Utamaro y el gorrión

6 noviembre, 2017 § Deja un comentario


Conocí a Kitagawa Utamaro en los años setenta pero siempre, como sus amigos, lo llamé Utamaro. Cuando lo conocí tenía cerca de doscientos años de muerto. Sin embargo nos hicimos amigos como puede hacerse uno amigo de alguien que ha creado cientos, dicen que miles, de imágenes, todas con una historia para contar pero en silencio porque si hablara lo haría en japonés y no hablo japonés. Sus grabados son de tal riqueza en el detalle, en el trazo, en la textura, en el contenido, que no es necesario hablar, con palabras quiero decir, con lo que viene en ellos la conversación está lanzada, así, sin palabras. Las estampas, eróticas muchas de ellas, pero también cotidianas en la composición de los grupos, en las habitaciones, en los paisajes, en los retratos de mujer al aire libre y en la intimidad, cuando ellas consideran su figura o su peinado en el reflejo los espejos; los cielos y las nubes, los puentes o los varios niveles de las casas de placer de Edo, Tokio en aquellos tiempos, custodian las mujeres que en instantes, segundos apenas, revelan algún detalle inesperado. El antes y lo que la imaginación propone para el después son ilustración suficiente para que el interlocutor comparta con Utamaro; el lugar lo sugiere él por supuesto; el estado de ánimo, la hora y el día los propone el contertulio; el grabado hace el resto. Durante largas temporadas hemos dejado de vernos. Sin embargo, en las mañanas, al borde de la carretera de Llanogrande cuando me cruzo con Junzo Hattori, también japonés, creador de escobas de bambú con diseño que solo está en su imaginación oriental, lo recuerdo. Junzo viene y yo voy, en el momento del cruce baja de la bicicleta con una sonrisa y como solo habla japonés nuestra conversación está poblada de señas, figuras con las manos y palabras entrecortadas. Cada encuentro con Junzo, podría decirlo, es un encuentro con Utamaro, con Hokusai o con Hiroshige, grabadores todos, “Pintores del mundo flotante” o “Ukiyo-e”: el período del arte japonés donde la representación de temas urbanos, el día a día en las calles y casas de placer de Edo, ahora Tokio, y los retratos de hermosas mujeres, se oponen a la llamada realidad budista y propició, por la técnica de reproducción múltiple, la creación de libros ilustrados, la relación con escritores, gentes de teatro y otros artistas de la época. Hay quien dice que el “Ukiyo-e” influenció los impresionistas franceses por la limpieza de su mirada a los eventos de la cotidianidad en el mundo flotante…


Lo mismo que sucedió con Junzo Hattori a quien conocí en el borde de una carretera al lado de sus escobas y nos hicimos amigos, sucedió con Kitagawa Utamaro un día de octubre de los primeros años setenta cuando me crucé con él en una exposición de sus grabados y de sus instrumentos de trabajo: buriles, gubias, formones, escoplos, incluso los bloques de madera tallados por el maestro estaban allí. Fue el encuentro que abrió la puerta a otros encuentros con grabadores y creadores japoneses del “Ukiyo-e” y de allí en adelante con artistas, escritores y diseñadores japoneses contemporáneos. Los seguí, los miré de cerca y también narré en estas Marginalias encuentros con algunos de ellos; sin embargo el primero, el que abrió la brecha fue Utamaro. Lo narrado hasta el momento tiene un epílogo extenso en el tiempo, meses. Desde hace años en el “escritorio” de la computadora que me sirve de herramienta de trabajo, contacto con el mundo y punto de partida de numerosos viajes, conservo la obra de un artista que pinta, graba, hace fotografías o ilustra como yo hubiera querido hacerlo y nunca lo logré. Por el “escritorio” de mi computadora han pasado desde Piero della Francesca o Leonardo hasta Adolf Woffli, el suizo que pintó toda su obra en un manicomio de Lausana. De Albert Dürer, Doris Salcedo y Magritte, claro está, hasta Jan Van Eyck, Katsushika Hokusai, Pedro Alcántara, José Luis Cuevas o Edward Hopper, todos han visitado el “escritorio” de mi computadora. No podía faltar, claro está, Kitagawa Utamaro. “Las cuatro habilidades” o “Kinkishoga”, por su título en chino, un tríptico que Utamaro pintó entre 1788 y 1790 y representa los logros de las clases cultas chinas gracias a la práctica de las artes, aparece en el “escritorio” de la computadora cada vez que la prendo. El tríptico representa las estancias de una casa de placer en Edo, antes Tokio, abiertas a un jardín con senderos bordeados por flores, árboles, un estanque visible hasta el puente apenas trazado que lo cruza y más allá del puente, el bosque y el cielo sin nubes; en cada estancia hermosas cortesanas practican la caligrafía, el juego de “Go”, la música y la pintura. La pintura en primer plano la hace ver como la más importante de las artes a pesar de que otros artistas las representaron todas con el mismo grado de importancia. Diecisiete mujeres, once en primer plano, seis en las estancias de los costados y en la esquina izquierda en la que bordea el lago tres hombres juegan “Go” o esperan las dos mujeres que se aproximan con el té. En la primera estancia a la derecha una mujer toca el laúd y tres compañeras la escuchan con atención…


Al lado de la estancia principal donde practican la pintura, una de las mujeres, de pie, estudia el trazo de los pictogramas en un pergamino mientras sus compañeras en posición de loto miran hacia el salón donde las que pintan parecen concentradas en sus obras. Una de ellas traza con delicadeza el tallo del bambú, otra lleva el té, otra muestra el dibujo de un samurai que lanza un bebé al aire, otra lleva en sus manos una pajarera. A pesar de que están concentradas en lo que hacen, todas las miradas van a un lugar preciso en el borde de las hojas en el piso del panel central, donde el dibujo del tronco de un cerezo rosado sirve de apoyo a un gorrión que ya pasó por las otras estancias y se posó allí, para mirar las mujeres, llamar su atención o esperar. Algo más de dos meses lleva Utamaro en el escritorio de mi computadora. Una mañana, al cabo de la primera semana, caí en la cuenta de que el gorrión que unos días veo en el borde del papel, otros en la pajarera y otros en el límite del tapete trenzado en la estancia de la derecha, donde el laúd se escucha, espera mi llegada para el movimiento siguiente. La situación se repite en los días siguientes y me obliga a ir tras él. Cada día el gorrión está en un lugar diferente. Recorro las estancias de una a otra, entro a todas, y en cada una el gorrión me espera; paso entre las mujeres que no se inmutan con mi presencia, no me ven; la intención de desenrollar los papeles en el piso de la estancia donde ellas pintan me acosa; lo mismo que pedir a la mujer del té que me permita probarlo; paso horas recostado contra una columna escuchando las notas del laúd. Así se fueron las semanas. Una sensación que otras pinturas de Utamaro me habían sugerido tomó forma: las mujeres en los retratos, en los grupos, incluso en las estampas eróticas, todas las mujeres, eran la misma mujer, con el mismo peinado aunque con adornos distintos para sostenerlo y con quimonos también distintos pero estampados con diseños y sedas y dibujos preciosos. Así es el “Ukiyo-e”, inasible “Mundo flotante”, donde lo que sucede no parece que sucediera pero está a la vista. Debo aclarar, sin embargo, que ver el gorrión en sus movimientos y seguirlo, requiere de una pizca de la ficción que todos llevamos dentro…


Argumento.
Siempre imaginé que cuando la gente no las mira las pinturas viven, dijo el hombre que también puede ser una mujer. Es cierto, respondió el otro. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

  

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