El jubilado que todos llevamos dentro

22 julio, 2017 § Deja un comentario

El hombre con figura de jubilado espera a mi lado. Habla solo. …Eso se sabe, dice en voz baja… …Eso se sabe… Camina tres pasos, regresa, va hasta la esquina, vuelve a su puesto. …Eso se sabe… Apenas lo escucho porque los motores, las sirenas y otra voz que se acerca vendiendo tarjetas para el metro, a mil pesos, pasan por encima de su voz. Gritos, músicas distintas y hasta murmullos mezclados con los motores entierran las voces. Sobresale, una o dos veces la de una mujer …llámala aunque sea una vez, dice. Un hombre al que faltan los dientes de abajo ve al jubilado que espera, y lanza una retahíla que no alcanzo a distinguir, me acerco, el hombre sin dientes explica por qué necesita plata para completar el pasaje, mientras habla muestra unos papeles que el jubilado no lee, saca una moneda del bolsillo y la deja en la palma de la mano abierta donde el hombre sin dientes tiene otras monedas. El jubilado se inquieta, la cita que espera no llega, supongo que espera una cita, si estuviera matando el tiempo como yo se notaría; ¿espera una mujer?, ¿un cliente?, ¿otro jubilado?, ¿una jubilada?  Con un gesto seco saca el celular. Marca el número de quien no llega, supongo, y supongo también que el interesado en ese encuentro es él, si no, no hubiera inquietud. Quien respondió dijo, sin mediar saludo, que no llegaría porque algo se varó, no prende y no sé qué hacer, dijo. A pesar de los ruidos alrededor escuché todo. La cara del jubilado no dejó ver nada, ni emoción ni angustia. El incumplido o la incumplida debió llamar, avisarle que no iba a llegar, murmuré, pensé en decírselo pero no me dio tiempo, abandonó el lugar y caminó calle arriba. A unos cincuenta metros, frente a la entrada de lo que antes era una sala de cine y ahora es parqueadero, frente al portón alto, abierto hacia el interior oscuro como un pozo sin fondo, el hombre que administra la entrada y salida de carros esperó al jubilado, caminó unos pasos a su lado y dijo, ¿le puedo hacer una pregunta? El jubilado no respondió, solo movió la cabeza. El hombre esperó mientras dieron dos pasos más calle arriba y preguntó: la cebolla de huevo, cuando todavía está sembrada tiene hojas, ¿cierto?, como unas ramas verdes largas, ¿cierto? La pregunta sorprendió al jubilado, parecía una pregunta en clave. Yo iba unos pasos detrás y caí en la cuenta de que ignoraba la respuesta o por lo menos la clave de la respuesta. No tengo idea, respondió el jubilado en voz baja. Yo estaba tan cerca que lo escuché como si hablara conmigo. El administrador de la entrada y salida de carros del parqueadero no caminó más al lado del jubilado, regresó hasta su lugar en el portón y dijo en voz alta, tal vez alguien lo escuchaba en el fondo del pozo oscuro, tal vez lo dijo como un reproche: ése no es, tampoco sabe

Sigo al jubilado calle arriba. No parece intranquilo por la cita fallida y tampoco por la pregunta inesperada. Camina hasta una librería dos calles más arriba. Me paro a su lado frente a la vitrina. No me ha visto, puedo asegurarlo, no ha notado mi figura en el reflejo. Al otro lado de la vitrina, más allá de los libros veo, vemos debería decir, una mesa alta en el centro del espacio rectangular y estrecho rodeado de libros, vemos incluso el ventanal en uno de los costados de la librería cubierto de libros en estanterías frente al vidrio. La mesa es alta color madera fresca, bancos azules, altos, cuatro a cada lado. En la esquina y en el costado opuesto a donde se sentó el jubilado después de pedir un capuchino, una mujer que no levantó la cabeza y escribe alternativamente en un portátil y en una libreta. Entro después del jubilado, me concentro en una de las estanterías y miro de reojo a la mujer. Ella seguramente no se ha dado cuenta de mi presencia y tampoco de la del jubilado concentrado en su celular, lo sacó apenas se sentó. La mujer escribe frases cortas por impulsos, quizá poesía o cartas de amor y está en un momento de inspiración. Después me dije que hace cuentas y en lugar de frases cortas y sentidas, escribe números. El jubilado no levanta la cabeza del celular, parece preocupado pero no logro decir por qué. Ella es pálida, tiene los labios estrechos y apretados y no da muestras de nada, aparte del movimiento de sus manos nada se mueve en ella. Al fondo del local, detrás de un mostrador que también es exhibición de libros, dos dependientes, una mujer y un hombre, jóvenes, parecen atareados con los libros y con la organización. Me digo que una librería es un lugar mágico. Estoy a punto de decirlo a los dependientes cuando el jubilado se levanta, pasa su brazo cerca, paga el capuchino y sale como si hubiera caído en la cuenta de un olvido o hubiera recibido un mensaje urgente. Lo sigo, en el momento de salir veo que la mujer en el otro extremo de la mesa no escribe poesía, ni cartas, ni una novela, ni hace cuentas. Dibuja con trazos cortos y rápidos algo parecido a las ramas verdes de una cebolla…
Por la rapidez con que salió de la librería por poco lo pierdo. Iba unos diez metros delante de mí  cuando giró a la izquierda y desapareció. Afané mis pasos y llegué, llegamos debería decir, a unos metros de distancia por supuesto, a un pasillo de espacio abierto, como el inicio de un laberinto donde un taburete blanco espera a quien lo quiera ocupar. El jubilado se para a su lado. Es difícil imaginar un taburete o una silla donde no se haya sentado nadie, éste parecía nuevo, demasiado nuevo, es posible que nadie se haya sentado en él. Es de madera, espaldar y posadera, patas y cruces también; de apariencia sólida que bien hubiera soportado un peso pesado, quiero decir una persona grande que posiblemente desborde el tamaño de la posadera. Quizá es un taburete para sentarse allí un momento, darse un respiro y seguir. Fue lo que el jubilado hizo y me tomó por sorpresa. Me detuve a cierta distancia. Lo observé en posición de ensayar el taburete, no parecía que tuviera necesidad de descansar. La sensación, mí sensación, es que se sentó en él con el ánimo de estrenarlo, lo iba a ocupar solo un momento y no más; sin embargo se demoró más de lo previsto. Entonces jubilado y taburete fueron uno, una historia…
Mientras el instante se hace historia, una mujer con el brazo derecho tatuado apareció entre él y yo. Sus tatuajes son coloridos con detalles minuciosos y bien dibujados. Me acerco para verlos mejor, en uno de sus brazos veo, como un brazalete, las hojas verdes y largas de una cebolla. Entonces la escucho decir yo no sé qué le pasa a… agrega un nombre incomprensible …lo llamo y no contesta. Ella no habla conmigo, quizá habla al jubilado, entonces veo que no es una sola mujer, son dos, una mayor y otra tatuada. Desde otro taburete, nuevo como el del jubilado, un señor flaco, lo digo por sus brazos, me mira con interés, como si me hubiera descubierto. Me pregunto por qué y lo miro, veo su sonrisa disimulada por la mano que tapa media boca. Media sonrisa debería decir. Reconozco al administrador del parqueadero. La otra mujer, al lado de la tatuada me mira y después mira al jubilado, es la mujer de la librería. Un joven concentrado en su celular parece extraño porque lleva gafas de sol y no hay sol, debe ser el que incumplió la cita y por eso se disimula detrás de las gafas oscuras. Entonces como si obedecieran, obedeciéramos, a la orden de un consueta invisible, las mujeres, el hombre flaco, el incumplido con gafas para el sol y el jubilado, que parece ir delante de todos salen, salimos, a la calle. Los sigo, pero no, son ellos quienes me siguen…
Argumento. El jubilado despertó. Miró la hora. Calculó el tiempo. Y pensó que tenía tiempo para dormir otro sueño… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

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