El corredor de la cachucha verde brillante

23 septiembre, 2017 § Deja un comentario



El domingo pasado a las cinco y veinte, tal vez y veinticinco, de la mañana, llegué a la estación de metro Envigado. Estaba oscuro, el tiempo era húmedo y había poca gente cerca de la estación, no encontré a nadie en las escaleras de entrada y tampoco en el puente que cruza sobre el río Medellín y la avenida Regional. Nadie. Me pareció extraño pero tampoco era el momento para las muchedumbres de las horas pico. En el hall iluminado sí había algunos madrugadores dispuestos a iniciar la jornada; había también otros trasnochadores venidos de alguna celebración con amanecida. Entre los que pasaban por el hall, hacían fila para comprar o recargar la tarjeta o ya habían pasado las máquinas ninguno, y eso fue curioso, estaba vestido para la carrera: camiseta amarilla, pantaloneta, cachucha, tenis y sobre todo el número, porque era el día de la Media Maratón y porque a esa hora el tiempo alcanzaba apenas para llegar hasta el Parque de la Luz, donde estaban la salida y la llegada, calentar al ritmo que imponen los animadores desde la tarima y buscar un lugar entre los participantes. En la plataforma casi desierta, solo dos o tres personas en dirección norte y ninguno con figura de ir para el mismo lugar para donde yo iba: la estación Alpujarra, cercana a la salida de la carrera. El metro llegó pronto, venía casi vacío y no tuve dificultad para elegir el vagón donde haría el trayecto, subí en el que se detuvo frente a mí. Algunos madrugadores o trasnochadores como los de la estación ocupaban las bancas por aquí y por allá; dos hombres y una mujer, de pie, en el extremo opuesto del vagón, ellos sí con la camiseta amarilla que distingue los corredores de los 21K; y entre el grupo y yo, un hombre con camiseta en manchas imitación camuflado militar verde y negro, marcas con letras y logos de una empresa local, cachucha verde brillante, pantalón de sudarera gris y tenis rojos. El hombre se acercó y me habló pero no escuché bien porque el tren salía de la estación y yo no esperaba que, a esa hora, alguien me hablara en el metro. Al notar mi duda repitió la pregunta. Sí, respondí, voy para la carrera. Veintiún kilómetros, dijo entonces. Sí respondí de nuevo. Yo también, murmuró como si hablara solo, vine a correr con el equipo de la empresa pero yo no vivo aquí y no sé si voy a alcanzar a llegar. No se preocupe, le dije, llegaremos. Le pregunté de dónde venía y me habló de un pueblo frío en las montañas del norte, dijo que corría dos o tres veces por semana, entre diez y doce kilómetros. Le dije que yo también pero que yo corría aquí, por las calles de Medellín. El hombre se tranquilizó, quizá nuestro encuentro le aseguró que llegaría con tiempo a la meta. Habló del trabajo y agregó que la empresa les colaboraba para que corrieran, eran diez o más los que corrían pero él no los conocía ni sabía quiénes eran, los iba a reconocer por la camiseta camuflada. Pensé en preguntarle el nombre pero más bien le pregunté qué número tenía y no respondió. El hombre era bajito, de edad mediana y flaco, si era corredor debía ser pura fibra cero grasa, en ese momento el tren entró en la estación y de nuevo los nervios lo asediaron, se sentía perdido o retrasado o debía llegar a algún lugar en la meta y por eso la inquietud…


… Cuando salimos de la estación, ya en la calle, bajo el viaducto del metro y entre grupos de participantes que caminaban por las vías señaladas rumbo al Parque de la Luz, le pregunté de nuevo cuál era su número. No escuchó mi pregunta o no quiso responderla o su afán le impidió escucharme. Lo perdí de vista entre la multitud de corredores que hablaban, que se encontraban o se anunciaban el tiempo que esperaban hacer en la carrera. Unos hablaban de tiempos que ni ellos mismo se los creían y otros callaban. Así perdí de vista al hombre que vino de las montañas a correr la media maratón. Pensé varias posibilidades, que no fuera corredor y se hubiera burlado de mí o que sí fuera corredor y, es posible que para no abrumarme con sus hazañas, fuera uno de los élite que participan en estas competencias y debía encontrarse en algún lugar VIP con sus colegas profesionales nacionales y extranjeros. Todo era posible. No lo vi más. Pasaron los ejercicios de calentamiento, las músicas a todo volumen y los gritos de ánimo; pasó también el recorrido entre la multitud de corredores rumbo a las pancartas y cronómetros luminosos que marcan el tiempo para cada participante. Cuando pasé bajo las pancartas el cronómetro marcaba tres minutos veintiocho segundos después del momento en que los corredores élite partieron. Recordé al compañero del metro y lo imaginé entre keniatas, ecuatorianos y nacionales a toda velocidad por allá adelante. Arranqué a mi ritmo, despacio, previendo que la distancia era larga y que el único objetivo era terminar ojalá sin caminar y en menos de dos horas. Logré lo primero, lo segundo no. Después del primer kilómetro o casi llegando al segundo, entre la multitud de camisetas amarillas y de todos los colores alcancé a ver una cachucha verde brillante que se movía nerviosa de un lado a otro de la vía, un ejercicio bien difícil entre la multitud que se mueve y no deja espacios…


… Con dificultad pasé a otros participantes hasta que logré adelantar el corredor de la cachucha verde brillante. Era el compañero del metro que resultó ser corredor pero no élite como lo había imaginado. Le hice una seña con el pulgar de mi mano izquierda levantado pero sucedió lo mismo que cuando le pregunté el número y no me escuchó, no respondió y no me vio o no quiso verme. Después de haber corrido varias veces entre multitud de atletas he terminado por adoptar una técnica: ubicar entre los participantes uno al que pueda seguir el paso y seguirlo hasta que él, corredor guía, lo llamo así, o yo, no podamos más, entonces cambio. Decidí que tomaría al compañero del metro como guía. Sin embargo fue difícil, el hombre era volátil, iba de un lado a otro de la vía y por momentos desaparecía para aparecer calles o kilómetros más adelante, sin mirar y sin responder a ninguna señal, le hice dos o tres señales más, no las vio o no quiso verlas y desapareció como era ya costumbre. Cuando el compañero del metro desaparecía seguí otros corredores, entre ellos uno con ropa multicolor y sin número que no se detuvo en ninguno de los puntos de refresco y fue disminuyendo el paso; seguí otro vestido como si fuera para el trabajo: vestido completo, saco, pantalón, camisa blanca, quizá corbata, sombrero y tenis rojos; seguí una mujer que no bajó el ritmo un solo instante, solo tomo agua una vez y no quitó la mirada de la vía, corrí tras ella cuatro o cinco kilómetros, después la perdí de vista. Entre tiempo el compañero del metro con su cachucha verde brillante aparecía y desaparecía, unas veces a la derecha, otras a la izquierda y ninguna vez me vio. En la última parte de la carrera no seguí a nadie, la fatiga me alcanzaba y me concentré en terminar, ojalá sin caminar, siempre corriendo. En los últimos cinco kilómetros vi la cachucha verde brillante una vez más. Después no la vi más. Cumplí como dije antes con uno de los objetivos: no caminé durante el recorrido; sin embargo no logré llegar antes de las dos horas, me sobrepasé por cinco minutos. El gentío en la meta era mayor que en la salida. Entre grupos, después de recibir la medalla, alcancé a ver los compañeros de equipo del hombre de la cachucha verde brillante, me acerqué para saludarlo y felicitarlo por haber terminado pero no lo vi o quizá si lo vi pero él no me vio o no quiso verme y preferí dejar nuestra conversación donde había quedado cuando bajamos del metro antes de la carrera y aun no había amanecido…
Argumento. Un hombre que escribe, también puede ser una mujer, dice que correr una maratón es como escribir una novela. Sin embargo no escribe novelas, escribe cuentos… Con ese cuento comienza la novela…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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Bodegones y ficción

16 septiembre, 2017 § Deja un comentario



Hace poco, en su artículo semanal, el escritor Darío Ruiz mencionó su admiración por Juan Sánchez Cotán, pintor español del siglo XVII reconocido sobre todo por los bodegones pintados con la minuciosidad de los manieristas y el realismo de sus contemporáneos italianos y holandeses. Sánchez Cotán pintó porciones de naturaleza ordinarias en la cotidianidad doméstica de su tiempo: repollos, melones, piezas de caza, pepinos y otras frutas o verduras fueron objeto de aquellos bodegones. Un marco de madera es la frontera entre su imaginación y el día a día; en ese espacio sencillo, alejado de la grandilocuencia del arte y la literatura de su tiempo, escribe Darío Ruiz, el pintor instala sus composiciones. El cruce con Sánchez Cotán me obligó a buscarlo, le había perdido la pista a pesar de que lo conocí en mis épocas de estudiante de artes plásticas y siempre, algo que no se manifestó en aquel momento, me atrajo de sus bodegones. Algo había en ellos que solo comprendí ahora cuando la virtualidad y por supuesto la ficción, hicieron posible el cruce. Se trata del espacio sagrado donde suceden los bodegones que Darío Ruiz menciona en su artículo. En 1602, año en que el artista pintó quizá el más famoso: “Bodegón de caza, hortalizas y frutas”, la costumbre era colgar los alimentos del marco de las puertas o ventanas porque suspendidos se conservaban mejor. A pesar de la costumbre, éste no fue el ángulo ni la composición que las pinturas de bodegones de la época representaron en general. Sánchez Cotán, al contrario de sus colegas, pintó como en escenarios de ficción las piezas de caza, hortalizas y frutas, suspendidas con finas cuerdas a diferentes alturas de un marco de madera, el alféizar de una ventana, que mira hacia un segundo plano oscuro, distante, profundo, donde cada forma, cada hoja, cada pluma, al toque de la luz rasante se moldea con sombras precisas que hacen del instante un misterio, porque es solo un instante. La ficción aparece y la composición va más allá del bodegón de frutas, hortalizas o piezas de caza y pasa a ser el punto de partida de tantas ficciones como espectadores se encuentren frente a ella. Pasaron años antes de caer en la cuenta de aquello que Sánchez Cotán comprendió con más de cuatro siglos de anterioridad: el cambio de contexto no desvirtúa la naturaleza de los objetos, los convierte en ficción. Quizá porque la representación fuera del contexto natural fue un descubrimiento inesperado, Sánchez Cotán solo pintó ocho o nueve bodegones antes de ingresar en el convento de la orden Cartuja en 1603. Esos pocos bodegones, sin embargo, han sobrepasado el olvido que viene con el tiempo y han inspirado el trabajo de otros artistas.


Desde la “Naturaleza muerta con limones, naranjas y rosa” que Francisco Zurbarán pintó en 1633, hasta el “Bodegón con paquetes, homenaje a Sánchez Cotán” de 1966, donde el pintor hiperrealista chileno Claudio Bravo escenificó el momento al suspender los objetos envueltos en el marco de una ventana que mira un cielo con nubes. Los envoltorios en la pintura de Bravo pueden ser unos limones, un melón, un repollo o algunos nabos, incluso las piezas de caza que Sánchez Cotán pintó en sus bodegones; pueden ser también otros elementos de la naturaleza; el segundo plano que pasó de oscuro a cielo con nubes apoya el misterio que, sin lugar a dudas, recuerda “Los amantes” con caras cubiertas por finas telas que los insinúan y dificulta el beso; trae a la memoria también la roca suspendida sobre el mar de “El castillo en los Pirineos”; o para no alejarnos del misterio, se acerca a la representación de la pipa encima del letrero “Ceci n’est pas une pipe”, todas pinturas de René Magritte. El de Claudio Bravo podría ser un homenaje a Sánchez Cotán a Magritte y también a la ficción. Las coincidencias están al origen de la ficción, dicen; las coincidencias entre pintores no son solo encuentros o copias que se hacen de unos a otros, son también coincidencias de lugar. Donde Juan Sánchez Cotán pintó sus bodegones coincide en la imaginación con el de Claudio Bravo y podríamos llamarlo “punto de encuentro”: el lugar donde todas las ficciones coinciden. Como aquel punto luminoso que Borges encontrara en las escaleras que llevan al sótano de la casa de Carlos Argentino.


Cantidad de artistas han coincidido en el “punto de encuentro” con Sánchez Cotán. En composición aplicada a la estructura de “Membrillo, repollo, melón y pepino” otro Sánchez Cotán de 1602, Scott Fraser pintó “La curva catenaria” en 1987, donde representa una línea imaginaria suspendida de un extremo con obras que trazan sus cercanías con el arte. La “Muerte de Marat” de Jacques Louis David inicia la composición en el marco de la ventana que conservó el fondo oscuro, profundo, de Sánchez Cotán; el retrato de “Madame Mortessier” de Jean Auguste Dominique Ingres, seguido de “Lady en azul” de Henri Matisse o de Richard Diebenkorn admirador de Matisse hasta el punto de copiarlo con minucia en técnica, estilo y colores; seguido de otra pintura de Richard Diebenkorn de un período posterior pero con la técnica de Matisse; hasta el final de la curva donde parece abandonada al azar del momento, la pintura de Sánchez Cotán que inspiró a Scott Fraser. Otros artistas se han acercado a Sánchez Cotán desde ángulos distintos, tomando fragmentos de frutas o verduras, modificando el origen de la fuente de luz hasta el contraluz, incluso eliminando el marco de madera y suspendiendo frutas y verduras en lugares sin relación con el original. Cada uno llega al “punto de encuentro” según la elaboración íntima de sus ficciones y todo confirma que entre el contexto y la ficción solo hay un paso.

Sin intentar construir un instante de misterio como lo hizo Sánchez Cotán, caigo en la cuenta de que en distintos lugares de Medellín y quizá de otras ciudades, no me atrevo a asegurarlo, marcado en el pavimento con un punto verde y letras blancas hay “puntos de encuentro”. He encontrado varios en esquinas, calles y espacios distantes y cercanos. La coincidencia, entonces, toma forma y voy a uno de ellos. No espero que la representación de un Sánchez Cotán tenga lugar allí frente a mí, sin embargo la cercanía de la coincidencia predispone el momento y las situaciones; las gentes pasan sin reparar en mi presencia, los ruidos de motores y de pitos, molestos en otros momentos, disminuyen hasta dejar que una pareja vestida con ropas de colores inicie su baile en el costado de la calle, frente a los automóviles que esperan del cambio de luces, al ritmo de una música que solo ellos escuchan. El silencio ocupa todos los espacios. La pareja baila, el baile los lleva hasta el centro de la calle. A medida que sus movimientos se mezclan, cuatro saltimbanquis vestidos de blanco, suben de uno en uno, sobre los hombros del anterior hasta levantar una columna; y al mismo tiempo, un niño, digo niño por pequeño, hace malabares con pelotas de colores, cuento cinco, en el extremo alejado de la vía. La curva desde la altura de los saltimbanquis hasta el malabarista no se detiene en la pareja que baila. Si el momento tuviera límite, si lo mirara como se mira desde una ventana y el pavimento fuera su alféizar, la coincidencia con Sánchez Cotán, por lo menos en la intención, en la curva, se hubiera realizado. Cuando iba a lograrlo, cuando ellos lo iban a lograr, la luz cambió, los motores hicieron su ruido y los personajes dejaron la acción en suspenso. La composición, copia a lo Sánchez Cotán que duró un instante, como el misterio que rodea sus bodegones, volvió al punto de inicio seguramente a la espera de un nuevo cambio de luces…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, pinta un bodegón. El tiempo pasa y el bodegón cambia. Las frutas y verduras se maduran y el bodegón de la mañana no es el mismo al medio día… No se sabe aun a qué hora comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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9 septiembre, 2017 § Deja un comentario


El título de esta Marginalia parece un número de celular como el que nos sirve para chatear, recibir y mandar fotos o mirar con ojos quietos lo que pasa al otro lado de la pantalla hasta que, en el momento menos pensado, timbra con alarma personalizada y repite en el oido de quien responde la fórmula que ha hecho carrera: ¿dónde estás?, seguido del infaltable: ¿…y qué más? También y quizá mejor, parece el número y serie ganadores de los miles de millones que rifa la lotería cada semana y no ganamos porque, para correr ese riesgo, hay que comprarla. O mejor aun, copia el título de la última novela de Paul Auster 4321 o el de la novela de Roberto Bolaño 2666; es también posible que 1Q84 de Haruki Murakami, lo mismo que la premonitoria de los tiempos que corren 1984 de George Orwell, vengan a la memoria. Ninguna de las anteriores. Los números corresponden a cinco de los textos que componen Texto Textura, sesenta textos y sesenta texturas, el libro en exposición en la Sala del segundo piso del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, vecino del parque de Los Deseos y del Jardín Botánico donde se celebra la Fiesta del Libro de Medellín entre el 10 y el 17 de septiembre. Estamos todos invitados…
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Por suerte encuentro una mesa libre para cuatro, como le faltan dos asientos me instalo. Las otras mesas están ocupadas por parejas, hombres o mujeres o hombres y mujeres, dos por mesa. En la mesa vecina dos mujeres comen del mismo plato. No hablan, comen del mismo plato y no les queda tiempo para hablar. Si una se distrae, la otra comerá más. Apenas comenzaban cuando llegué. Comen carne a la plancha, ensalada, papas fritas y tajadas de plátano. Lo único que puede causarles resquemores es la carne que cada una se aplica a cortar, en porción igual, después de la otra; las guarniciones se pueden separar en cantidades iguales para cada una y no hay problema, pero no lo hacen, se ensañan lo mismo. Si una mete el tenedor en las papas, la otra también; igual con las tajadas de plátano y los tomates de la ensalada. No tocan la lechuga, no les gusta, es lo que más se ve en el plato. La carne disminuye a mayor velocidad que el resto de comida hasta que solo queda un pedazo pequeño en medio del plato…
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Adelante, en la fila larga y sinuosa van dos mujeres desesperadas, hablan entre ellas, se quejan, miran los movimientos de los otros, los calculan, buscan otras filas, no saben qué hacer. Por momentos, quizá atacadas por el desencanto, callan y miran el piso. En cierto momento cuando sucedió un avance inesperado se miraron y sonrieron esperanzadas. Algunas veces me han mirado y quizá han intentado preguntar mi opinión pero no encuentran la manera de hacerlo sin dejar notar su angustia. Adelante de ellas va otra mujer y un hombre, tranquilos, no dejan ver el desespero. La más aventajada de las que van delante de mi, habla con la mujer acompañada por el hombre. Por lo que alcanzo a notar, sus palabras la tranquilizan. La aglomeración es grande y de un momento a otro dejo de ver las dos mujeres, entro en un espacio donde no hay fila y la gente espera, los más avezados hablan entre ellos, una señora me dice que cada gestión demora entre quince y veinte minutos. Espero. Del otro lado del mostrador donde la fila se disuelve y entramos en el espacio sin fila, unas diez personas con camisetas anaranjadas se mueven en todos los sentidos, despachan los pedidos que hicieron quienes estuvieron y ya no están en la fila. El desorden es generalizado. Los mellizos, que coordinan la situación, parecen tranquilos a pesar del desorden…
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En vista de que ninguna de las acciones, sin intención, dio resultado, el personaje presiente lo peor. Ya no mira en busca de indicios, tampoco palpa sus costados, ahora pone las dos manos sobre el techo del carro como si esperara un impulso que no llega, entonces baja la cabeza sin mover las manos del techo y mira al interior del carro. Por su costumbre de estar siempre del lado del conductor se agacha y no ve lo que busca, ve el interior vacío. Entonces, para confirmar la corazonada, que explotó como una bomba en los bolsillos vacíos, en las dudas sin intención, entre los ojos; para ver lo que no esperaba ver, debía rodear el carro y echar el mismo vistazo al interior desde la ventanilla del pasajero. Levantó la cabeza. Dos nubes de lluvia acechaban y decidió dar la vuelta por delante. Es más corto. Lo hizo rápido. En cuatro o cinco zancadas estaba del otro lado. No esperó. Llegó a la ventanilla del pasajero agachado para no perder tiempo en poses inútiles. Antes de tener la visión del circulo de plástico negro pegado al tablero del carro, disimulado por la sombra del timón, el personaje sabía que las llaves se habían quedado pegadas al motor de arranque y que las puertas cerradas con seguro eran imposibles de abrir. Entonces comenzó la tragedia…
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Llego a un salón desabrido y poco acogedor. Amplio, unos ocho o diez metros de lado demarcados por un piso, imitación madera, de color distinto a las baldosas de los pasillos. El espacio es abierto con vitrinas a dos metros de distancia del límite, imitación madera, a norte y sur; un ventanal de dos pisos y medio de altura por donde entra el sol inmisericorde, al occidente; y al oriente, escaleras eléctricas que suben y bajan. En las cuatro esquinas del piso imitación madera hay sofás, duros y sin espaldar, solo uno tiene medio espaldar. Espero allí. Veo pasar un joven con zapatos de talla menor, que le aprietan y cojea; una mujer ocupó el sofá sin espaldar a mi lado y se quejó tres veces. Cuando levanté la mirada de la pantalla de mi celular ya no había una mujer sino un hombre que tecleaba furiosamente en el suyo; después un niño ocupó el puesto. Un hombre gordo y bajito, un cono con helado de vainilla en la boca, se acercó y me saludó. No lo reconocí. Dijo tres palabras que no entendí porque no se sacó el cono de la boca; al notar la barrera entre su saludo y mi duda prefirió seguir su camino. Dos policías con la parafernalia para montar en moto: casco y chaleco pero sin moto, pasaron corriendo. Sobre el final de la espera noté un cucarrón caminando por mi pierna. No lo toqué, me levanté y cayó al piso; cuando vi que tomó rumbo a occidente yo fui hacia el oriente, cuestión de evitar otro encuentro…
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Encontré un billete de lotería entre los barrotes del carro de compras en el supermercado. Cuando lo vi pensé que era un papel cualquiera, pero noté que tenía el color rosado de los billetes de lotería. Lo alcancé con la punta de los dedos, lo moví para allá y para acá hasta que logré desatascarlo del escondite donde su dueño lo disimuló. Con cuidado lo desdoblé. Era un billete del último sorteo, seguramente, quien lo escondió allí no quería repartir el premio con nadie. La premonición de que era un billete ganador me asedió desde ese momento. Los números no eran lo que se puede llamar una combinación bonita pero el azar no tiene preferencia por combinaciones bonitas o feas, así pues que el número del billete, a pesar de no ser el más agradable, podía ser el ganador. Sin embargo cierto temor se apoderó de mí y con todo el sigilo posible disimulé el billete en la palma de mi mano. Evité mirar alrededor más de lo necesario para no tener coincidencias desagradables con el posible propietario y con un movimiento sin intención, guardé el billete en el bolsillo de la camisa. Entré en el supermercado como si nada hubiera sucedido, por supuesto, iba con la intención de comenzar a gastarme los millones que representaba el premio mayor. Claro que tampoco tiene que ser el mayor, me dije, con uno de los premios secos me contentaría, claro, con la condición de que valiera el riesgo de cargar con semejante suma en el bolsillo de mi camisa…
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Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, compra la lotería y gana… Sin saber qué hacer y con problemas que el personaje no tenía comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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en Abril Café de la librería. Edificio de Extensión
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Retrato de actor

2 septiembre, 2017 § Deja un comentario


Entre las carpetas de mi computadora encontré un texto. No lo recordaba, es posible que no fuera yo quien lo escribió y lo tenía copiado de quién sabe dónde. También es posible que fuera yo el autor del texto e incluso que ya lo hubiera publicado en estas Marginalias. Quizá mis lectores, que se cuentan por miles, lo recuerden. Quizá lleguen a pensar que paso por momentos de “sequía de la escritura” que me obligan a recuperar textos en las carpetas de la memoria de mi computadora, no de la mía que, lo insinué en las primeras líneas, flaquea. Y aunque la sequía es posible, para mi tranquilidad y la de los navegantes de estas Marginalias, puedo asegurar que todo hace parte de una actuación, deseada, buscada, cumplida y con frecuencia también inesperada. Por esta razón es importante agregar que la función de actor es caldo de cultivo para la ficción, mi conclusión, después de tiempos de correr tras ella, es que todo circula alrededor de las ficciones propias a cada uno y la llamada realidad no es nada distinto a una ficción que se repite hasta un punto de no retorno. Decir entonces que somos actores de las ficciones que soñamos en permanencia y agregar que aquello que los otros, actores también, ven de nosotros es solo lo que ponemos en escena, es el resultado de una actuación generalizada y permanente pues la escena no es solo la tarima donde viven quienes se confiesan públicamente actores, la escena también son las habitaciones, casas, calles, esquinas y ciudad que nos rodea. Es posible entonces que el texto encontrado en las carpetas de mi memoria virtual no haya sido copiado de ninguna parte sino que sea la confirmación de lo escrito hasta aquí… Según el personaje del texto en mención, actor por naturaleza, la actuación comienza cuando el reloj despertador marca las cinco menos cuarto de la mañana y está adelantado, faltan veinte para las cinco. Desde sus épocas de empleado con tarjeta para marcar la entrada y salida del trabajo el actor aprendió a engañar no sabe a quién, al tiempo, a los superiores que lo veían llegar cinco minutos antes de la hora o quizá a sí mismo con la imagen de puntualidad obligada; cinco minutos de diferencia entre la hora que marca el reloj y la hora verdadera que se convierten en alivio cuando parecen eternos y en infierno cuando duran solo un segundo…

… La alarma suena a la misma hora todos los días poco importa si es lunes, viernes o domingo. Está programado así desde sus épocas de empleado y nunca lo corrigió, poco le importa, con frecuencia está despierto cuando suena. Su mujer, el actor es casado, no lo escucha, murmura palabras incomprensibles, se voltea para el otro lado y permanece tapada con las cobijas hasta la cabeza sin un resquicio para respirar. Con frecuencia la observó mientras se revolvía dormida bajo las cobijas y durante años calculó los movimientos que tendría que hacer para ahogarla sin dejar rastro. La coartada era perfecta. La mujer dormía tapada hasta la cabeza. Alguien con esa costumbre afronta más probabilidades de morir por asfixia en medio del sueño. Su familia confirmaría la coartada pues durmió así desde pequeña y nadie, entre padres, abuelos o primos logró quitarle el vicio, incluso asegurarían que se trata de una de esas conductas recurrentes que se convierten en vicio.
El actor decidió dedicarse a lo suyo mientras su mujer duerme tapada hasta la cabeza. Cada vez que el despertador suena a las cinco menos cuarto que en realidad son las cinco menos veinte, el actor realiza su número. Desde el día en que descubrió que lo suyo era la actuación todo cambió, dejó los oropeles de la vida laboral y renunció a su profesión de contador. Fue una sorpresa para quienes vivían con las esperanzas puestas en su salario. Su mujer, que en otras épocas se revolvía debajo de las cobijas al sonido del despertador y en más de una ocasión le pidió hacerle el amor antes de ir al trabajo, apenas supo de su decisión se refugió entre las cobijas se volvió inexpugnable. Por aquellos días de decisiones irreversibles el actor tuvo la idea de deshacerse de ella y comenzó a ensayar los movimientos de su actuación: cuando el reloj suene dejaría caer el brazo derecho sobre el interruptor y lo aprieta. Detiene el sonido de la alarma que, como el llamado clásico en los grandes teatros del mundo, marca el momento de entrar en escena. El actor comienza su papel quieto en el lado derecho de la cama doble. La utilería: cama, dos mesas de noche cada una con su lámpara están en su lugar. Prende la que está a su lado, el resto de la habitación es una penumbra donde se adivinan dos cuadros en la pared del fondo, un mueble con cajones frente a la cama, un aparato de televisión y a lado y lado del mueble, dos puertas. Quienes presencien la escena imaginarán que una lleva al baño y la otra a un probable pasillo que termina en el salón. El actor iluminado a ras por la luz de la lámpara de noche es lo más visible en escena, a su lado se adivina el bulto inmóvil y nada más. Silencio. Comienza la acción…

… Ser actor no es fácil. Nada es fácil para nadie, si lo fuera ya estaría hecho. No es fácil para quien se declara abiertamente actor y recibe los brillos y colores que las profesiones públicas tienen en la sociedad, menos aun lo es para aquellos como el actor, que son mayoría, no lo declaran a los cuatro vientos y llevan su papel a todas partes como una manera de ser. Desde el momento en que el actor tomó la decisión de definir la actuación como su proyecto de vida, de salir del closet en el sentido de lo actuado, claro está, el encuentro con sus ficciones se hizo imparable y tuvo, en ocasiones, visos de desespero; sin embargo, con el paso del tiempo esa inconsistencia desapareció como si perteneciera a tiempos pasados, lejanos, para situarlos en algún momento de la historia. Las experiencias llevaron al actor a un solo y único rol, el que muchos considerarían el papel de su vida. De la misma manera que en la habitación cada mañana, los lugares donde se encuentra tienen valor de escena, nunca está en un lugar distinto a una escena. Actúa, sin más, actúa. Sin embargo, a diferencia de los actores profesionales, digamos, sus acciones son el fruto de la improvisación. El actor es un improvisador. Es el creador, productor y protagonista de sus propias obras. Por supuesto no tiene la pretensión de la originalidad, necesita de otros para desarrollar sus roles pero siempre lleva la rienda, aun cuando se encuentra con otro actor, otro que como él comprendió que la actuación es permanente. En esos casos establecen una especie de “tierra de nadie” y dejan que la situación transcurra. No es fácil actuar con naturalidad y menos para quienes comparten parlamentos, acciones o situaciones propias a sus ficciones personales. No es fácil sobre todo porque pocos lo saben o lo intuyen y necesitan como el actor de ese momento de quiebre: el reloj despertador, la mujer que duerme, la almohada, que los pone frente a su papel, aunque ese momento es sólo el principio…
Argumento. Estaba en la sala de mi casa, dice un hombre (también puede ser una mujer). ¿Y qué pasó?, pregunta el otro… Nada, no pasó nada, escuché un ruido como de aplausos… ¿Y qué pasó después?… Nada, comencé a hacer lo que siempre hice y no lo sabía…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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