Tres en uno

21 octubre, 2017 § Deja un comentario

Tres personajes. El dibujo que los ilustra se construye a medida que esperan y los convierte en uno…

A diez pasos no la vi. A cinco pasos la vi. Blusa roja con arabescos oscuros, pantalón azul y zapatillas quizá negras. La vi recostada contra la pared en pose de espera. Espera el bus, supuse, aunque donde estaba no era una parada de bus. Tenía pose de espera. Como todo el mundo, o como casi todo el mundo, estaba concentrada en el celular y los tres buses que se arrumaban contra la acera para recoger pasajeros, los buses recogen pasajeros en cualquier parte, no eran su problema, estaba concentrada en el celular. Era media tarde, nubes bajas, grises, pesadas, amenazaban lluvia. El clima era húmedo, frío, para las temperaturas que se viven en general a esta hora de la tarde, sin embargo yo tenía frío. La mujer, por su pose, soportaba bien el clima, en apariencia. A tres pasos, despegó la cara del celular y miró más allá de mí, a mis espaldas, en busca de una señal, seguramente del bus que esperaba. Entonces noté su cara congestionada, pensé que había exagerado con el maquillaje, el colorete en la mejillas y los labios rojos apretados en una mueca de desidia. El pelo desordenado, lo vi en ese momento, y cogido en una cola atrás la hacía ver como rescatada de la influencia de un ventilador. Con el celular entre las manos a la altura del pecho miró más allá de mí, no me vio, en busca de lo que esperaba ver. Entonces noté la fatiga de quien lleva tiempo esperando. A dos pasos, su ojos, cuando bajaban en busca de la pantalla del celular se cruzaron con los míos. Entonces vi que el colorado de su cara no era resultado de un exceso de maquillaje y que el desorden del peinado tampoco era obra de un ventilador. El contorno de sus ojos era oscuro y tan desordenado como su peinado, si en algún momento hubo maquillaje habían trato de borrarlo y el negro de las pestañas y las rayas que delimitan los ojos habían perdido forma. Sus ojos eran dos manchas negras donde solo era visible el cristalino no tan cristalino quizá opaco, húmedo, un poco colorado, las pupilas en el centro, negras, redondas, grandes, desesperadas que esperaban ver lo que no habían visto hasta ese momento. Las lágrimas inundaban esos ojos. Entonces comprendí que la expresión de la boca era el resultado de las lágrimas. Pensé en detenerme, fue solo un segundo, pero lo pensé. A un paso, una sombra enorme se aproximo por mis espaldas y la mujer, en un solo movimiento, se atravesó en mi camino me empujó con el brazo me obligó a detenerme y sin esperar que se detuviera saltó al bus que llegaba; el chofer al verla ya arriba, tampoco se detuvo. El empujón me hizo caer la bolsa roja del mercado que llevaba. Dos o tres paquetes quedaron sobre la acera, los recogí antes de que otros pasajeros caminaran encima de ellos, me repuse de la aventura y quise ver si el bus no estaba lejos y podía por lo menos ver que la mujer había encontrado un puesto, pero el bus ya había desaparecido entre los otros que se arrumaban contra la acera a pesar de que no era un lugar de  parada…

El hombre es pura fibra. Lleva sombrero que le tapa la cara de los rayos del sol y también protege sus ojos cuando duerme disimulado entre ramas o recostado a un tronco de árbol. El personaje no es joven pero tampoco es viejo y como ha pasado buena parte de su vida al aire libre y en tareas de esfuerzo físico su figura es, lo dije, pura fibra. En algún momento de su vida debió sudar al calor del sol y del esfuerzo, ahora no suda, un exagerado diría que el sudor se le quedó adentro. Decidió no hacer más. A partir de entonces pasa los días simulando que hace pero no hace. Un esfuerzo infinito, seguramente más dispendioso que hacer. El sombrero sobre la cara, para disimular la intención, le permite ver sin ser visto, incluso oír sin ser oído. El sombrero parece suficiente descripción, el resto: su cuerpo y estatura son corrientes; lo distingue una lentitud exagerada al mover los brazos, al dar un paso, al levantar la cabeza, incluso al mirar sus ojos van despacio de un punto a otro. No hay afanes, no hay carreras, nada trastorna el ritmo impuesto por la idea imposible de hacer nada. Para hacer nada hay que ejercitarse, es difícil: mirar ya es hacer algo. Hacer nada es un ejercicio que pocos logran y según he podido observar el hombre que es pura fibra con sombrero lo ha logrado. Si se lo preguntara seguramente me diría que el secreto está en la cadencia. En las cadenas de producción manuales lo importante era mantener la cadencia, si por alguna razón la cadencia decaía, la producción también decaía. En el caso de pura fibra con sombrero no hay producción de por medio, entonces la cadencia que su idea de hacer nada imponga es suficiente. Hacer nada es una cuestión de cadencia para poner un pie delante del otro, para subir un brazo antes que el otro o para desviar la mirada de un objeto a otro. Cadencia y disimulo, casi mimetismo, se sostienen y se reemplazan. El personaje es un camaleón que pasa los días esquivando todo. ¿Será posible que tampoco piense en nada?, ¿que sea capaz de poner la mente en blanco y abstraerse de todo?, ¿será capaz? Cuando lo miro caminar paso entre paso disimulado bajo su sombrero dudo; a veces dudo de que sea él quien va protegido por el ala del sombrero, dudo también de que camine, es posible que se deslice. Hacer nada, conservar el sudor por dentro o pensar nada, no sé aun si son ventajas o desventajas. Es claro que nada de eso se hace de la nada…


Hago fila detrás de un flaco, muy flaco, con barba también flaca que enmarca una cara aun más flaca. 
Se ve tan flaco, me digo, porque lleva gafas de vidrio grueso y montura que aprieta su cara para sostener los vidrios, aun más gruesa; además, el corte de pelo a la moda, rapado a los lados y alto encima parece más alto porque los pelos peinados hacia atrás no obedecen y se van en todas las direcciones, más para arriba que para los lados; la apariencia de matorral en la cabeza lo hace ver más flaco aun. Lleva un bolso de correa gruesa, bolsa profunda sin forma y de apariencia pesada que cae desde los hombros hasta más abajo de las rodillas. El cuerpo flaco es el eje que sostiene la cabeza con pelo en punta, las gafas que aprietan, la barba que enmarca, toma el lugar del cuerpo y llega como una línea perpendicular hasta los pies. El flaco es una línea oscura vertical sobre una base estable, no muy amplia pero suficiente. Hago fila detrás de él. La fila no se mueve, él no me ve, me encuentro en uno de los puntos a los que sus ojos no llegan, se tendría que girar ciento ochenta grados para verme y no lo hará, está ocupado, habla, se queja, con una mujer que se encuentra delante de él en la fila. No escucho lo que dicen, él habla, ella escucha, asiente, escucha, dice una que otra palabra, monosílabos: sí, no; levanta los ojos, el bolso que lleva en la mano pesa y el peso le dificulta levantar la mirada, sin embargo los levanta y mira al flaco, a la línea, diría yo y balbucea un sí. La mujer es más baja que él. Lleva un vestido de flores azules que la hacer ver más gruesa de lo que verdaderamente es; no es tan flaca como él, tiene suficiente carne para que el vestido le quede estrecho y deba acomodárselo cada dos o tres monosílabos. De un momento a otro escuché con claridad la voz de la mujer que dijo: “… y por qué no va hasta las máquinas que están allá…” El flaco, la línea, mira hacia donde la mujer señala. No esperé que hiciera nada, para qué iba a ir hasta el otro lado del hall a hacer la fila frente a otras máquinas si ya la estaba haciendo frente a una que le había tomado buena parte de su tiempo. El flaco, la línea, se dejó convencer y fue hacia donde indicó la mujer; antes, claro, la comprometió a que si tenía que regresar ella le guardaría el puesto. Ella respondió que no había problema. Por supuesto que para ella no había problema, nadie cuida un puesto a sus espaldas. Se compromete uno a cuidar un puesto delante de uno, por gentileza, por civismo y convivencia, pero detrás, después de que uno deja la fila puede pasar con ella lo que sea, ya no es el problema de uno. Sin embargo, la mujer aseguró al flaco, la línea, que se lo cuidaría. Y yo escuché. Si uno abandona una fila, abandona un puesto. He discutido el tema en filas anteriores y la mayoría está de acuerdo con mi posición. Ahora, frente al caso evidente de abandono del puesto, con la mujer que lo cuida delante de mí, el puesto del flaco está entre ella y yo, me dispongo a hacer cumplir uno de los deberes elementales a que estamos obligados cuando vivimos en comunidad: respetar el espacio de los otros; si abandono mi puesto y no he pedido el favor de cuidarlo a la persona que está detrás de mí, la que está adelante no tiene ninguna potestad sobre el lugar abandonado. En fin. Si el flaco, la línea, regresa, muy gentilmente, le haré entender que su puesto está, en ese momento, al final de la fila. Y listo. Imposible que él no lo entienda. Me preparé. Ensayé una o dos formas de iniciar la protesta. La fila avanzó hasta hacer que la mujer del vestido de flores azules estrecho quedara de primera y que detrás de mí, segundo en ese momento la fila se extendiera en diez o más personas que protestarían, con razón, si el flaco, la línea, aparece a ocupar su puesto de nuevo. El flaco regresó segundos antes del que llegara el turno a la mujer y yo no dije nada y nadie en la fila dijo esta boca es mía. Como el hombre es tan flaco, solo una línea, nadie lo había visto…


Argumento.
 Tres personajes: una mujer que espera, un hombre que es pura fibra y un flaco que hace fila. Tres personajes que tienen poco o nada en común. No se conocen y tampoco se han visto. De un momento a otro se cruzan. ¿Qué pasaría entonces…? Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

Anuncios

Etiquetado:, , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Tres en uno en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: