Lances con la ficción

26 agosto, 2017 § Deja un comentario



Hasta septiembre, después de la Fiesta del Libro de Medellín, mientras Texto Textura. Un libro en exposición, se encuentre en el Hall del segundo piso del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, vecino del Parque de Los Deseos y de la estación de metro Universidad, me he propuesto narrar en estas Marginalias los cruces con las ficciones ajenas o mías que corren por todas partes cada vez que voy a visitar la sala para encontrarme con estudiantes de arte, grupos de escritura creativa o amigos interesados en mis lances con la ficción. Una mañana camino de la exposición hice un arqueo de las ficciones que a pesar de ellas se cruzan en mi camino… Vi una señora comiendo paleta… Vi un vigilante riendo y otro que me confundió con un colega… Vi una madre empujando un niño que no quería caminar… Vi una flaca con gafas que llevaba en su mano derecha una bolsa de plástico gorda pero liviana… Vi un hombre que empuja un carro pesado mientras un compañero, asistente tal vez, empuja al que empuja el carro pesado… Vi un hombre masivo con una camiseta marcada con la palabra “volar”… Vi dos hombres bajitos y gruesos hacer fila detrás de una mujer como ellos; detrás de ella un flaco, flaco, lleva un tubo que utiliza como bastón aunque no cojea; y detrás del flaco vi un hombre con gafas de aumento que también lleva un tubo y no es amigo ni conocido del flaco; los tubos son una coincidencia… Vi una flaca con gafas hablando por celular de un viaje que hizo hace poco. Media hora más tarde vi otra vez a la flaca de gafas y seguía hablando por celular del mismo viaje… Vi un hombre que lee en voz alta, lee y subraya; lee un libro leído, amarillo en los bordes y con las puntas dobladas; resalta con un lapicero rojo a medida que lee, de repente cierra el libro y se aleja con él bajo el brazo…

… Vi llegar una pareja de enamorados, dejaron una bolsa de plástico amarillo cuidando los puestos que habían elegido, fueron a la vitrina y volvieron con porciones de torta recubierta de crema para cada uno… Vi un hombre mayor, alto, con bigote blanco y sin pelo hablando por celular, nada extraño, hablaba sin esperar repuesta y mientras hablaba iba de un lugar a otro, estuvo de pie a mi lado, luego sentado al final del pasillo; lejos o cerca, habló en el celular sin parar… Vi partir los enamorados después de terminar sus porciones de torta, iban riendo… Vi tres jóvenes morenos por el sol acompañados por un hombre mayor, también moreno por el sol. El hombre mayor habla en un tono que parece de regaño, ninguno de los jóvenes habla o levanta la cabeza y menos aun enfrenta al mayor que envalentonado habla cada vez más fuerte… Vi dos empleados que dejan de conversar cuando uno de ellos responde el celular; al terminar la llamada el otro, distraído, no se da cuenta de que su compañero ya no habla por celular; como el distraído mira para otro lado el que recibió la llamada aprovecha y se dedica a chatear. Ya no conversan más… Vi dos mujeres que intentan cerrar una maleta y no lo logran, entonces la dejan a medio cerrar y se concentran en sus celulares… Vi una mujer con una margarita tatuada en el dorso de la mano. El tatuaje es pobre y sin color, sin embargo la flor está allí para que alguien, quizá ella, frote sus pétalos uno a uno, como la lámpara de Aladino, y con cada caricia pida un deseo. Fue una visión rápida, la mujer desapareció y no la vi más…

… Vi un señor sentado en una acera comiéndose las uñas, tenía un balde de plástico azul lleno hasta el borde de fresas rojas entre sus pies. Comía uña y miraba las fresas, las contaba y como era fácil confundirse en el conteo, me pareció verlo comenzar varias veces… Una mujer con más boca que ojos se paró a mi lado. Tiene los labios rojos encendidos y brillantes y los ojos negros pequeños y pegados entre ellos. La miré una vez y coincidí con su ojos diminutos, después no me miró más… En una fila de seis personas, dos hombres y cuatro mujeres, cinco llevan el celular en sus manos y hacen algo con él, chatean, juegan o hablan, la única que no lo utiliza aunque lo debe guardar en algún bolsillo se acaricia el pelo teñido de rojo mientras conversa con otra mujer frente a ella que también tiene el pelo teñido pero de amarillo… Mientras miraba su celular concentrado, vi un hombre con muchos músculos y peinado extraño, moño en la cima y liso en los costados. Mira el celular y marca signos en su cara, como cruces; el peinado, los músculos o los signos, llamaron mi atención y me preparé para tomarle una fotografía; mientras organizaba mi celular para registrarlo lo perdí de vista, cuando lo localicé de nuevo en su lugar había otro hombre, sin músculos, sin peinado con moña y sin celular, lo único que coincidía era el azul de su camisa… Vi un hombre joven con audífonos que parecía dormir de pie conectado con el infinito, quizá soñaba un baile al ritmo que el infinito le proponía… Vi una mujer joven con las fases de la luna, tatuadas en el brazo, la vi junto a un hombre también joven con una flor tatuada en el hombro, aunque solo las pintas rojas de los pétalos eran visibles debajo de la manga corta de su camisa…

… Vi una pareja de fotógrafos enamorados, cada uno con su cámara colgada del cuello, no se besaron ni se abrazaron aunque querían hacerlo porque las cámaras se interponían… Vi una mujer con cuerpo de atleta, grande y fuerte, ocupaba dos puestos en el metro, no me miró cuando intenté llegar a uno de ellos; me tomó tiempo, por lo menos tres estaciones, para que el movimiento la desplazara y yo pudiera llegar a mi puesto; cuando me instalé caí en la cuenta por los brillos de la mireya de que su vestido de atleta con pantalón corto era también de fiesta… Vi un hombre que duerme. Cada tres caídas de cabeza se despierta saca el celular y mira la hora, lo guarda y duerme de nuevo, tres caídas de cabeza y repite el movimiento… Vi un personaje a quien había visto antes, lo reconocí a pesar de la barba, me miró sin verme, lo saludé y respondió con el tono con que se dice una formula que quien la dice está cansado de repetir… Vi una mujer cuando se levantó de su puesto y dijo: espéreme que no me demoro, al hombre que estaba con ella. Apenas la mujer cerró la puerta del baño el hombre se levantó y se fue… Vi al hombre que se fue regresar cuando la mujer salió del baño y con un mensaje por WhatsApp le ordenó regresar. El hombre regresó y los vi hablando bajo, como en secreto, luego los vi levantarse y partir, me sorprendió ver que el hombre era pequeño, llegaba a la cintura de la mujer y para sostener el paso de ella el suyo era un trote corto; los vi salir por la puerta al final del pasillo; diez o quince minutos después la mujer regresó sola, tenía mirada de buscar algo o alguien, quizá buscaba al hombre pequeño que salió con ella, ocupó el mismo lugar donde había estado en conversaciones secretas, cruzó las piernas, dejó un bolso de plástico azul a su lado y esperó… Vi un hombre mayor, con barba de cuatro días, gafas de miope y celular pegado a sus ojos llamado Florentino, la anunciadora gritó el nombre y el hombre mayor y miope fue tras ella. Poco tiempo después regresó y se sentó a mi lado, sacó el celular y comenzó a escribir lentamente algo que parecía una conversación en el chat, solo que el contertulio intervenía poco y el único con la palabra era el el hombre mayor y miope que ahora es mi vecino…

Argumento. Vi un hombre pegado a su celular… lo vi y me pregunté: qué será lo que escribe… Después me vi… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

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Metro, Matorral, Deseos, Libro

19 agosto, 2017 § Deja un comentario



Voy al Parque de los Deseos. En el edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, al frente de la Ciudad Universitaria y vecino del Parque está “Texto textura. Un libro en exposición”. Voy a visitar la exposición. Son las diez de la mañana; a las dos de la tarde me encontraré en el hall del segundo piso, donde está la exposición, con Teresita Rivera la persona que gestionó con Óscar Roldán, jefe de extensión cultural, la posibilidad de mostrar allí las texturas y los textos que componen el libro, sesenta texturas, sesenta textos. El metro, tranquilo a esta hora de la mañana, es una puerta abierta a la ficción. Visitaré la sala y aprovecharé para tomar fotos. Al medio día iré a almorzar a El Matorral. Hace años no voy. Siempre fui con Jorge Pérez y Luz Elena, mi mujer, pero desde que Jorge nos dejó no volvimos. Es tiempo de regresar para ver si ha cambiado, para recordar a Jorge y también para probar el plato de los jueves: frisoles verdes…

… El metro va ligero de pasajeros. En el mismo vagón, no lejos del lugar que siempre ocupo, en la medida de lo posible al lado de la puerta, va un hombre que tiene fracturado el dedo anular de la mano derecha, lo lleva envuelto en un yeso incómodo que lo obliga a tener el brazo levantado; el hombre es grueso y joven, quizá no gordo pero sí grueso y no sabe qué hacer con el dedo enyesado. Quizá le duele pero no es tanto la molestia del dolor sino el impedimento que le incapacita la mano, el brazo y si se descuida el lado derecho del cuerpo. Imagino que imagina el momento en que se quitará el yeso. Por momentos parece sonreír pero cambia y vuelve a la cara de molestia, de afán, de espera sin fin, hasta la siguiente sonrisa.…
… Al medio día, después de visitar la exposición y tomar algunas fotografías del montaje para apoyar las Marginalias, voy en busca de El Matorral el restaurante de menú diario, “corrientazo” lo llaman en estos días, en la calle vecina a la Facultad de Medicina. Íbamos los jueves con Jorge Pérez y Luz Elena porque era el día de los frisoles verdes, debíamos llegar antes de las doce, los frisoles eran el plato más apetecido por la clientela de estudiantes, profesores, gente en relación con la Universidad o trabajadores de cercanías y se agotaba todo: sillas, mesas y por supuesto, los frisoles. Era un plato delicioso, los granos recién cogidos, calados con zanahoria y tal vez adobados con un chorro de cerveza, nunca pedimos la receta, tenían un sabor exquisito acompañados con arroz, patacón, carne molida, chicharrón o carne entera; el ají y el aguacate no podían faltar; para tomar había gaseosa o cerveza y si estábamos animados un ron con hielo y agua o solo hielo era el acompañante. Recuerdo que en El Matorral entregué “Recuentos”, un libro de cuentos con el que gané el concurso de la Cámara de Comercio de Medellín a Jorge y allí mismo lo bautizó en la primera hoja con unas gotas del ron que habíamos pedido para celebrar. El mesero nos conocía y como sabía que no fallábamos los jueves diez minutos antes de las doce, nos reservaba una mesa en el rincón más alejado del salón en ele, desde donde veíamos todo y la sombra nos resguardaba del sol. Los frisoles verdes tienen su encanto, son granos frescos que se recogen en el momento preciso de la maduración y no pasan por ningún proceso. De la mata a la vaina al desgrane y a la olla. Esta condición es el origen del sabor especial que tienen siempre, aunque los cocinen con cerveza o coca-cola o los calen con zanahoria o papa. Hoy, después de años, quizá diez o más, volví a buscar El Matorral. Encontré un local reducido, también restaurante, este sí un verdadero “corrientazo” pero con otro nombre. Pregunté al mesero, un joven moreno alto y flaco, cuál era el plato del día y mencionó pollo, carne o pescado en preparaciones con salsas de nombres extranjeros, esperé que dijera algo de los frisoles verdes pero no lo hizo. Pregunté si sabía algo de El Matorral y respondió que no sabía nada, trabajaba allí desde hacía poco. El mesero moreno alto y flaco que sirve las mesas ahora en el lugar donde los frisoles verdes hicieron famoso El Matorral, al menos para nosotros, no lo había escuchado mencionar. Regresé sobre mis pasos con la imagen de los jueves que lo frecuentamos Jorge, Luz Elena y yo. Llamé a Luz Elena y le dije que El Matorral ya no existía y le dije también que el sabor de los frisoles verdes y Jorge me iban a acompañar un buen rato…

… Volví, entonces, al llamado Parque de los Deseos que, imagino por su nombre, se cumplen. Un lugar especial. Mientras el tiempo pasa, pasa también la gente con sus historias a cuestas. Una pareja joven ensaya un número de baile; una profesora o un profesor dirige los gritos de un grupo de niños con uniforme. La pareja de bailarines no se inmuta por los gritos o la gente que no los mira, ellos bailan y más aun, escuchan la música que suena en un amplificador de bolsillo sobre un morral recostado contra un muro. Y bailan. No alcanzo a escuchar la música, supongo un tango, es el muchacho, en ese momento con gafas, quien dirige las figuras, marca el movimiento y hace los gestos para subir o bajar, acercarse o dejarse llevar, sin embargo es él quien va al ritmo de la joven como si un acuerdo establecido de antes dominara el baile. Cuando ella va en puntas él la sigue. Caigo en la cuenta de que los niños uniformados no gritan según la orden que reciben del profesor o profesora, los niños gritan cada figura, cada movimiento de los bailarines, hacen barra como en un estadio. Los bailarines dominan sus gestos, son jóvenes pero no principiantes. De un momento a otro, sin prevenir, los niños parten, ya no hay gritos, ya nadie aplaude o festeja las figuras. El público volvió al salón de clase, seguramente. Ahora escucho el tango. Los bailarines se apoderan de la pista, la recorren de lado a lado en movimientos ágiles. El muchacho se quita las gafas y las deja al lado del amplificador mientras recorren el espacio con pasos y figuras mil veces ensayadas, repetidas en la memoria pero con el entusiasmo de la primera vez. Cuando terminan el muchacho vuelve a buscar las gafas, constato que no ve o ve poco y sin gafas el baile es a tientas o al impulso de la joven, de ahí el acuerdo de quien sigue a quien. Más de media hora miré los bailarines desde una mesa de aluminio, en primera fila podría decir. Desde otra mesa igual a la mía, una mujer joven estuvo pegada a su celular, cuando llegué ya estaba allí, no miró para ningún lado, solo tuvo ojos para el celular. Es posible que no se haya enterado de lo que pasaba a su lado…
… Es interminable la sensación que produce el trabajo de años puesto en muros para que otros lo miren, lo lean, les guste o no, les sugiera preguntas, dudas o certezas o, sin más, lo ignoren. Aquella tarde, la reunión con Teresita se cumplió en la sala, miramos o remiramos las texturas y los textos, fuimos a tomar café y no hablamos más de textos o texturas. Recuerdo que pasamos por el taller de Jorge Zapata, el pintor que retrata el centro de Medellín, y luego nos despedimos. Volví al metro. Eran cerca de las cinco de la tarde, quizá un poco más de las cinco. A mi lado en el vagón hasta el tope de pasajeros una pareja de enamorados, se nota que se quieren por la ansiedad con que se juntan a pesar del calor y de los uniformes negros: chaqueta, pantalón, camisa azul de oficinista; ella pañuelo anudado al cuello, él corbata, ambos de seda negra con rayas blancas. Son compañeros de oficina y se quieren, aunque no se miren algo hay que los obliga a quererse. Lo único que no cuadra, por lo menos mientras descubro el algo que los obliga, es el celular que los separa y tal vez los une, el que cada uno tiene a la altura de los ojos y no deja de mirar. No se miran al fondo de los ojos como Romeo y Julieta. Se miran al fondo de sus celulares. ¿Se mirarán por allí?, ¿al fondo de los ojos?, no me atrevo a preguntarlo, temo desconcentrarlos y cortar el idilio o una conversación íntima que desde mi puesto no escucho…

… Al final del día la gente esta cansada. La mujer relativamente joven que se agarra al tubo con la mano izquierda, cruza el brazo derecho sobre el izquierdo y apoya el mentón en la mano de ese brazo dibuja una figura de equilibrio que en apariencia domina. La mujer duerme, tiene los ojos cerrados y duerme profundamente. No debe ser la primera vez que lo hace, tiene la práctica: duerme de pie. En un movimiento brusco, quizá el estrujón de un pasajero, la mujer tiene un sobresalto, entonces la parte del brazo donde lleva tatuada una selva frondosa se descubre. Es posible que sea algo distinto, pero lo que vi fue una selva frondosa y no me pareció descabellado que el arrullo de los sonidos que se cuelan entre las ramas y las hojas le faciliten el sueño…
… Bostezo, una mujer al otro lado del vagón me mira bostezar y mira su celular. A partir de ese momento alterna su mirada entre el celular y mi bostezo. Caigo en la cuenta y bostezo de nuevo, simulo bostezar. La mujer me mira y yo simulo. La situación no cambia hasta que ella se cansa de mirarme simular, se concentra en el celular y no me mira más. Dejo de bostezar y me concentro en una pareja que comparte los audífonos de un mismo celular…
Argumento. El hombre, también puede ser una mujer, pasa sus días buscando las ficciones de otros pero solo encuentra las propias. Dibuja las texturas que sus ficciones sugieren, las pone en un libro y el libro lo muestra en una sala de exposiciones… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.

Coincidencias

12 agosto, 2017 § Deja un comentario



Hace poco más de un año publicaste en esta Marginalia un texto dedicado a Las cárceles imaginarias de Giovanni Battista Piranesi. La coincidencia, origen de la ficción, entre aquellos dieciséis grabados de Piranesi y los llamados en ese momento Dibujos abigarrados, en los que trabajabas desde algunos años antes, viene del hecho que las cárceles de Piranesi no son cárceles en el sentido oscuro y cerrado que se les conoce. Todo, incluso la Roma que Piranesi miró al detalle, era una ruina monumental con escaleras que se interrumpen en el vacío, cuerdas y poleas, minaretes clausurados, puentes altísimos donde los personajes se insinúan, no están donde debieran estar y aparecen convertidos en trazos que favorecen la presencia de objetos, estructuras, piedras y máquinas.
La coincidencia entre Las cárceles imaginarias de Piranesi y los Dibujos abigarrados que llevan, hoy, como subtítulo en el reverso la inscripción Texturas Urbanas y son exposición en el Hall del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, está en lo urbano convertido en textura, en claros y oscuros, en cielos y nubes, pasadizos y entre puertas; y lejos, muy lejos, casi para adivinar, personajes que se insinúan y parecen estar donde no debieran. La coincidencia es formal. Es el resultado de haber recorrido, de haber copiado Las cárceles imaginarias durante meses, años, por todos los rincones, sin saberlo. De haber subido y bajado sus escaleras, incluso de haber saltado en alguno de sus vacíos o puesto a funcionar las máquinas en los Dibujos abigarrados que con el tiempo se convirtieron en Texturas Urbanas. Es el resultado de los “Ejercicios espirituales con Piranesi” como Humberto Pérez hubiera llamado la coincidencia. Sin embargo, insistes, éste es el aspecto formal. El otro, resulta de la frase de Hamlet en diálogo con Rosencrantz, que cita la señora Yourcenar: “…Dinamarca es una prisión, dice Hamlet. … Entonces, el mundo también lo es, responde Rosencrantz…”; y resulta también de la afirmación de Aldous Huxley a propósito de los personajes en Las cárceles imaginarias que no parecen estar donde debieran. Este otro ángulo de la coincidencia no se manifiesta ya en las Texturas sino en las presencias a veces definidas, a veces no, de personajes protagonistas de los textos que acompañan las texturas y en apariencia no tienen relación con ellas.


Las Texturas Urbanas habitan libretas de bolsillo, una ventaja que te permite dibujar en cualquier parte; al mismo tiempo, escribes un diario con ficciones que suceden mientras viajas en bus, haces fila, tomas café o esperas el cambio de luz en un semáforo; ficciones que vienen de los personajes que frecuentan estos lugares o situaciones y también se podrían encontrar en alguna de las plazas o galerías que Piranesi construyó en sus aguafuertes. En las Texturas Urbanas, dibujo y escritura alternan, son parte de tu trabajo que, sin prevenirlo, se ha convertido en tu manera de ver y sentir o de expresar tus ficciones…
… Un hombre te mira sin pestañear. Tu dibujas. Adviertes, por el ángulo más alejado, la mirada fija. Al cabo de algunos trazos, no sabes cuantos minutos o segundos, caes en la cuenta de que no es a ti a quien mira, tampoco mira los dibujos o sus ojos no muestran interés por ellos, sus ojos están fijos más allá de ti, detrás, a tus espaldas. Con un movimiento de mago miras a tus espaldas. Es una mirada rápida, suficiente para ver qué o quién hay detrás. En una mesa, igual a la tuya, con un vaso desechable en ella y alineada con la que ocupas y con la del hombre que no pestañea, hay una mujer que por su pose relajada no está allí, está en otra parte, ¿una playa?, ¿un avión?, ¿una habitación de hotel? Te encuentras sin quererlo en la tierra de nadie, en la trinchera que impide la curiosidad de uno y los sueños de la otra, ¿qué hacer? Dibujas. La situación han sido súbita y solo te queda dibujar una textura en el mismo lugar donde ya estaban las otras con sus líneas y sombras. Cuando consideras terminado el dibujo, levantas la mirada pero estás solo, ellos han partido, quizá por el mismo camino…
… Un salón desierto. Once sillones, cómodos, vacíos; uno ocupado, donde te encuentras y sin exagerar puedes llamar tu sillón. Tu sillón está en la esquina más alejada. Tienes vista sobre aquel espacio que nadie ocupa, solo ausentes que no volverán. ¿Cuántos ausentes? no lo sabes. Solo sabes que en ninguna parte caben todos. Una textura infinita…


… El hombre hace tres cosas simultáneas: fuma, escupe y levanta la mano para saludar. En menos tiempo del que es posible medir el hombre levantó la mano para saludar diez veces, escupió otras tantas, terminó el cigarrillo, lo dejó caer al piso, lo destripó con el zapato y prendió otro. Sin embargo, no fueron las acciones simultáneas lo que llamó tu atención, fueron sus pantalones arrugados de la cintura a los pies. Las arrugas no eran naturales, de esas que aparecen cuando se duerme vestido; eran arrugas fijas, quietas, pintadas en el pantalón y lo hacían ver rígido, como una armadura. Sus movimientos eran duros quizá por culpa del pantalón y también por culpa del peso del morral que llevaba al hombro. Sus pantalones que parecían salidos de algún dibujo abigarrado fueron solo el inicio, el resto del dibujo apareció en forma de capas, texturas y sombras, sobre todo sombras. Sin esperarlo, el hombre se convirtió en una sombra…
… Una mujer teclea en su celular y ríe. Teclea de nuevo y espera respuesta. Supones que la recibe porque ríe con ganas. Entonces teclea rápido, muy rápido, es posible que le hayan respondido antes de terminar de teclear porque ríe de nuevo con las mismas ganas de antes. Entonces adivinas gotas como lágrimas en sus mejillas. Teclear, esperar respuesta y responder se volvieron acciones simultáneas, como la risa. Llega un momento en que no distingues lo que hace: espera, responde, ríe o llora. Ves que llora porque con un ademán brusco seca las lágrimas que ya ruedan por sus mejillas. Entonces, en un ademán inesperado pero totalmente seguro tira el celular hasta el centro de la avenida. En ese momento un carro pasa…
… Un personaje espera recostado contra un muro, de tiempo en tiempo mira su reloj para ver la hora, constata el tiempo que no pasa, espera sin angustia porque es su lugar y posición, es parte de otros personajes y éstos a su vez de otros y de otras situaciones, como trazos apenas visibles en un puente, galería o recoveco de Las cárceles imaginarias. El mismo personaje en idénticas circunstancias se mezcla entre las Texturas Urbanas. No son visibles, Ni aquí ni allá son identificables, su estadía es un sin fin de situaciones, un tiovivo, que vuelve y vuelve. Se repite. Todo lugar significa un tiempo. Las cárceles imaginarias como las Texturas Urbanas son representaciones de tiempo que se repite, como los personajes. Hasta el infinito…


Argumento.
Un hombre, también puede ser una mujer, espera. Para la historia el lugar no tiene importancia. Otro, que lo observa, la observa, nota que con el tiempo quien espera desaparece o se confunde con los objetos o las personas que lo rodean. Así comienza la historia….
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2016 / 2017


“Texto Textura. Un libro en exposición”
Sala abierta al público de lunes a viernes de 8:00 am. a 6:00 pm.
Sábados de 9:00 am. a 2:00 pm.
Hall del segundo piso / Edificio de Extensión / Universidad de Antioquia
Calle 70 No. 52-72 . Medellín

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