Experimentos con la “llamada realidad”

7 octubre, 2017 § Deja un comentario

La Marginalia que circula hoy, sábado 7 de octubre, es la misma que debió circular la semana pasada. Lleva el mismo título: Experimentos con la “llamada realidad”. No circuló porque “la llamada realidad” levantó frente a mí un muro imposible de franquear e impidió su publicación. Quizá  sintió que algo le iba pierna arriba. No lo sé. La misma Marginalia, con este corto introito circula hoy. “Experimentos con la verdad” es el título de un libro de Paul Auster, mezcla de cuentos, entrevistas y ensayos. Es, dicen, pieza clave en el rompecabezas donde literatura y vida, verdad y ficción, tienen lugares importantes. Quizá la “verdad” del experimento de Auster se puede equiparar con la “realidad” entre comillas de la que tanto habló Vladimir Nabokov o también con la “llamada realidad” que Imre Kertész puso en boca de Keserü el personaje de “Liquidación”. Me parece, y lo he repetido aquí mismo, que la realidad es el resultado de nuestras ficciones: de tanto repetirlas, soñarlas, vivirlas se convierten en “la llamada realidad” con cuerpo, aroma, textura e incluso tiempo. He aquí algunas de ellas a manera de experimento…
… Ocho mesas redondas, pequeñas, para tres. Cinco ocupadas. La primera está libre. En la segunda, una mujer joven de pelo largo, teñido o desteñido, come salpicón, chatea y habla por celular a la vez; una botella de agua a medio terminar espera en el centro de la mesa. Un hombre de edad promedio ocupa la primera mesa, la que estaba libre; disimula un suéter blanco sobre sus piernas casi debajo de la mesa y se tapa la cara con las manos. La tercera mesa estuvo desierta pero una mujer de quien solo veo la cabellera y el movimiento rápido de un tenedor entre la mesa y la boca, la ocupa súbitamente. En la cuarta mesa, mientras dos mujeres y un hombre comen en silencio, se parecen, algún parentesco debe haber entre ellos, no se hablan ni se miran. Otra mujer mayor con camisa azul se sienta frente a la que ya ocupa la tercera mesa. En la fila paralela, una pareja ocupa desde hace ya un buen rato la quinta mesa, comen y hablan, gesticulan, comen y hablan, por el tiempo que llevan allí, gesticulan, comen y hablan, despacio. En la sexta mesa una mujer y un niño, la mujer viste la camisa de un equipo de fútbol y el niño no.  La mesa siete está ocupada por una mujer sola que mira el vacío y tiene el celular pegado a la oreja. Tres personas, dos mujeres y un hombre, y un arrume de morrales y carteras ocupan las cuatro sillas de la octava mesa. El sueño me domina, cierro los ojos, mis párpados pesan, duermo, cuando los abro casi todo ha cambiado. El hombre de la primera mesa sigue ahí y ya no se tapa la cara con las dos manos. En la segunda mesa hay un niño; si se sienta bien en la silla, sus pies no tocan el piso, está solo. En la tercera mesa una mujer con los brazos cruzados espera. En la cuarta  mesa no queda nadie de la familia, ahora la ocupa una mujer morena. La pareja de la mesa cinco y una tercera persona, mujer, vestida de rojo esperan, no hablan, callan y miran el centro de la mesa. En la mesa seis un joven con los costados de la cabeza rapados come, abre una boca inmensa para cada bocado. En la mesa siete una pareja joven se mira y sonríe, no habla solo sonríe. La mesa ocho está desierta. Todo esto en menos de una hora…
… Salgo a la calle, es temprano, a pesar de que no estamos en época de lluvias el tiempo es húmedo, llueve en las noches y al amanecer deja de llover, la humedad se mantiene hasta media mañana cuando sale el sol y la temperatura sube; al final de la tarde ya hemos pasado por la zona de calor del día, la humedad reaparece y llueve, se repite el ciclo. Salgo a la calle a una hora en que la humedad no ha cedido el paso al sol y hay nubes, pero no de lluvia. Llego a la esquina donde un hombre me hace señas para que me acerque, me acerco; el hombre pregunta una dirección. No sé, respondo, sin embargo le indico una calle y le aseguro que allá encontrará quien lo guíe. Camino hasta la parada de buses y espero. Pasa el tiempo. Frente a la parada pasan buses con destinos que no me convienen, pienso que hace tanto tiempo que no hago este recorrido que es posible que la empresa de buses haya desaparecido. Con retraso, después de ver pasar un buen número de otros buses llega el esperado. Soy el séptimo pasajero. Escojo la banca detrás de una pareja. Con más de la mitad de los puestos libres supongo que van juntos pero después de algún tiempo me doy cuenta de que no; algunas paradas más adelante el hombre baja y después en la siguiente parada, baja la mujer. Casi van juntos, me digo, una parada los separa. Tomo fotos de los dos, desde mi puesto tomo fotos de sus cabezas, de la parte de atrás de sus cabezas, el lado escondido de sus cabezas, para ellos. En los puestos libres se sienta otra pareja, estos si van juntos aunque no son pareja, ella es muy joven, él muy mayor. Ella lee un libro, él mira por la ventana; también tomo fotografías de la parte oculta de sus cabezas. Dos paradas más adelante sube un hombre joven y grande demasiado grande, debe subir agachado y como no se puede mover en el pasillo ocupa un puesto detrás del chofer. Hago varias maromas, entre ellas quitar el volumen a mi celular para que no haga ruido en el momento de la foto. Entre el espacio que dejan las cabezas de la pareja que va en la banca de adelante tomo la foto del joven demasiado grande. Poco antes de llegar a mi parada me levanto y voy hasta la parte delantera, al espacio entre la barrera que separa el chofer de los pasajeros y el puesto donde está el joven grande; veo entonces que tiene los brazos tatuados con figuras sacadas de un catálogo de imágenes de uso libre; tiene tatuados balones de fútbol, raquetas de tenis, pelotas de golf, aviones de juguete, palmeras de mentiras, grupos de nubes; son tantas las figuras que tapizan sus brazos que decido tomarle una foto; me sostengo en equilibrio, saco el celular, abro la cámara y en el momento en que voy a tomar la foto, sin que él se de cuenta, claro está, el bus hace una maniobra, pierdo el equilibrio y voy a chocar precisamente con el joven grande; pido disculpas y bajo del bus. No hubo foto, sin embargo la curiosidad del por qué un tatuaje que cubre los dos brazos en su totalidad está concebido con imágenes de catálogo comercial me intriga, debe ser el único…
… Llego al lugar de la cita con cerca de una hora de anticipación y voy a la librería, está cerrada. Desde la vitrina veo los últimos títulos. Me atrae un libro de cuentos de Junichiro Tanizaki y otro de Roberto Burgos Cantor, sin embargo agradezco que la librería esté aun cerrada porque hubiera querido comprar alguno de esos libros y no tengo con qué. El lugar de la cita es un café que muchos toman por oficina. Las mesas están ocupadas. Hago fila para tomar un capuchino. Me preguntan si tengo puntos, respondo que sí. Es un lugar difícil, todo el que llega espera encontrar una mesa y el que la encuentra no la libera más. Veo gentes que ocupan dos mesas, conversan de una a otra y no consumen nada, teclean en sus celulares; y otros que pasan tanto tiempo frente al mismo café sin terminarlo que deben acercarse al mostrador para que se lo calienten. Hago una fila que no es una porque veo parroquianos que llegaron después y recogieron su servicio antes, quizá no me ven o me ignoran, me debería acostumbrar, pero no lo logro. Digo a la mujer del servicio, joven y redonda, que es el capuchino más demorado que me he tomado en la vida. A pesar de la demora o por culpa de la demora cuando tengo mi capuchino en mano una mesa en el centro del salón se libera. Logro ocuparla. Es redonda, pequeña, para cuatro personas un poco estrechos, solo dos sillas. A mi izquierda hay una pareja, él chatea, ella toma café a sorbos cortos y mira al frente, por momentos sostiene el pocillo a la altura de su cara y mira un punto indefinido al otro lado más allá del límite de las mesas. Por momentos, hace gestos a su acompañante, son gestos de aprobación o rechazo, quizá de aprobación; el hombre chatea entre sorbos y solo mira a la mujer cuando necesita su opinión. A la derecha hay un hombre solo, en una mesa idéntica a la mía, si estuviéramos juntos su puesto sería frente a mí; el hombre viste el uniforme de moda: bluyines rotos, tenis blancos, camiseta con letreros, barba de tres días y pelo aun más corto; chatea y habla por celular; chatea y habla. En las otras mesas hay, en general, de a tres personas que hablan o escuchan; en todas hay celulares y computadores portátiles abiertos. Me encuentro con la persona con quien tengo cita. Hablamos del tema de un encuentro que vamos a tener en los días siguientes. Después salgo a buscar el bus. Contrario a lo que sucedió en el bus anterior éste pasa pronto, sin embargo un pasajero que subió en la parada siguiente a la mía se quejó con el chofer por la demora y se sentó en la banca más cercana al chofer; el quejumbroso, lo llamaré así, es el primer pasajero ven los que suben después.
En la parada siguiente subió otro pasajero: mayor, flaco, con pelo blanco peinado hacia atrás. El quejumbroso desde su puesto detrás del chofer habla al recién llegado como si lo conociera de antes. El nuevo pasajero no pensó que el otro hablara con él y no le prestó atención pero fue tal la insistencia que terminó por sentirse aludido; aludido pero extrañado porque no esperaba la andanada de saludos y frases, y también porque fue evidente en ese momento que no conocía, nunca había visto al quejumbroso. Así que no hubo conversación y el recién llegado siguió hasta el fondo del bus. La situación se repitió con todos los pasajeros que subieron de esa parada en adelante. ¿“Vas a ir al paseo el domingo”? es la pregunta que el quejumbroso hace de buenas a primeras a todos los que suben al bus y ninguno, claro está, sabe de qué paseo habla, ninguno responde, lo ignoran y siguen a buscar un puesto lejos de él. Hasta que uno respondió, se sentó a su lado y entonces el quejumbroso no volvió a callar, habló y habló y habló de paseos y personas que el que se sentó a su lado no conocía…
Argumento. Me cruzo en la calle un hombre con descripción de personaje de novela. Recuerdo, entonces, he aquí la coincidencia, una novela donde su autor sufre vacíos cuando descubre ser el personaje de una trama que se cierra cuando el lector del libro, donde él es el personaje, deja de leer. La coincidencia, la novela en la novela, me obliga entonces a seguir el personaje con quien me cruzo. Nadie sabe dónde salta la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017

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