El lugar común

15 julio, 2017 § Deja un comentario


Los martes de cada semana paso unas dos horas en un lugar público. Siempre el mismo. A primera vista hay pocas diferencias entre un martes y otro, los personajes se repiten a veces y esperan como todo el mundo. Detalles mínimos que se muestran poco y son casi siempre inesperados hacen la diferencia. Los presentes tienen poca o ninguna referencia de los otros, no los miran y si les preguntaran quizá digan que son los mismos, siempre. Sin embargo, cada día este salón de paso público es un hervidero de historias y personajes iguales pero distintos. Hoy, por ejemplo, veo solo mujeres en las sillas, tres dobles y dos sencillas, que hacen rectángulo con la vitrina donde venden café y pasteles. Solo mujeres. Seis y un bebé en los brazos de una de ellas. Caigo en la cuenta de que una de las mujeres es un hombre con camisa roja que teclea en el celular cerca de sus ojos. No sé por qué lo confundí con una mujer; teclea, se acaricia el mentón, como si se arrepintiera de lo tecleado y mira para otro lado. Al mismo tiempo el bebé hizo amagos de llanto, la mujer que lo tiene en brazos se levanta y se aleja cinco o seis pasos en el espacio abierto, “la tierra de nadie”, entre las sillas y la vitrina. La mujer se levanta y al mismo tiempo un joven sin afeitar ocupa su lugar; las otras mujeres murmuran. El joven sin afeitar cae en la cuenta de la invasión y desaparece como apareció. El hombre que tomé por mujer deja el celular a un lado y ahora, siempre acariciándose el mentón mira al frente sin ver, espera a la mujer que lleva tapabocas tiene los ojos cerrados y está más acostada que sentada; otra mujer a su lado se tapa la boca con un pañuelo y parece acostada también. El taconeo de una joven que corre detrás de una moneda llama mi atención, los tacones le impiden ir a la velocidad de la moneda, cuando la alcanza más allá de la mitad del salón, la recoge y regresa. En sentido contrario, por el mismo lugar por donde pasó la que perseguía la moneda otra joven, gorda, concentrada en su celular pasa, el choque se evitó por poco. El hombre con uniforme blanco, incluso la gorra, mas no el delantal de plástico amarillo, no vio correr los tacones detrás de la moneda; pasa con afán, lleva una escoba como se lleva una bandera y parece retrasado. En ese momento una mujer se para frente a mí, piensa que soy un espejo, me mira, se mira en mí, no me ve, acomoda la entrepierna de su pantalón y luego se va, pasa cerca de la mujer que carga el bebé y no se ha vuelto a levantar de su puesto, no corre el riesgo de perderlo de nuevo. Mi silla, la que siempre ocupo en uno de los ángulos del rectángulo está libre, la dejo así; hoy me instalo en una banca de tres puestos al lado de una máquina dispensadora.


Mientras hago inventario de lo que hay alrededor, el hombre con uniforme blanco, menos el delantal, pasa en sentido contrario rastrillando el piso con el palo de la escoba, detrás de él un gordo camina despacio y me mira, se debe preguntar qué hago allí. Otro, joven, con ropa de playa, audífonos y barba de tres días parece en busca de un lugar dónde pasar vacaciones, no debe de estar lejos porque un señor mayor vestido como el joven de los audífonos también busca dónde veranear. A mi izquierda, en otra fila de sillas como las que ocupo ahora, un hombre doblado por la mitad, la cabeza entre las piernas, habla por celular; a su lado una mujer ordena documentos en un sobre, guarda el sobre en el bolso que lleva colgado del hombro y parte. La mujer del bolso y el sobre es reemplazada por otra mayor que lleva el morral colgado al pecho, toma café en pocillo desechable descansa los brazos en el morral, toma café a sorbos pequeños y piensa. La que me confundió con un espejo regresa con otra mujer que camina como ella, a las dos les queda estrecho el pantalón. Hay más mujeres que hombres. De vez en cuando uno, como el que pasa en este momento escarba en el bolso que lleva terciado, busca el celular, cuando llega frente a mí lo encuentra, lo pone en la oreja pero no habla, seguramente espera que le hablen y por poco se choca con la mujer se acerca a la máquina dispensadora pone un billete en la ranura y no recibe nada a cambio, insiste, sacude la máquina, hunde el botón y nada; imagino que desconsolada por la pérdida del billete la mujer parte, minutos después regresa con el encargado que no sé de dónde salió porque nunca aparecen cuando se necesitan; el encargado llega con un manojo de llaves y ensaya una por una hasta que encuentra la que abre la máquina, saca el billete de la mujer, lo guarda en el bolsillo de su bata azul y le entrega un paquete, de maní, quizá. Entonces veo el hombre que confundí con una mujer, está de pie y no entiendo por qué lo confundí con una mujer. Cedió su puesto a una pareja de morenos voluminosos. El hombre que confundí con una mujer parece cansado, hace poses a la izquierda y a la derecha, mira la cabeza caída hacia un lado de la mujer con tapabocas y le provoca sacudirla, quizá ronca pero desde mi puesto no la escucho. Es posible que los tres hombres que hacen fila frente a un cajero automático, los veo de espaldas, sí la escuchen. Uno de ellos lleva cachucha al revés y gafas de sol debajo de la visera, está de espaldas y sus gafas para atrás me miran; en los costados de su cabeza se agitan unas formas que parecen llamas movidas por el viento, son oscuras casi negras y no tienen el color de las llamas. Por el pasillo entre el rectángulo formado por “la tierra de nadie” y mi puesto pasa un personaje con cara de profesor jubilado, cargado de papeles, mochila indígena y gafas de miope; pasa y me saluda, respondo el saludo pero no ve mi respuesta, en cambio el hombre sin pelo, con corbata, sin saco, con morral y pantalón gris de oficinista que camina con el celular pegado a la oreja y al mismo tiempo habla con una mujer que camina a su lado, si notó mi saludo pero como hacía dos cosas a la vez lo ignoró. El técnico de la máquina dispensadora tiene problemas con la máquina, la desarmó, sacó el contenido, lo dejo en bolsas de plástico que trajo con él y se metió en la máquina. Desapareció.


Desapareció también el hombre que confundí con una mujer y la mujer del tapabocas, la despertó y la llevó a dormir a otra parte. De la pareja de morenos grandes y masivos solo queda uno que conversa con las tres mujeres del bebé, habla, las tiene obnubiladas, debe ser gracioso, me digo. Hace calor, mis ojos se cierran. El bebé pasa de unos brazos a otros de las tres mujeres. Un joven, trabajador de restaurante, pasa empujando un carro con platos servidos. Otra mujer, esta vez flaca, pasa, me mira, la miro, sonríe, sonrío, se da cuenta de su equivocación, me confundió con otro, acelera y desaparece. Confirmo que hay más mujeres que hombres. A pesar de que varias personas han arriesgado el saludo, no conozco ninguno de los que han circulado cerca. El técnico de la máquina dispensadora no ha terminado aun su trabajo, la máquina sigue desarmada y el adentro. Cierro los ojos, el calor me domina. Cuando los abro una pareja mayor ocupa las sillas vecinas. El señor chatea, la señora le dice lo que debe teclear y él obedece. Ella habla, él escribe. De repente la señora no dicta más, él cesa de teclear y coloca sobre sus rodillas un cartapacio de papeles que no sé dónde sacó y, uno por uno, les toma fotografías con el celular; estás incómodo, le dice la señora, te van a quedar mal; él toma las fotografías hasta la última hoja. Las tres mujeres se turnan el bebé entre ellas y el moreno masivo que habla todo el tiempo. Solo entonces me doy cuenta de que hay un embolador a unos metros de mi puesto, no lo vi antes porque entre nosotros está la máquina dispensadora y el técnico sigue aun en su interior, desapareció por allí. El embolador pone betún con un cepillo pequeño en un zapato, lo extiende con cuidado; con un trapo envuelve sus dedos índice y medio, y con el mismo cuidado, y movimientos circulares pule el zapato. A intervalos medidos, frota los dedos envueltos en el trapo contra las cerdas de un cepillo de brillo, es su estilo para inyectar brillo especial con el trapo, y vuelve a pulir con movimientos circulares, por encima, por los costados, por detrás, ningún resquicio queda sin frotar. Los zapatos brillan. La próxima vez, me digo, hablaré con él…
Argumento. El hombre mira… Los personajes pasan, sus ficciones quedan… La historia fluye…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

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