Los ojos de Samudio

18 diciembre, 2017 § Deja un comentario

La sala es amplia, piso de madera, muros vinotinto hasta tres cuartos de altura, luz permanente aun cuando los bombillos no estén encendidos, luz constante, sin sombras, al natural, quizá sea posible llamarla. Con solo llegar allí, la entrada de la sala en el Museo Maja de Jericó* presiento el encuentro y una multitud de ojos fijos que me miran que miran todo y a todos. Es una sensación curiosa porque lo que veo son marcos de madera natural que contrastan con el color oscuro de los muros, la mayoría del mismo tamaño o de tamaños similares pero dispuestos al ritmo de una conversación que en ocasiones se acelera y en ocasiones hace pausas, para mirar, para ver mejor. En los marcos como ventanas que miran el mundo paralelo o el reflejo de éste donde nos encontramos, están los grabados de Antonio Samudio, artista y grabador bogotano. Conozco a Samudio desde hace años pero debo decir que por los avatares de los días he perdido de vista su trabajo durante largas temporadas. Sé que los bodegones ocupan buena parte de su obra y son determinantes porque en ellos se percibe una manera de mirar, de ver “la llamada realidad”, sobre todo si tenemos en cuenta que hay pocas cosas más vivas que una naturaleza muerta. Sin embargo, los personajes, naturales, cotidianos, en actitudes sin pretensión o con ella pero sin pose; personajes que están donde están como lo que son: gentes de a pie, siempre me atrajeron. Personajes que resultan de la observación aguda del maestro puesta en práctica durante años. El hombre que se mete el dedo en la nariz y mira para otro lado como si su acción frente al público lo acobardara, no mira para otro lado, de soslayo tiene los ojos puestos en quien lo mira. O la mujer con un rodillo de cocina en la mano que mira fijo al espectador, mientras la cabeza de un hombre, quizá su marido o su amante, rueda lejos de su cuerpo, mira también a quien los mira y espera que algo suceda, que alguien ría o venga en su ayuda…

Por qué, se preguntarán algunos, me atrevo a decir que ya desde la entrada de la sala el sentimiento de que muchos ojos me miran aparece. Intentaré explicar por qué. Porque una vez iniciado el recorrido, el encuentro más bien, los grabados de Samudio quizá ochenta o menos o más, para no exagerar, pasaron de ser grabados en el sentido literal a ser personajes que miran sin pestañear a quien tienen en frente y lo invitan a participar de una acción, de un momento particular en su universo paralelo. Por supuesto para que esto suceda hay que entrar en ese universo, hay que abandonar el lugar del observador en este lado del vidrio, pasar del otro lado y convertirse en arte y parte del accionar de cada personaje. ¿Cómo sucede esto? Los ojos son la vía. La mirada fija, sencilla en el trazo, tres o cuatro líneas y el círculo pleno, pupila, que parece no ver, son la llave para pasar del otro lado del vidrio, del espejo en palabras Lewis Carroll, donde las cosas pasan. Desde los primeros grabados los ojos, trazos cortos, que no esquivan los míos, que no miran para otro lado y si lo hacen es para dar una espera a la decisión de ir allá, de pasar del otro lado, me tentaron. En el momento de encontrarme frente a un hombre con vestido, corbata, camisa a rayas, piel sin trazos y tímido por la pose apretujada de sus manos, que no se atrevía a hablar, a decir, a invitar, para no espantarme, sus ojos hablaron por él, fueron la puerta que se abrió sin ruidos, el momento de saber qué hay allá, más allá del espacio oscuro detrás suyo. Y entré…

El hombre no habló, su boca pequeña, apretada, permaneció quieta, no dio tampoco muestra de sorpresa o rechazo, debía estar a la expectativa de mi visita o de la visita de alguno de los personajes que circulan en la sala. Me esperaba. Me encontré al interior del vidrio. Me preocupó que quienes pasaban frente a los grabados notaran mi presencia, como un intruso, entre los personajes, hombres y mujeres, personajes que sin hacer fila o estar en grupo van uno tras otro; los que manifiestan, los que se abrazan, los que no tienen pupila y ven más, los que señalan y los que son señalados; los grupos de familia que posa para su reflejo, los que están detrás de un parapeto o parecen recién salidos de la cama; los que, a media luz, se disimulan en la penumbra de una habitación; el ejecutivo, la señora, otra señora a quien llaman “Ella” o “Sor espanto”; aquellos que frente a los espectadores se acarician o la mujer que señala y el hombre que espera; o las cinco mujeres vestidas e negro y los ocho hombres que hacen tiempo; o los que hacen fila frente al vacío y los que parecen como si fueran de la misma familia y se encuentran después de largas ausencias; los que denuncian o el que se tapa la boca; los que están bajo el paraguas, los esperan bajo las estrellas. Tuve el temor de ser descubierto por los espectadores al otro lado del vidrio frente a los grabados, tuve temor de que me vieran pasar de uno a otro…

Ninguno de los visitantes, eran numerosos, notó mi presencia. Entonces caí en la cuenta, me convertí en grabado, me convertí en personaje de Samudio, trazos precisos de buril, aguatinta, mezzotinta o trazos más fuertes de xilografía. Era, según el movimiento, la técnica que correspondía al momento en que alguien acerca la cara para mirarnos de cerca. Constaté que el vacío, fondos oscuros con trazos densos o sin trazos, planos, y en apariencia con la profundidad de su tamaño, es un universo pleno de sonidos, de texturas, de experiencias y observaciones que han llegado a la extrema sencillez de lo mínimo que, a pesar de que no lo parece, siempre es más, mucho más. Recorrí todos los grabados, incluso las estancias íntimas donde encontré mujeres en paños menores que sonrieron a mi paso. No conversé con ninguno de ellos. Si me considero uno de ellos, puedo decir que en esta exposición en el Museo Maja de Jericó* somos muchos, hacemos la presencia del silencio, de las formas, de la actitud y certificamos que se necesita más que observación para lograr que cada uno de nosotros haga su composición como Samudio lo imaginó. Convertirme en personaje de sus grabados y no estar en ninguno pero pasar por todos fue la posibilidad de ver el mundo paralelo desde el otro lado del vidrio y puedo decir que el universo de allá y el de acá, son el reflejo de los personajes que nos habitan…


*Antonio Samudio en Jericó. Museo Maja. Jericó. Hasta el 30 de enero de 2018

Argumento. Caras y cuerpos y sonrisas y manos que señalan o indican esperan en un lugar singular para un encuentro… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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