El corredor de la cachucha verde brillante

23 septiembre, 2017 § Deja un comentario


El domingo pasado a las cinco y veinte, tal vez y veinticinco, de la mañana, llegué a la estación de metro Envigado. Estaba oscuro, el tiempo era húmedo y había poca gente cerca de la estación, no encontré a nadie en las escaleras de entrada y tampoco en el puente que cruza sobre el río Medellín y la avenida Regional. Nadie. Me pareció extraño pero tampoco era el momento para las muchedumbres de las horas pico. En el hall iluminado sí había algunos madrugadores dispuestos a iniciar la jornada; había también otros trasnochadores venidos de alguna celebración con amanecida. Entre los que pasaban por el hall, hacían fila para comprar o recargar la tarjeta o ya habían pasado las máquinas ninguno, y eso fue curioso, estaba vestido para la carrera: camiseta amarilla, pantaloneta, cachucha, tenis y sobre todo el número, porque era el día de la Media Maratón y porque a esa hora el tiempo alcanzaba apenas para llegar hasta el Parque de la Luz, donde estaban la salida y la llegada, calentar al ritmo que imponen los animadores desde la tarima y buscar un lugar entre los participantes. En la plataforma casi desierta, solo dos o tres personas en dirección norte y ninguno con figura de ir para el mismo lugar para donde yo iba: la estación Alpujarra, cercana a la salida de la carrera. El metro llegó pronto, venía casi vacío y no tuve dificultad para elegir el vagón donde haría el trayecto, subí en el que se detuvo frente a mí. Algunos madrugadores o trasnochadores como los de la estación ocupaban las bancas por aquí y por allá; dos hombres y una mujer, de pie, en el extremo opuesto del vagón, ellos sí con la camiseta amarilla que distingue los corredores de los 21K; y entre el grupo y yo, un hombre con camiseta en manchas imitación camuflado militar verde y negro, marcas con letras y logos de una empresa local, cachucha verde brillante, pantalón de sudarera gris y tenis rojos. El hombre se acercó y me habló pero no escuché bien porque el tren salía de la estación y yo no esperaba que, a esa hora, alguien me hablara en el metro. Al notar mi duda repitió la pregunta. Sí, respondí, voy para la carrera. Veintiún kilómetros, dijo entonces. Sí respondí de nuevo. Yo también, murmuró como si hablara solo, vine a correr con el equipo de la empresa pero yo no vivo aquí y no sé si voy a alcanzar a llegar. No se preocupe, le dije, llegaremos. Le pregunté de dónde venía y me habló de un pueblo frío en las montañas del norte, dijo que corría dos o tres veces por semana, entre diez y doce kilómetros. Le dije que yo también pero que yo corría aquí, por las calles de Medellín. El hombre se tranquilizó, quizá nuestro encuentro le aseguró que llegaría con tiempo a la meta. Habló del trabajo y agregó que la empresa les colaboraba para que corrieran, eran diez o más los que corrían pero él no los conocía ni sabía quiénes eran, los iba a reconocer por la camiseta camuflada. Pensé en preguntarle el nombre pero más bien le pregunté qué número tenía y no respondió. El hombre era bajito, de edad mediana y flaco, si era corredor debía ser pura fibra cero grasa, en ese momento el tren entró en la estación y de nuevo los nervios lo asediaron, se sentía perdido o retrasado o debía llegar a algún lugar en la meta y por eso la inquietud…


… Cuando salimos de la estación, ya en la calle, bajo el viaducto del metro y entre grupos de participantes que caminaban por las vías señaladas rumbo al Parque de la Luz, le pregunté de nuevo cuál era su número. No escuchó mi pregunta o no quiso responderla o su afán le impidió escucharme. Lo perdí de vista entre la multitud de corredores que hablaban, que se encontraban o se anunciaban el tiempo que esperaban hacer en la carrera. Unos hablaban de tiempos que ni ellos mismo se los creían y otros callaban. Así perdí de vista al hombre que vino de las montañas a correr la media maratón. Pensé varias posibilidades, que no fuera corredor y se hubiera burlado de mí o que sí fuera corredor y, es posible que para no abrumarme con sus hazañas, fuera uno de los élite que participan en estas competencias y debía encontrarse en algún lugar VIP con sus colegas profesionales nacionales y extranjeros. Todo era posible. No lo vi más. Pasaron los ejercicios de calentamiento, las músicas a todo volumen y los gritos de ánimo; pasó también el recorrido entre la multitud de corredores rumbo a las pancartas y cronómetros luminosos que marcan el tiempo para cada participante. Cuando pasé bajo las pancartas el cronómetro marcaba tres minutos veintiocho segundos después del momento en que los corredores élite partieron. Recordé al compañero del metro y lo imaginé entre keniatas, ecuatorianos y nacionales a toda velocidad por allá adelante. Arranqué a mi ritmo, despacio, previendo que la distancia era larga y que el único objetivo era terminar ojalá sin caminar y en menos de dos horas. Logré lo primero, lo segundo no. Después del primer kilómetro o casi llegando al segundo, entre la multitud de camisetas amarillas y de todos los colores alcancé a ver una cachucha verde brillante que se movía nerviosa de un lado a otro de la vía, un ejercicio bien difícil entre la multitud que se mueve y no deja espacios…


… Con dificultad pasé a otros participantes hasta que logré adelantar el corredor de la cachucha verde brillante. Era el compañero del metro que resultó ser corredor pero no élite como lo había imaginado. Le hice una seña con el pulgar de mi mano izquierda levantado pero sucedió lo mismo que cuando le pregunté el número y no me escuchó, no respondió y no me vio o no quiso verme. Después de haber corrido varias veces entre multitud de atletas he terminado por adoptar una técnica: ubicar entre los participantes uno al que pueda seguir el paso y seguirlo hasta que él, corredor guía, lo llamo así, o yo, no podamos más, entonces cambio. Decidí que tomaría al compañero del metro como guía. Sin embargo fue difícil, el hombre era volátil, iba de un lado a otro de la vía y por momentos desaparecía para aparecer calles o kilómetros más adelante, sin mirar y sin responder a ninguna señal, le hice dos o tres señales más, no las vio o no quiso verlas y desapareció como era ya costumbre. Cuando el compañero del metro desaparecía seguí otros corredores, entre ellos uno con ropa multicolor y sin número que no se detuvo en ninguno de los puntos de refresco y fue disminuyendo el paso; seguí otro vestido como si fuera para el trabajo: vestido completo, saco, pantalón, camisa blanca, quizá corbata, sombrero y tenis rojos; seguí una mujer que no bajó el ritmo un solo instante, solo tomo agua una vez y no quitó la mirada de la vía, corrí tras ella cuatro o cinco kilómetros, después la perdí de vista. Entre tiempo el compañero del metro con su cachucha verde brillante aparecía y desaparecía, unas veces a la derecha, otras a la izquierda y ninguna vez me vio. En la última parte de la carrera no seguí a nadie, la fatiga me alcanzaba y me concentré en terminar, ojalá sin caminar, siempre corriendo. En los últimos cinco kilómetros vi la cachucha verde brillante una vez más. Después no la vi más. Cumplí como dije antes con uno de los objetivos: no caminé durante el recorrido; sin embargo no logré llegar antes de las dos horas, me sobrepasé por cinco minutos. El gentío en la meta era mayor que en la salida. Entre grupos, después de recibir la medalla, alcancé a ver los compañeros de equipo del hombre de la cachucha verde brillante, me acerqué para saludarlo y felicitarlo por haber terminado pero no lo vi o quizá si lo vi pero él no me vio o no quiso verme y preferí dejar nuestra conversación donde había quedado cuando bajamos del metro antes de la carrera y aun no había amanecido…
Argumento. Un hombre que escribe, también puede ser una mujer, dice que correr una maratón es como escribir una novela. Sin embargo no escribe novelas, escribe cuentos… Con ese cuento comienza la novela…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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