Metro, Matorral, Deseos, Libro

19 agosto, 2017 § Deja un comentario


Voy al Parque de los Deseos. En el edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, al frente de la Ciudad Universitaria y vecino del Parque está “Texto textura. Un libro en exposición”. Voy a visitar la exposición. Son las diez de la mañana; a las dos de la tarde me encontraré en el hall del segundo piso, donde está la exposición, con Teresita Rivera la persona que gestionó con Óscar Roldán, jefe de extensión cultural, la posibilidad de mostrar allí las texturas y los textos que componen el libro, sesenta texturas, sesenta textos. El metro, tranquilo a esta hora de la mañana, es una puerta abierta a la ficción. Visitaré la sala y aprovecharé para tomar fotos. Al medio día iré a almorzar a El Matorral. Hace años no voy. Siempre fui con Jorge Pérez y Luz Elena, mi mujer, pero desde que Jorge nos dejó no volvimos. Es tiempo de regresar para ver si ha cambiado, para recordar a Jorge y también para probar el plato de los jueves: frisoles verdes…

… El metro va ligero de pasajeros. En el mismo vagón, no lejos del lugar que siempre ocupo, en la medida de lo posible al lado de la puerta, va un hombre que tiene fracturado el dedo anular de la mano derecha, lo lleva envuelto en un yeso incómodo que lo obliga a tener el brazo levantado; el hombre es grueso y joven, quizá no gordo pero sí grueso y no sabe qué hacer con el dedo enyesado. Quizá le duele pero no es tanto la molestia del dolor sino el impedimento que le incapacita la mano, el brazo y si se descuida el lado derecho del cuerpo. Imagino que imagina el momento en que se quitará el yeso. Por momentos parece sonreír pero cambia y vuelve a la cara de molestia, de afán, de espera sin fin, hasta la siguiente sonrisa.…
… Al medio día, después de visitar la exposición y tomar algunas fotografías del montaje para apoyar las Marginalias, voy en busca de El Matorral el restaurante de menú diario, “corrientazo” lo llaman en estos días, en la calle vecina a la Facultad de Medicina. Íbamos los jueves con Jorge Pérez y Luz Elena porque era el día de los frisoles verdes, debíamos llegar antes de las doce, los frisoles eran el plato más apetecido por la clientela de estudiantes, profesores, gente en relación con la Universidad o trabajadores de cercanías y se agotaba todo: sillas, mesas y por supuesto, los frisoles. Era un plato delicioso, los granos recién cogidos, calados con zanahoria y tal vez adobados con un chorro de cerveza, nunca pedimos la receta, tenían un sabor exquisito acompañados con arroz, patacón, carne molida, chicharrón o carne entera; el ají y el aguacate no podían faltar; para tomar había gaseosa o cerveza y si estábamos animados un ron con hielo y agua o solo hielo era el acompañante. Recuerdo que en El Matorral entregué “Recuentos”, un libro de cuentos con el que gané el concurso de la Cámara de Comercio de Medellín a Jorge y allí mismo lo bautizó en la primera hoja con unas gotas del ron que habíamos pedido para celebrar. El mesero nos conocía y como sabía que no fallábamos los jueves diez minutos antes de las doce, nos reservaba una mesa en el rincón más alejado del salón en ele, desde donde veíamos todo y la sombra nos resguardaba del sol. Los frisoles verdes tienen su encanto, son granos frescos que se recogen en el momento preciso de la maduración y no pasan por ningún proceso. De la mata a la vaina al desgrane y a la olla. Esta condición es el origen del sabor especial que tienen siempre, aunque los cocinen con cerveza o coca-cola o los calen con zanahoria o papa. Hoy, después de años, quizá diez o más, volví a buscar El Matorral. Encontré un local reducido, también restaurante, este sí un verdadero “corrientazo” pero con otro nombre. Pregunté al mesero, un joven moreno alto y flaco, cuál era el plato del día y mencionó pollo, carne o pescado en preparaciones con salsas de nombres extranjeros, esperé que dijera algo de los frisoles verdes pero no lo hizo. Pregunté si sabía algo de El Matorral y respondió que no sabía nada, trabajaba allí desde hacía poco. El mesero moreno alto y flaco que sirve las mesas ahora en el lugar donde los frisoles verdes hicieron famoso El Matorral, al menos para nosotros, no lo había escuchado mencionar. Regresé sobre mis pasos con la imagen de los jueves que lo frecuentamos Jorge, Luz Elena y yo. Llamé a Luz Elena y le dije que El Matorral ya no existía y le dije también que el sabor de los frisoles verdes y Jorge me iban a acompañar un buen rato…

… Volví, entonces, al llamado Parque de los Deseos que, imagino por su nombre, se cumplen. Un lugar especial. Mientras el tiempo pasa, pasa también la gente con sus historias a cuestas. Una pareja joven ensaya un número de baile; una profesora o un profesor dirige los gritos de un grupo de niños con uniforme. La pareja de bailarines no se inmuta por los gritos o la gente que no los mira, ellos bailan y más aun, escuchan la música que suena en un amplificador de bolsillo sobre un morral recostado contra un muro. Y bailan. No alcanzo a escuchar la música, supongo un tango, es el muchacho, en ese momento con gafas, quien dirige las figuras, marca el movimiento y hace los gestos para subir o bajar, acercarse o dejarse llevar, sin embargo es él quien va al ritmo de la joven como si un acuerdo establecido de antes dominara el baile. Cuando ella va en puntas él la sigue. Caigo en la cuenta de que los niños uniformados no gritan según la orden que reciben del profesor o profesora, los niños gritan cada figura, cada movimiento de los bailarines, hacen barra como en un estadio. Los bailarines dominan sus gestos, son jóvenes pero no principiantes. De un momento a otro, sin prevenir, los niños parten, ya no hay gritos, ya nadie aplaude o festeja las figuras. El público volvió al salón de clase, seguramente. Ahora escucho el tango. Los bailarines se apoderan de la pista, la recorren de lado a lado en movimientos ágiles. El muchacho se quita las gafas y las deja al lado del amplificador mientras recorren el espacio con pasos y figuras mil veces ensayadas, repetidas en la memoria pero con el entusiasmo de la primera vez. Cuando terminan el muchacho vuelve a buscar las gafas, constato que no ve o ve poco y sin gafas el baile es a tientas o al impulso de la joven, de ahí el acuerdo de quien sigue a quien. Más de media hora miré los bailarines desde una mesa de aluminio, en primera fila podría decir. Desde otra mesa igual a la mía, una mujer joven estuvo pegada a su celular, cuando llegué ya estaba allí, no miró para ningún lado, solo tuvo ojos para el celular. Es posible que no se haya enterado de lo que pasaba a su lado…
… Es interminable la sensación que produce el trabajo de años puesto en muros para que otros lo miren, lo lean, les guste o no, les sugiera preguntas, dudas o certezas o, sin más, lo ignoren. Aquella tarde, la reunión con Teresita se cumplió en la sala, miramos o remiramos las texturas y los textos, fuimos a tomar café y no hablamos más de textos o texturas. Recuerdo que pasamos por el taller de Jorge Zapata, el pintor que retrata el centro de Medellín, y luego nos despedimos. Volví al metro. Eran cerca de las cinco de la tarde, quizá un poco más de las cinco. A mi lado en el vagón hasta el tope de pasajeros una pareja de enamorados, se nota que se quieren por la ansiedad con que se juntan a pesar del calor y de los uniformes negros: chaqueta, pantalón, camisa azul de oficinista; ella pañuelo anudado al cuello, él corbata, ambos de seda negra con rayas blancas. Son compañeros de oficina y se quieren, aunque no se miren algo hay que los obliga a quererse. Lo único que no cuadra, por lo menos mientras descubro el algo que los obliga, es el celular que los separa y tal vez los une, el que cada uno tiene a la altura de los ojos y no deja de mirar. No se miran al fondo de los ojos como Romeo y Julieta. Se miran al fondo de sus celulares. ¿Se mirarán por allí?, ¿al fondo de los ojos?, no me atrevo a preguntarlo, temo desconcentrarlos y cortar el idilio o una conversación íntima que desde mi puesto no escucho…

… Al final del día la gente esta cansada. La mujer relativamente joven que se agarra al tubo con la mano izquierda, cruza el brazo derecho sobre el izquierdo y apoya el mentón en la mano de ese brazo dibuja una figura de equilibrio que en apariencia domina. La mujer duerme, tiene los ojos cerrados y duerme profundamente. No debe ser la primera vez que lo hace, tiene la práctica: duerme de pie. En un movimiento brusco, quizá el estrujón de un pasajero, la mujer tiene un sobresalto, entonces la parte del brazo donde lleva tatuada una selva frondosa se descubre. Es posible que sea algo distinto, pero lo que vi fue una selva frondosa y no me pareció descabellado que el arrullo de los sonidos que se cuelan entre las ramas y las hojas le faciliten el sueño…
… Bostezo, una mujer al otro lado del vagón me mira bostezar y mira su celular. A partir de ese momento alterna su mirada entre el celular y mi bostezo. Caigo en la cuenta y bostezo de nuevo, simulo bostezar. La mujer me mira y yo simulo. La situación no cambia hasta que ella se cansa de mirarme simular, se concentra en el celular y no me mira más. Dejo de bostezar y me concentro en una pareja que comparte los audífonos de un mismo celular…
Argumento. El hombre, también puede ser una mujer, pasa sus días buscando las ficciones de otros pero solo encuentra las propias. Dibuja las texturas que sus ficciones sugieren, las pone en un libro y el libro lo muestra en una sala de exposiciones… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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