Músicos sin instrumentos

30 diciembre, 2017 § Deja un comentario



Espacios distintos, muy distintos. Puntos en común y coincidencias. Músicos. Llevan la música como forma de vida, es la que eligieron o es aquella que la vida les obligó a elegir. No se conocen y es probable que nunca se hayan visto. Uno es personaje de una película, es el protagonista; otro, me crucé con él en una parada de bus un domingo en la mañana a una hora en la que no pasan buses; otro es un pianista obligado a inventarse un piano; el otro vive con dificultad de cantar lo que otros quieren escuchar. El músico de la película, lo voy a llamar Juan, es, según su historia, uno de esos que vinieron al mundo con el talento incluido pero pobre. Cuando algún profesor observador cayó en la cuenta de su talento le sugirieron que estudiara piano pero él tenía preferencia por el chelo, era más fácil practicar chelo, hay menos aspirantes que para el piano. Como no tenía con qué comprar uno, se tatuó las cuerdas del instrumento en el interior del antebrazo izquierdo. Pisando cada cuerda con el dedo correspondiente de la otra mano Juan practicaba los movimientos de la sonata que sin duda sonaba en su imaginación. Era una práctica diaria, sobre todo en las noches al regresar a casa. Los avatares de la vida, lo llevaron a vivir en la calle donde consiguió un violín sin cuerdas. Cuando le preguntaron qué era lo que más quería, respondió: las cuerdas…


… Carlos, es mayor que Juan, coincide en ellos la música y la posibilidad de imaginar y escuchar la música que nadie más escucha porque es la que ellos imaginan. Sucedió una mañana de domingo. Primero vi su figura oscura en una parada de bus a una hora donde todavía no pasan buses. Pensé en un habitante de la calle que dormía allí. Al acercarme me di cuenta de que la figura era la de un hombre con sombrero pero su pose no era la de alguien que duerme, su pose era la de alguien que no está en reposo, alguien que ejecuta una acción. Más cerca, a unos diez metros, distinguí parte de su cara y la barba blanca abundante, parecía concentrado en el movimiento de sus manos. Pensé que empacaba o desempacaba algo porque la posición de sus brazos abiertos daba a entender que entre ellos había algo que no alcancé a ver. Unos metros más adelante caí en la cuenta de un detalle, solo un detalle pero vital, su pie izquierdo estaba apoyado en una especie de soporte y por esto la rodilla levantada servía de sostén al brazo izquierdo que parecía abrazar un objeto que desde la distancia no alcancé ver. Unos metros más cerca noté que su mirada iba de la mano izquierda a la mano derecha un poco más arriba, que parecía apretar una forma delgada, un brazo, también invisible. Los dedos de la mano derecha se movían a un ritmo que dependía del ritmo de la mano izquierda. A dos metros de distancia fue claro que el hombre estaba escuchando las notas de una guitarra y la estaba tocando. Pero no había guitarra, por eso su concentración, la posición del cuerpo, de los brazos, y los ojos cerrados para que el sentimiento no fuera solo una ilusión…


… Juan y Carlos trajeron el recuerdo de Miguel Ángel Estrella, pianista argentino a quien vi, en los primeros años ochenta del siglo pasado, en una entrevista en la televisión poco después de ser liberado de la prisión. Durante la conocida “guerra sucia” de los militares del Cono Sur, Miguel Ángel Estrella fue detenido, torturado y confinado en una celda durante varios años. Para mitigar el dolor de la tortura, la soledad y la crueldad del tiempo, logró conseguir un tizón o un lápiz y con él dibujó un teclado de piano en la pared de su celda. En el silencio de las noches o, a pesar de los gritos de dolor y voces venídas de todas partes, Miguel Ángel Estrella tocaba en el teclado del muro las obras de los grandes maestros que escuchaba en su imaginación y lo mantenían con vida…


… A Olimpo lo vi un día en una esquina. Iba unos pasos adelante con un estuche de guitarra en la mano. Se detuvo en la esquina sin saber qué camino coger. El semáforo para peatones estaba en verde. Estábamos solo él y yo y no cruzamos. Parecía cansado. Aunque una guitarra y su estuche son objetos livianos, el que cargaba, es la palabra más justa, parecía más liviano de lo normal y no coincidía con su figura de fatiga. Si un testigo hubiese presenciado el momento desde la acera del frente, detrás de los visillos de una ventana o desde un automóvil, solo hubiera registrado la presencia de un hombre con ropa oscura, saco, pantalón, corbata y un estuche guitarra en la mano, es posible que nadie recuerde si había alguien más. Coincidimos allí los segundos suficientes para distinguir el peso que llevaba encima. Me dije que debía ser un serenatero de regreso de una noche de dedicatorias, despechos, declaraciones, abrazos y besos pasados con aguardiente porque es posible que los contratantes le pasaran la botella y él, entrenado para mantenerse sobrio hasta el final de la noche, sabía que el aguardiente era lo mejor para la voz al oído de los otros. Busco en la memoria serenatas de otros tiempos y llego a la figura del hombre en la esquina a quien no dudo en llamarlo como Olimpo Cárdenas, aquel maestro del bolero y el despecho que aun se escucha en pianolas de bares y cantinas. El traje oscuro, arrugado, como si hubiese dormido con él puesto; la camisa que ya no era blanca en el cuello o en los puños, el temblor en las manos, visible cuando sopesó el estuche. Este hombre, músico de profesión, no era de este tiempo, ni de esta esquina; venía de otro, lejano, que se fue, que no volverá. Por eso sopesa el estuche, para sentir que ya no lleva el instrumento que lo acompañó. Olimpo cruza la calle y sigue por la misma acera hacia el Parque. Lo miré alejarse. Esperé que antes de perderlo de vista dejara el estuche sin guitarra en su interior, recostado contra algún poste, pero no lo hizo, seguramente el estuche era lo único que le quedaba…

Argumento.
Este año ¡Sí!… dijo el hombre, también puede ser una mujer. Quienes lo escucharon no dijeron nada porque no sabían ¡Sí! qué… Así, con la duda enquistada, comienza la historia y el año…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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Un cuento casi navideño

23 diciembre, 2017 § Deja un comentario



Hace pocos días fui testigo de una coincidencia que confirma lo escrito por Paul Auster en alguno de sus libros a propósito de las coincidencias y la ficción. Eran los primeros días de diciembre y la gente comenzaba a salir a la calle, no porque no lo hicieran durante el año, sino porque las calles, los almacenes, los puntos de encuentro, tienen un atractivo especial en diciembre: las ofertas aumentan, los trabajadores tienen con qué comprar lo útil y lo inútil, la proximidad del final del año y las expectativas del que llega obliga encuentros pospuestos por falta de tiempo o porque éste que pasó no se repite y el que viene será, seguramente, mejor; necesidades distintas a las que tenemos durante el año obligan a estar afuera, en la calle, mirando, antojándose, gastando, hablando duro, mezclándose con los ruidos de la multitud y las músicas distintas de puerta en puerta o en filas interminables. Diciembre es así. Porque no lo entienden o con el propósito de poner tema de conversación, a pesar de que es un buen negocio para ellos, más de dos taxistas me han dicho mientras me miran por el espejo retrovisor, que no entienden por qué todo en diciembre es más: se come más, se habla más, se trabaja más, se bebe más, se gana más pero también se gasta más; uno, me aseguró, quizá para azuzar una respuesta y por ahí mismo iniciar una discusión interminable: en diciembre todo vale…


… Por supuesto no tengo respuesta para ninguna de las dudas o certezas expresadas pero adhiero sin limitaciones a lo dicho por ellos y cuando llegamos al destino, nos despedimos deseándonos lo mejor para los días que se nos vienen encima. Diciembre es así. En los primeros días de diciembre, entonces, cuando apenas comienzan a despuntar las multitudes para las fiestas y las albricias, tuve una cita con Roberto Ojalvo, director del Museo Maja de Jericó. Tal vez porque exageré el gentío que iba a encontrar en todas partes, llegué al lugar de la cita: el Café Juan Valdez de uno de los almacenes Éxito de la ciudad, con casi una hora de anticipación; claro está, no se trata de la confirmación de un error de cálculo de mi parte, las calles, las aceras y el almacén estaban, a esa hora: diez y treinta de la mañana, rebosantes de carros y ruido y público comprador. Fue suerte. Sin embargo, como la suerte no existe a menos que uno mismo la provoque, fue una de aquellas coincidencias que, por suerte, llevan a la ficción. Llegué al almacén Éxito en cuestión con tiempo suficiente para la cita y como la mayoría de los consumidores me dediqué a recorrer los pasillos entre góndolas y estanterías, atestadas de productos y marcas y botellas y colores y cajas y dulces y comida a lado y lado…


… En el sector de vinos y bebidas espirituosas vi un hombre, libreta en mano, copiar las etiquetas de los vinos y sus precios; empezó por los caros y terminó por los baratos, copió las etiquetas una por una, cuando alguna duda lo atascaba entre dos botellas iba donde el encargado, botella en mano, y terminaba su encuesta; lo vi también tomar fotografías de algunas botellas, tal vez las más costosas o atractivas. Lo seguí durante casi media hora, pensé, cuando lo vi poner tres botellas en una canastilla que se había decidido y las iba a comprar. El personaje, un tipo joven o con figura de joven, en estos tiempos es difícil saberlo, recorrió el pasillo de los vinos con la canastilla; en el extremo opuesto a donde había tomado los vinos tomó otras tres botellas y en su lugar depositó allí las tres que traía en la canastilla. Repitió la operación siete veces. Siete veces cambió botellas de un lado a otro, por último dejó la canastilla vacía en un rincón y partió. Pronto lo perdí de vista entre el gentío. El café Juan Valdez está dentro del Almacén en el lado opuesto de la exhibición de vinos; la hora de la cita estaba cerca. Entre góndolas y gente empujando carros llenos de compras, me acerqué al lugar. Dos pasillos antes de llegar al Café choqué o casi con una mujer mayor que, frente a una exhibición de carnes, palpaba un lomo de cerdo empacado al vacío como si fuera un aguacate. Llamó mi atención y me paré a su lado en actitud similar a la suya; la mujer tomó el lomo entre sus manos, lo sopesó, debo decir que hice lo mismo con otro más pequeño que también estaba en exhibición, y como ella, después de sopesarlo lo dejé en su sitio. La mujer se quedó allí pensando, yo también; tomó de nuevo el lomo que había sopesado, lo palpó, con él entre las manos hizo cálculos, quizá contaba cuantos comensales tendría, lo depositó de nuevo entre las carnes, hice lo mismo, y partió. Yo no partí, me quedé allí considerando seriamente los lomos. Menos de un minuto después la mujer regresó y repitió la operación con otra pieza de carne empacada al vacío, esta vez no fue un lomo de cerdo fue un pavo relleno. Repitió los movimientos de la vez anterior. Como tuve la sensación de que la mujer no me veía o prefería no verme no hice nada y la observé hasta que partió después de palpar, sopesar, hacer cuentas y devolver la pieza empacada al vacío a su lugar…


… Cuando llegué al lugar de la cita tenía unos quince minutos de avance sobre la hora pactada, es tan incumplido quien llega antes como quien llega después de la hora, dice un proverbio inglés que pocas veces aplica. Pedí el capuchino con soya que acostumbro en Juan Valdez y ocupé una mesa libre, por suerte entre el gentío había una libre, con tres asientos: uno para mi morral, otro para Roberto y otro para mí. Todo perfecto. De repente, un personaje joven con barba de cuatro días, me mira fijo desde el otro lado del espacio marcado para el Café y viene hacia mí, pienso que quiere una de las sillas libres en mi mesa y me dispongo a negársela porque espero una persona y solo hay dos sillas más, aparte de la mía, la otra silla es la del morral. Con esas palabras textuales le iba a negar la silla. El personaje con barba de cuatro días se acerca a la mesa, se apoya en el espaldar de una de las sillas libres, me mira con ojos desorbitados a través de las gafas de montura gruesa, espera unos segundos, se inclina como si me fuera a decir un secreto y pregunta en un murmullo: “¿Usted es el señor Lucho León?” Respiro hondo y respondo en el mismo tono: no. El personaje se endereza, se disculpa y se va. Mientras esto sucedía conmigo, otro parroquiano ocupa una de las mesas vecinas. El personaje con barba de cuatro días se aleja y regresa hasta la mesa donde el parroquiano acaba de llegar y le hace la misma pregunta. El momento, la actitud, la pregunta y la respuesta fueron calcados de lo sucedido conmigo. Luego repite la acción con otro solitario en otra mesa un poco más alejada. Todo como la primera vez. Una hora más tarde el personaje con barba de cuatro días repite su acto con los solitarios que llegan al lugar. Numerosos aquel día…


… Entre tiempo, Roberto Ojalvo llega a nuestra cita. Y aquí es donde aparece la coincidencia o el drama, según Ricardo Silva en su libro “Ficcionario”. Roberto me contó que el día anterior cuando por error fue al mismo lugar y esperó durante unos minutos una cita que no llegó, un personaje con las características de quien me preguntó hoy si yo era Lucho León, se acercó a su mesa y con el mismo suspenso con que me abordó, le preguntó si él era el mencionado señor. Al escuchar la respuesta el personaje se disculpó y repitió punto por punto su número con otros solitarios que ocupaban mesas en el Café Juan Valdez. Quedó entonces confirmado que la llamada realidad se repite hasta convertirse en ficción. Sin embargo es claro que el desencuentro deja preguntas en el aire: ¿quién es Lucho León?, ¿quién lo busca, para qué lo busca?, ¿por qué Lucho León no llega?, ¿el personaje con barba de cuatro días tiene algún encargo que le debe entregar?, ¿qué espera de Lucho León: trabajo, dinero, apoyo, compañía?, ¿un regalo? Sin duda se trata de una cita a ciegas. ¿Cuántos días el personaje con barba de cuatro días va a repetir el número entre los parroquianos de Juan Valdez?, ¿hasta el día de Navidad? Es evidente que el personaje no conoce, nunca ha visto a Lucho León y el día y hora de la cita no fueron definidos con exactitud. ¿Qué pasó? Es posible que el encuentro haya sido pactado por teléfono y lo único que el personaje con barba de cuatro días conoce de Lucho León es la voz, ese pequeño detalle obliga su actitud de acecho al preguntar pues lo que necesita es reconocer una voz…
Argumento. Se acabó el año… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

 

Los ojos de Samudio

18 diciembre, 2017 § Deja un comentario


La sala es amplia, piso de madera, muros vinotinto hasta tres cuartos de altura, luz permanente aun cuando los bombillos no estén encendidos, luz constante, sin sombras, al natural, quizá sea posible llamarla. Con solo llegar allí, la entrada de la sala en el Museo Maja de Jericó* presiento el encuentro y una multitud de ojos fijos que me miran que miran todo y a todos. Es una sensación curiosa porque lo que veo son marcos de madera natural que contrastan con el color oscuro de los muros, la mayoría del mismo tamaño o de tamaños similares pero dispuestos al ritmo de una conversación que en ocasiones se acelera y en ocasiones hace pausas, para mirar, para ver mejor. En los marcos como ventanas que miran el mundo paralelo o el reflejo de éste donde nos encontramos, están los grabados de Antonio Samudio, artista y grabador bogotano. Conozco a Samudio desde hace años pero debo decir que por los avatares de los días he perdido de vista su trabajo durante largas temporadas. Sé que los bodegones ocupan buena parte de su obra y son determinantes porque en ellos se percibe una manera de mirar, de ver “la llamada realidad”, sobre todo si tenemos en cuenta que hay pocas cosas más vivas que una naturaleza muerta. Sin embargo, los personajes, naturales, cotidianos, en actitudes sin pretensión o con ella pero sin pose; personajes que están donde están como lo que son: gentes de a pie, siempre me atrajeron. Personajes que resultan de la observación aguda del maestro puesta en práctica durante años. El hombre que se mete el dedo en la nariz y mira para otro lado como si su acción frente al público lo acobardara, no mira para otro lado, de soslayo tiene los ojos puestos en quien lo mira. O la mujer con un rodillo de cocina en la mano que mira fijo al espectador, mientras la cabeza de un hombre, quizá su marido o su amante, rueda lejos de su cuerpo, mira también a quien los mira y espera que algo suceda, que alguien ría o venga en su ayuda…

Por qué, se preguntarán algunos, me atrevo a decir que ya desde la entrada de la sala el sentimiento de que muchos ojos me miran aparece. Intentaré explicar por qué. Porque una vez iniciado el recorrido, el encuentro más bien, los grabados de Samudio quizá ochenta o menos o más, para no exagerar, pasaron de ser grabados en el sentido literal a ser personajes que miran sin pestañear a quien tienen en frente y lo invitan a participar de una acción, de un momento particular en su universo paralelo. Por supuesto para que esto suceda hay que entrar en ese universo, hay que abandonar el lugar del observador en este lado del vidrio, pasar del otro lado y convertirse en arte y parte del accionar de cada personaje. ¿Cómo sucede esto? Los ojos son la vía. La mirada fija, sencilla en el trazo, tres o cuatro líneas y el círculo pleno, pupila, que parece no ver, son la llave para pasar del otro lado del vidrio, del espejo en palabras Lewis Carroll, donde las cosas pasan. Desde los primeros grabados los ojos, trazos cortos, que no esquivan los míos, que no miran para otro lado y si lo hacen es para dar una espera a la decisión de ir allá, de pasar del otro lado, me tentaron. En el momento de encontrarme frente a un hombre con vestido, corbata, camisa a rayas, piel sin trazos y tímido por la pose apretujada de sus manos, que no se atrevía a hablar, a decir, a invitar, para no espantarme, sus ojos hablaron por él, fueron la puerta que se abrió sin ruidos, el momento de saber qué hay allá, más allá del espacio oscuro detrás suyo. Y entré…

El hombre no habló, su boca pequeña, apretada, permaneció quieta, no dio tampoco muestra de sorpresa o rechazo, debía estar a la expectativa de mi visita o de la visita de alguno de los personajes que circulan en la sala. Me esperaba. Me encontré al interior del vidrio. Me preocupó que quienes pasaban frente a los grabados notaran mi presencia, como un intruso, entre los personajes, hombres y mujeres, personajes que sin hacer fila o estar en grupo van uno tras otro; los que manifiestan, los que se abrazan, los que no tienen pupila y ven más, los que señalan y los que son señalados; los grupos de familia que posa para su reflejo, los que están detrás de un parapeto o parecen recién salidos de la cama; los que, a media luz, se disimulan en la penumbra de una habitación; el ejecutivo, la señora, otra señora a quien llaman “Ella” o “Sor espanto”; aquellos que frente a los espectadores se acarician o la mujer que señala y el hombre que espera; o las cinco mujeres vestidas e negro y los ocho hombres que hacen tiempo; o los que hacen fila frente al vacío y los que parecen como si fueran de la misma familia y se encuentran después de largas ausencias; los que denuncian o el que se tapa la boca; los que están bajo el paraguas, los esperan bajo las estrellas. Tuve el temor de ser descubierto por los espectadores al otro lado del vidrio frente a los grabados, tuve temor de que me vieran pasar de uno a otro…

Ninguno de los visitantes, eran numerosos, notó mi presencia. Entonces caí en la cuenta, me convertí en grabado, me convertí en personaje de Samudio, trazos precisos de buril, aguatinta, mezzotinta o trazos más fuertes de xilografía. Era, según el movimiento, la técnica que correspondía al momento en que alguien acerca la cara para mirarnos de cerca. Constaté que el vacío, fondos oscuros con trazos densos o sin trazos, planos, y en apariencia con la profundidad de su tamaño, es un universo pleno de sonidos, de texturas, de experiencias y observaciones que han llegado a la extrema sencillez de lo mínimo que, a pesar de que no lo parece, siempre es más, mucho más. Recorrí todos los grabados, incluso las estancias íntimas donde encontré mujeres en paños menores que sonrieron a mi paso. No conversé con ninguno de ellos. Si me considero uno de ellos, puedo decir que en esta exposición en el Museo Maja de Jericó* somos muchos, hacemos la presencia del silencio, de las formas, de la actitud y certificamos que se necesita más que observación para lograr que cada uno de nosotros haga su composición como Samudio lo imaginó. Convertirme en personaje de sus grabados y no estar en ninguno pero pasar por todos fue la posibilidad de ver el mundo paralelo desde el otro lado del vidrio y puedo decir que el universo de allá y el de acá, son el reflejo de los personajes que nos habitan…


*Antonio Samudio en Jericó. Museo Maja. Jericó. Hasta el 30 de enero de 2018

Argumento. Caras y cuerpos y sonrisas y manos que señalan o indican esperan en un lugar singular para un encuentro… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Pintor de brocha gorda

8 diciembre, 2017 § 2 comentarios


Peintre en bȃtiment, pintor de brocha gorda, tituló Jean Glibert su exposición en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas. Hubiera podido también llamarla “Pintor de Luz, Espacios, Texturas y Arquitecturas.” Sin embargo cualquiera de esos calificativos llevaría posiblemente al error en cuanto a la interpretación y comprensión de su trabajo. Conocí a Jean Glibert, pintor belga, en mil novecientos setenta y cinco en La Cambre, la Escuela Nationale Supérieure des Arts Visuels donde dirigió, durante veinte años, un taller de “Espacios urbanos” con el propósito de estudiar, en la relación arquitectura / medio ambiente, las intervenciones de la luz, la textura y el color en el espacio.

No lo veía desde mediados de los años ochenta cuando, mi mujer y yo, dejamos Bruselas para volver a Colombia. Por una coincidencia, las coincidencias son el inicio de la ficción, tuvimos la ocasión de volver a Bruselas en el momento mismo en que el Palacio de Bellas Artes hacía una exposición, ¿se podría llamar retrospectiva? si se lo preguntan dirá seguramente que no, de cincuenta años de trabajo donde investigar en profundo la participación del color, la luz, la arquitectura y las texturas en el medio ambiente, es la esencia. Noemíe y Terje, amigos de siempre, con quienes compartí en las tertulias que Jean Glibert hacía en su taller de aquellos años, nos recogieron en el hotel y bajo una lluvia fina, en Bruselas siempre llueve aunque no parezca, fuimos hasta el hasta el Mont des Arts, donde está el Palacio de Bellas Artes. Era domingo, en el Hall del Palacio, casi desierto, algunos niños se preparaban para un taller de dibujo. Entramos y casi al mismo tiempo llegaron Glibert y Veronique, su compañera de siempre. Habían pasado treinta años o más.

El trabajo de Jean Glibert se inscribe en los movimientos que agitaron y cuestionaron el mundo del arte entre guerras, a comienzos del siglo XX. Desde la vanguardia abstracta que tuvo su manifestación después de la Gran Guerra con Theo van Doesburg, Pierre Bourgeois y Piet Mondrian a la cabeza, hasta el movimiento surrealista belga que encontró en René Magritte, James Ensor y Paul Delvaux sus mayores representantes, Bélgica fue el centro de avanzada en las artes. El trabajo de Jean Glibert se funda en la vanguardia abstracta, sin embargo, su interés en las posibilidades de expresión en espacios no específicamente dedicados a la exposición de obras de arte, la liberalización de las disciplinas, las técnicas y el trabajo de los artistas plásticos, lo ha llevado a una relación estrecha con arquitectos, diseñadores e incluso con pintores de brocha gorda. Sus intervenciones, en relación constante con el espacio físico, buscan: …integrar el color y la luz a la arquitectura de la misma manera que la arquitectura se integra en la ciudad… *

Jean Glibert utiliza el color como portador de significados. Sus intervenciones han logrado revivir espacios públicos desolados como el Puente de Midi cerca de la Gare de Midi en Bruselas, los parqueaderos de Ath en Dinant, o el poste eléctrico en Lieja, testimonio de su predilección por los lugares donde los proyectos de renovación urbanística son abandonados. Desde su inauguración en 1928, el laberinto de Víctor Horta convirtió el Mont des Arts en el centro del tejido urbano de Bruselas. Glibert estudió en detalle los planos maestros de ordenamiento urbano de ese año y con frecuencia visitó el lugar para vivir in situ las dinámicas que se establecen entre las actividades artísticas y el flujo de visitantes con el objeto de definir con precisión cómo, él, Peintre en bȃtiment, pintor de brocha gorda, iba a desarrollar el proyecto de su exposición**.

A medida que avanza en la explicación de las maquetas dispuestas en una inmensa vitrina en el centro de la exposición, se hace evidente la precisión de las intervenciones y la integración de los elementos: luz, color, textura. Recordé, mientras lo escuchaba hablar, cuando colaboré en alguno de sus proyectos: la precisión de las líneas, de las gamas de colores, incluso, si en alguna de las fases de desarrollo del proyecto era necesaria la intervención de elementos extra como tornillos, todos debían girar hasta el mismo punto y sus ranuras quedar en el mismo sentido. El trabajo de Glibert, es de reflexión y precisión. Con el pasar del tiempo, mientras lo escucho en un costado de la gran vitrina del salón, comprendo que el análisis de sus proyectos, el desarrollo y su manera de abordarlos alcanzó un nivel de reflexión integral. Sin embargo, en las salas que siguieron, segmentos de procesos recientes me mostraron una faceta inesperada del profesor.

De repente, aparece lo inesperado, Glibert dice que siempre lleva con él una cámara pequeña y toma fotografías de texturas, objetos, composiciones o colores que encuentra a su paso si va por una calle o mientras maneja su automóvil. Estoy a punto de decirle que, seguramente con otro objetivo, hago lo mismo, tomo fotografías de todo y luego escribo sobre ellas. Jean Glibert utiliza sus fotografías como testigos de la presencia de colores, texturas y formas en el medio ambiente y como se integran en él. Con ese mismo sentido ha construido una colección, que él no considera colección, sino “Tecnoteca”, con objetos que encuentra en mercados de pulgas, en almacenes, en librerías o tirados en la calle y le comprueban la integración del color, la forma y la textura aplicada al lenguaje de la naturaleza. Hablar de aquellos  objetos revela el punto de partida de su trabajo de pintor.

No solo los objetos que conserva como origen físico de sus proyectos están allí en estanterías en otra de las salas del Palacio de Bellas Artes, está también presente la minucia con que aborda sus proyectos desde mínimos detalles, quizá no relacionados con el resultado final. La “Tecnoteca” es el testimonio de una suerte de metamorfosis de objetos que se convierten en ideas y luego en proyectos y luego en representaciones físicas en espacios urbanos o inesperados. Encontré también, en la misma sala, su trabajo reciente sobre papel. Tinta aplicada a la manera de calígrafo japonés, con trazos constantes en presión, intensidad e intención, sobre papel que ondula, se mueve o se arruga al paso de la espátula. También están allí sus libretas: pequeñas hojas donde traza formas, texturas blancas y negras, en ritmos cambiantes según el orden en que se miren. Es la parte final de la exposición. La coincidencia y los amigos, Noemíe y Terje, me llevaron a cruzarme, treinta o más años después, con el Peintre en bȃtiment, Pintor de brocha gorda, que transita por el camino de la perfección. Una experiencia difícil de olvidar…
Argumento. Los detalles son importantes… Así comienza la historia del Pintor de brocha gorda…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017
* Traducción del Catálogo de la Exposición Jean Glibert, Peintre en bȃtiment. Palacio de Bellas Artes, Bruselas.  BOZAR. Federation Wallonie – Bruxelles
** Traducción del Catálogo de la Exposición Jean Glibert, Peintre en bȃtiment. Palacio de Bellas Artes, Bruselas.  BOZAR. Federation Wallonie – Bruxelles
*** Fotografías tomadas de http://www.jeanglibert.com

Instantáneas de Paris

2 diciembre, 2017 § Deja un comentario



El 18 de octubre de 1974 a las 10:30 de la mañana en “Tentativa de agotar un lugar parisino” Georges Perec escribió que en La Place Saint Sulpice había una iglesia, tres cafés, una parada de bus, un sastre, un kiosco de revistas, edificaciones, empresas, estatuas de hombres célebres y otras cosas más que definió en el párrafo final de la introducción así: “…Un gran número de esas cosas, si no la mayoría, fue descripto, inventariado, fotografiado, contado o enumerado. Mi objetivo ha sido más bien describir el resto: lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes…”
“Paris era una fiesta” escribió Hemingway y “No se acaba nunca” agregó Vila Matas años después en otro libro parisino. Walter Benjamin lo recorrió con tal sentimiento que abrió el espacio de lo no visto; y Luis Aragón también se inspiró allí con la naturalidad del aldeano que abre los ojos ante la fantasía de la urbe. Los tiempos cambian y otras formas de mirarlo y otros ángulos que muestran no solo el de las cartas postales sino el de quienes lo ven desde la lente de sus cámaras certifican la movilidad, la eternidad y sobre todo la no permanencia que el tiempo y la tecnología imponen. La ciudad visible desde ángulos inesperados apareció y tomé fotos de quienes tomaban fotos mientras escribía instantáneas en mi celular, en un intento de copia de lo propuesto por Georges Perec en su inventario: “…lo que no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada…”
Llegamos, mi mujer y yo, a la Gare de Nord un martes al final de la tarde. Nuestro amigo Jaime Gómez nos acompañó al hotel y luego nos invitó a comer sopa Brighton, merluza a la provenzal con ensalada de papa, zanahoria, habichuela menuda, helado y café, en su apartamento de la Rue des Patriarches cercano al hotel. Comimos, bebimos y conversamos hasta la hora de regresar al hotel por la rue Monge, en la esquina de la rue Assar tomamos a la derecha y una calle más abajo, en el once rue des Écoles llegamos al Hotel Familia, habitación sesenta y uno, sexto piso, por las escaleras o por el ascensor con espacio para dos personas apretadas o una sola con maleta…
A la mañana siguiente hace frío. En la rue Monge algunos camiones y automóviles, los pasantes como siluetas negras de pies a cabeza pasan de prisa. Todos con seguridad llevan celular con cámara y algunos cámara colgada al cuello. El frío cala. Frente a la fuente Saint Michel una estudiante de arte dibuja, no alcanzo a ver que dibuja pero provoca tomarle una fotografía…
En la rue de la Huchette frente al Teatro del mismo nombre un letrero certifica que fue fundado en 1948 y desde febrero de 1957 presentan, sin interrupción, dos piezas de Ionesco: “La cantante calva” y “La Lección”…


Cerca de allí, en la iglesia de San Julián el Pobre, a la vuelta de la librería Shakespeare & Company que todo el mundo conoce, un cura canta detrás de una división de madera con retablos y al mismo tiempo, en una habitación adyacente, otro cura chatea en su celular…
El día es de sol frío. Le Mistral frente a la Place de Chatelet es un café con mesas en vitrina, como en pecera, en el mismo lugar donde quedó la casa de Madame de Chatelet famosa por sus reuniones y vecina de Sarah Bernhardt actriz también famosa por su estilo en escena y por un postre de chocolate que lleva su nombre. La gente pasa frente a la pecera y no nos mira, todos llevan cámaras y toman fotos de lo que está cerca, de lo que está lejos, de ellos y seguramente, también de nosotros…
Más tarde, el mismo día, busco a Renoir en el Jardín des Tuileries donde pintó algunos de sus cuadros. Las cámaras abundan. Lo busco, pero no lo veo, la máquina del tiempo en este tiempo de tecnologías desbordantes está quieta, en cambio si veo el ojo de Odilon Redon, pintor, que me mira desde el cartel que anuncia su exposición. El ojo del cíclope toma el lugar del ojo de una cámara. Multitudes de cámaras registran el momento y el lugar y ya no veo gentes, veo cámaras que miran desde ángulos extraños, sugerentes y seguramente, para quien mira a través del lente, inverosímiles…
El mismo día pero más tarde, mucho más tarde, anochecía y en otoño anochece temprano, en el bus que nos debe llevar al Centro Pompidou un hombre lee “El manual del asesino en serie”. Lee sin mirar para ningún lado y pasa las páginas con avidez; me digo que recibe una instrucción de aplicación inmediata. La mujer a su lado mira por la ventanilla; ni siquiera los nervios de la mascota que lleva sobre las piernas la indispone, menos aun el hombre que lee; me pregunto si se conocen, si son marido y mujer y qué pasará cuando lleguen a su destino o, me atrevo a pensar, fue ella quien le prestó el libro…
Jaime, mi mujer y yo bajamos del bus sin conocer el desenlace de la lectura y entramos en la librería del Centro Pompidou, nos separamos al entrar, las librerías proponen vías insondables y cada uno toma la suya, quedamos de vernos más tarde. Miro libros, me antojo de uno que otro pero solo me antojo, me pierdo en ese laberinto, cuando caigo en la cuenta el tiempo ha pasado; en la puerta de salida la alarma suena, no pienso que sea por mi culpa no hay razón para que la alarma despierte a mi paso. El mismo dependiente que me mostró donde se encontraban los libros de David Hockney vino corriendo y me pidió que le dejara ver el contenido de mi morral. La alarma sonó, dijo para justificar su pedido. No hay problema, respondí. Se lo entregué. Sin decir más, el dependiente, un joven bajo de pelo rubio chuzudo y con barba apenas visible, tomó el morral y caminó delante de mí hasta el puesto donde la duda se confirma y se convierte en culpa; depositó el morral sobre una mesa y lo tanteó en busca de algo grueso, un libro. No sintió nada sospechoso. Entonces dijo que había sido un error. Le pedí que abriera el morral y lo revisara, es su trabajo. Dijo que no había necesidad. No insistí pero sentí pena por no haber robado el libro de Sophie Calle que ojeé en una estantería. Me hubiera gustado llevármelo…


La mañana siguiente también es fría pero sin sol. En el Parque de Luxemburgo un hombre lee sentado en una banca cerca de la salida hacia el metro; como el caracol, lleva su casa con él solo que no la lleva encima, la lleva en una maleta que tiene a su lado y arrastra para todas partes. Tomo nota del hombre y no le tomo una foto. Sigo a mis compañeros de travesía y una vez fuera del Parque frente a la salida del metro una mujer joven se atraviesa y por poco chocamos; lee “París era una fiesta” mientras camina. Una coincidencia que bien hubiera valido una foto que no tomé porque, a pesar de ir leyendo, la mujer camina rápido entre la gente…
En otra calle, adoquinada estrecha y empinada, espero en la puerta de un almacén. Como yo, otras tres personas esperan, aunque no todos esperan. Una mujer está allí para fumar, fue la última en llegar, sacó el cigarrillo de un bolsillo interior de su chaqueta, al mismo tiempo que el encendedor, lo prendió y devolvió el encendedor al bolsillo, todo en un solo movimiento. Es una mujer pequeña, pelo largo y negro, suéter doble para el frío y botas de suela gruesa; no puedo decir si es joven. Para esquivar el frío, mientras fuma, camina en su puesto. Con la última bocanada tira el cigarrillo al piso y no lo aplasta con la bota, lo deja allí para que se apague solo. Luego desaparece por donde apareció. Los que esperaban como yo desaparecieron mientras la mujer fumaba…
Es curiosa la soledad cuando sale a la superficie, el hombre viste de negro y come solo. Come despacio, mastica, piensa y mira sin ver pero también despacio; se pone las manos delante de la cara como si rezara, mira algo que no ve y parece no importarle. Tiene un parecido lejano con un actor. Cuando el mesero trae el postre parece animarse, prueba tres cucharadas, una tras otra y vuelve al letargo, incluso deja la cuchara entre los labios. El hombre carga con una soledad que pesa y se nota…
En otro lugar parecido al anterior tres mujeres, japonesas, y un hombre, francés, conversan en una mesa vecina. El hombre habla, la japonesa a su lado traduce a medida que el hombre habla. Las otras dos, sentadas al frente, preguntan en japonés, la que traduce, que parece mayor, traduce y el hombre responde. La conversación es animada pero no se sabe si están de acuerdo o no…


A día siguiente muy de mañana nos cruzamos con gentes que arrastran maletas, más adelante apareció otro que arrastra un bulto escaleras arriba; y más adelante aun otra mujer arrastra un bolso pesado por un pasillo estrecho del metro. El cartel de la exposición de Odilón Redon me persigue y con el ojo único me toma fotos. El metro es un hervidero, la gente entra y sale, sube y baja, se sienta y se levanta; nada parece quieto, nadie está quieto; el ruido de metal que roza y de frenos que se descomprimen afianza los movimientos. Un flaco, flaco, con piernas como zancos se para frente a mí. Parece una vara de premio sin articulaciones, su cara es visible de la nariz para arriba, el resto de su cuerpo es una tela negra entre chaqueta, bufanda y pantalones; lo único blanco son los zapatos. Tiene frío, los brazos cruzados con fuerza contra el cuerpo denotan frío; los ojos saltones, lo único visible, parecen congelados, quietos, fijos, fríos…
En el mismo vagón me tocó el estrapontin, un banco auxiliar, que se balancea cada vez que alguien ocupa o libera la silla de atrás. Pensé que terminaría en el piso cuando la mujer gorda se sentó en el puesto a mis espaldas, quedamos en balanza, yo arriba, claro, soy más liviano. Desde mi puesto, un poco en altura, veo que en el estrapontin del frente viaja una joven lánguida. Todo en ella es lánguido. La cara, el pelo, la mirada, la pose de las manos sobre su regazo, las piernas enfundadas en medias negras. Todo en ella es lánguido menos las botas de cuero negro, brillante, con hebillas, equipadas con doble suela antideslizante. Son su ancla a tierra, sin ellas y por culpa de su languidez hubiera volado…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, no toma fotos, escribe instantáneas de lo que no se hacen fotos y hace fotos de lo que otros no notan ni anotan… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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