El brownie y la magdalena

14 octubre, 2017 § Deja un comentario

Es temprano y aun no he desayunado. Es viernes. Voy a cumplir una cita y tengo tiempo, algo más de media hora. Camino por las calles arborizadas de la Zona Rosa, así llaman el barrio aunque no es su nombre original. A lado y lado, casas que en otras épocas fueron de habitación ahora son almacenes, oficinas o restaurantes. Poca gente vive por aquí en estos tiempos, los que vienen, vienen a trabajar, a celebrar o desayunar, como yo. Busco un lugar donde tomar un café y comer algo. En una de las calles, detrás de los árboles que la bordean veo fachadas de locales cerrados. Es temprano. La noche anterior llovió y a pesar del sol mañanero, como de tierra fría, el tiempo es húmedo. No todos los locales están cerrados, alcanzo a ver uno abierto en la acera del frente, una terraza casi desierta, con piso de madera. Solo una mesa con un hombre doblado sobre ella como si durmiera pero no duerme. Las otras mesas, cuatro, están libres. En el interior veo algo de movimiento pero dudo, por la penumbra y el brillo de los ventanales el local parece vacío, solo una silueta vestida de negro es visible en el marco de la puerta. Paso la calle, subo a la terraza, tres escalones cortos, camino cuatro pasos en dirección al interior y me encuentro frente una vitrina con bizcochos, tortas, croissants y brownies. La silueta vestida de negro es una de las jóvenes del servicio: pequeña y menuda, el vestido negro la hace ver más menuda, el peinado cogido en cola de caballo y la sonrisa al punto. Me indica un lugar en el interior donde hay dos mesas ocupadas, una por cuatro personas y otra por una pareja…Prefiero en la terraza bajo el alero que protege del sol mañanero, le digo. La joven me mira, la pregunta qué deseo tomar o comer está en sus ojos. Dudo mientras miro la vitrina. Ella sugiere entonces que ocupe la mesa. Me llevará la carta con las posibilidades de desayuno. Dudo otra vez. Considero los bizcochos y las tortas y los brownies en la vitrina. Por alguna razón que en ese momento ignoro los brownies me hacen señas, me llaman. Digo a la joven, silueta vestida de negro, que tomaré un café grande, sin azúcar, bien caliente y un brownie. Un café americano, dice ella que no parece sorprendida por mi elección; si ella hubiera tenido que elegir, quizá también hubiera preferido el brownie. Ocupo la mesa en la terraza. La angustia de la falta de desayuno sube y baja, me atrapa, el sabor sin sabor es intenso. Espero que la joven, silueta vestida de negro, lo haya notado y se de prisa. Desde mi puesto miro con algún esfuerzo el hombre doblado sobre la mesa que está casi a mis espaldas. Parece que duerme pero no duerme está concentrado en su celular, no se mueve ni manda mensajes y tampoco los recibe, está doblado sobre el aparato, las manos en reposo a lado y lado y un poco más allá o más acá, en mi dirección, una taza donde tal vez hay café. Mi silla está al lado del ventanal y lo primero que veo después de verificar que el vecino no duerme, es mi reflejo en el vidrio y más allá, en una mesa igual, paralela, la pareja que espera. Los otros clientes se pierden entre la penumbra del local y los reflejos del ventanal. Entonces llegan el brownie y el café. Es bonito, quiero decir, la composición del brownie en forma de montaña mezcla de chocolate, nueces, harina de color café oscuro, como la tierra abonada, en una esquina del plato blanco, cuadrado; al pie de la montaña, casi rozando su base, un juego de líneas de chocolate a la manera de un campo arado son complemento perfecto para un paisaje…
Fue lo primero que vi. Un paisaje enmarcado en un espacio blanco. Cuadrado y blanco. La imagen que sugirió el plato me llevó a paisajes que David Hockney pintó en los años sesenta y setenta; faltan seguramente algunas líneas de color y una que otra mancha roja o gris o azul, pero la composición, la luz y el momento pertenecen a aquellos paisajes. El brownie, la montaña, espera. Hago el primer corte de cuchara, tímido. Pruebo la montaña, entro en el paisaje. La sensación es inesperada, el brownie se deshace en la boca y el sabor del chocolate y la nuez desplazan el sin sabor anterior. Tomo un sorbo de café. Hago un nuevo corte, aun tímido, y pruebo un segundo bocado, la sensación es la misma, repetirla la hizo más intensa. Miro mi reflejo en el ventanal y más allá de la satisfacción del momento veo la pareja que también recibió su pedido, no son brownies, ellos se decidieron por huevos, pan, café, mantequilla y el resto del desayuno de la carta. En comparación con la lentitud con que el brownie, montaña y paisaje, cambia de forma, la cuchara lo disminuye o lo amplía, la pareja al otro lado del ventanal come rápido. En el tercero o cuarto corte de cuchara en el brownie, paisaje y montaña, ellos han terminado. A medida que avanzo, como reconociendo el terreno algunas harinas accidentan la textura cuadriculada. Intento recordar un sabor similar, un sabor que se mezcle con el tiempo…
Entonces aparece la galleta que la madre de Proust le ofreció una fría mañana de invierno. La magdalena. “… En el instante mismo en que el sorbo de té mezclado con la magdalena toca mi paladar, tiemblo. Algo extraordinario sucede. Un placer delicioso me invade sin saber cómo y los acontecimientos de la vida son indiferentes, sus desastres inofensivos, su brevedad irreal. Esa esencia preciosa no está en mí, esa esencia soy yo…”, escribió Proust acerca de su encuentro con la magdalena en Combray aquella mañana fría de invierno. La magdalena trajo sentimientos venidos de otros espacios de la memoria, lo mismo sucedió con el brownie esta mañana húmeda de nuestro invierno. La coincidencia hizo que en el brownie se encontraran el paisaje que Hockney pintó hace más de cincuenta años y la sensación de esencia preciosa que no está en mí, que, como escribió Proust, soy yo, mientras se deshace en la boca. Hago la comparación, desigual por supuesto, entre el paisaje de Hockney, la magdalena de Proust y el brownie en el plato frente a mí y encuentro que tienen todo en común. Los recuerdos son así, van y vienen sin preguntar. Parroquianos nuevos llegaron a las otras mesas de la terraza, los veo concentrados en sus celulares. Cuando se acerca la hora de mi cita, estoy a punto de desplazar la montaña, de terminar el brownie, de redibujar el paisaje. Con el último corte, la montaña, brownie, no habrá desaparecido, quedarán algunas harinas. La textura cuadriculada en el lugar del campo arado se mantendrá y el paisaje 
quedará con la huella de los acontecimientos que Proust presintió cuando la magdalena se deshizo en su boca
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, se sienta a una mesa y espera. El plato que le sirvan será una sorpresa para los sentidos… Mientras espera, recuerda sabores y aromas y, por supuesto, lugares… Entre uno y otro, espera y recuerdo, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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