Un cuento casi navideño

23 diciembre, 2017 § Deja un comentario


Hace pocos días fui testigo de una coincidencia que confirma lo escrito por Paul Auster en alguno de sus libros a propósito de las coincidencias y la ficción. Eran los primeros días de diciembre y la gente comenzaba a salir a la calle, no porque no lo hicieran durante el año, sino porque las calles, los almacenes, los puntos de encuentro, tienen un atractivo especial en diciembre: las ofertas aumentan, los trabajadores tienen con qué comprar lo útil y lo inútil, la proximidad del final del año y las expectativas del que llega obliga encuentros pospuestos por falta de tiempo o porque éste que pasó no se repite y el que viene será, seguramente, mejor; necesidades distintas a las que tenemos durante el año obligan a estar afuera, en la calle, mirando, antojándose, gastando, hablando duro, mezclándose con los ruidos de la multitud y las músicas distintas de puerta en puerta o en filas interminables. Diciembre es así. Porque no lo entienden o con el propósito de poner tema de conversación, a pesar de que es un buen negocio para ellos, más de dos taxistas me han dicho mientras me miran por el espejo retrovisor, que no entienden por qué todo en diciembre es más: se come más, se habla más, se trabaja más, se bebe más, se gana más pero también se gasta más; uno, me aseguró, quizá para azuzar una respuesta y por ahí mismo iniciar una discusión interminable: en diciembre todo vale…


… Por supuesto no tengo respuesta para ninguna de las dudas o certezas expresadas pero adhiero sin limitaciones a lo dicho por ellos y cuando llegamos al destino, nos despedimos deseándonos lo mejor para los días que se nos vienen encima. Diciembre es así. En los primeros días de diciembre, entonces, cuando apenas comienzan a despuntar las multitudes para las fiestas y las albricias, tuve una cita con Roberto Ojalvo, director del Museo Maja de Jericó. Tal vez porque exageré el gentío que iba a encontrar en todas partes, llegué al lugar de la cita: el Café Juan Valdez de uno de los almacenes Éxito de la ciudad, con casi una hora de anticipación; claro está, no se trata de la confirmación de un error de cálculo de mi parte, las calles, las aceras y el almacén estaban, a esa hora: diez y treinta de la mañana, rebosantes de carros y ruido y público comprador. Fue suerte. Sin embargo, como la suerte no existe a menos que uno mismo la provoque, fue una de aquellas coincidencias que, por suerte, llevan a la ficción. Llegué al almacén Éxito en cuestión con tiempo suficiente para la cita y como la mayoría de los consumidores me dediqué a recorrer los pasillos entre góndolas y estanterías, atestadas de productos y marcas y botellas y colores y cajas y dulces y comida a lado y lado…


… En el sector de vinos y bebidas espirituosas vi un hombre, libreta en mano, copiar las etiquetas de los vinos y sus precios; empezó por los caros y terminó por los baratos, copió las etiquetas una por una, cuando alguna duda lo atascaba entre dos botellas iba donde el encargado, botella en mano, y terminaba su encuesta; lo vi también tomar fotografías de algunas botellas, tal vez las más costosas o atractivas. Lo seguí durante casi media hora, pensé, cuando lo vi poner tres botellas en una canastilla que se había decidido y las iba a comprar. El personaje, un tipo joven o con figura de joven, en estos tiempos es difícil saberlo, recorrió el pasillo de los vinos con la canastilla; en el extremo opuesto a donde había tomado los vinos tomó otras tres botellas y en su lugar depositó allí las tres que traía en la canastilla. Repitió la operación siete veces. Siete veces cambió botellas de un lado a otro, por último dejó la canastilla vacía en un rincón y partió. Pronto lo perdí de vista entre el gentío. El café Juan Valdez está dentro del Almacén en el lado opuesto de la exhibición de vinos; la hora de la cita estaba cerca. Entre góndolas y gente empujando carros llenos de compras, me acerqué al lugar. Dos pasillos antes de llegar al Café choqué o casi con una mujer mayor que, frente a una exhibición de carnes, palpaba un lomo de cerdo empacado al vacío como si fuera un aguacate. Llamó mi atención y me paré a su lado en actitud similar a la suya; la mujer tomó el lomo entre sus manos, lo sopesó, debo decir que hice lo mismo con otro más pequeño que también estaba en exhibición, y como ella, después de sopesarlo lo dejé en su sitio. La mujer se quedó allí pensando, yo también; tomó de nuevo el lomo que había sopesado, lo palpó, con él entre las manos hizo cálculos, quizá contaba cuantos comensales tendría, lo depositó de nuevo entre las carnes, hice lo mismo, y partió. Yo no partí, me quedé allí considerando seriamente los lomos. Menos de un minuto después la mujer regresó y repitió la operación con otra pieza de carne empacada al vacío, esta vez no fue un lomo de cerdo fue un pavo relleno. Repitió los movimientos de la vez anterior. Como tuve la sensación de que la mujer no me veía o prefería no verme no hice nada y la observé hasta que partió después de palpar, sopesar, hacer cuentas y devolver la pieza empacada al vacío a su lugar…


… Cuando llegué al lugar de la cita tenía unos quince minutos de avance sobre la hora pactada, es tan incumplido quien llega antes como quien llega después de la hora, dice un proverbio inglés que pocas veces aplica. Pedí el capuchino con soya que acostumbro en Juan Valdez y ocupé una mesa libre, por suerte entre el gentío había una libre, con tres asientos: uno para mi morral, otro para Roberto y otro para mí. Todo perfecto. De repente, un personaje joven con barba de cuatro días, me mira fijo desde el otro lado del espacio marcado para el Café y viene hacia mí, pienso que quiere una de las sillas libres en mi mesa y me dispongo a negársela porque espero una persona y solo hay dos sillas más, aparte de la mía, la otra silla es la del morral. Con esas palabras textuales le iba a negar la silla. El personaje con barba de cuatro días se acerca a la mesa, se apoya en el espaldar de una de las sillas libres, me mira con ojos desorbitados a través de las gafas de montura gruesa, espera unos segundos, se inclina como si me fuera a decir un secreto y pregunta en un murmullo: “¿Usted es el señor Lucho León?” Respiro hondo y respondo en el mismo tono: no. El personaje se endereza, se disculpa y se va. Mientras esto sucedía conmigo, otro parroquiano ocupa una de las mesas vecinas. El personaje con barba de cuatro días se aleja y regresa hasta la mesa donde el parroquiano acaba de llegar y le hace la misma pregunta. El momento, la actitud, la pregunta y la respuesta fueron calcados de lo sucedido conmigo. Luego repite la acción con otro solitario en otra mesa un poco más alejada. Todo como la primera vez. Una hora más tarde el personaje con barba de cuatro días repite su acto con los solitarios que llegan al lugar. Numerosos aquel día…


… Entre tiempo, Roberto Ojalvo llega a nuestra cita. Y aquí es donde aparece la coincidencia o el drama, según Ricardo Silva en su libro “Ficcionario”. Roberto me contó que el día anterior cuando por error fue al mismo lugar y esperó durante unos minutos una cita que no llegó, un personaje con las características de quien me preguntó hoy si yo era Lucho León, se acercó a su mesa y con el mismo suspenso con que me abordó, le preguntó si él era el mencionado señor. Al escuchar la respuesta el personaje se disculpó y repitió punto por punto su número con otros solitarios que ocupaban mesas en el Café Juan Valdez. Quedó entonces confirmado que la llamada realidad se repite hasta convertirse en ficción. Sin embargo es claro que el desencuentro deja preguntas en el aire: ¿quién es Lucho León?, ¿quién lo busca, para qué lo busca?, ¿por qué Lucho León no llega?, ¿el personaje con barba de cuatro días tiene algún encargo que le debe entregar?, ¿qué espera de Lucho León: trabajo, dinero, apoyo, compañía?, ¿un regalo? Sin duda se trata de una cita a ciegas. ¿Cuántos días el personaje con barba de cuatro días va a repetir el número entre los parroquianos de Juan Valdez?, ¿hasta el día de Navidad? Es evidente que el personaje no conoce, nunca ha visto a Lucho León y el día y hora de la cita no fueron definidos con exactitud. ¿Qué pasó? Es posible que el encuentro haya sido pactado por teléfono y lo único que el personaje con barba de cuatro días conoce de Lucho León es la voz, ese pequeño detalle obliga su actitud de acecho al preguntar pues lo que necesita es reconocer una voz…
Argumento. Se acabó el año… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

 

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