Hay gente así

1 julio, 2017 § Deja un comentario

Envigado, la plaza de mercado. Recorro los laberintos con negocios y ventas de todo tipo a lado y lado. El aroma de plantas medicinales, verduras, madera y granos y carnes, está por todas partes. Una mujer de edad mediana, alta y lenta, se atraviesa en mi camino varias veces. La primera vez, le pedí permiso, me miró sin verme; la segunda, frente a las jaulas de canarios que me trajeron el recuerdo de una tía, tuve que empujarla un poco para que me dejara pasar; la tercera vez debí hacer un rodeo porque estaba conversando con otras gentes en la mitad del pasillo, no me oyó y tampoco me vio. La plaza de mercado es un lugar particular, se encuentra uno personajes como la mujer que se atravesó. Dejé la plaza y fui tres calles hacia el sur en busca de una venta de libros leídos. La encontré pero estaba cerrada. Sin embargo llegué a otra que no había terminado de instalarse aun. El joven que estaba allí dijo que la otra venta de libros, la que yo buscaba, estaba cerrada. Por coincidencia llegué a una venta nueva de libros viejos. Pregunté por un libro en particular y mientras el joven se acariciaba la barba de tres pelos enredados en el mentón señaló unas bolsas que ocupaban la mitad del local y dijo que el libro probablemente estaba allí: si viene en una semana, ya tendré todo en orden y encontrar su libro será más fácil. Compré dos libros: “La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile” de García Márquez y “La guerra del fútbol y otros reportajes” de Ryszard Kapušciński. Cinco mil pesos cada uno. Con los libros bajo el brazo fui hasta una cafetería y venta de jugos cerca de la plaza principal. Es un local amplio con mesas y sillas de aluminio y paredes entre verdes y anaranjadas con dibujos de frutas. El lugar estaba desierto, yo era el único, quizá el primer parroquiano del día. Ocupé la última mesa de la primera fila. La joven del servicio adivinó lo que iba a tomar, lo debo tener marcado en la frente: jugo de mango en agua sin azúcar. Me recibió en la mitad del local cuando pasaba entre otras mesas con la intención de llegar a la que elegí desde la puerta, y dijo lo que iba a pedir antes de que me sentara. Me instalé mirando hacia la calle y abrí el libro de Kapušciński. Antes de que el jugo llegara me sumergí en “La guerra del fútbol”. “El Hotel Metropol” está en Acra, capital de Ghana, en África, aunque eso no se dice sino hasta bien entrado el relato. Kapušciński describe el Hotel como una balsa con compartimentos, habitaciones donde viven ocho personajes extraños, alcohólicos, negociantes, vagos y viajeros que no viajan. Kapušciński hace el retrato de cada uno: sus aventuras, gracias y desgracias. Todos saben que están en su último puerto y viven al límite, del alcohol, del sexo, de los otros. Kapušciński llegó allí por accidente; en el vuelo que lo llevó de Londres a Acra conoció un libanés que lo llevó al Hotel; una suerte para él que no buscaba reportajes exuberantes de cacerías o gobernantes sino encontrarse con la gente de la calle. Fue a Acra a ver, preguntar, escuchar, oler, escribir y el Hotel Metropol era el lugar ideal. Cuando terminé el texto tenía frente a mí el vaso desechable y transparente donde trajeron mi jugo, el local estaba colmado de clientes, todas las mesas ocupadas y el servicio desbordado…
En otra mesa una mujer. Mira solo al frente. Ante ella una bolsa de plástico roja y un plato con un dedo de queso recién sacado del horno. A pesar de que parece caliente la mujer parte pequeños pedazos y los lleva a la boca. Mastica con cuidado, como si tuviera tiempo o como si tuviera que cuidar sus dientes; mastica con intención que va más allá del sabor, del placer de masticar, practica una forma de exprimir la mayor cantidad de sabor de su manjar. Después de observarla media hora, quizá veinte minutos; llego a la conclusión de que la mujer espera, no sé que espera, no ha dejado notar ninguna tendencia o sí, quizá una, mira furtivamente alrededor. Mira y mastica, pedazo por pedazo, con lentitud. Por momentos, mientras mastica deja reposar sus ojos sobre la bolsa de plástico roja, luego parte otro pedazo del dedo de queso, pequeño, quita los ojos de la bolsa y los dirige al plato para que le sirvan de guía entre el plato y su boca, pone el pedazo entre sus dientes y mastica, saborea el manjar que, en porciones mínimas, le proporciona la tranquilidad, imagino, de esperar con aliciente. Sus ojos, mientras tanto, pasan de la bolsa de plástico, al plato, y luego con rapidez sin que nadie lo note, a la puerta. Entonces reinicia el itinerario entre la bolsa, el plato y la puerta…
Algunas mesas a la izquierda de la mujer dos personajes, seguramente jubilados, hacen como si conversaran. En apariencia hablan de todo y de nada. Toman café, callan, se miran, no saben qué decir o si saben, no lo dicen, quizá lo han dicho ya cientos de veces. De repente, cansados de esperar lo que no va a llegar se levantan para partir, lo que esperaban de la conversación no se dijo. Uno partió hacia la plaza con la mirada perdida y la cabeza en otra parte, no por falta de tiempo o disgusto, sino porque no escuchó lo que esperaba. El otro partió en sentido contrario, su actitud en comparación con la del colega es la misma, no escuchó lo que esperaba…
Entonces aparece la rosa de los vientos en un lugar inesperado: el omoplato de una mujer joven. De la rosa de los vientos salen aviones, cuatro o cinco de esos que resultan del papel plegado. También unas letras, frases que quizá tengan algún sentido pero, desde mi puesto y por la calidad del tatuaje, son ilegibles. Cualquiera de los puntos cardinales es bueno para llegar en avión, aunque sea de papel y vuele con los impulsos de la imaginación. La frase debe proponer algo por este estilo, un deseo, un hecho cumplido, una aventura. La mujer no ve el tatuaje en su omoplato, quizá con la ayuda de un espejo. Es posible que saberlo ahí, indeleble, sea suficiente. Imagino que siente orgullo por llevarlo y por eso no lo tapa, no lo disimula, sabe que lo lleva, no lo ve, lo imaginó. El deseo de los planes cumplidos estará por siempre ahí, en su omoplato. No se podrá deshacer de la marca que un día diseñó, dibujó, llevó a un tatuador. Sin embargo todo siguió igual. Si lo imaginado en el tatuaje se hubiera cumplido. Si la rosa de los vientos y los aviones hubieran sido realidades y la frase ilegible se hubiera escuchado, el tatuaje hubiera sido un buen tatuaje, bien dibujado, un tatuaje con significado en todas las líneas. En cambio no, el tatuaje es borroso, tal vez la tinta, tal vez la pluma, gastada o no tan fina como es necesario para la minuciosidad del detalle y la dimensión del deseo. La rosa de los vientos y los aviones de papel, se quedaron a mitad de camino. La mujer los lleva inscritos en su cuerpo, aunque los mira poco, quizá nunca. Sin embargo espera…
Argumento. El personaje es solo trazos. Los ojos y la boca o lo que está en su lugar, son trazos. La nariz y el cuerpo también. Quien los hizo sabe de trazos y retratos… Así es la primera línea de la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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