Músicos sin instrumentos

30 diciembre, 2017 § Deja un comentario


Espacios distintos, muy distintos. Puntos en común y coincidencias. Músicos. Llevan la música como forma de vida, es la que eligieron o es aquella que la vida les obligó a elegir. No se conocen y es probable que nunca se hayan visto. Uno es personaje de una película, es el protagonista; otro, me crucé con él en una parada de bus un domingo en la mañana a una hora en la que no pasan buses; otro es un pianista obligado a inventarse un piano; el otro vive con dificultad de cantar lo que otros quieren escuchar. El músico de la película, lo voy a llamar Juan, es, según su historia, uno de esos que vinieron al mundo con el talento incluido pero pobre. Cuando algún profesor observador cayó en la cuenta de su talento le sugirieron que estudiara piano pero él tenía preferencia por el chelo, era más fácil practicar chelo, hay menos aspirantes que para el piano. Como no tenía con qué comprar uno, se tatuó las cuerdas del instrumento en el interior del antebrazo izquierdo. Pisando cada cuerda con el dedo correspondiente de la otra mano Juan practicaba los movimientos de la sonata que sin duda sonaba en su imaginación. Era una práctica diaria, sobre todo en las noches al regresar a casa. Los avatares de la vida, lo llevaron a vivir en la calle donde consiguió un violín sin cuerdas. Cuando le preguntaron qué era lo que más quería, respondió: las cuerdas…


… Carlos, es mayor que Juan, coincide en ellos la música y la posibilidad de imaginar y escuchar la música que nadie más escucha porque es la que ellos imaginan. Sucedió una mañana de domingo. Primero vi su figura oscura en una parada de bus a una hora donde todavía no pasan buses. Pensé en un habitante de la calle que dormía allí. Al acercarme me di cuenta de que la figura era la de un hombre con sombrero pero su pose no era la de alguien que duerme, su pose era la de alguien que no está en reposo, alguien que ejecuta una acción. Más cerca, a unos diez metros, distinguí parte de su cara y la barba blanca abundante, parecía concentrado en el movimiento de sus manos. Pensé que empacaba o desempacaba algo porque la posición de sus brazos abiertos daba a entender que entre ellos había algo que no alcancé a ver. Unos metros más adelante caí en la cuenta de un detalle, solo un detalle pero vital, su pie izquierdo estaba apoyado en una especie de soporte y por esto la rodilla levantada servía de sostén al brazo izquierdo que parecía abrazar un objeto que desde la distancia no alcancé ver. Unos metros más cerca noté que su mirada iba de la mano izquierda a la mano derecha un poco más arriba, que parecía apretar una forma delgada, un brazo, también invisible. Los dedos de la mano derecha se movían a un ritmo que dependía del ritmo de la mano izquierda. A dos metros de distancia fue claro que el hombre estaba escuchando las notas de una guitarra y la estaba tocando. Pero no había guitarra, por eso su concentración, la posición del cuerpo, de los brazos, y los ojos cerrados para que el sentimiento no fuera solo una ilusión…


… Juan y Carlos trajeron el recuerdo de Miguel Ángel Estrella, pianista argentino a quien vi, en los primeros años ochenta del siglo pasado, en una entrevista en la televisión poco después de ser liberado de la prisión. Durante la conocida “guerra sucia” de los militares del Cono Sur, Miguel Ángel Estrella fue detenido, torturado y confinado en una celda durante varios años. Para mitigar el dolor de la tortura, la soledad y la crueldad del tiempo, logró conseguir un tizón o un lápiz y con él dibujó un teclado de piano en la pared de su celda. En el silencio de las noches o, a pesar de los gritos de dolor y voces venídas de todas partes, Miguel Ángel Estrella tocaba en el teclado del muro las obras de los grandes maestros que escuchaba en su imaginación y lo mantenían con vida…


… A Olimpo lo vi un día en una esquina. Iba unos pasos adelante con un estuche de guitarra en la mano. Se detuvo en la esquina sin saber qué camino coger. El semáforo para peatones estaba en verde. Estábamos solo él y yo y no cruzamos. Parecía cansado. Aunque una guitarra y su estuche son objetos livianos, el que cargaba, es la palabra más justa, parecía más liviano de lo normal y no coincidía con su figura de fatiga. Si un testigo hubiese presenciado el momento desde la acera del frente, detrás de los visillos de una ventana o desde un automóvil, solo hubiera registrado la presencia de un hombre con ropa oscura, saco, pantalón, corbata y un estuche guitarra en la mano, es posible que nadie recuerde si había alguien más. Coincidimos allí los segundos suficientes para distinguir el peso que llevaba encima. Me dije que debía ser un serenatero de regreso de una noche de dedicatorias, despechos, declaraciones, abrazos y besos pasados con aguardiente porque es posible que los contratantes le pasaran la botella y él, entrenado para mantenerse sobrio hasta el final de la noche, sabía que el aguardiente era lo mejor para la voz al oído de los otros. Busco en la memoria serenatas de otros tiempos y llego a la figura del hombre en la esquina a quien no dudo en llamarlo como Olimpo Cárdenas, aquel maestro del bolero y el despecho que aun se escucha en pianolas de bares y cantinas. El traje oscuro, arrugado, como si hubiese dormido con él puesto; la camisa que ya no era blanca en el cuello o en los puños, el temblor en las manos, visible cuando sopesó el estuche. Este hombre, músico de profesión, no era de este tiempo, ni de esta esquina; venía de otro, lejano, que se fue, que no volverá. Por eso sopesa el estuche, para sentir que ya no lleva el instrumento que lo acompañó. Olimpo cruza la calle y sigue por la misma acera hacia el Parque. Lo miré alejarse. Esperé que antes de perderlo de vista dejara el estuche sin guitarra en su interior, recostado contra algún poste, pero no lo hizo, seguramente el estuche era lo único que le quedaba…

Argumento.
Este año ¡Sí!… dijo el hombre, también puede ser una mujer. Quienes lo escucharon no dijeron nada porque no sabían ¡Sí! qué… Así, con la duda enquistada, comienza la historia y el año…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Anuncios

Etiquetado:, , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Músicos sin instrumentos en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: