Bodegones y ficción

16 septiembre, 2017 § Deja un comentario


Hace poco, en su artículo semanal, el escritor Darío Ruiz mencionó su admiración por Juan Sánchez Cotán, pintor español del siglo XVII reconocido sobre todo por los bodegones pintados con la minuciosidad de los manieristas y el realismo de sus contemporáneos italianos y holandeses. Sánchez Cotán pintó porciones de naturaleza ordinarias en la cotidianidad doméstica de su tiempo: repollos, melones, piezas de caza, pepinos y otras frutas o verduras fueron objeto de aquellos bodegones. Un marco de madera es la frontera entre su imaginación y el día a día; en ese espacio sencillo, alejado de la grandilocuencia del arte y la literatura de su tiempo, escribe Darío Ruiz, el pintor instala sus composiciones. El cruce con Sánchez Cotán me obligó a buscarlo, le había perdido la pista a pesar de que lo conocí en mis épocas de estudiante de artes plásticas y siempre, algo que no se manifestó en aquel momento, me atrajo de sus bodegones. Algo había en ellos que solo comprendí ahora cuando la virtualidad y por supuesto la ficción, hicieron posible el cruce. Se trata del espacio sagrado donde suceden los bodegones que Darío Ruiz menciona en su artículo. En 1602, año en que el artista pintó quizá el más famoso: “Bodegón de caza, hortalizas y frutas”, la costumbre era colgar los alimentos del marco de las puertas o ventanas porque suspendidos se conservaban mejor. A pesar de la costumbre, éste no fue el ángulo ni la composición que las pinturas de bodegones de la época representaron en general. Sánchez Cotán, al contrario de sus colegas, pintó como en escenarios de ficción las piezas de caza, hortalizas y frutas, suspendidas con finas cuerdas a diferentes alturas de un marco de madera, el alféizar de una ventana, que mira hacia un segundo plano oscuro, distante, profundo, donde cada forma, cada hoja, cada pluma, al toque de la luz rasante se moldea con sombras precisas que hacen del instante un misterio, porque es solo un instante. La ficción aparece y la composición va más allá del bodegón de frutas, hortalizas o piezas de caza y pasa a ser el punto de partida de tantas ficciones como espectadores se encuentren frente a ella. Pasaron años antes de caer en la cuenta de aquello que Sánchez Cotán comprendió con más de cuatro siglos de anterioridad: el cambio de contexto no desvirtúa la naturaleza de los objetos, los convierte en ficción. Quizá porque la representación fuera del contexto natural fue un descubrimiento inesperado, Sánchez Cotán solo pintó ocho o nueve bodegones antes de ingresar en el convento de la orden Cartuja en 1603. Esos pocos bodegones, sin embargo, han sobrepasado el olvido que viene con el tiempo y han inspirado el trabajo de otros artistas.


Desde la “Naturaleza muerta con limones, naranjas y rosa” que Francisco Zurbarán pintó en 1633, hasta el “Bodegón con paquetes, homenaje a Sánchez Cotán” de 1966, donde el pintor hiperrealista chileno Claudio Bravo escenificó el momento al suspender los objetos envueltos en el marco de una ventana que mira un cielo con nubes. Los envoltorios en la pintura de Bravo pueden ser unos limones, un melón, un repollo o algunos nabos, incluso las piezas de caza que Sánchez Cotán pintó en sus bodegones; pueden ser también otros elementos de la naturaleza; el segundo plano que pasó de oscuro a cielo con nubes apoya el misterio que, sin lugar a dudas, recuerda “Los amantes” con caras cubiertas por finas telas que los insinúan y dificulta el beso; trae a la memoria también la roca suspendida sobre el mar de “El castillo en los Pirineos”; o para no alejarnos del misterio, se acerca a la representación de la pipa encima del letrero “Ceci n’est pas une pipe”, todas pinturas de René Magritte. El de Claudio Bravo podría ser un homenaje a Sánchez Cotán a Magritte y también a la ficción. Las coincidencias están al origen de la ficción, dicen; las coincidencias entre pintores no son solo encuentros o copias que se hacen de unos a otros, son también coincidencias de lugar. Donde Juan Sánchez Cotán pintó sus bodegones coincide en la imaginación con el de Claudio Bravo y podríamos llamarlo “punto de encuentro”: el lugar donde todas las ficciones coinciden. Como aquel punto luminoso que Borges encontrara en las escaleras que llevan al sótano de la casa de Carlos Argentino.


Cantidad de artistas han coincidido en el “punto de encuentro” con Sánchez Cotán. En composición aplicada a la estructura de “Membrillo, repollo, melón y pepino” otro Sánchez Cotán de 1602, Scott Fraser pintó “La curva catenaria” en 1987, donde representa una línea imaginaria suspendida de un extremo con obras que trazan sus cercanías con el arte. La “Muerte de Marat” de Jacques Louis David inicia la composición en el marco de la ventana que conservó el fondo oscuro, profundo, de Sánchez Cotán; el retrato de “Madame Mortessier” de Jean Auguste Dominique Ingres, seguido de “Lady en azul” de Henri Matisse o de Richard Diebenkorn admirador de Matisse hasta el punto de copiarlo con minucia en técnica, estilo y colores; seguido de otra pintura de Richard Diebenkorn de un período posterior pero con la técnica de Matisse; hasta el final de la curva donde parece abandonada al azar del momento, la pintura de Sánchez Cotán que inspiró a Scott Fraser. Otros artistas se han acercado a Sánchez Cotán desde ángulos distintos, tomando fragmentos de frutas o verduras, modificando el origen de la fuente de luz hasta el contraluz, incluso eliminando el marco de madera y suspendiendo frutas y verduras en lugares sin relación con el original. Cada uno llega al “punto de encuentro” según la elaboración íntima de sus ficciones y todo confirma que entre el contexto y la ficción solo hay un paso.

Sin intentar construir un instante de misterio como lo hizo Sánchez Cotán, caigo en la cuenta de que en distintos lugares de Medellín y quizá de otras ciudades, no me atrevo a asegurarlo, marcado en el pavimento con un punto verde y letras blancas hay “puntos de encuentro”. He encontrado varios en esquinas, calles y espacios distantes y cercanos. La coincidencia, entonces, toma forma y voy a uno de ellos. No espero que la representación de un Sánchez Cotán tenga lugar allí frente a mí, sin embargo la cercanía de la coincidencia predispone el momento y las situaciones; las gentes pasan sin reparar en mi presencia, los ruidos de motores y de pitos, molestos en otros momentos, disminuyen hasta dejar que una pareja vestida con ropas de colores inicie su baile en el costado de la calle, frente a los automóviles que esperan del cambio de luces, al ritmo de una música que solo ellos escuchan. El silencio ocupa todos los espacios. La pareja baila, el baile los lleva hasta el centro de la calle. A medida que sus movimientos se mezclan, cuatro saltimbanquis vestidos de blanco, suben de uno en uno, sobre los hombros del anterior hasta levantar una columna; y al mismo tiempo, un niño, digo niño por pequeño, hace malabares con pelotas de colores, cuento cinco, en el extremo alejado de la vía. La curva desde la altura de los saltimbanquis hasta el malabarista no se detiene en la pareja que baila. Si el momento tuviera límite, si lo mirara como se mira desde una ventana y el pavimento fuera su alféizar, la coincidencia con Sánchez Cotán, por lo menos en la intención, en la curva, se hubiera realizado. Cuando iba a lograrlo, cuando ellos lo iban a lograr, la luz cambió, los motores hicieron su ruido y los personajes dejaron la acción en suspenso. La composición, copia a lo Sánchez Cotán que duró un instante, como el misterio que rodea sus bodegones, volvió al punto de inicio seguramente a la espera de un nuevo cambio de luces…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, pinta un bodegón. El tiempo pasa y el bodegón cambia. Las frutas y verduras se maduran y el bodegón de la mañana no es el mismo al medio día… No se sabe aun a qué hora comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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