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9 septiembre, 2017 § Deja un comentario

El título de esta Marginalia parece un número de celular como el que nos sirve para chatear, recibir y mandar fotos o mirar con ojos quietos lo que pasa al otro lado de la pantalla hasta que, en el momento menos pensado, timbra con alarma personalizada y repite en el oido de quien responde la fórmula que ha hecho carrera: ¿dónde estás?, seguido del infaltable: ¿…y qué más? También y quizá mejor, parece el número y serie ganadores de los miles de millones que rifa la lotería cada semana y no ganamos porque, para correr ese riesgo, hay que comprarla. O mejor aun, copia el título de la última novela de Paul Auster 4321 o el de la novela de Roberto Bolaño 2666; es también posible que 1Q84 de Haruki Murakami, lo mismo que la premonitoria de los tiempos que corren 1984 de George Orwell, vengan a la memoria. Ninguna de las anteriores. Los números corresponden a cinco de los textos que componen Texto Textura, sesenta textos y sesenta texturas, el libro en exposición en la Sala del segundo piso del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, vecino del parque de Los Deseos y del Jardín Botánico donde se celebra la Fiesta del Libro de Medellín entre el 10 y el 17 de septiembre. Estamos todos invitados…
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Por suerte encuentro una mesa libre para cuatro, como le faltan dos asientos me instalo. Las otras mesas están ocupadas por parejas, hombres o mujeres o hombres y mujeres, dos por mesa. En la mesa vecina dos mujeres comen del mismo plato. No hablan, comen del mismo plato y no les queda tiempo para hablar. Si una se distrae, la otra comerá más. Apenas comenzaban cuando llegué. Comen carne a la plancha, ensalada, papas fritas y tajadas de plátano. Lo único que puede causarles resquemores es la carne que cada una se aplica a cortar, en porción igual, después de la otra; las guarniciones se pueden separar en cantidades iguales para cada una y no hay problema, pero no lo hacen, se ensañan lo mismo. Si una mete el tenedor en las papas, la otra también; igual con las tajadas de plátano y los tomates de la ensalada. No tocan la lechuga, no les gusta, es lo que más se ve en el plato. La carne disminuye a mayor velocidad que el resto de comida hasta que solo queda un pedazo pequeño en medio del plato…
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Adelante, en la fila larga y sinuosa van dos mujeres desesperadas, hablan entre ellas, se quejan, miran los movimientos de los otros, los calculan, buscan otras filas, no saben qué hacer. Por momentos, quizá atacadas por el desencanto, callan y miran el piso. En cierto momento cuando sucedió un avance inesperado se miraron y sonrieron esperanzadas. Algunas veces me han mirado y quizá han intentado preguntar mi opinión pero no encuentran la manera de hacerlo sin dejar notar su angustia. Adelante de ellas va otra mujer y un hombre, tranquilos, no dejan ver el desespero. La más aventajada de las que van delante de mi, habla con la mujer acompañada por el hombre. Por lo que alcanzo a notar, sus palabras la tranquilizan. La aglomeración es grande y de un momento a otro dejo de ver las dos mujeres, entro en un espacio donde no hay fila y la gente espera, los más avezados hablan entre ellos, una señora me dice que cada gestión demora entre quince y veinte minutos. Espero. Del otro lado del mostrador donde la fila se disuelve y entramos en el espacio sin fila, unas diez personas con camisetas anaranjadas se mueven en todos los sentidos, despachan los pedidos que hicieron quienes estuvieron y ya no están en la fila. El desorden es generalizado. Los mellizos, que coordinan la situación, parecen tranquilos a pesar del desorden…
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En vista de que ninguna de las acciones, sin intención, dio resultado, el personaje presiente lo peor. Ya no mira en busca de indicios, tampoco palpa sus costados, ahora pone las dos manos sobre el techo del carro como si esperara un impulso que no llega, entonces baja la cabeza sin mover las manos del techo y mira al interior del carro. Por su costumbre de estar siempre del lado del conductor se agacha y no ve lo que busca, ve el interior vacío. Entonces, para confirmar la corazonada, que explotó como una bomba en los bolsillos vacíos, en las dudas sin intención, entre los ojos; para ver lo que no esperaba ver, debía rodear el carro y echar el mismo vistazo al interior desde la ventanilla del pasajero. Levantó la cabeza. Dos nubes de lluvia acechaban y decidió dar la vuelta por delante. Es más corto. Lo hizo rápido. En cuatro o cinco zancadas estaba del otro lado. No esperó. Llegó a la ventanilla del pasajero agachado para no perder tiempo en poses inútiles. Antes de tener la visión del circulo de plástico negro pegado al tablero del carro, disimulado por la sombra del timón, el personaje sabía que las llaves se habían quedado pegadas al motor de arranque y que las puertas cerradas con seguro eran imposibles de abrir. Entonces comenzó la tragedia…
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Llego a un salón desabrido y poco acogedor. Amplio, unos ocho o diez metros de lado demarcados por un piso, imitación madera, de color distinto a las baldosas de los pasillos. El espacio es abierto con vitrinas a dos metros de distancia del límite, imitación madera, a norte y sur; un ventanal de dos pisos y medio de altura por donde entra el sol inmisericorde, al occidente; y al oriente, escaleras eléctricas que suben y bajan. En las cuatro esquinas del piso imitación madera hay sofás, duros y sin espaldar, solo uno tiene medio espaldar. Espero allí. Veo pasar un joven con zapatos de talla menor, que le aprietan y cojea; una mujer ocupó el sofá sin espaldar a mi lado y se quejó tres veces. Cuando levanté la mirada de la pantalla de mi celular ya no había una mujer sino un hombre que tecleaba furiosamente en el suyo; después un niño ocupó el puesto. Un hombre gordo y bajito, un cono con helado de vainilla en la boca, se acercó y me saludó. No lo reconocí. Dijo tres palabras que no entendí porque no se sacó el cono de la boca; al notar la barrera entre su saludo y mi duda prefirió seguir su camino. Dos policías con la parafernalia para montar en moto: casco y chaleco pero sin moto, pasaron corriendo. Sobre el final de la espera noté un cucarrón caminando por mi pierna. No lo toqué, me levanté y cayó al piso; cuando vi que tomó rumbo a occidente yo fui hacia el oriente, cuestión de evitar otro encuentro…
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Encontré un billete de lotería entre los barrotes del carro de compras en el supermercado. Cuando lo vi pensé que era un papel cualquiera, pero noté que tenía el color rosado de los billetes de lotería. Lo alcancé con la punta de los dedos, lo moví para allá y para acá hasta que logré desatascarlo del escondite donde su dueño lo disimuló. Con cuidado lo desdoblé. Era un billete del último sorteo, seguramente, quien lo escondió allí no quería repartir el premio con nadie. La premonición de que era un billete ganador me asedió desde ese momento. Los números no eran lo que se puede llamar una combinación bonita pero el azar no tiene preferencia por combinaciones bonitas o feas, así pues que el número del billete, a pesar de no ser el más agradable, podía ser el ganador. Sin embargo cierto temor se apoderó de mí y con todo el sigilo posible disimulé el billete en la palma de mi mano. Evité mirar alrededor más de lo necesario para no tener coincidencias desagradables con el posible propietario y con un movimiento sin intención, guardé el billete en el bolsillo de la camisa. Entré en el supermercado como si nada hubiera sucedido, por supuesto, iba con la intención de comenzar a gastarme los millones que representaba el premio mayor. Claro que tampoco tiene que ser el mayor, me dije, con uno de los premios secos me contentaría, claro, con la condición de que valiera el riesgo de cargar con semejante suma en el bolsillo de mi camisa…
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Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, compra la lotería y gana… Sin saber qué hacer y con problemas que el personaje no tenía comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.
Jueves 14 de septiembre 5:00 pm.
Encuentro con el profesor Memo Ánjel

en Abril Café de la librería. Edificio de Extensión
Organiza: La Fiesta del Libro

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