Una historia berlinesa

14 noviembre, 2017 § Deja un comentario


Un café en Wrangelstr 43, en Kreusberg una zona de Berlín que, si me lo preguntan, no sabría decir si está al este o al oeste del límite impuesto por el muro que sirvió para calentar la guerra fría durante cerca de treinta años. Es un salón pequeño con mesas en los costados cerca de los muros de ladrillo. Desde la puerta, que se cierra al impulso de un resorte para que no entre el frío, se ve al frente el mostrador alto del servicio con la parafernalia del movimiento que mantiene la vida en estos lugares: vasos, botellas, copas de distintos tamaños, licores de colores, máquina y tazas de café. Un hombre vestido de negro con barba de cuatro días detrás del mostrador y una joven con pantalón rojo y camisa azul delante del mostrador, la joven parece pequeña para el tamaño del movimiento pero sonríe, sin embargo, cuando nos ve arrumados contra la puerta para huir del frío, siete nuevos clientes, cuatro mujeres y tres hombres, su sonrisa se amplía aunque no necesariamente de alegría por nuestra llegada; quizá de angustia porque hay espacio en la sala pero siete nuevos clientes al tiempo exceden sus expectativas. A la derecha del local, bar y restaurante y también café, todo al tiempo, un mural estilo de Marc Chagall, un poco en ruinas provocadas por el artista que lo pintó, es visible desde la puerta. En el muro de la izquierda frente al mural, al otro lado del local y también visible desde la puerta, fotografías de bellas inmortales: Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Rita Hayworth y otras que no reconozco pero con las tres que reconozco es suficiente aunque busqué entre ellas a Marlene Dietrich y no estaba. La joven de pantalón rojo y sonrisa permanente y el hombre con barba de cuatro días se apresuraron a abrirnos lugar en el costado derecho del local cerca del mural y de una pareja de enamorados de verdad en la mesa vecina…


… “Enamorados de verdad”, el calificativo que les atribuyo, a pesar de que el final inesperado sucede con frecuencia en las historias de amor, está a la medida de ellos y la intensidad de sus abrazos y besos y lágrimas y sonrisas. Mientras se tienen de las manos, de los ojos, lloran en la mejilla del otro, se miran y lloran otra vez, nosotros, los siete recién llegados, ocupamos nuestras mesas. Se despiden, me digo, es posible también que se encuentren después algún período de abandono, de soledad o lejanía. Su manera de estrecharse no deja duda sobre el encuentro. Sin embargo es posible que presenciemos el inicio o el final de una pelea, pero no pelean y no lloran porque pelean; lloran y se abrazan por algo distinto. La joven de pantalón rojo y sonrisa permanente y el barman con barba de cuatro días, se apresuran para armar una mesa donde acomodar los recién llegados. Las bellas inmortales están en el muro opuesto al mural estilo Chagall y en el mismo lugar de los enamorados, bajo las fotos, un hombre con barba blanca, túnica y turbante negro, parece meditar frente a un vaso cerveza rubia y burbujeante, mira el vaso con una seriedad profunda, quizá cuenta las burbujas que no cesan de subir o teme que la cerveza desaparezca por obra y gracia de algún hechizo desconocido; entre sorbo y sorbo escribe en una libreta. Lleva un diario me digo. Mientras el ministro, lo llamaré así, escribe en la libreta, mira la cerveza y en ocasiones, quizá por la insistencia de sus vecinos, responde preguntas, nuestra mesa toma forma. Es evidente que la joven y el barman se encontraron frente a un problema, pero encontraron, como era de esperar, una solución de fortuna: nos acomodaron en dos mesas disparejas: una pequeña cuadrada y alta; y otra rectángular y baja, más baja que la pequeña. Mi puesto en una esquina de la mesa pequeña y alta frente al ventanal me dejó en primera fila para ver las gentes que pasan por la calle a pesar del frío y no le huyen, ni lo sienten, los veo más preparados para la lluvia que para el frío; pasa un trotador sin camisa, una pareja que se abraza, un personaje flaco y alto con tatuajes hasta el cuello y el pelo cogido en moño en lo más alto de su cabeza; pasan por lo menos tres parejas empujando coches de bebé, con bebés adentro, supongo, y también cinco morenos en silencio, dos adelante, dos atrás y uno entre ellos, los morenos caminan rápido, noto su paso cuando ya han terminado el recorrido frente al ventanal. Nuestro pedido hizo evidente la sorpresa de la joven de pantalón rojo y el hombre con barba de cuatro días, es posible que no estuvieran preparados para recibir un grupo numeroso, todas las mesas estaban previstas para dos, máximo cuatro clientes, por eso el ensamblaje de mesas altas y bajas cerca de una esquina de la sala fue una salvación, para ellos y para nosotros que al contrario de los que van por la calle sin, en apariencia, sentir el frío, lo soportamos con dificultad y le huimos. Si hubo dificultad, la mayor vino cuando los siete pedimos la misma sopa de tomate con queso mozzarella bien caliente para compensar los efectos del clima, los mismos bocadillos de queso y albahaca y también el vino que contribuyó a prolongar la estadía, agradable y por lo que vendría luego, inolvidable. Desde el momento de nuestra llegada hasta el de la partida, ceca de dos horas, no entraron clientes nuevos al local, los que estaban allí no se movieron y los nuevos que se asomaron en busca de un lugar desistieron de esperar o consumir lo que fueran a consumir de pie en un rincón porque tampoco había lugar de pie…

… La pareja que se abrazó y se besó desde nuestra llegada y quién sabe desde cuánto tiempo antes, se abrazó y se besó y se montaron uno sobre el otro y lloraron y rieron y cambiaron de puesto, a la izquierda a la derecha, y volvieron al puesto inicial y lloraron de nuevo y se hablaron al oído y quizá se hicieron promesas y se repitieron lo que para ellos y para todos los enamorados es eterno y dura hasta que se acaba. Fui su vecino de mesa y no puedo decir si lloraban y reían y se abrazaban por culpa del amor, de la angustia o de la ausencia que acecha, es algo que solo ellos sabían y vendría, como en efecto llegó, de un momento a otro. Cuando ya no pudieron más o cuando se dijeron lo que se iba a decir o cuando la fatiga los apabulló se levantaron de la mesa, de prisa se medio pusieron sus abrigos y salieron sin mirar para ningún lado. Si lo preguntaran un testigo diría que partieron de afán. No. Me atrevo a decir que partieron con la calma de quien sabe lo que le espera al otro lado de la puerta que el resorte mantiene cerrada para que no entre el frío; partieron como solo ellos sabían o tenían convenido hacerlo y en ese momento sucedió lo que el resto de los presentes ignoraba o quizá yo era el único que lo ignoraba. Después de cruzar la puerta cada uno se fue por su lado. Ella calle arriba, él en sentido contrario por la acera del frente, después de cruzar la calle. Se separaron con un beso en la mejilla como si la intensidad de los abrazos y los susurros y las promesas y las lágrimas bajo el mural al estilo de Chagall un poco en ruinas provocadas por el artista que lo pintó, no hubieran existido. La duda como sucede con frecuencia me asaltó ¿todo fue producto de mi imaginación?, ¿estaba todo fríamente calculado? Lo único que certificó que algo irreversible había sucedido en aquel local que es bar y café y restaurante y todo a la vez, incluso sala de lágrimas y despedidas, fue la presencia del ministro con turbante negro tomando nota en su libreta mientras sus vecinos de mesa hablan sin parar…
Argumento. El lugar es grande. Techo alto, vigas aparentes, mesas y parroquianos en las mesas. Alrededor de la sala espejos que duplican el espacio. Me busco en el reflejo que, imagino, me corresponde y no me encuentro… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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