Instantáneas de Paris

2 diciembre, 2017 § Deja un comentario


El 18 de octubre de 1974 a las 10:30 de la mañana en “Tentativa de agotar un lugar parisino” Georges Perec escribió que en La Place Saint Sulpice había una iglesia, tres cafés, una parada de bus, un sastre, un kiosco de revistas, edificaciones, empresas, estatuas de hombres célebres y otras cosas más que definió en el párrafo final de la introducción así: “…Un gran número de esas cosas, si no la mayoría, fue descripto, inventariado, fotografiado, contado o enumerado. Mi objetivo ha sido más bien describir el resto: lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes…”
“Paris era una fiesta” escribió Hemingway y “No se acaba nunca” agregó Vila Matas años después en otro libro parisino. Walter Benjamin lo recorrió con tal sentimiento que abrió el espacio de lo no visto; y Luis Aragón también se inspiró allí con la naturalidad del aldeano que abre los ojos ante la fantasía de la urbe. Los tiempos cambian y otras formas de mirarlo y otros ángulos que muestran no solo el de las cartas postales sino el de quienes lo ven desde la lente de sus cámaras certifican la movilidad, la eternidad y sobre todo la no permanencia que el tiempo y la tecnología imponen. La ciudad visible desde ángulos inesperados apareció y tomé fotos de quienes tomaban fotos mientras escribía instantáneas en mi celular, en un intento de copia de lo propuesto por Georges Perec en su inventario: “…lo que no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada…”
Llegamos, mi mujer y yo, a la Gare de Nord un martes al final de la tarde. Nuestro amigo Jaime Gómez nos acompañó al hotel y luego nos invitó a comer sopa Brighton, merluza a la provenzal con ensalada de papa, zanahoria, habichuela menuda, helado y café, en su apartamento de la Rue des Patriarches cercano al hotel. Comimos, bebimos y conversamos hasta la hora de regresar al hotel por la rue Monge, en la esquina de la rue Assar tomamos a la derecha y una calle más abajo, en el once rue des Écoles llegamos al Hotel Familia, habitación sesenta y uno, sexto piso, por las escaleras o por el ascensor con espacio para dos personas apretadas o una sola con maleta…
A la mañana siguiente hace frío. En la rue Monge algunos camiones y automóviles, los pasantes como siluetas negras de pies a cabeza pasan de prisa. Todos con seguridad llevan celular con cámara y algunos cámara colgada al cuello. El frío cala. Frente a la fuente Saint Michel una estudiante de arte dibuja, no alcanzo a ver que dibuja pero provoca tomarle una fotografía…
En la rue de la Huchette frente al Teatro del mismo nombre un letrero certifica que fue fundado en 1948 y desde febrero de 1957 presentan, sin interrupción, dos piezas de Ionesco: “La cantante calva” y “La Lección”…


Cerca de allí, en la iglesia de San Julián el Pobre, a la vuelta de la librería Shakespeare & Company que todo el mundo conoce, un cura canta detrás de una división de madera con retablos y al mismo tiempo, en una habitación adyacente, otro cura chatea en su celular…
El día es de sol frío. Le Mistral frente a la Place de Chatelet es un café con mesas en vitrina, como en pecera, en el mismo lugar donde quedó la casa de Madame de Chatelet famosa por sus reuniones y vecina de Sarah Bernhardt actriz también famosa por su estilo en escena y por un postre de chocolate que lleva su nombre. La gente pasa frente a la pecera y no nos mira, todos llevan cámaras y toman fotos de lo que está cerca, de lo que está lejos, de ellos y seguramente, también de nosotros…
Más tarde, el mismo día, busco a Renoir en el Jardín des Tuileries donde pintó algunos de sus cuadros. Las cámaras abundan. Lo busco, pero no lo veo, la máquina del tiempo en este tiempo de tecnologías desbordantes está quieta, en cambio si veo el ojo de Odilon Redon, pintor, que me mira desde el cartel que anuncia su exposición. El ojo del cíclope toma el lugar del ojo de una cámara. Multitudes de cámaras registran el momento y el lugar y ya no veo gentes, veo cámaras que miran desde ángulos extraños, sugerentes y seguramente, para quien mira a través del lente, inverosímiles…
El mismo día pero más tarde, mucho más tarde, anochecía y en otoño anochece temprano, en el bus que nos debe llevar al Centro Pompidou un hombre lee “El manual del asesino en serie”. Lee sin mirar para ningún lado y pasa las páginas con avidez; me digo que recibe una instrucción de aplicación inmediata. La mujer a su lado mira por la ventanilla; ni siquiera los nervios de la mascota que lleva sobre las piernas la indispone, menos aun el hombre que lee; me pregunto si se conocen, si son marido y mujer y qué pasará cuando lleguen a su destino o, me atrevo a pensar, fue ella quien le prestó el libro…
Jaime, mi mujer y yo bajamos del bus sin conocer el desenlace de la lectura y entramos en la librería del Centro Pompidou, nos separamos al entrar, las librerías proponen vías insondables y cada uno toma la suya, quedamos de vernos más tarde. Miro libros, me antojo de uno que otro pero solo me antojo, me pierdo en ese laberinto, cuando caigo en la cuenta el tiempo ha pasado; en la puerta de salida la alarma suena, no pienso que sea por mi culpa no hay razón para que la alarma despierte a mi paso. El mismo dependiente que me mostró donde se encontraban los libros de David Hockney vino corriendo y me pidió que le dejara ver el contenido de mi morral. La alarma sonó, dijo para justificar su pedido. No hay problema, respondí. Se lo entregué. Sin decir más, el dependiente, un joven bajo de pelo rubio chuzudo y con barba apenas visible, tomó el morral y caminó delante de mí hasta el puesto donde la duda se confirma y se convierte en culpa; depositó el morral sobre una mesa y lo tanteó en busca de algo grueso, un libro. No sintió nada sospechoso. Entonces dijo que había sido un error. Le pedí que abriera el morral y lo revisara, es su trabajo. Dijo que no había necesidad. No insistí pero sentí pena por no haber robado el libro de Sophie Calle que ojeé en una estantería. Me hubiera gustado llevármelo…


La mañana siguiente también es fría pero sin sol. En el Parque de Luxemburgo un hombre lee sentado en una banca cerca de la salida hacia el metro; como el caracol, lleva su casa con él solo que no la lleva encima, la lleva en una maleta que tiene a su lado y arrastra para todas partes. Tomo nota del hombre y no le tomo una foto. Sigo a mis compañeros de travesía y una vez fuera del Parque frente a la salida del metro una mujer joven se atraviesa y por poco chocamos; lee “París era una fiesta” mientras camina. Una coincidencia que bien hubiera valido una foto que no tomé porque, a pesar de ir leyendo, la mujer camina rápido entre la gente…
En otra calle, adoquinada estrecha y empinada, espero en la puerta de un almacén. Como yo, otras tres personas esperan, aunque no todos esperan. Una mujer está allí para fumar, fue la última en llegar, sacó el cigarrillo de un bolsillo interior de su chaqueta, al mismo tiempo que el encendedor, lo prendió y devolvió el encendedor al bolsillo, todo en un solo movimiento. Es una mujer pequeña, pelo largo y negro, suéter doble para el frío y botas de suela gruesa; no puedo decir si es joven. Para esquivar el frío, mientras fuma, camina en su puesto. Con la última bocanada tira el cigarrillo al piso y no lo aplasta con la bota, lo deja allí para que se apague solo. Luego desaparece por donde apareció. Los que esperaban como yo desaparecieron mientras la mujer fumaba…
Es curiosa la soledad cuando sale a la superficie, el hombre viste de negro y come solo. Come despacio, mastica, piensa y mira sin ver pero también despacio; se pone las manos delante de la cara como si rezara, mira algo que no ve y parece no importarle. Tiene un parecido lejano con un actor. Cuando el mesero trae el postre parece animarse, prueba tres cucharadas, una tras otra y vuelve al letargo, incluso deja la cuchara entre los labios. El hombre carga con una soledad que pesa y se nota…
En otro lugar parecido al anterior tres mujeres, japonesas, y un hombre, francés, conversan en una mesa vecina. El hombre habla, la japonesa a su lado traduce a medida que el hombre habla. Las otras dos, sentadas al frente, preguntan en japonés, la que traduce, que parece mayor, traduce y el hombre responde. La conversación es animada pero no se sabe si están de acuerdo o no…


A día siguiente muy de mañana nos cruzamos con gentes que arrastran maletas, más adelante apareció otro que arrastra un bulto escaleras arriba; y más adelante aun otra mujer arrastra un bolso pesado por un pasillo estrecho del metro. El cartel de la exposición de Odilón Redon me persigue y con el ojo único me toma fotos. El metro es un hervidero, la gente entra y sale, sube y baja, se sienta y se levanta; nada parece quieto, nadie está quieto; el ruido de metal que roza y de frenos que se descomprimen afianza los movimientos. Un flaco, flaco, con piernas como zancos se para frente a mí. Parece una vara de premio sin articulaciones, su cara es visible de la nariz para arriba, el resto de su cuerpo es una tela negra entre chaqueta, bufanda y pantalones; lo único blanco son los zapatos. Tiene frío, los brazos cruzados con fuerza contra el cuerpo denotan frío; los ojos saltones, lo único visible, parecen congelados, quietos, fijos, fríos…
En el mismo vagón me tocó el estrapontin, un banco auxiliar, que se balancea cada vez que alguien ocupa o libera la silla de atrás. Pensé que terminaría en el piso cuando la mujer gorda se sentó en el puesto a mis espaldas, quedamos en balanza, yo arriba, claro, soy más liviano. Desde mi puesto, un poco en altura, veo que en el estrapontin del frente viaja una joven lánguida. Todo en ella es lánguido. La cara, el pelo, la mirada, la pose de las manos sobre su regazo, las piernas enfundadas en medias negras. Todo en ella es lánguido menos las botas de cuero negro, brillante, con hebillas, equipadas con doble suela antideslizante. Son su ancla a tierra, sin ellas y por culpa de su languidez hubiera volado…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, no toma fotos, escribe instantáneas de lo que no se hacen fotos y hace fotos de lo que otros no notan ni anotan… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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