manos

20 enero, 2018 § Deja un comentario



Soy una mano. Para decir la verdad soy dos manos, una izquierda y otra derecha. Diez dedos, cinco en cada una, la misma cantidad de uñas a pesar de que alguna ha desaparecido o cambiado de color por culpa de accidentes, golpes o machucones. Líneas que de una manera u otra, según los expertos definen lo que vendrá y lo que no, corren mis palmas porque mi destino esta ligado a los brazos, torso, piernas y cabeza de quien soy miembro. Hago parte de un equipo, podríamos llamarlo así: un equipo. Las puntas de los dedos, en el reverso, están marcadas por huellas con las que reconocen el equipo, mí equipo, en todas partes; sin embargo, tengo funciones y capacidad de expresión que con frecuencia determinan la actitud y la personalidad de los otros miembros. Un pintor, Eustasio Pintor, se adjudicó el oficio como apellido y a quien conocí hace años, hizo una exposición que tituló: “El ojo táctil”. Expuso texturas que invitaban a ser acariciadas, texturas que al mirarlas representaban pliegues, luces, sombras y también accidentes; texturas que al rozarlas con las yemas de los dedos decía Pintor, narraban historias. Eustasio aseguraba que “… en las puntas de los dedos, se encuentra, según él, la sensibilidad estética, el ojo táctil…” Sus palabras abrieron un mundo a las puntas de mis dedos que, en adelante, fueron antenas, ojos, que no ven como otros ojos pero sienten. Recuerdo que para mencionar la sensibilidad de la que hablaba, Eustasio rozaba con suavidad, en círculos cortos, la yema del pulgar con las del índice y el corazón. Aun hoy copio ese gesto, palabra sin voz, cuando en algún encuentro o entre nosotras, mano izquierda y mano derecha, el tema aparece. No cerré más la mano de Eustasio, lo perdí de vista, de tacto debería decir, sin embargo conocerlo fue premonitorio de lo que seguiría en mi devenir de mano; si hubiera sometido las líneas de mis palmas a lectura de algún experto quizá lo habría vaticinado…

… Desde entonces la otra y yo, no logro aclarar si, cuando hablo, yo soy yo o soy la otra, izquierda o derecha o al revés quien habla o las dos hablamos con una sola voz; esto no indica, por supuesto, que seamos idénticas, tenemos habilidades que se complementan en acciones con un mismo fin, aunque en términos simbólicos —izquierda, derecha— podemos tener divergencias notables; cuando se trata de sentir, de percibir, no digamos de ver, reaccionamos como una sola. Nos hemos convertido en observadoras de otras manos, qué gestos hacen, cuándo los hacen, cómo se expresan, dónde y cuándo se esconden o salen a relucir; es curioso que todo el mundo en este país y en cualquier otro tiene dos manos y lo ignoran, somos solo extensiones del cuerpo sin expresión y con la función única de agarrar, apoyar o sostener, mientras que para otros, mujeres en especial, pasamos por objeto de decoración, nada más. Es una situación preocupante y quizá por eso nos atrevimos a escribir, en compañía del equipo claro está, esta nota. Un ejemplo flagrante de lo que sucede y, he llegado a creerlo, se ha convertido en tendencia, es no saber qué hacer con nosotras, no saber si ponernos en los bolsillos para que nadie nos vea o engarzarnos como garras en la espalda, llevarnos a la cabeza en signo de desespero o cerrarnos sobre nosotras mismas y frotar los ojos con el puño o con la punta de los dedos para confirmar que lo que es, está ahí y bien ahí. Algunas de nosotras que al cerrarse con otras, en el momento del saludo, por ejemplo, se vuelven flácidas, sin fuerza, sin sentido; me atrevería a asegurar que son de aquellas que si llegaran a acariciar las texturas de Pintor, ¿recuerdan a Pintor?, sentirían poco o nada. No saber qué hacer con nosotras es frecuente entre actores en escena o entre gentes de a pie cuando por los avatares del día a día, deben enfrentarse a otros que padecen el mismo drama. El personaje de una novela corta de autor desconocido llamado Amadeo Calle, ciego de nacimiento, recobró la vista por accidente. Su sorpresa mayor sobrevino cuando cayó en la cuenta de que el mundo que aparecía ante sus ojos, que siempre imagino deslumbrante, lo era más cuando lo descubría por la sensibilidad del tacto…

… Hace pocos días nos encontramos, mi equipo en pleno y nosotras por supuesto, en una sala rectangular, no en una sala de espera, sin embargo quienes están allí parecen a la espera de algo. A parte de algunos que van de un lado a otro con pasos cortos y se distraen mirando el piso o incluso mirándose las uñas, ¿habrase visto? hasta dónde hemos llegado ahora somos distractores de momentos perdidos, la mayoría pasa el tiempo en sillones dobles con las manos en reposo sobre las piernas. La sala es amplia y veo las manos desde lejos, muchas de ellas sin expresión. Veo manos separadas, abiertas, una sobre cada pierna o cerradas por separado pero casi siempre apretadas entre ellas aunque, pocas veces, esa figura, podríamos llamarla así, sucede por angustia o cosa parecida. Hay manos que se mueven al ritmo de las palabras y a veces son más expresivas, pero también las hay que callan cuando se esconden bajo los brazos cruzados. A pesar de que tienen la misma configuración: palma, dorso y cinco dedos cada uno con nombres bien definidos y en todas es igual, es difícil casi imposible encontrar dos iguales, incluso en la misma persona. Las uñas son importantes, las mujeres, casi todas las llevan pintadas con colores e incluso decoradas con arabescos, muchas, quizá de la manera más tradicional las llevan rojo sangre o vino tinto; hay mujeres que las llevan largas pero hay otras que prefieren el postizo y las diez pasan de uñas a postizos. Los hombres no se pintan las uñas, los hay que sí, pero en general las llevan cortas, también los hay que las prefieren largas; hace poco me crucé con un señor con uñas largas, de arpista; sin embargo, a pesar de que las uñas son importantes en la personalidad y presencia de su dueño hay otros adornos que las definen: los anillos, las argollas y quizá en menor grado las pulseras…

… A pesar de los adornos hay manos que no se quedan quietas, ni dedos que no se mueven, algunos hacen signos como si escribieran palabras en el aire, hay manos que hablan más que quien las lleva. La mujer joven que se sienta a nuestro lado tiene las manos apretadas alrededor de la correa de su bolso, pero no por miedo, más bien porque teme dejarlo caer. Georges Perec asegura en su “Inventario de un lugar parisino” que todo el mundo siempre lleva algo en la mano y cuando no, la apretuja en la espalda o la engarza al cinturón. Si tuviéramos voz el bullicio sería seguramente mayor que el que nos vemos obligados a escuchar entre motores, músicas y gritos que vienen de todas partes, pero el sonido que levantamos cuando por alguna celebración chocamos entre nosotras puede ser atronador. Cuando de nuestro lado está la habilidad, el pulso, el sentido, el tacto, podemos llegar a ser geniales. Pero dependemos del trabajo de equipo. En ocasiones es una molestia porque nos vemos obligadas a hacer acciones, gestos, apretones, golpes inesperados y eso nos consume porque podemos más de lo que el equipo propone. Quizá algunos de los lectores eche de menos o haya notado que no mencioné, mencionamos, recuerden que somos dos, accesorios como los guantes y no lo hicimos porque esta nota tiene por objeto, por ahora, una suerte de reivindicación, un grito, y nos propusimos no mencionar disfraces ni elementos que desvirtúen nuestra presencia a pesar de que hay quienes piensan que los guantes nos ponen en valor. Qué horror…
Argumento. Dos manos. Diez dedos. Diez huellas y uñas. Al menos cinco líneas en la palma… ¿Y el tacto? preguntó el hombre, que también puede ser mujer… Vendrá, dijo el otro. Vendrá con la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2018

Las historias de La Yía

13 enero, 2018 § Deja un comentario


Alicia, mi hermana, a quien llamábamos la Yía, fue una narradora excepcional. Un ejemplo de su talento está en los recuerdos evocados en la despedida que nos vimos obligados a hacerle en los últimos días porque La Yía partió y nos dejó con el vacío de su presencia pero con el recuerdo intacto. Un recuerdo de esos difíciles, sino, imposibles de borrar. Me queda el vacío de las historias que se llevó y no me contó porque cada vez que hablábamos planeábamos encuentros donde, por supuesto, ellas eran el centro de nuestras conversaciones. La Marginalia que sigue la publiqué en julio del 2014 después de varios días en su compañía…

… Tres días al borde de las historias. Mi hermana es quien las cuenta. Tiene espíritu de narradora. Le ayuda, por supuesto, una memoria asombrosa y una facilidad para describir las situaciones hasta lograr que quien la escucha vea el personaje, el momento, el lugar. Otra faceta que confirma y reconfirma ese espíritu de narradora es que toda ocasión es propicia para una historia. Hay momentos en los que se levanta del sillón que ocupa en la sala, va hasta la cocina y desde allá narra una historia relacionada con algo que ve en el camino y cuando regresa a su puesto lo hace con el recuerdo fresco del nombre con que bautizó platos famosos en la familia: arroz de niño chiquito, arroz de los siete sabores, papas de paseo, cazuela de pobre, sopa de enfermo; su tortilla española es famosa entre los parientes, lo mismo que el arroz de leche asado o la mota, jugo de guanábana con leche; llama panelitas embrujadas unas que compran en la ruta de Anapoima y siempre se confunden entre los paquetes del equipaje. Con su talento de narradora cada vez que menciona un plato cuenta cómo, cuándo y de dónde surge el nombre que seguramente viene de recetas inventadas por ella o adaptadas de otras que conoce de antes. Sus historias, son historias vividas, de esas que no tienen finales esplendorosos pero tampoco trágicos; historias, se podría decir, que terminan en punta, como termina todo en el día a día. Pero terminar en punta no significa que donde termina se acaba, no, la punta, el aparente final donde termina una historia, es el comienzo de otra. Su habilidad para contar no viene solo de su memoria para recordar eventos de familia con protagonistas incluidos, viene de la facultad para convertirlos en personajes con momentos y situaciones naturales pero también únicas…

… Uno de aquellos personajes es Pastora, la llamaban Tola, tía abuela casada con un militar de grado intermedio. Tola pasó su vida bordando manteles, colchas, servilletas o cojines para una parienta más rica sin recibir nada a cambio. Sin cambiarse de ropa y quizá sin bañarse tampoco pues siempre iba vestida con la misma salida de baño de tela esponjosa y color indefinido la tía Tola bordaba sin parar en el corredor de la casa, mientras su marido militar, que ya había alcanzado el retiro cuando mi hermana lo conoció, aportaba su pensión para el mantenimiento de la casa. La situación hasta ahí parece natural para una pareja mayor aplicada vivir una vida apacible. Solo que para la tía Tola, dedicada a sus bordados alejada del mundo, nunca fue distinta. La Tía nunca se enteró del quehacer de la casa, tampoco de que su marido ordenaba traer todos los días de un restaurante cercano un porta-comida con el almuerzo y otro con la cena que compartía con ella. Mientras ella pasaba las horas entre agujas, hilos de colores y bordados, la casa, bajo las órdenes de las mujeres del servicio y no del marido militar, acumulaba el paso del tiempo; los platos en la cocina se arrumaban en columnas inestables hasta que era necesario lavarlos pues no quedaban más en las alacenas; lo mismo las ollas y los cubiertos y los manteles. Con otros enseres que también se debían cambiar cuando estuvieran sucios o el polvo del tiempo obligara a hacerlo como cortinas, ropa de cama, toallas etcétera, sucedía lo mismo: se cambiaban cuando no hubiera más remedio. Era una casa que siempre llegaba al límite de sus existencias. Tal vez por eso el marido militar, como buen estratega, se hacía llevar comida hecha fuera de la casa para que no le dieran de comer lo mismo cada día.
La descripción que mi hermana hace de la tía Tola sugiere una mujer casi transparente, callada, pálida, con el mismo peinado recogido en moña sobre la cabeza que blanqueó con el paso de los años y ni ella, ni su marido, que trocó el aire marcial de sus años de actividad por una tranquilidad sostenida entre los periódicos que leía de la primera a la última página, la espera de la pensión que sí le llegaba y los porta-comidas que lo sacaban de la monotonía a que se había acostumbrado en la casa, intentaron cambiar. Mi hermana no dice en su relato que la pareja haya tenido hijos, es posible que el marido no se atreviera a tocarla para no resquebrajar la fragilidad con que la imaginamos sentada en la esquina más alejada del corredor concentrada en el ir y venir de las agujas y los hilos. Sin duda la tía Tola parece el personaje de una ficción lejana, tal vez ella se sintió así y prefirió la ficción de sus costuras a la realidad de las obligaciones domésticas que le cayeron encima desde el mismo día de su matrimonio o desde antes porque la habilidad para bordar, quizá lo mismo siempre, no apareció de un momento a otro…

… Y entre sorbos de vino, queso Paipa, semi graso y casi joven, pasamos de la tía Tola, transparente, por lo que evoca su figura, a un personaje con peso específico y múltiples imitadores. Pensé que Teo Sarapo el joven que enamoró a una Edith Piaf, mayor y enferma, podía ser un referente del personaje que mi hermana hiló con la historia de la tía Tola. Pero no, el señor Sarapo fue todo lo contrario del Germán que entró a la vida de la familia por la misma ventana que convirtió en puerta cuando la Abuela que pasaba las tardes sentada en el borde del mirador a la espera de ver quién llegaba a la tienda de la esquina, quién regresaba tarde o quién partía temprano, se enamoró. La Abuela vio a Germán por primera vez recostado en la puerta de la tienda una tarde de miércoles. De ese día en adelante lo vio en el mismo lugar y en la misma pose hasta que él se hizo amigo de ella, la conquistó y fue a compartir su vida con la de ella en la casa que solo había visto desde la acera del frente y de la que solo conocía la ventana que hizo desaparecer una vez dueño del corazón de la Abuela, quizá para borrar recuerdos o, con certeza, para instalar en el salón principal de la casa, al que correspondía la ventana, una tienda de mucho más alcurnia que la del frente. Una tienda que, además, le permitiría convertir el dinero de las ventas en dinero de bolsillo que gastaba sin rendir cuentas a nadie y sin pensar en la necesidad de aprovisionar la mercancía, licores y enlatados que se agotaban porque la Abuela, enamorada, le daba el dinero para abastecerla. Germán no solo se adueñó del corazón de la Abuela, también se adueñó, de a pocos, de los otros espacios de la casa. El salón lo convirtió en su almacén de rancho y licores; invadió los patios, las habitaciones, los baños, hasta la cocina y los patios de atrás donde se extendía la ropa para secar después de lavarla. Todos los espacios abundaron con su presencia. Los nietos que vivían con la Abuela encontraron excusas distintas para abandonar la casa puesto que ella solo veía por los ojos de Germán, escuchaba por sus oídos y hablaba por su boca. A pesar de que cierta sensación de fragilidad femenina lo dominaba, Germán tenía la fuerza para hablar al oído de la Abuela y hacerle creer lo que él quería. La fragilidad era la fachada que derribó cualquier defensa que la Abuela hubiera podido levantar para protegerse…

… El enamoramiento duró algo más de un año. Por alguna razón que mi hermana no tiene clara el amorío terminó. Es posible, me digo ahora, que la Abuela hubiera descubierto los lances que Germán hacía en su ausencia en los primeros tiempos, pero aun en su presencia cuando ya tuvo más confianza, al cojín que ella no abandonaba ni para ir al baño, llevaba a todas partes y trataba como su amuleto. El final de la relación con Germán sucedió un martes por la tarde cuando los proveedores de licores llegaron con el pedido y en la caja registradora del almacén no había con qué pagarlo. La Abuela fatigada de desembolsar dinero sin ver a dónde iba a parar, llamó la atención a Germán delante del vendedor que esperaba con la factura en la mano y como no supo responder, en un arranque de autoridad de esos que habían desaparecido pero que súbitamente salieron de nuevo a flote la Abuela devolvió la mercancía. Germán protestó. La Abuela no cedió. Germán dijo que así era inútil seguir con el almacén. La Abuela dijo que tenía razón, era inútil un almacén sin mercancía. Germán dijo que sin almacén era inútil que él se quedara. La Abuela le señaló la puerta de salida con el brazo izquierdo extendido porque bajo el brazo derecho tenía el cojín amuleto que no abandonaba. La escena tuvo lugar a las cinco de la tarde, la discusión delante del vendedor duró mientras devolvían las cajas con botellas y latas a la camioneta que esperaba frente a lo que en otra época fue la ventana por donde entró el amor y a partir de ese momento se convertía en la puerta por donde salía el desamor. Era un poco más de las cinco y media, comenzaba a caer la tarde y las sombras de las enredaderas en el patio eran más densas, era la hora en que los objetos, las plantas y los muebles pierden forma. Creo ahora, narra mi hermana, que Germán tuvo la intención de arrebatar a la Abuela el cojín amuleto o quizá también caja fuerte donde guardaba sus secretos y partir con él como único equipaje; sin embargo fue esa hora precisa en que los límites se confunden, lo grande desaparece y lo pequeño se deforma que aturdió a un Germán frágil en toda la extensión de la palabra. La Abuela lo notó pero la decisión tomada era inquebrantable y no echó pie atrás. Germán fue el último que salió por la puerta que había hecho abrir. Antes de las seis de la tarde de ese mismo día, la Abuela la cerró para siempre. Empacó su equipaje, cerró puertas y ventanas y al día siguiente, con el cojín amuleto, caja fuerte, debajo del brazo se fue de viaje. La casa quedó cerrada el tiempo suficiente para que la capa de polvo hiciera lo justo con los recuerdos. La Abuela no regresó. Parece que solo se separó el cojín cuando la llevaron a la clínica después de un ataque de apoplejía. Pocas horas antes de morir el cojín desapareció. La enfermera de servicio dijo que una de sus hijas, la menor, que no vivía con ella, se lo llevó apenas se enteró de que la Abuela agonizaba. Mi hermana nunca supo a ciencia cierta qué contenía el cojín amuleto, quizá caja fuerte, que ni siquiera por amor la Abuela abandonó…
Argumento. Su recuerdo traerá otras historias, me digo ahora… El recuerdo sin final de mi hermana es una historia que comienza…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior  Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2014 / 2018

Historias de sentados

7 enero, 2018 § Deja un comentario



Absurdo o por lo menos premonitorio: una mujer, que en el primer momento no me pareció conocida, hizo un gesto de incredulidad cuando llegó frente a mí. Mi presencia fue una sorpresa para ella. Se detuvo, me miró, soltó la expresión de sorpresa y sus ojos se abrieron de par en par. No esperaba verme allí sentado en aquella banca. Hay momentos, frecuentes, en que me cuesta trabajo recordar caras, éste fue uno de ellos. Mientras la mujer intentaba no dejar escapar una expresión parecida a un ¡¡¡Ohhh!!! retenido y silenciado por su mano sobre la boca, y yo intentaba recordar dónde había visto esa cara con ojos desorbitados que me miraba desde cierta distancia y se acercaba a pasos cortos, midiendo la distancia, como si viniera preparándose para el encuentro. Mi duda fue mayor cuando se tapó la boca con la mano, así de grande era su sorpresa. No pensé nada, su mirada era de estupor, me atrevo a asegurar que de miedo y yo no la había visto nunca antes. Se acercó así, con todas las expectativas abiertas. A dos pasos de mi puesto, yo seguís sentado, respiró. Llegó a mi lado, puso su mano sobre mi hombro, suspiró con alivio y dijo: pensé que usted era alguien que conocí en otro tiempo. No dije nada. Ella no dijo más y siguió su camino. Mientras se alejaba recordé dónde, en otro tiempo, la había conocido, quise llamarla y decirle que sí nos conocíamos pero me arrepentí, ya no tenía importancia, ella había desaparecido por la puerta abierta a mi izquierda…


… Ese mismo día llegué a un lugar donde pocas cosas cambian. Quizá las mesas están en mayor desorden que la última vez; quizá la lluvia, ahora ya escampó, ha hecho que la gente las desorganice o las organice distinto o ni siquiera las ocupen porque la lluvia las mojó. La mesa a la que logro acercar tres sillas secas, está mojada, la lluvia dejó huella. Espero. La cita es a las diez. Falta poco para la hora. Una mujer atlética pasa cerca a paso rápido. El lugar bajo los árboles es fresco, su sombra es propicia. El tiempo pasa. Espero. Las dudas me asaltan, ¿es el lugar donde pactamos la cita?, ¿me equivoqué? Es posible, aunque, no es la primera vez que vengo aquí a un encuentro con la misma persona. Hay gente alrededor, la mayoría, sino todos, son estudiantes. Es una hora entre clases y quizá por eso el público abunda. La persona que espero no llega, me digo que esperaré un cuarto de hora, el cuarto de hora judicial que llaman, después me iré. Una cita incumplida deja un vacío difícil, explicarlo es como intentar derribar un muro insalvable detrás del que no se sabe qué hay, ¿la nada?, es posible, ¿todo?, también es posible, y entonces es mejor que la cita no haya sucedido. Mientras pienso en el qué o el por qué de las citas incumplidas, escucho voces a mis espaldas. La voz masculina dice: esperemos veinte minutos; la voz femenina pregunta: y qué, ¿si no llega nos vamos?; la voz masculina dice: esperemos; la femenina insiste: ¿y si no llega nos vamos?, no tengo dónde ir a esta hora, agrega. Un silencio sigue la frase. Ha pasado el cuarto de hora y mi cita no llega, la de los vecinos tampoco, decido hacer como ellos, esperaré veinte minutos. En preparación para el encuentro, a mi llegada recuperé tres sillas secas ya que todas las otras, mojadas, eran inservibles y no tenía con qué secarlas. A los veinte minutos de espera, un joven con cuatro aretes en cada oreja, me preguntó si podía llevarse una de las sillas. Le respondí que sí con una seña. Quienes esperaban al que no llegó a mis espaldas, no los miré y no sé cuántos eran, callaron, solo expresaron las dudas de lo que harían en caso de que la cita no se cumpliera, repitieron  preguntas y respuestas, tampoco avanzaron ni decidieron otra cosa distinta a esperar. Como los vecinos no sé que hacer, ¿me voy?, y si el personaje aparece, y si me equivoqué de lugar. Se cumplieron dos cuartos de hora, diez minutos más de los veinte propuestos por los vecinos que también esperan. Entonces caigo en la cuenta de que no los escucho más, miro hacia donde venían sus voces y la mesa que supuestamente ocuparon está desierta. Se fueron. ¿Llegó su cita?, ¿cumplieron con su palabra? Han pasado treinta y tres minutos de la hora pactada para mi cita, decido no esperar más. Me levanto y me voy. La cita no llegó y el vacío se abrió frente mí…


… Otro día vi llegar una familia a la banca delante de la mía. Dos hijas, la mamá y el papá. Llegaron por separado aunque era evidente que venían juntos, padres e hijas. Primero llegó la hija menor, juguetona, después el padre; después llegó la madre y por último la hija mayor que en apariencia podía tener unos nueve o diez años; entre la hija mayor y la menor había una diferencia de tres años. Los padres son jóvenes. Sin embargo en el momento de su llegada noté cierta lejanía entre ellos. A la izquierda del padre la menor juega. Juega y no está donde todos creen que está, su imaginación la lleva a otra parte. La otra, la mayor, a la derecha de la madre, preferiría estar en otra parte, se acerca a la madre y le habla al oído, le dice un secreto, se queja. La hija menor juega en su puesto y cada vez está menos donde todos creen que está. La madre está al lado del padre pero él parece aislado del grupo. Por alguna conexión infantil las niñas se comunican entre ellas por encima de los padres. La hija mayor habla de nuevo al oído de la madre y ésta al oído del padre, la acción los obliga a acercarse. La hija menor seguía en sus juegos pero al ver el movimiento pasa delante del padre y de la madre va hasta donde la hija mayor, le dice algo que la otra rechaza y regresa a su puesto. Ahora se para cerca, casi pegada al padre y no juega más, por supuesto, cada cierto tiempo mira para otro lado o para atrás en busca de algún motivador para su imaginación. La hija mayor no olvidó su aburrimiento, se recuesta cada vez más a la madre y sigue con la mirada perdida. La hija menor no deja de jugar. Desde mi puesto, detrás de ellos sigo todos sus movimientos, se me ocurrió, incluso, pensar que debían, padre y madre, ser empleados de oficina porque sus manos no dejan ver trazos de trajín doméstico. No veo sus caras, solo el corte a la moda, rapado por los costados y largo encima, del padre; y el peinado cogido en cola de caballo de la madre. Los padres y la hija mayor llevaban bluyines y camisetas corrientes con letreros y figuras en el pecho, la hija menor lleva vestido de tul blanco y diadema con moño rojo en la cabeza. Una hora estuve detrás de ellos. Cuando dejé el lugar los perdí de vista. Eran una familia normal. Me pregunté entonces cómo serían para ellos los lunes en la mañana o los jueves al medio día o los viernes en la tarde. Aun me lo pregunto…


… Tengo al frente, como en vitrina, un sofá de tres puestos, quizá de cuero oscuro, no lo puedo asegurar; huellas de quienes se han sentado en él son bien visibles. Cuando descubro el paso de gentes por el sofá, por los tres puestos del sofá, el de la derecha, más marcado que los otros, el vidrio donde adivino mi reflejo se interpone entre aquellos que ya no están y yo. Mi reflejo, según los movimientos que haga, parece integrado a la forma masiva donde solo se adivinan, adivino, la huella de quienes lo ocuparon, descansaron o solo se sentaron en él para probarlo. La última opción es la más posible por el lugar donde se encuentra: una tarima, a la altura de los ojos de los transeúntes que lo insinúa nuevo, a pesar de que la huella de otros es evidente. Encima del sofá, para simular la decoración de un lugar habitado, hay una pintura al óleo que representa un atardecer sin viento en campo abierto; un atardecer de otoño con hojas amarillas y ocre sostenidas en el aire, ninguna cae ni se mueve, solo se sostienen. No hay nadie. Ni viento que mueva las hojas. Todo en la pintura es quietud solitaria. Quienes se sentaron allí, quizá una mujer de contextura fuerte o un hombre menos fuerte que la mujer, permanecieron solo minutos, quizá segundos, el tiempo suficiente para dejar huella en el sofá. Huella ligera y a punto de desaparecer, pero huella que deja trazo y fragmento de historia. Mientras trato de imaginar  la mujer fuerte y el hombre frágil, mi reflejo en el vidrio que se interpone entre el sofá y yo pasa de un puesto a otro. De repente el viento sopla en la pintura y las hojas vuelan; mi reflejo a causa del viento aparece y desaparece, es indeciso. Ninguno de los transeúntes que a veces interponen entre su reflejo, el mío y el sofá, ven lo que sucede allí. Para ellos, es posible, que en esa vitrina y esa calle no suceda nada…
Argumento. Doce semáforos entre la casa y el trabajo. La mujer los tenía contados y los aprovechaba para maquillarse en seis, en ocasiones cinco y cuando estaba de buenas, o de malas según de donde se mire, en cuatro paradas. Empezaba por los ojos, en la tercera parada derecho e izquierdo quedaban listos. Para la cuarta los labios. Entre quinta y sexta paradas, rubor en las mejillas y peinado. El día del choque la mujer del automóvil accidentado parecía con la cara a medio maquillar… los agentes de tránsito intuyeron un problema familiar. Ese día comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2018

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