Una historia bruselense

20 noviembre, 2017 § Deja un comentario


Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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Una historia berlinesa

14 noviembre, 2017 § Deja un comentario



Un café en Wrangelstr 43, en Kreusberg una zona de Berlín que, si me lo preguntan, no sabría decir si está al este o al oeste del límite impuesto por el muro que sirvió para calentar la guerra fría durante cerca de treinta años. Es un salón pequeño con mesas en los costados cerca de los muros de ladrillo. Desde la puerta, que se cierra al impulso de un resorte para que no entre el frío, se ve al frente el mostrador alto del servicio con la parafernalia del movimiento que mantiene la vida en estos lugares: vasos, botellas, copas de distintos tamaños, licores de colores, máquina y tazas de café. Un hombre vestido de negro con barba de cuatro días detrás del mostrador y una joven con pantalón rojo y camisa azul delante del mostrador, la joven parece pequeña para el tamaño del movimiento pero sonríe, sin embargo, cuando nos ve arrumados contra la puerta para huir del frío, siete nuevos clientes, cuatro mujeres y tres hombres, su sonrisa se amplía aunque no necesariamente de alegría por nuestra llegada; quizá de angustia porque hay espacio en la sala pero siete nuevos clientes al tiempo exceden sus expectativas. A la derecha del local, bar y restaurante y también café, todo al tiempo, un mural estilo de Marc Chagall, un poco en ruinas provocadas por el artista que lo pintó, es visible desde la puerta. En el muro de la izquierda frente al mural, al otro lado del local y también visible desde la puerta, fotografías de bellas inmortales: Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Rita Hayworth y otras que no reconozco pero con las tres que reconozco es suficiente aunque busqué entre ellas a Marlene Dietrich y no estaba. La joven de pantalón rojo y sonrisa permanente y el hombre con barba de cuatro días se apresuraron a abrirnos lugar en el costado derecho del local cerca del mural y de una pareja de enamorados de verdad en la mesa vecina…


… “Enamorados de verdad”, el calificativo que les atribuyo, a pesar de que el final inesperado sucede con frecuencia en las historias de amor, está a la medida de ellos y la intensidad de sus abrazos y besos y lágrimas y sonrisas. Mientras se tienen de las manos, de los ojos, lloran en la mejilla del otro, se miran y lloran otra vez, nosotros, los siete recién llegados, ocupamos nuestras mesas. Se despiden, me digo, es posible también que se encuentren después algún período de abandono, de soledad o lejanía. Su manera de estrecharse no deja duda sobre el encuentro. Sin embargo es posible que presenciemos el inicio o el final de una pelea, pero no pelean y no lloran porque pelean; lloran y se abrazan por algo distinto. La joven de pantalón rojo y sonrisa permanente y el barman con barba de cuatro días, se apresuran para armar una mesa donde acomodar los recién llegados. Las bellas inmortales están en el muro opuesto al mural estilo Chagall y en el mismo lugar de los enamorados, bajo las fotos, un hombre con barba blanca, túnica y turbante negro, parece meditar frente a un vaso cerveza rubia y burbujeante, mira el vaso con una seriedad profunda, quizá cuenta las burbujas que no cesan de subir o teme que la cerveza desaparezca por obra y gracia de algún hechizo desconocido; entre sorbo y sorbo escribe en una libreta. Lleva un diario me digo. Mientras el ministro, lo llamaré así, escribe en la libreta, mira la cerveza y en ocasiones, quizá por la insistencia de sus vecinos, responde preguntas, nuestra mesa toma forma. Es evidente que la joven y el barman se encontraron frente a un problema, pero encontraron, como era de esperar, una solución de fortuna: nos acomodaron en dos mesas disparejas: una pequeña cuadrada y alta; y otra rectángular y baja, más baja que la pequeña. Mi puesto en una esquina de la mesa pequeña y alta frente al ventanal me dejó en primera fila para ver las gentes que pasan por la calle a pesar del frío y no le huyen, ni lo sienten, los veo más preparados para la lluvia que para el frío; pasa un trotador sin camisa, una pareja que se abraza, un personaje flaco y alto con tatuajes hasta el cuello y el pelo cogido en moño en lo más alto de su cabeza; pasan por lo menos tres parejas empujando coches de bebé, con bebés adentro, supongo, y también cinco morenos en silencio, dos adelante, dos atrás y uno entre ellos, los morenos caminan rápido, noto su paso cuando ya han terminado el recorrido frente al ventanal. Nuestro pedido hizo evidente la sorpresa de la joven de pantalón rojo y el hombre con barba de cuatro días, es posible que no estuvieran preparados para recibir un grupo numeroso, todas las mesas estaban previstas para dos, máximo cuatro clientes, por eso el ensamblaje de mesas altas y bajas cerca de una esquina de la sala fue una salvación, para ellos y para nosotros que al contrario de los que van por la calle sin, en apariencia, sentir el frío, lo soportamos con dificultad y le huimos. Si hubo dificultad, la mayor vino cuando los siete pedimos la misma sopa de tomate con queso mozzarella bien caliente para compensar los efectos del clima, los mismos bocadillos de queso y albahaca y también el vino que contribuyó a prolongar la estadía, agradable y por lo que vendría luego, inolvidable. Desde el momento de nuestra llegada hasta el de la partida, ceca de dos horas, no entraron clientes nuevos al local, los que estaban allí no se movieron y los nuevos que se asomaron en busca de un lugar desistieron de esperar o consumir lo que fueran a consumir de pie en un rincón porque tampoco había lugar de pie…

… La pareja que se abrazó y se besó desde nuestra llegada y quién sabe desde cuánto tiempo antes, se abrazó y se besó y se montaron uno sobre el otro y lloraron y rieron y cambiaron de puesto, a la izquierda a la derecha, y volvieron al puesto inicial y lloraron de nuevo y se hablaron al oído y quizá se hicieron promesas y se repitieron lo que para ellos y para todos los enamorados es eterno y dura hasta que se acaba. Fui su vecino de mesa y no puedo decir si lloraban y reían y se abrazaban por culpa del amor, de la angustia o de la ausencia que acecha, es algo que solo ellos sabían y vendría, como en efecto llegó, de un momento a otro. Cuando ya no pudieron más o cuando se dijeron lo que se iba a decir o cuando la fatiga los apabulló se levantaron de la mesa, de prisa se medio pusieron sus abrigos y salieron sin mirar para ningún lado. Si lo preguntaran un testigo diría que partieron de afán. No. Me atrevo a decir que partieron con la calma de quien sabe lo que le espera al otro lado de la puerta que el resorte mantiene cerrada para que no entre el frío; partieron como solo ellos sabían o tenían convenido hacerlo y en ese momento sucedió lo que el resto de los presentes ignoraba o quizá yo era el único que lo ignoraba. Después de cruzar la puerta cada uno se fue por su lado. Ella calle arriba, él en sentido contrario por la acera del frente, después de cruzar la calle. Se separaron con un beso en la mejilla como si la intensidad de los abrazos y los susurros y las promesas y las lágrimas bajo el mural al estilo de Chagall un poco en ruinas provocadas por el artista que lo pintó, no hubieran existido. La duda como sucede con frecuencia me asaltó ¿todo fue producto de mi imaginación?, ¿estaba todo fríamente calculado? Lo único que certificó que algo irreversible había sucedido en aquel local que es bar y café y restaurante y todo a la vez, incluso sala de lágrimas y despedidas, fue la presencia del ministro con turbante negro tomando nota en su libreta mientras sus vecinos de mesa hablan sin parar…
Argumento. El lugar es grande. Techo alto, vigas aparentes, mesas y parroquianos en las mesas. Alrededor de la sala espejos que duplican el espacio. Me busco en el reflejo que, imagino, me corresponde y no me encuentro… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Utamaro y el gorrión

6 noviembre, 2017 § Deja un comentario



Conocí a Kitagawa Utamaro en los años setenta pero siempre, como sus amigos, lo llamé Utamaro. Cuando lo conocí tenía cerca de doscientos años de muerto. Sin embargo nos hicimos amigos como puede hacerse uno amigo de alguien que ha creado cientos, dicen que miles, de imágenes, todas con una historia para contar pero en silencio porque si hablara lo haría en japonés y no hablo japonés. Sus grabados son de tal riqueza en el detalle, en el trazo, en la textura, en el contenido, que no es necesario hablar, con palabras quiero decir, con lo que viene en ellos la conversación está lanzada, así, sin palabras. Las estampas, eróticas muchas de ellas, pero también cotidianas en la composición de los grupos, en las habitaciones, en los paisajes, en los retratos de mujer al aire libre y en la intimidad, cuando ellas consideran su figura o su peinado en el reflejo los espejos; los cielos y las nubes, los puentes o los varios niveles de las casas de placer de Edo, Tokio en aquellos tiempos, custodian las mujeres que en instantes, segundos apenas, revelan algún detalle inesperado. El antes y lo que la imaginación propone para el después son ilustración suficiente para que el interlocutor comparta con Utamaro; el lugar lo sugiere él por supuesto; el estado de ánimo, la hora y el día los propone el contertulio; el grabado hace el resto. Durante largas temporadas hemos dejado de vernos. Sin embargo, en las mañanas, al borde de la carretera de Llanogrande cuando me cruzo con Junzo Hattori, también japonés, creador de escobas de bambú con diseño que solo está en su imaginación oriental, lo recuerdo. Junzo viene y yo voy, en el momento del cruce baja de la bicicleta con una sonrisa y como solo habla japonés nuestra conversación está poblada de señas, figuras con las manos y palabras entrecortadas. Cada encuentro con Junzo, podría decirlo, es un encuentro con Utamaro, con Hokusai o con Hiroshige, grabadores todos, “Pintores del mundo flotante” o “Ukiyo-e”: el período del arte japonés donde la representación de temas urbanos, el día a día en las calles y casas de placer de Edo, ahora Tokio, y los retratos de hermosas mujeres, se oponen a la llamada realidad budista y propició, por la técnica de reproducción múltiple, la creación de libros ilustrados, la relación con escritores, gentes de teatro y otros artistas de la época. Hay quien dice que el “Ukiyo-e” influenció los impresionistas franceses por la limpieza de su mirada a los eventos de la cotidianidad en el mundo flotante…


Lo mismo que sucedió con Junzo Hattori a quien conocí en el borde de una carretera al lado de sus escobas y nos hicimos amigos, sucedió con Kitagawa Utamaro un día de octubre de los primeros años setenta cuando me crucé con él en una exposición de sus grabados y de sus instrumentos de trabajo: buriles, gubias, formones, escoplos, incluso los bloques de madera tallados por el maestro estaban allí. Fue el encuentro que abrió la puerta a otros encuentros con grabadores y creadores japoneses del “Ukiyo-e” y de allí en adelante con artistas, escritores y diseñadores japoneses contemporáneos. Los seguí, los miré de cerca y también narré en estas Marginalias encuentros con algunos de ellos; sin embargo el primero, el que abrió la brecha fue Utamaro. Lo narrado hasta el momento tiene un epílogo extenso en el tiempo, meses. Desde hace años en el “escritorio” de la computadora que me sirve de herramienta de trabajo, contacto con el mundo y punto de partida de numerosos viajes, conservo la obra de un artista que pinta, graba, hace fotografías o ilustra como yo hubiera querido hacerlo y nunca lo logré. Por el “escritorio” de mi computadora han pasado desde Piero della Francesca o Leonardo hasta Adolf Woffli, el suizo que pintó toda su obra en un manicomio de Lausana. De Albert Dürer, Doris Salcedo y Magritte, claro está, hasta Jan Van Eyck, Katsushika Hokusai, Pedro Alcántara, José Luis Cuevas o Edward Hopper, todos han visitado el “escritorio” de mi computadora. No podía faltar, claro está, Kitagawa Utamaro. “Las cuatro habilidades” o “Kinkishoga”, por su título en chino, un tríptico que Utamaro pintó entre 1788 y 1790 y representa los logros de las clases cultas chinas gracias a la práctica de las artes, aparece en el “escritorio” de la computadora cada vez que la prendo. El tríptico representa las estancias de una casa de placer en Edo, antes Tokio, abiertas a un jardín con senderos bordeados por flores, árboles, un estanque visible hasta el puente apenas trazado que lo cruza y más allá del puente, el bosque y el cielo sin nubes; en cada estancia hermosas cortesanas practican la caligrafía, el juego de “Go”, la música y la pintura. La pintura en primer plano la hace ver como la más importante de las artes a pesar de que otros artistas las representaron todas con el mismo grado de importancia. Diecisiete mujeres, once en primer plano, seis en las estancias de los costados y en la esquina izquierda en la que bordea el lago tres hombres juegan “Go” o esperan las dos mujeres que se aproximan con el té. En la primera estancia a la derecha una mujer toca el laúd y tres compañeras la escuchan con atención…


Al lado de la estancia principal donde practican la pintura, una de las mujeres, de pie, estudia el trazo de los pictogramas en un pergamino mientras sus compañeras en posición de loto miran hacia el salón donde las que pintan parecen concentradas en sus obras. Una de ellas traza con delicadeza el tallo del bambú, otra lleva el té, otra muestra el dibujo de un samurai que lanza un bebé al aire, otra lleva en sus manos una pajarera. A pesar de que están concentradas en lo que hacen, todas las miradas van a un lugar preciso en el borde de las hojas en el piso del panel central, donde el dibujo del tronco de un cerezo rosado sirve de apoyo a un gorrión que ya pasó por las otras estancias y se posó allí, para mirar las mujeres, llamar su atención o esperar. Algo más de dos meses lleva Utamaro en el escritorio de mi computadora. Una mañana, al cabo de la primera semana, caí en la cuenta de que el gorrión que unos días veo en el borde del papel, otros en la pajarera y otros en el límite del tapete trenzado en la estancia de la derecha, donde el laúd se escucha, espera mi llegada para el movimiento siguiente. La situación se repite en los días siguientes y me obliga a ir tras él. Cada día el gorrión está en un lugar diferente. Recorro las estancias de una a otra, entro a todas, y en cada una el gorrión me espera; paso entre las mujeres que no se inmutan con mi presencia, no me ven; la intención de desenrollar los papeles en el piso de la estancia donde ellas pintan me acosa; lo mismo que pedir a la mujer del té que me permita probarlo; paso horas recostado contra una columna escuchando las notas del laúd. Así se fueron las semanas. Una sensación que otras pinturas de Utamaro me habían sugerido tomó forma: las mujeres en los retratos, en los grupos, incluso en las estampas eróticas, todas las mujeres, eran la misma mujer, con el mismo peinado aunque con adornos distintos para sostenerlo y con quimonos también distintos pero estampados con diseños y sedas y dibujos preciosos. Así es el “Ukiyo-e”, inasible “Mundo flotante”, donde lo que sucede no parece que sucediera pero está a la vista. Debo aclarar, sin embargo, que ver el gorrión en sus movimientos y seguirlo, requiere de una pizca de la ficción que todos llevamos dentro…


Argumento.
Siempre imaginé que cuando la gente no las mira las pinturas viven, dijo el hombre que también puede ser una mujer. Es cierto, respondió el otro. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

  

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